Una vez, en un capricho de su melancolía, un rey joven mandó construir unos jardines inolvidables que fuesen imagen de la vida, alrededor de un lago de aguas profundas. Aquí y allá dispuso algunas islas de felicidad o de placer en consonancia con su idea del mundo por aquella época; pero, por lo demás, diseñó orillas elegantes y tristes, canales solitarios cruzados por barcas lentas, puentes inútiles y arcos esbeltos sobre los que crecían las enramadas, y soltó peces y pájaros que estaba prohibido atrapar.
(más…)-
Diciembre de 2025
En esta ciudad junto al mar el tiempo viene y vuelve como las olas vuelven a la orilla, vuelve y deshace las vidas como el agua deshace la arena.
El día de diciembre es frío, soleado, cristalino. Las partes de la realidad parecen unidas con un pegamento sutil, con rocío evaporado o agua seca. Un soplo podría despegarlas.
El día es un diente de león, un cristal de nieve.
(más…) -
La cuestión
La cuestión es que seguimos construyendo templos, pero ya no tenemos dioses.
*
El otro día me encontré con que la manzana que estaba comiendo había germinado. El trocito de corazón que quedaba lo metí en tierra, sin ningún motivo, de modo que ahora en la sala hay dos brotes traslúcidos de manzano, más pequeños que un meñique, con hojas como de perejil.
(más…) -
Historias de fantasmas
Como es sabido, la luz de una estrella tarda miles de años en llegar hasta nosotros. Cuando la vemos, quizá la estrella ya ha muerto, y así, nuestras esperanzas y el cielo están hermosamente alumbrados por fantasmas.
Una persona se vuelve fantasma por dos motivos: o por tozudez o por amor.
Un país lejano está poblado por millones de fantasmas. A sus habitantes se los llevó de pronto la epidemia; muertos en horas, en días, en mitad de sus asuntos. El único hombre vivo se arrastra por las calles, solitario. Los fantasmas no lo ven ni lo oyen, yendo y viniendo a sus tareas. Errabundo, se sienta en las escaleras del Parlamento, o al borde del estanque de la plaza, o en medio de la acera, solo, viendo rodar las hojas.
(más…) -
Los bibliotecarios
Los hisios, horda de nómadas, desconocen el mar y la escritura. Cuando entraron a caballo desde la estepa, hallaron un reino vacío, desolado seguramente por la plaga. No se veía un solo ser humano. Las palomas anidaban en las hornacinas; el ganado suelto pacía por los campos. Nada conmovió al khan —ni las plazas porticadas, ni las estatuas de alabastro, ni los canales navegables— como la biblioteca de palacio con su bóveda azul de estrellas de oro y las filas infinitas de libros coloridos. Comprendió de inmediato la sacralidad de aquel extraño lugar numinoso y lo dejó al cuidado de los sacerdotes, que tampoco sabían leer, pero rebosaban de intuición de lo sagrado.
(más…) -
La rosa resucitada
Ya he vuelto. He dejado el agua verde y fría, los lirios marinos, el viento, la hierba dunar que se agarra a la arena. Podría haber vivido toda mi vida allí, donde nací, como viven los cangrejos, en la franja entre dos mareas. Pero hubiera sido un exilio de otras vidas por vivir. Como esta mía que he tenido, por ejemplo.
-
Un día de julio
Una familia se ha reunido para comer en una mesa larga bajo la sombra del emparrado del patio, en una casa de campo. Al otro lado del sendero polvoriento que lleva a la casa empieza el bosque. Cae la tarde; la sobremesa se alarga. Hay risas, se abre más vino. Las conversaciones se entrecruzan con historias de hace años, de niños que hoy han traído a comer a sus propios hijos.
Una brisa se levanta, cada vez más fuerte. Agita los cantuesos, remueve los rosales. Las voces se callan. Entonces un viento fragoroso recorre las copas de los árboles, que responden como un oleaje, estremecidas. Vuelan las servilletas, se alzan los manteles, se revuelve el pelo espeso de los niños. El mundo queda suspendido en lo alto de un momento de alegría. Hay en el aire una bellísima luz herida, la mejor luz del verano, que los adultos recordarán para siempre como un ocaso y los niños como un alba.
-
Experiencia
Era una tarde de mayo. Ella dijo: «Ojalá todo siga así para siempre». Por la ventana abierta, que deba al oeste, entraban los rumores de la tarde y el canto del mirlo. Estábamos tumbados sobre las sábanas. Yo acababa de ver la luz de poniente alumbrándole la cara.
