sábado, 13 de noviembre de 2010

Y POR FIN, EL FIN

La última noche en Kiev fue movidita, para no variar. Leysa estuvo en el apartamento por la tarde, para traernos unos regalos y presentarnos a su hija Polina (Paula). Cuando llamaron a la puerta estábamos sin luz. Revisando el cuadro todo estaba bien, la avería estaba en algún cuadro externo, porque el resto de los apartamentos si la tenía. Avisada la casera por Leysa, nos prometió enviar a alguien enseguida. Y así fue, aunque tuvimos que hacer las maletas alumbrados por una linterna.




El vuelo de Ukranian Airlines sale a las 7:40 de la mañana hora de Kiev, lo que requiere estar dos horas antes, las 5:40 en el aeropuerto, así que la noche va a ser breve. A pesar de mis advertencias, Leysa nos dice que quedando a las 6:00 en el apartamento llegamos de sobra. A las once de la noche se va la luz otra vez, con los niños acostados y las maletas hechas. Nueva llamada y nueva promesa de arreglarlo. ¿Cómo se ducha uno y se afeita a las 4:30 de la mañana sin luz? Problemas hasta última hora. Afortunadamente, nos levantamos y hay luz, podemos hacer las cosas sin necesidad de linternas.




Llegada al aeropuerto por los pelos, con Cristina mirando todo, alucinada, con ojos de sueño. Debe pensar que vaya mala vida que le vamos a dar, cada dos días viajando en diversos medios (hoy toca coche, avión, trenecito desde el satélite a la T4 y otra vez coche), madrugones… A pesar de los cálculos de Leysa, hay que facturar, pasar controles de pasaportes, revisar nuestra documentación de adopción de Cristina… a la salida del control –donde, como siempre, nos hacen el “espere un momento” y se van con la documentación y te dejan acongojado, pensando en que te van a decir “hay un problema, no pueden salir con al niña”- nos esperan para decirnos que el vuelo está cerrado y que corramos si queremos cogerlo. Ya, ya, con las maletas facturadas no salís sin nosotros, majetes, no sea que entre los juguetes de los niños hayamos metido una bomba. Nos apresuramos –lo que podemos con dos niños y varios bultos de mano- y entramos en el avión con todo el pasaje sentado y mirándonos con cara de “¡hombre, los que faltaban!”



El vuelo bien, Alberto muy acostumbrado ya a volar y Cristina plenamente confiada en sus padres. Ningún incidente escatológico reseñable en esta ocasión. Cristina ríe confiada en el despegue y Alberto juega a que pilota él. Adiós Ucrania, hasta dentro de quince años, por lo menos. Adiós con el corazón, te debemos a nuestros hijos, pero que ganas teníamos de salir, hemos pasado más de tres meses aquí en los últimos tres años. Sabemos que algún día volveremos con ellos para que conozcan su lugar de nacimiento, para que palpen con sus manos sus orígenes, para que busquen sus antecedentes si lo desean.



Nos repartimos en dos asientos a cada lado del pasillo. Intentamos que los niños duerman pero, a pesar del sueño que tienen, les puede la excitación del viaje, así que dan un poco la murga y hacemos todo lo que podemos para que no molesten: películas, cuentos, juegos… Es nuestro último contacto con Ucrania y su gente hasta dentro de bastante tiempo.



Aterrizamos en España, por fin. No hay tiempo para, como en el primer viaje, pensar en nuestra nueva vida, nuestro cambio de estado… ahora hay dos niños que guiar, varios bultos que transportar, maletas que recoger. Renovamos la sensación de que bonito es Madrid, que bien está España, que infraestructuras, que limpieza, que moderno todo…. Nos espera la prima Maria, como la otra vez, y otra vez es un encanto que nos lleva a casa en su coche de familia numerosa, nos ha llenado la nevera y se va en cuanto nos ve mínimamente instalados, tan discreta y prudente como siempre.



Ya estamos en casa, en nuestra vida, con nuestra gente. Alberto enseña enseguida a Cristina su habitación y el cuarto de juegos, donde entra prudente, no se atreve a coger libremente los juguetes de la estantería hasta que ve que Alberto lo hace. Empiezan a jugar juntos mientras nosotros deshacemos maletas y cargamos lavadoras. Que bien se está en casa, que limpia, que grande, que cómoda, que poco lo valoramos cuando lo tenemos todos los días.





Ahora, poco a poco, a conocer a la familia, a todos los amigos que nos han seguido con tanto cariño…. Pero despacito, poquito a poco, para no descentrar a Cristina, para crear ese vínculo que necesita con sus padres y su hermano, para que sepa que estamos aquí para siempre, que somos SU FAMILIA, no carne de su carne, ni sangre de su sangre, sino algo mucho más importante: somos los que le hemos estado buscando (los tres) durante tanto tiempo, con tanto cariño, con tanto interés, que nadie está más acreditado que nosotros para recibir su amor.






La adaptación va muy bien. Cristina es un sol de niña, dulce, cariñosa, despierta. El único “problemilla” es que no come mucho, nosotros estamos acostumbrados a Alberto que como mucho y de todo. Cristina come como un pajarito y utiliza la técnica del “hacer bola” para dar la impresión de que come. Tiene además una especial habilidad en ocultar la bola en el paladar para que creas que tiene la boca vacía y, suponemos, encasquetársela al vecino de silla al menor descuido de la cuidadora de turno, truco que en este caso no le vale de nada.



Sigue con su retraso de lenguaje, que poco a poco va superando. El origen, como nos temíamos, no se debe a una hipoxia, como nos dijeron en Ucrania, sino al mal embarazo que sufrió, la pobre. El consumo de alcohol es una lacra en este bendito país y la mayoría de los niños que vienen de allí sufren las consecuencias. Gracias a Dios contamos con buenas ayudas de profesionales y toneladas de amor, paciencia y cariño, con las que esperamos recuperar a Cristina al máximo nivel que ella sea capaz de dar. Confiamos en Dios, somos conscientes de las dificultades y problemas que nos esperan, pero lo daremos todo por nuestra querida hija, por nuestra preciosa niña.



Hemos intentado escolarizarla con un año de retraso con respecto a su edad, dado que pensamos que para septiembre todavía no tendrá un nivel de lenguaje, motriz y emocional propio de los niños de su edad. Queremos que para ella el colegio no sea una experiencia difícil, sino un sitio agradable, atractivo al que acudir cada día con ilusión, Pero no ha podido ser, las autoridades de la Consejería de Educación, tras someter a consideración nuestra petición, han tenido a bien no atenderla. Consideran que Cristina va a evolucionar muy bien y que no tendrá problemas de adaptación. Esperemos que sea así.



Alberto sigue con sus celos, con su papel de “príncipe destronado” en grado máximo y tiene con Cris una relación de envidia-dependencia la mar de curiosa. A veces no para de fastidiarla y a veces se la come a besos. A veces le cuesta compartir cosas con ella y a veces la protege –incluso de nosotros, cuando la regañamos-como buen hermano mayor. A veces la chincha y a veces la llama “mi princesa más bonita”. O sea, lo normal entre hermanos.



