Vivo, plenamente vivo, avanzando hacia el final. Vivo, activo, emergiendo, volviendo al vacío. Soy fúnebre que no participa en funerales, que no llora la muerte, que se ha unido a ella. Soy negro rotundo que es vida infinitamente concentrada, que es la muerte sagrada que antecede el nacer y acolcha el morir. Soy loco que se ha tirado al vacío, y en su caída, el tiempo transcurriendo tan felizmente despacio que tus horas son mis milésimas, y tus días, mis centésimas. Tan despacio es mi caída, que la vida se hace a gran velocidad. Tan suave es esta lentitud, que tu pánico desesperado es una dulce brisa eléctrica que me aviva más, y más. Tan dulce es esta sinfonía, que tú, por tus chillidos en mi singular tempo, te has convertido en vocalista de excepción. Gracias a mi silencio, tu canto angelical puede ser reconocido. Gracias a mi oruga, tu mariposa puede volar. Gracias a mi exhalar, tu inhalar es posible. Gracias a mi muerte, la vida te mira, nos mira; y yo, simplemente, sigo en mi mortal caída.
De todas las emociones, has elegido el miedo. Huyes destino a tu muerte, con la muerte en los talones. Es momento de observar, de atender, de preguntarse sin preguntar: ¿Es la muerte parte de la vida o es la vida parte inevitable de la muerte? ¿Acaso no esta el universo entero vivo en un instante, muriendo a cada instante, para jamás envejecer? ¿Acaso no será terrible mi impacto contra el suelo, la desfiguración de mi rostro, el quebrantar de mis huesos, el desprendimiento de mis órganos esparcidos como mantequilla, el derramarse de mi sangre salpicando en plena vitalidad? ¿No será terrible este éxtasis silencioso?