Y sin embargo, salimos de allí. Mordimos una manzana sin saberlo.
Ahora que puedo mirar mi vida por encima del tiempo, permitidme una parábola y un consejo. Cultivad. Sembrad: un plato de comida, unas nubes. Dos colores juntos que queden bien. Sembrad canciones, por supuesto. La luz del sol en la ventana, las sombras de la tarde, la atención a los pájaros. Comed fruta de verano; haced bien los bocadillos. Estrenad palabras. Cuando podáis, acercaos al agua. Escribid en una hoja. Sembrad. Algunos hechos elementales se agarrarán al curso del tiempo, como semillas de olmo, echarán raíces y se alzarán al cielo.
-
En mayo
La cereza está en el árbol, la retama en el monte, el azul en el cielo, la amapola al borde del camino.
Yo aquí. Cada cosa ha llegado a su sitio.
En mayo, la hora que va del día a la noche. La luz que permanece en el cielo, como se encharca una ribera al retirarse el agua.
En mayo, los descampados. Esas flores pequeñas de color azul más-alla-del-azul.
En mayo, el mirlo dice: «Estoy vivo bajo el cielo de primavera. Estoy vivo bajo el cielo de primavera». Y yo, al oírlo, sé que estoy vivo bajo el cielo de primavera.
Copos, alas, espuma, vilanos,
hebras, briznas, burbujas, rocío,
trizas, plumas, estambres, neblina,
sámaras, días, pétalos, espigas.En mayo, el año pasado, escribí barredura. No sé cómo la palabra me volvió a la cabeza, al cabo de tanto tiempo. La usaba mi abuela: «Échalo a la barredura», decía, por ejemplo. La consulté en el diccionario y ahí estaba, perfectamente ortodoxa. Solo es vieja; ya no se usa.
Las palabras se mueren y pasan, como las personas. Sería bonito enterrar el cuerpo con sus palabras al lado, las que prefería usar, como hacían los antiguos con el ajuar del muerto. Para que no las eche a faltar más allá, en el otro mundo.
-
Sentido y formas
Las letras sobre la página no dicen nada. Son motas, pecas, margaritas en un prado, estrellas. Puntos sobre un fondo, como copos de nieve en la noche, como pájaros. Somos nosotros los que soñamos el significado. Cuando despertemos, serán verdaderas sin necesidad de decir nada.
«Es Viernes Santo. En la terraza está el cerezo florecido, el jazmín de primavera y una azalea de flores cremosas, también blancas. Llueve. Hay una orquídea blanca en una esquina oscura del salón. Estoy rodeado de pétalos blancos y la sombra de la tarde que termina».
Lo anoté hace solo doce días. Luego han venido el sol, el cielo azul, el viento de primavera. Del cerezo y la azalea cuelgan unos pocos pétalos marrones. El apunte es ya un recuerdo; no puedo ponerlo vivo.
La parte viva de una letra vive menos que un pétalo. Y sin embargo, en cuanto publique estos párrafos, dará igual cuándo se hayan escrito. Se podrán leer con otra lluvia, otro abril, otros cerezos. Una vez dadas, las letras ascienden y se convierten en una cosa, semejante a un espíritu, que no está viva como una flor, pero tampoco muerta.
Luego vino el apagón, ya sabéis. Había multitudes por la calle buscando cómo volver a casa. La mía quedaba a nueve kilómetros, según el mapa del teléfono, así que eché a andar. Anduve y anduve; dejé de reconocer las calles. En un momento dado, el mapa me mandó seguir por una carretera que atravesaba la puerta abierta de un gran enrejado que parecía cerrar la finca de un hospital o algo así, porque tenía un aire severo. Me detuve, pero entonces entró por allí un autobús urbano y yo fui detrás.
Al cabo de doscientos metros me di cuenta de que me había metido en el cementerio de La Almudena. El autobús volvió en sentido contrario y se fue. Sin embargo, el teléfono parecía muy seguro de sí mismo: ahora a la derecha, ahora a la izquierda, para acá, para allá, adentrándome cada vez más por las calles de una ciudad de muertos mayor que la ciudad en que nací. La escala de la muerte era sobrecogedora. Tantos nombres, tantas piedras, durante cuánto tiempo. Me paré, en la calma del día soleado, a mirar alrededor, en el centro de aquel círculo de silencio. Qué hago hoy aquí en medio, pensaba. Cómo he llegado aquí. Qué significa.
Entonces se me ocurrió que es muy difícil no buscar un significado, porque el destino puede no tener un sentido, pero tiene una forma. Y toda forma parece a punto de decirnos algo.