Nosotros no paramos de dar gracias a Dios por la suerte que hemos tenido, por darnos una hija tan cariñosa y pizpireta, tranquila, divertida, dulce. Cuando comemos los cuatro juntos juega a ponerse bizca para hacernos reír. Cuando estrena ropa le gusta mirarse en el espejo de nuestra habitación para verse bien. Cuando Maru la peina (con coletas, cintas, pasadores, diademas…) viene, con carita de presumida, a que la vea. Por las noches, a pesar de los balanceos, que sabemos que se le pasarán, duerme bien, se despierta alegre, cariñosa, contenta de vivir.



Sabemos el nuevo tesoro que tenemos en nuestras manos. Intentaremos hacerlo lo mejor posible, ser unos buenos padres, merecernos a esta maravilla de hija que Dios nos ha dado. Cada día es una nueva alegría, cada día tenemos un motivo nuevo para ser felices, a pesar de estar más liados, tener menos tiempo aún para nosotros. Practicamos diariamente lo que el Papa Juan Pablo II decía sobre el descanso: “Descansar no es no hacer nada, es cambiar de actividad”. Como comentábamos Maru y yo el otro día, caminando detrás de nuestros hijos en un parque, viendo como montaban en bicicleta, tan guapos, tan ricos… Nosotros queríamos tener muchos hijos cuando nos casamos. Dios nos ha dado sólo dos, pero que llevan consigo muchas complicaciones, mucho trabajo diario –sobre todo de Maru- muchas preocupaciones, mucho esfuerzo hasta conseguir que estuvieran con nosotros; pero también, y en mayor medida, muchas alegrías, muchos momentos de intensa felicidad, de risas, de juegos, de ternura, que sólo puedes vivir cuando tienes hijos.



Gracias, Señor, por confiarnos a nuestros hijos, por darnos la oportunidad de ser espectadores privilegiados de sus vidas, por poder encargarles que mejoren el futuro, que sean buenas personas, que hagan felices a los demás. Es lo único que queremos para ellos.



Gracias por habérnoslos regalado, por ser la ilusión de nuestra vida, esperanza de nuestra madurez y –confiamos- alegría de nuestra vejez. Gracias una vez más, por hacernos vivir todas estas cosas, tan intensas, tan especiales, para poder apreciar mejor lo que tiene valor en realidad en la vida. Nuestros hijos nos hacen mejores, aunque sólo sea porque tenemos que merecerlos.



Gracias a todos los que nos habéis seguido en este tiempo, nos habéis animado, consolado, nos habéis hecho reír y llorar. Todo es mejor si se comparte con las personas a las que queremos.

Hasta siempre

viernes, 5 de marzo de 2010

49 DÍAS EN UCRANIA

Ya tenemos todo. Ahora sólo tememos, como los galos -no los Galos ;)- que el cielo se caiga sobre nuestras cabezas, por Tutatis. Hemos conseguido, en tiempo récord, cambio de partida de nacimiento, pasaporte, sentencias, certificados, apostillas, más apostillas, visados de entrada, billetes de avión… Tenemos todo. Todo.



Volvemos a casa con Cristina. Para siempre. A la casa en la que tenía que haber nacido. Ya sabéis que Dios, a veces, se equivoca en la asignación de almas y la de Cris (como pasó con la de Alberto), en vez de tocarnos a nosotros en un descuido de Suyo fue a parar a Odessa. Quien sabe que pasó, atender a una petición urgente de alguno de sus hijos para que llueva o deje de llover; San Pedro con sus cosas que si el cielo está fatal, que si, que es una gran obra, pero que hay que invertir más en mantenimiento, que al fin y al cabo es para toda la vida eterna; un arcángel con una petición de subida de categoría o si no amenaza con una huelga de ángeles caídos…



El caso es que nos ha costado Dios y ayuda (la Suya) encontrarla, pero aquí está. No podría ser otra, es ella, la hemos reconocido los tres. A mi me costó un poco más -mi propio miedo a que no fuera de verdad- pero a Alberto y a Maru no. Enseguida vieron que Cristina era realmente ella. Si, la habían puesto –por error, ¡qué iban a saber ellos!- un nombre equivocado, hablaba un idioma que no le correspondía pero… ¡incluso ella lo sabía! Desde el primer día jugó con Alberto, se dejó achuchar por Maru y a mi me empezó a mirar con esa cara con la que me mira… así, entre tímida y atrevida, entre dulce y traviesa, como reprendiéndome: “¡Cómo no has venido antes! ¿Tú sabes la de tiempo que llevo aquí, sin poder veros?” Y yo, claro, hija, ya lo se, pero había que hacer el expediente, que nos dejaran venir, que tú estuvieras disponible para poder salir… ¡tantas cosas que tienen que suceder, una detrás de otra y en su orden que … ¡es imposible que nos hayamos equivocado! El azar, dicen… ¡ja!



El martes fue el día de locura que tan bien ha descrito Maru. Ellos en Bielgorod y yo en Odessa empapándome bien del sistema funcionarial, legal y policial de Ucrania. Para escribir un libro, vamos. Que no escribiré, claro. A la vuelta, después de mil gestiones, mil tensiones, mil oportunidades de que todo volviera a salir mal, todo salió bien y me traje, como un tesoro, el pasaporte de Cristina en mi bolsillo. De salida, despedida cordial y educada con la directora –nada personal, sólo son negocios…- y todos emocionados a las 18:30 a por Cristina que, en esos momentos, disfruta de sus dibujos animados favoritos en compañía de su, hasta ese momento, única familia. Los niños se revolucionan un poco al vernos, pero cuando comprueban que no traemos bolsas con chuches ni gorros como ayer, dejamos de ser competencia de la tele y se tranquilizan. Sólo, como dice Maru, los niños con los que más hemos “conectado” estos días se acercan, piden besos, se agarran a nosotros, quieren que les abracemos… Dios, que difícil es esto, ¿cómo dices que no a un niño que te dice “pápa” y te echa los bracitos? Pues hay que hacerlo, así es el sistema, hay muchos otros padres, no os preocupéis, ya os rescatarán, angelitos….



Maru, vistiendo por primera vez a su hija, está tan nerviosa que parece una madre primeriza. Parece como si no hubiera vestido nunca a un niño. No se lo puede creer y la toca como si fuera de porcelana; lo malo es que el modelito elegido consta de jersey cuello cisne en color berenjena que a mi niña no le entra en la cabeza (no por cabezona, ¿eh? Que mi niña es perfecta…) y hay que empujar un poco. No se lo cree, los ojos le titilan con luz propia, pero aguanta las lágrimas como puede, está Alberto, están los demás niños…. No hay que llorar, es un momento feliz. Es más relajado que la fiesta del día anterior, pero más intenso. Ahora es de verdad, ahora sale con nosotros, decimos paká-paká a la casa cuna por los oscuros pasillos en los que llevo a mi hija en brazos para que no se asuste, para que empiece a descubrir sin miedo, con sus ojos nuevos, el mundo exterior, la vida. La niña, en sus primeras horas, va a hacer el viaje de la muerte Bielgorod-Odessa en coche y de noche y luego va a coger un coche-cama hasta Kiev. ¡Eso es empezar a descubrir el mundo con alegría y salero!



De lo que ha contado Maru del viaje de vuelta, nada que comentar, sólo que no os asustéis, hice de padre cargador pero con ayuda, los dos conductores (Yuri y Guiana) a la ida y un conductor y dos mozos a la vuelta, nos ayudaron con las maletas. Vamos, me faltó pedir que me sirvieran lubina salvaje y Moet Chandon en el compartimento para ir en plan diva de la canción. La noche en el compartimento, bien lidiada, se nos ve la experiencia y la soltura. Cris con balanceos y miedo, pero al final todo salió bien y conseguimos dormir lo suficiente.



