Tener futuro o no tenerlo suele depender de la impresión que tenemos sobre la distancia que nos separa del mañana. Ateniéndonos a ese criterio, hay razones para pensar que el país en que vivimos apenas posee futuro, y menos un futuro tranquilo. Tuvimos ciertas perspectivas cuando empezó la democracia. Todavía hoy, muchos políticos elogian la Constitución que se redactó entonces, sujeta a temores, exigencias y presiones que venían de las fuerzas vivas del franquismo y del separatismo, y también de un sueño que nunca supimos cómo construir. Por desgracia, nuestro futuro lo ha fraguado la política. El español era un ser apolítico en 1978 y, en esencia, acultural. Permitió demasiado a los políticos, y sigue permitiéndoselo, en parte porque cree que tienen en cuenta a la mayoría. Ahora empieza a descubrir que ningún partido tiene en realidad una idea de país a largo plazo, y sólo confía en ganar elecciones. Nuestra democracia tiene muchas carencias, pero la más evidente es la ausencia de una visión crítica de los que votan. Para eso hace falta cultura, no MasterChef. De hecho, la trayectoria de nuestra democracia consiste en perdonar lo que se hace mal a sabiendas, o no se hace. Hemos llegado al mismo punto en que, hace 90 años, Largo Caballero profetizó: “Antes de cinco años España será soviética”. Quizá, por fin, nos invada Rusia, si no lo hacen los EE. UU., con la complicidad de nuestra propia ceguera. La alternancia en el gobierno de un partido que lo ha vaciado todo, y otro que sigue echando de menos el franquismo, ha creado un país de desigualdades, que sobrevive entre la jactancia y la subvención.
No tenemos solución. Esta política nos condena a ser socialdemócratas sin sociedad ni democracia, o cazadores y misóginos, además de terraplanistas que podrían ir a caballo, con máscaras, y ser del Ku Klux Klan. Viendo lo presente, da la impresión de que la única salida que tenemos es el agujero por el que cayó Alicia, o la pantalla granulada que se tragó a la niña de Poltergeist. El problema es que la gente sigue votando como si tuviera fe en que, después de cincuenta años, todo puede arreglarse, cuando en realidad lo que necesitaríamos es una nueva reforma política, diferente de la que se votó en el 77, con una verdadera separación de poderes, una democracia radicalmente distinta y un artículo en el código penal que condenase la hipocresía. El pueblo es el único que continúa siendo un ingenuo, frente a políticos que parecen personajes de Henry James: cazafortunas, seduceviejas y cabezas parlantes con el argumentario en el IPhone. Nuestro futuro, aunque no lo tengamos, sigue estando en manos de ladrones de impuestos. En eso se han convertido los partidos que nos piden una confianza que, por supuesto, damos a todo el mundo.
Tras cincuenta años el guateque continúa en el Congreso. Seguimos bailando el baile de la escoba. Los problemas son infinitos, pero nuestra vergüenza nos sobrevivirá, como dijo Kafka. Vuelve a cantarse el “Cara al sol” en las calles, y no hace falta ser Nostradamus para saber que nos amenaza un rápido proceso de argentinización, a menos que el azar nos conceda una tregua frente al separatismo, a la corrupción, a la picaresca, al espectáculo que consiste en llevarse la mayor cantidad de dinero público sin hacer nada. Pero no. Que se joda el que tenga la escoba en la mano cuando pare la música.
Publicado en el diario HOY el 14 de febrero de 2026