No escribí anteayer porque estaba hablando con otros padres que están pasándolo mal por el tema de Interpol, intentando ayudarles en lo que puedo. La situación es dura para muchas familias que llevan mucho tiempo intentando sacar a sus hijos de aquí pero la burocracia, los políticos, el sistema, hace que se desesperen. Es normal. Nada de lumbalgias, al menos por las maletas. Sí por el costalazo que me pegué en el famoso parque que está entre San Miguel y Santa Sofía, con mi hija en brazos. Yo en plan “aquí está papi superfornido, no te preocupes hija, que yo te llevo en brazos al tobogán” y ¡zas! trompazo para ir trabajando un poquito la humildad y el equilibrio.



Hoy hemos dado una vuelta por el parque de San Miguel, haciendo la foto que nos faltaba: Maru con sus dos hijos en la estatua de la maternidad. ¡Que poco sabíamos, hace tres años, cuando hicimos la primera –Maru sola- que íbamos a tener una familia así! Nos animamos y nos acercamos a comprar algunas cosas a los puestos de la cuesta de Desyatinna, al lado del Departamento de Adopciones. Una vez allí nos decimos, ¿por qué no pasamos a ver a Elena y a las demás? Y así lo hacemos.



Nos reciben encantadas y tratan a los niños con muchísimo cariño, se nota que les gusta su trabajo. Cada uno habla de la feria según le va en ella pero a mi me parece que hacen lo que pueden por sacar a los niños de los orfanatos, por darles un buen futuro. Se que hay personas que han sufrido mucho porque no han podido volver con niños, que se han sentido estafados, engañados. Es muy complicado opinar de esto pero mi firme convicción es que hacen su trabajo lo mejor que pueden. Nos hacemos fotos con Elena, a la que prometemos enviárselas y las demás nos piden fotos de los niños cuando estén en España. Tienen las paredes decoradas con montones de fotos de niños de innegable origen ucraniano, de niños felices, sonrientes, repartidos en esta diáspora infantil que ocasiona la adopción internacional. La vida es así.



Aprovechamos los puestos para comprar algunas cosas típicas que en el anterior viaje descartamos hacer y que luego hemos echado de menos. ¿Cómo no va a haber unas matrioskas en el salón de unos adoptantes en Ucrania? ¿Cómo Maru no va a hacer après-sky con un gorro ruso a partir de ahora? Pues eso, a regatear y a soltar las últimas grivnas que nos quedan en los bolsillos.



Estamos en Kiev, con buen tiempo (aún con hielo en las zonas de umbría), con nuestros hijos, en una zona que conocemos –el mismo apartamento que la vez anterior- con todo resuelto… Tranquilidad antes del viaje, calma antes de la tempestad. ¿Qué pasará en el avión? ¿Cómo manejaremos sin ayuda tres maletas, dos troleys, cuatro bolsos de mano y dos niños, uno de ellos más movido que una ardilla con un subidón de adrenalina? ¿Cristina tendrá miedo del avión o tendremos un viaje tranquilo? ¿Cómo será nuestra nueva vida con dos hijos?



De momento, por lo que vemos, distinta. Más liados, pero más divertidos. Somos más, somos más familia. Ya no somos dos padres entregados a un hijo, ya hay más roles: hermano mayor, hermanita pequeña; cuida de tu hermanita, mira que fuerte y que listo es “brat”, tienes que ser cuidadoso con ella, coge la mano de Alberto… Tienen que compartir cariño, atención y cosas materiales. Familia, escuela de la vida.



Queremos a los dos igual, aunque Alberto lleve tres años con nosotros y lo sea todo para Maru y para mí, Cristina es tan deseada, tan rica, tan pequeñita, tan desvalida, tan, tan …. Lo voy a dejar que parezco una campana, pero es cierto que entra en nuestra vida por la puerta grande. Las sensaciones no son las mismas que la primera vez, son menos intensas, menos edulcoradas, más maduras, pero eso no quiere decir que menos verdaderas. Sabemos que creceremos en el amor a nuestra hija, como nos pasó con Alberto pero ahora mismo nos parece imposible… ¡pero si la veo y segrego saliva de verdad!



Sabemos que después vendrán las complicaciones, la vida ajetreada e intensa de Madrid, las prisas, los coles, los agobios. Sabemos que Cristina necesitará trabajo, dedicación “extraordinaria” como casi todos los niños adoptados…. Por eso disfrutamos de estos días de “luna de miel” con nuestra hija, que se merece unos padres que estén como locos por ella. Supongo que por eso estoy inundando al vecino de abajo, babeando todo el día.



Gracias, Señor, por darnos unos hijos mucho mejores de lo que nos merecemos, con todos nuestros errores y nuestros miedos. Gracias por confiárnoslos, por hacernos partícipes de sus vidas, guardianes de sus sueños y ahuyentadores de sus pesadillas, enfermeros, héroes, confidentes, gracias porque piensan que somos sabios, que lo arreglamos todo, que lo podemos todo, que podemos comprarlo todo... Gracias, Señor. Danos fuerzas, alegría para todos los días, paciencia para el amor, prudencia para guiarles, templanza en las crisis.



Gracias por estar ahí, por seguirnos en este viaje que acaba muy pronto. Algunos ya sabéis lo importante que es sentirse acompañado en muchos momentos de desánimo, de agobio, de aburrimiento.



Hasta siempre, hasta luego.




miércoles, 3 de marzo de 2010

HABEMUS COSACA

Como ya todos supondréis, ayer por fin, a las 6 de la tarde, después de dorar la píldora de nuevo a la directora y recién llegado Cacha de Odesa, acudimos raudos, veloces y emocionadísimos a rescatar y transformar a nuestra princesita que estaba a puntito de cenar (nunca me llegaré a acostumbrar a estos horarios); estaba un poco desorientada por nuestra visita en ese horario tan poco frecuente pero nos saludó como siempre y vaciló más que nunca de sus papás y de su hermanito mientras el resto de su grupo (a los que nos llevaremos enganchados en el corazón) nos tendía los brazos y nos llamaba. En fin, los que ya lo habéis pasado lo recordareis bien, es una sensación tan agridulce… por un lado te reconforta sacar a nuestra hija de allí pero ves tantas caritas, tantos niños faltos de tantas cosas, un gesto amable, una mirada, una familia, que se te parte el corazón…en ese momento nos sentimos muy mal por llevarnos solo a uno de ellos; el destino ha hecho que sea Cristina pero podría haber sido cualquier otro, la niña preciosa de mirada lánguida que ha sufrido ya tanto, el chiquitín con pinta de irlandés, la gitanita del hoyuelo, la rubia tan cariñosa, el de los mofletes que no paraba de reírse…. en tan solo unos días hemos tenido tanta complicidad con cada uno de ellos que sentimos que algo nuestro se les queda dentro y pensamos si es mejor haberles dado algo de felicidad o quizá hubiéramos tenido que mantenerles en la frialdad de su día a día…En fin que sudamos la gota gorda y nos fuimos con un tembleque de piernas que no le deseo a nadie, pero salimos intentando contagiarle algo de serenidad a Cristina que con su carita de alucinada mirándose las zapatillas nuevas no dijo ni mú.



Después comenzó el maratón infernal, teníamos solo una hora así que aguantamos el stress con la recién llegada persiguiéndonos al grito de Maaama, Maaaama (pensaría ¿esta señora me va a dar algo de cenar o que???, Alber como un macaco fumao persiguiéndola para someterla a otro de sus apasionados achuchones, las maletas a medio cerrar y la cena sin hacer... así que cuando nos subieron a buscar los dos conductores, la traductora y la del piso de alquiler, nos pillaron fregando los platos y a medio arreglar; al ver nuestra mirada de horror se pusieron a ayudar y a bajar a toda prisa nuestros bultos, tan rápido que casi se bajan a Alberto en zapatillas!!!!!



Una vez repartidos en los dos coches, Lesia y las maletas en uno y la orgullosísima Familia de Cachavera Navascués con los cuatro componentes a bordo, en el coche de nuestro fiel Guiana. Las carreteras ya las conocéis, si tuvieran que hacer un cementerio en una de ellas no necesitarían palas….así que mientras oíamos rechinar los amortiguadores del coche, sentíamos como nuestras cabezas chocaban contra las ventanillas; Cacha de copiloto, yo atrás con los dos micos, Alberto mordiéndome la mano mientras Cristina, cual perrito si-si se abalanzaba a la zona delantera para no perderse nada….todo esto sin cinturones de seguridad y de noche cerrada, claro. Desde luego para mi esa fue la parte más dura del regreso a Kiev. Pensé que no llegábamos nunca y que alguno de nuestros hijos terminaría como una polilla más, estampada contra el salpicadero roto del pobre Guiana. Después de muchos botes, muchas amenazas y muchos cállate, déjala, duérmete inútiles, llegamos a la estación. Entre todos menos yo que llevaba a cada uno de mis herederos en una mano consiguieron subir al vetusto tren el cargamento de maletas (creo que por allí pensaron que llegaban los Rolling Stones…)¸ hicimos las camitas, nos cambiamos rápidamente y hala a tumbarnos y a hacer que dormíamos para que la princesa pudiera pegar ojo por fin. Después de una horita y pico y unos balanceos como para descarrilar el tren, la niña más valiente de Bielgorod consiguió conciliar el sueño. Y a las 7 de la mañana oootra vez para arriba, quita pijamas, recoge la caja de cerillas, y saca maletas... menos mal que de nuevo tuvimos ayuda y conseguimos llegar a nuestro antiguo apartamento sin más problemas eso si, sin ducharnos ni desayunar pero eso nos daba exactamente igual, POR FIN LA TENEMOS CON NOSOTROS! Y es maravillosa despierta, dormida, enfadada y de todas las maneras que se nos ocurran; no nos cansamos de mirarla, de tocarla y de ver como Alberto se la come a besos (literalmente…) y la dice que es la estrella más bonita del cielo, la sirena más profunda del mar, la cosa más bonita... su hermanita... para que seguir? Ya me siento hasta un poco celosa, oye, no me viene mal…



Al acabar de instalarnos de nuevo y gracias a que los papeleos nos dan un respiro, nos encaminamos al famoso parque que a día de hoy, es casi el único que queda con nieve…helada… creo que no haré comentarios de lo que ha pasado allí, si quiere Cacha que lo cuente, es demasiado humillante...



A la vuelta hemos comido y los peques dormido casi dos horas; pobrecitos, tenían unas ojeras que parecía que les habíamos extraído la sangre...



Ahora, por fin, acabamos de bañarlos, darles su cremita, secarles el pelo (que de pelo tiene mi niña maaaaadreeee), darles la cenita y sentirnos los padres más felices del mundo al ver sus cuerpecitos descansando por fin.



Resumiendo, que Cristina va adaptándose bastante no, muy bien, no se le puede pedir más a una personita de 90 cm. que está descubriendo el mundo a golpe y porrazo con tan solo tres años y sin entender ni papa; mañana hacemos una visita familiar al consulado (que se preparen!!) y si hay suerte, dentro de muy poquitos días estaremos ya en nuestro hogar, disfrutando de algo de normalidad y durmiendo ya en nuestras adoradas camas. Por hoy ha sido todo, mañana más y mejor...



Muchos besitos





Maru

lunes, 1 de marzo de 2010

NUNCA DIGAS NUNCA JAMÁS

El fin de semana trascurrió con el ritmo lento y cadencioso de esta lánguida vida que llevamos, forzosamente. Como aquí no hay otras parejas adoptando, vamos y venimos por la tétrica oscuridad de los pasillos en soledad, acompañados del eco de nuestras pisadas, que Alberto se empeña en hacer atronador dando saltos con sus botas de montaña.



Cada día la misma rutina. Llegada a las 10:00, visita al médico de guardia para que nos de permiso para visitar a Cristina. Mucho “Dobri Dien” y mucha “Espasiva” mientras escondemos a Alberto para que no le oigan toser y nos prohíban la visita. El sábado aprovechamos el penúltimo día sin Cristina para comprar cosas para su fiesta de despedida. Tampoco nada complicado, son niños muy pequeños, no sabemos que están acostumbrados a comer y qué les van a dejar hacer. Maru preguntó a las cuidadoras y no le aclararon mucho; bueno, si, dijeron que una tarta para ellas. Así que el sábado por la tarde compramos gorritos de fiesta infantil, matasuegras (que se fastidien las cuidadoras), dulces y caramelos surtidos, unos bombones y una tarta. El alcohol de la fiesta que lo pongan ellos, ¿no?



El domingo fue muy especial; hoy lunes tocaba recoger la sentencia, entregar el donativo habitual y recoger a Cristina, así que el domingo era nuestro último día sólo para Alberto. Hablamos con él, le anunciamos que iba a ser la última noche que iba a dormir sólo, el último día que iba a estar sólo en casa. Y se lo tomó magníficamente. Es un sol, aunque a veces no sepa controlarse, no pueda contener sus nervios, su impulsividad y eso le haga ser a veces brusco en Cristina, ser molesto para nosotros porque se mete en medio de la mitad de las fotos, se coge berrinches absurdos cada diez minutos cuando estamos con Cristina, tensa todas las situaciones hasta el límite para probar nuestro cariño, para reclamar nuestra atención… acaba con nuestra paciencia día si y día también.



Así que anoche, como era la última noche, le levanté un arresto de cuento por haber destrozado el papel pintado del cuarto de baño de nuestro lujoso apartamento, papel pintado que me ha tocado recoger del suelo los trocitos y pegarlo con pegamento en barra, que es lo que tenemos aquí disponible. Cuento largo leído por mamá y acurrucado con ella (lo que más le gusta del mundo), besitos de buenas noches, oración para pedir por mi prima más guapa y más buena, que está malita (un beso, cielo, te prometo que te llevo a Cristina en cuanto podamos) y besos de hasta mañana.



Después, últimos detalles para los planes, los preparativos, ¿cómo van a dormir, cómo les bañamos, qué hacemos con la comida del lunes, nos dará tiempo a sacarla antes de comer o después, qué hacemos el martes en Odesa, qué llevamos para que coma Alberto, ponemos pañales a Cristina desde el primer momento, esperamos a ver…? Mil preguntas, mil dudas que hemos ido acumulando con el tiempo de estancia aquí y que toca responder. Lo más importante: a partir de mañana seremos pares ya, seremos cuatro, dos morenos y dos rubios, dos chicos y dos chicas. Nuestra princesa es un sol, es graciosa, cariñosa, nos ha robado el corazón en este tiempo y estamos deseando sacarla de su encierro para empezar a vivir nuestra nueva vida, para empezar a enseñarla el mundo, poquito a poquito, que ya sabemos que a estos niños hay que ir controlándoles los estímulos, las presentaciones a la familia y los amigos, las novedades …



Es nuestra última adopción, Esto lo tenemos muy claro, con dos ya tenemos cubierto el cupo, no nos creemos capaces de empezar con otro proceso y jugar otra vez a esta dramática lotería de la adopción en Ucrania. Y no sólo eso, Alberto es como tener tres niños y ya veremos que pasa con Cristina, que cada niño trae su historia y sus complicaciones y alguna nos encontraremos. Otro país, otra forma de adopción sería demasiado para nosotros, o así al menos lo creemos ahora. Dios proveerá.



Esta mañana, bien tempranito, nos llamó Leysa para decirnos que ya había llegado a Bielgorod y empezábamos con los planes del día: recoger la sentencia en el juzgado y con ella ir a la casa cuna a recoger certificados varios, hacer el donativo y recoger a Cristina para venir a casa. Primera cena con nosotros, primer baño, primera noche. Emoción por todo lo alto. Parece dulce y tranquila, pero con la novedad, la excitación y el terremoto de su hermano al lado, ¿cómo se comportará? ¿Dormirá bien o se asustará? ¿Le dará miedo el baño (como Alberto el primer día) o habrá que ir a bañarles a los dos con escafandra? Todas estas preguntas y muchas más que no transcribo para no ser un padre pesado tendrán su respuesta en unas horas.



Leysa nos llama; viene con Guiana para hacer algunas de las gestiones que tenemos que hacer en la ciudad, lo que nos lleva un par de horas con Alberto más nervioso que de costumbre, preguntando cada diez minutos “¿Pero cuando vamos a por Cristinaaaaa? Joooo, que yo quiero ir yaaaaa….!. Volvemos a la casa cuna para rescatar a nuestra princesa previo pago del donativo. La directora, fiel a su costumbre, nos hace esperar. Mientras hago el papeleo Maru se queda con Alberto que a esas horas ya tiene hambre, está cansado y lo único que quiere es jugar, si es posible con su hermana. En el coche de Guiana llevamos todo lo necesario para la fiesta, los juguetes hemos comprado en estos días y que vamos a dejar aquí, una tarta, etc. En el camino de vuelta Leysa nos dice que mañana nos vamos ella y yo a hacer las gestiones a Odessa, no es necesario que vengan Maru y los niños, para que no se pasen el día haciendo gestiones y esperando en el coche.



Por fin se nos aparece la directora en cuerpo mortal –una viva imagen de María Jiménez al acabar el Rocío- y en toda su magnificencia y esplendor (caduco). ¿Por qué esta tía no me mira nunca a la cara? La conversación con Leysa se alarga (¿estamos regateando? Y, si es así, ¿por qué yo no participo, si negociar es mi especialidad?) y eso no me gusta nada. Caras serias y muchos “Niet”. Chungo.



Por fin Leysa me dice, entre avergonzada y preocupada, que no nos podemos llevar a Cristina hasta mañana. ¿Cómo dices? Si, hasta que no traigamos la copia de la nueva partida de nacimiento de Cristina –una gestión que tenemos que hacer en Odessa, a 90 km de aquí pero a dos horas de coche- no nos deja sacarla. Que si, que es una formalidad, que si, que en otros casos vale con enviarla por fax, que si, pero que estamos en periodo de nuevo gobierno, que una pareja una vez se olvidó de enviar la nueva partida de nacimiento –con su nuevo nombre y con nosotros como padres- que no, que niet, que nasti. Estoy en posición de debilidad, no tengo ninguna baza, no puedo ni debo utilizar lo del donativo, sería contraproducente, seguro. A pesar de la frialdad de sus ojos grises, de que en su despacho no hay ninguna foto personal, de que he estudiado su mesa y su despacho en el rato en el que no me enteraba de nada y no se por donde entrarla –y mira que tengo práctica en hacer eso- me decido por la baza sentimental: Alberto está esperando, después de casi cuarenta días desde que conoció a su hermana, sacarla de aquí, está ilusionadísimo (me permito la exageración) cómo vamos ahora a decirle que Cristina no se viene con nosotros.



Niet.



Nada que hacer, ¿no, Leysa?. No. Vale, ¿dónde vamos a pagar el donativo? Ni me despido, me doy la vuelta y me voy a cumplir con mi parte del trato. En ese momento sube Maru, preocupada por la tardanza. Me ve la cara. Me pregunta que pasa. Se lo explico. Se pone blanca, sólo un segundo. No pasa, nada, no pasa nada, me dice.



Acabamos los trámites y nos vamos. Tenemos que dar la comida a Alberto y echarle la siesta, ya veremos si duerme algo con tanto cambio, tanto trajín. Nos montamos en el coche de Guiana, cargados de tartas, gorritos, matasuegras, caramelos y bombones. Por la tarde veremos a Cristina, no sabemos cuando haremos la fiesta de despedida, si al final de la mañana, a la vuelta de Odessa o por la tarde, si no nos da tiempo.



Volvemos, por tanto, a ver a Cristina en régimen de visitas. Ayer nos despedimos muy chulitos de la casa-cuna con un “es la última vez “ y hoy mismo nos desdecimos y volvemos los tres caminando, por el barrio de la depresión –como lo llama Leysa- con la bolsa de visita (que esta mañana llevaba la ropita de Cris amorosamente escogida por su madre para llevárnosla) cargada de juguetes de visita y merienda de visita. Este es el subeybaja de Ucrania, señores, hagan sus apuestas… ¿logrará esta familia después de muchas penalidades sacar a su hija de aquí? Según llegamos, Leysa, para rematar, nos dice que, según está previendo las gestiones, mañana salimos a las 8:00 de la mañana y llegaremos a las 19:00 de Odessa, con el tiempo justo para recoger a Cristina, cenar y volver a la carretera, esta vez todos juntos, para coger el tren nocturno a Kiev. Así que mañana no hay tiempo para recoger a Cris y darle una fiesta de despedida, o no estaré yo en ella. Guay. Mira que lo hemos planeado con cariño, para darles una fiesta a los niños que, día a día, hemos visto, conocido sus nombres, saludado, acariciado, acaso querido, aunque sea un poco…



Decidimos que me vuelvo al piso a por las cosas de la fiesta y la hacemos esta misma tarde, ¡ni los niños ni nuestras hija se quedan sin fiesta, hombre! Consultamos a las cuidadoras y no nos ponen problemas. ¡A por ello! Por fin vamos a conocer ese territorio hasta ahora vedado para nosotros, ese misterioso lugar que se esconde tras el umbral de la puerta frente a la que hemos pasado más de un mes. El sitio donde vive Cristina.



Cuando entramos con las cosas les han explicado a los niños, que están sentados muy formalitos, lo que va a pasar. Cris se pasea todo pichi entre ellos, contoneándose (todo lo que dan 90 cm), sintiéndose una mezcla de sentirse del grupo y protagonista por “esta fiestuqui la paga papi”. Maru saca juguetes, globos y chucherías, que reparten, ordenadamente, las cuidadoras. Los niños empiezan a saltar como locos. Las cuidadoras hacen lo que pueden pero el enemigo es más numeroso, se mueve más rápido y tiene más manos. Al final pierden el control de la situación, los enanos están al borde del paroxismo, con la bocas llenas de chocolatinas, algunos con dos matasuegras y tres gorros en la cabeza, pidiendo “sharik, sharik” (“globo, globo”). Me pongo a inflar globos y veinte manitas trepan hacia mi intentando arrancármelos de la boca antes de acabar. Es un infierno, no siento las piernas, veo a los niños dándose globazos unos a otros, jugando a asustar a las cuidadoras con el matasuegras, absolutamente borrachos de alegría.



Pedimos que nos hagan una foto con el grupo. Queremos que ella tenga un recuerdo, en el futuro, de sus primeros amigos, de sus compañeros. Sentarles ahora y hacerles un foto se me antoja, en ese momento de excitación, más difícil que llevar a una docena de culebras a punta de látigo hasta Madrid pero, sorprendentemente, las cuidadoras lo consiguen en pocos minutos. Hacemos la foto de rigor y nos vamos despidiendo, que los niños tienen que tranquilizarse y dormir. Pedimos que nos enseñen la cuna de Cris. Ella nos acompaña y nos la muestra, orgullosa. Al lado duerme Genia, una de nuestras preferidas, una niña con una historia terrible, pero que es un cielo, todo sonrisa y ojos azules, nos la llevaríamos mañana mismo, también.



Nos despedimos de Cris con un “Da Saftra” (“Hasta mañana”) que esta vez es el último. Eso si lo puedo jurar. Se pongan como se pongan, yo mañana aparezco con mi partida de nacimiento debajo del brazo y me llevo a mi hija, se pongan como se pongan. Volvemos a casa, sopesando pros y contras, buscando las ventajas de que Cristina no vuelva con nosotros, no se tome su primer baño, no cene su primera cena, no duerma con su hermano hoy. Nos animamos, esto no es más que un pequeñísimo contratiempo, no pasa nada. Alberto, además, ha vuelto encantado, comentando que "la fiesta ha sido magnífica". Un académico tenemos en casa.



Mañana si, mañana será nuestra, ya para siempre. Nadie nos dirá más si podemos ver a nuestra hija o no. Nunca. Estamos deseando.



Y de premio, unas fotos del "party pañal". A disfrutar....




 
 
Besos y abrazos

viernes, 26 de febrero de 2010

LA FIERA DE MI NIÑA

Continuamos con el tercer grado de visitas al que estamos autorizados a visitar a nuestra hija. Mañanas de 10:00 a 11:30 y tardes de 16:00 a 17:30. Y después se acabó el día. Todo lo más, ir al Cutreffur a hacer unas compras –como estaremos, que un hipermercado ucraniano nos parece un sitio acogedor y moderno- y volver en taxi o caminando, dependiendo de las fuerzas y del clima.



Me da miedo escribir esto, pero lo haré: la primavera ha llegado a Bielgorod. Y no, no lo digo por lo floripondios que habitualmente adornan las coletas de mi princesa morena (la rubia ya hace tiempo que dejó las coletas) sino porque parece que nos ha abandonado el frío polar, la nieve, el hielo. Por el contrario, tenemos un entorno más feo, porque está más a la vista. La nieve ocultaba piadosamente la miseria y abandono del barrio en el que vivimos. Para que os hagáis una idea, la calle por la que vamos a la casa cuna no es que tenga baches, no, es que ha perdido más de un metro de su nivel inicial, ya no tiene asfalto más que en algunas zonas testimoniales, el resto es barro. Y el entorno a juego con tan magníficas infraestructuras urbanas. Así está el mundo, en España levantando y volviendo a poner aceras para dar trabajo a la gente y aquí sin ellas. Y sin trabajo, porque se ven, de vez en cuando, los típicos corrillos de hombres en edad de trabajar en actitud desocupada, en horario laborable.



Pero la gente es tan feliz o infeliz como en cualquier otro sitio; los niños juegan con sus juguetes, sean estos la última PS3 o una caja de cartón; los adolescentes pelan la pava con el mismo desgarbo, los mismos granos y las mismas hormonas que en todo el mundo; las madres pasean orgullosas a sus bebés bajo los primeros rayos de sol del año, aprovechando para comadrear e intercambiar trucos y consejos; los hombres vienen de trabajar al final de la tarde, sus mujeres les reciben en casa donde discuten, ríen, lloran, como todo el mundo. Y esto no es que nos lo figuremos, es que lo oímos a través de las finas paredes de la casa en la que, como buenamente podemos, pasamos los días de rescate de nuestra preciosa coletitas.



Llevamos tanto tiempo aquí que ya ha empezado a tener confianza con nosotros y eso hace que se muestre tal como es. O sea, que hemos llegado ya a la fase de las rabietas. Durante este tiempo, hemos pasado de la niña que no tenía cuello ni barbilla de tanto mirar hacia el suelo a la que a la mínima que se le lleva la contraria grita y se pone hecha una hidra. Ya hemos pasado a la fase de “lloraré y lloraré hasta que me muera y se que puedo hacerlo”, cosa fácil de manejar para padres experimentados como nosotros, que ya hemos domado al verraco rubio. El otro día nos acordamos de la rabieta que se cogió recién llegado a España; una hora de reloj llorando porque no le dábamos un caramelo nuevo –acababa de tirar uno enterito a la papelera- en la consulta del querido doctor Jesús García Pérez, mientras éste (que raja más que el cuchillo de un melonero) nos contaba la boda de su hija. Acabó durmiendo en el suelo, agotado. No tuvimos nunca una rabieta más por estas tonterías.



Lo malo no es ella, lo malo son los mil ojos que nos vigilan, que no sabes si van a entender que lo que hacemos es aguantar estoicamente y sin hacer caso a la Irene Papas de Odesa en su representación cumbre de “Mi gran tragedia griega porque no me das la muñeca”. Es decir, me tiro al suelo y lloro con gran desconsuelo hasta que me des lo que exijo y lo quiero ya.




Hasta el momento, hemos tenido suerte; ayer mismo, mientras nuestra gran diva alcanzaba el momento culmen de su interpretación en el suelo, se abrió la puerta de su grupo de repente, salió una cuidadora ya mayor, de las que tienen pinta de majas y Cristina se calló de inmediato. No se que dijo la cuidadora pero a Cristina se le quitó la gran congoja llena de mocos y gorgojos con la que nos había obsequiado y se sentó, más tranquila que un funcionario en su hora de desayuno, a sorber un zumito por su pajita.



También nos lo hace en el patio, cuando salimos aprovechando la mejoría del tiempo. Entonces tenemos el numerito “me voy muy lejos a hacer pucheros a ver cuanto aguantas sin venir a por mi”, con idéntico resultado para la pobre y la misma sensación para nosotros de “todas las cuidadoras, los médicos y la directora están viendo por la ventana como maltratamos psicológicamente a nuestra hija”.



Le pone un poquito más de picante a la situación que ambos han descubierto lo divertido que es que castiguen a tu hermano y a ti no; de hecho, la muy mico, cuando castigamos a Alberto a pensar un rato –cada media hora, más o menos- se acerca a su rincón para echarle, suponemos por los gritos, una bronca de propina, acompañada de grandes aspavientos y agitación de coletas al viento. El pobre Alberto lo disfruta menos, pues todavía estamos algo condescendientes con ella y además es más difícil fijarla en una lugar castigada “nakashú”, la tía todo se lo toma a broma y se cree que estás jugando a ponerla de cara a la pared y si la coges en brazos para llevarla a su rincón saca la mano a pasear y reparte unos guantazos que ni la hermana de Urtain, famosa por tener los mismos antebrazos que su hermano el boxeador. Como en casa siga así vamos a cambiar el título del blog por “Devuelta a Ucrania” y se la enviamos a la casa-cuna en una caja para mascotas a portes debidos.



Y en esto pasan los días, entre arrullos y gritos, entre mimos y castigos, intentando poner amor, orden y disciplina en medio de esta desordenada y caótica situación en la que nos encontramos, lejos de casa, de nuestra gente, de nuestras costumbres. A pesar de esto Alberto casi ha completado todas las fichas de tarea que Miguel, su profe, nos dio antes de salir y va a volver casi leyendo y con mucha mejor grafomotricidad.


Sabemos que ella necesita conocer cuales son los límites con nosotros. La disciplina del orfanato es muy clara, pero nosotros, de momento, somos dos personas mayores que juegan y traen cosas ricas de comer, acompañados de un niño rubio muy gracioso que siempre -menos cuando se enfada- quiere jugar. De momento, hemos hecho que Alberto ceda más porque Cristina no nos entiende, es más pequeña, está menos preparada para los cambios y la muy cuca se aprovecha de eso, mientras pueda... Para Alberto es una situación muy estresante, nos tiene que compartir unas horas al día y, si ya le cuesta dejarnos hablar entre nosotros cuando estamos los tres sólos, hacerlo con una cuarta personita a la que tratamos como a él... le desestabiliza completamente. Pero de esto se trata, de aprender a compartir, a ser hermanos, a vivir.


Vivimos cada día diciéndonos “un día más, un día menos”, pero somos conscientes de que también tenemos que disfrutar de la situación, son vivencias únicas, especiales, intensas. ¡Sabemos que muchos de vosotros darías lo que fuera por estar aquí, buscando a vuestros hijos! Y por eso, y porque nos sentimos inmensamente afortunados por nuestros hijos, no nos quejamos entre nosotros. Sólo muy de vez en cuando nos dejamos llevar por la nostalgia y se nos escapa algún “¡Qué ganas tengo de salir de aquí!”.

A la vez, sabemos que, de alguna forma, en algún momento, sentiremos nostalgia de esto, como ya nos pasó con Kriviy Rig. ¿Que es lo que voy a echar de menos?

- El pan, la bollería. Es como en España hace 20 años. Se nota que es un país de cereal, lo saben trabajar

- Los perros callejeros. Cada uno tiene su personalidad, sus ojos reflejan viveza, experiencias.

- Las sopas. Las hay muy buenas.

- La cerveza. Cualquiera está buena.

- Las mujeres de Kiev. Por saber caminar sobre el hielo con tacones de aguja sin caerse.

- Los gorros que se pone la gente. En España ya nadie lleva sombrero, gorra. Aquí lo lleva todo el mundo, por el frío.

- Los yogures. Son mucho más cremosos que en España.

- Las verduras, cuando están comestibles, saben como las de antes.

- La tele en ruso. No te enteras de nada, ¡para lo que hay que oír!

- Levantarme con la única ocupación de jugar con mis hijos durante el día.

- La sensación de estar construyendo nuestra propia historia, ladrillo a ladrillo, con nuestras propias manos.

- Empezar a querer a tu hijo, cuando tu hijo también está en edad de empezar a quererte a tí. Notar que él también te adopta, que has pasado de ser un desconocido a Papá y Mamá.

¿Y qué cosas no voy a echar nada de menos?

- Las aceras, más bien su ausencia, los charcos, más bien su exuberante presencia.

- Las cuidadoras que nos miran con desprecio, que son bordes, secas, desagradables.

- La sensación de sentirte un euro con patas, para casi todo el mundo.

- El olor a desinfectante mezclado con repollo del orfanato.

- La carne. Esta gente no sabe ni como cortarla ni como prepararla.

- No poder beber agua del grifo. No porque sepa mal, sino porque corres el riesgo de que te crezca un tercer brazo en la espalda.

- Las malditas carreteras, en las que de pronto, cruza una vía de tren, se convierten en paisaje lunar, desaparece el asfalto, aparece una señora con una guadaña que saluda con la manita...

- No entender un carajo cuando me hablan.

- Esforzarme en leer en caracteres cirílicos cada cosa que me pasa por delante - manía de lector empedernido- para no entender nada más que las palabras directamente trasladables.

- La tele en ruso. Es igual que la española, los mismos clichés, los mismos parásitos viviendo de la misma mirada embobada de gente embrutecida.

- La incertidumbre incontrolada en un país que no es el nuestro sobre cosas que son vitales para nuestro futuro, nuestra felicidad.

- Ver a mi hija de visita. Que me limiten el tiempo de estar con ella.

- No saber que come, que la cuentan, como la lavan, si ha tenido pesadillas esta noche, por que ayer estaba muy contenta y hoy no.

- No poder contarla un cuento esta noche, no poder entrar a verla mientras duerme, no arroparla si tiene frío, no abrazarla si los monstruos malos han rodeado su cama en sueños.


Hoy se cumplen los diez días para que la sentencia se haga firme, A partir de mañana, nadie podrá ya nunca separarla de nuestro lado. Se acabará esta sensación de que todavía algo puede salir mal y que no va a ser posible tanta felicidad. ¿Será que no reenviar las cadenas de mensajes que llegan a mi email o no consultar mi horóscopo, que me crean angustia?


Besos y abrazos





martes, 23 de febrero de 2010

ESTE BLOG

Ayer estuvimos reflexionando sobre el contenido del blog –hemos recibido un aviso de nuestro facilitador para que retiremos alguna información, que por ser demasiado detallada, nos puede traer complicaciones- y eso nos ha hecho, por primera vez, querer comunicar por qué lo estamos haciendo así, por qué empezamos con el blog de Alberto y hemos seguido con el de Cristina.



1.- Lo más importante: es para que nuestros hijos conozcan su propia historia, en el momento más intenso, el de su búsqueda, como si hubieran estado con nosotros. Como hemos escrito anteriormente, cada niño adoptado es, previamente, un niño abandonado. Nosotros intentamos “curar” ese abandono desde el primer día. Nuestra búsqueda es la expresión de lo que les queremos y han sido deseados antes de conocerles.




En algún momento pasarán por la tristeza del saberse abandonados, experimentarán el duelo de la pérdida, el vértigo de no conocer su origen biológico, la rabia de que les haya sucedido a ellos, la impotencia de no sentirse “como los demás”. Confiamos en que con nuestro amor, con la educación adecuada y con la ayuda de Dios sean jóvenes con la inteligencia y formación necesarias para darse cuenta de que son lo que son independientemente de su origen, de sus antecedentes biológicos, de su triste pasado de orfandad. De que cada hombre construye su vida y su futuro por si mismo. De que somos capaces de ser como queremos ser, cada día de nuestra vida tenemos oportunidades de ejercitar nuestra libertad, de hacerlo bien o hacerlo mal. De que todos caemos y nos levantamos cada día, de que nada está predeterminado.





 
Esperamos que sepan enfrentarse a su pasado con la confianza de sentirse queridos, de saber su propio valor como hombres, como hijos de Dios. Esperamos que sepan apreciar sus virtudes, que sepan valorar que la vida es “una mala noche en una mala posada” como decía Santa Teresa y que no vale andar dándole vueltas a “la loca de la casa”, en palabras de la misma santa, es decir, a la imaginación (entendida como especulación inútil, no la creativa), pensando siempre “¿cómo hubiera sido si…?”. De que hay menos azar en nuestra búsqueda que en la ciega carrera de millones de espermatozoides para fecundar al óvulo. Esperamos que el duelo sea breve, superado y que aumente su resiliencia.




Por eso contamos nuestras emociones, nuestros sentimientos, para que ellos lo vivan -los viváis, si lo estáis leyendo ya, queridos hijos- como nosotros lo vivimos. Sabemos que luego viene el paso del tiempo, todo se reduce a un recuerdo difuso, a unas fotos y unos vídeos… Probablemente, cuando más necesiten leer esto será en su adolescencia, que, con toda seguridad, será el momento en que más lejos querrán estar de sus padres.




Queremos que sepáis que nosotros somos los mismos –ahora que no hacemos más que regañaros, que no os entendemos, que no nos entendéis- ahora que entonces, probablemente os querremos aún más, porque habremos vivido más juntos, habremos construido más juntos, os sintamos, aún, más nuestros.





También a nosotros nos sirve y nos servirá, en esos momentos de desesperación que tenemos a veces los padres para darnos cuenta de vuestro valor, de que no debemos acostumbrarnos a vuestra existencia, de que cada día con vosotros es un regalo (¡aunque a veces nos parezca todo lo contrario!). Y releer esta historia, de vez en cuando, nos hace abrir los ojos del alma, esponjar el corazón, y a la vez poner los pies en el suelo.








2.- También queremos contar a nuestros amigos y a nuestra familia como nos va en estos momentos tan difíciles y tan intensos, como si estuvieran aquí. No somos muy de andar contando nuestra vida a nadie, ya lo sabéis, no vamos “dando el rollo” con nuestros problemas, virtudes, penas o alegrías. Pero esto –bueno, esto y casarnos, claro-es lo más importante que hemos hecho en nuestra vida y queremos que estéis con nosotros como estaríais si estuviéramos ahora en cualquier maternidad de Madrid.




Por eso contamos las cosas cotidianas, las que se cuentan a los más cercanos, con confianza, sin vergüenza. También sabéis que somos una pareja sin secretos, sin misterios. Somos como nos veis, no ocultamos nada. Por eso intentamos darle a todo un rasgo de buen humor, de alegría, como intentamos hacerlo en nuestra vida diaria –sobre todo Maru, yo tengo más cara de serio-, como una forma más de amor.






3.- Queremos ayudar a otros padres adoptantes a que se preparen para su adopción, como a nosotros nos sirvió la experiencia de otra gente, como Mafer o Beatriz Torres. Cuanto más se pueda saber sobre esto antes de enfrentarse a ello mejor.

Dicen que nadie está preparado para ser padre y es la asignatura más difícil de la vida. Si, además, el embarazo dura varios años, el parto más de un mes y es de un niño de tres o cuatro años con necesidades especiales…. La ayuda parece más que necesaria, vital.




La adopción internacional es un fenómeno nuevo en casi todo el mundo; en EEUU hay más experiencia, como en casi todo y hay más material publicado, pero también existen diferencias sustanciales entre su sociedad y la nuestra que hacen que las experiencias no sean directamente trasladables. Lo que he leído en España, en libros sobre el tema, o bien trata únicamente la perspectiva del niño adoptado –que es muy importante para conocer a tu hijo, pero no suficiente para ti- o es de una mujer que expresa su experiencia maternal de forma muy particular, muy de mujer, muy de fotos de Anne Geddes y de colores pastel, como si esto de la adopción fuera un camino de caramelo flanqueado por árboles de algodón dulce y fuentes de zarzaparrilla. Y no. El camino de la adopción tiene muchos problemas, hay que saber aguantar mucho hasta que se produce y luego mucho más, porque la mayoría de los niños adoptados tienen problemas específicos, como contamos más atrás.


Así que a este gran hito de la vida llegas ya algo mayor, cansado de los fracasos anteriores (asociados, en muchas ocasiones, a la infertilidad), desorientado, sin ayuda de la administración –que en la mayoría de los casos te trata como un presunto delincuente, un caprichoso que quiere ser padre a toda costa o un niño al que hay que decir lo que tiene que elegir y cuando-, sin formación, sin información….



Por eso contamos los trámites, los viajes, los papeles y sobre todo LO QUE SENTIMOS al hacer esto, para que todos los que se vayan a enfrentar a algo similar tengan una referencia, para que en los momentos de tristeza se sientan acompañados, en los momentos de alegría, correspondidos, para que cuando los trámites se hacen interminables, los expedientes, la espera, las malditas apostillas de La Haya y los antecedentes penales, los certificados médicos y de Hacienda, etc, etc se yerguen como montañas insuperables.. que puedan leer el relato de alguien que lo persiguió y lo consiguió, que al final del camino hay, efectivamente, una luz. Un niño que no sabe lo que son los besos de una madre ni los abrazos de un padre. Y que los necesita.




Por eso es un blog abierto a todo el que quiera, anónimamente, acercarse a esta historia para saber como funciona esto, por si está en los interminables trámites previos, en la confección del expediente o preparándose, con toda la ilusión para viajar a rescatar a su hijo.

Por último, pero no menos importante. Nosotros somos muy conscientes de nuestras limitaciones y carencias. De verdad que no somos mejores personas que nadie por hacer esto. Sabemos que esto no es más que la manera que Dios nos tenía reservada de ser padres. Nada más.




Por eso sabemos que quien tiene verdadera suerte en esta historia no son nuestros hijos –que como veis, además, son guapos y graciosos a rabiar- sino nosotros. Nuestros hijos podrían elegir en una pasarela entre miles de parejas aspirantes a adoptantes y estamos seguros de que en esa supuesta pasarela, no seríamos nosotros los elegidos. Los hay más guapos, más listos, más buenos, más preparados, con mejor posición económica… y seguro que además los hay que además tienen todo lo anterior.




El único valor que podemos ofrecerles es el de la constancia en la lucha por su búsqueda; eso es lo único que nos hace dignos de ellos. Eso y el trabajo diario, posterior, pero eso es igual que el de todos los padres, ni más ni menos. Por eso somos sus padres, porque les buscamos hasta la extenuación, superando todas las dificultades, incluso las que nosotros mismos, a veces, nos ponemos. Por eso y solo por eso, merecemos a nuestros hijos que son, como todos, un regalo de Dios.


 
Gracias por estar ahí, apoyándonos, enviando mensajes que nos dan cada día la fuerza para superar las dificultades de este enloquecido proceso.
 

Gracias, Señor, por darnos tan buena compañía.


 
Besos y abrazos