La última noche en Kiev fue movidita, para no variar. Leysa estuvo en el apartamento por la tarde, para traernos unos regalos y presentarnos a su hija Polina (Paula). Cuando llamaron a la puerta estábamos sin luz. Revisando el cuadro todo estaba bien, la avería estaba en algún cuadro externo, porque el resto de los apartamentos si la tenía. Avisada la casera por Leysa, nos prometió enviar a alguien enseguida. Y así fue, aunque tuvimos que hacer las maletas alumbrados por una linterna.
El vuelo de Ukranian Airlines sale a las 7:40 de la mañana hora de Kiev, lo que requiere estar dos horas antes, las 5:40 en el aeropuerto, así que la noche va a ser breve. A pesar de mis advertencias, Leysa nos dice que quedando a las 6:00 en el apartamento llegamos de sobra. A las once de la noche se va la luz otra vez, con los niños acostados y las maletas hechas. Nueva llamada y nueva promesa de arreglarlo. ¿Cómo se ducha uno y se afeita a las 4:30 de la mañana sin luz? Problemas hasta última hora. Afortunadamente, nos levantamos y hay luz, podemos hacer las cosas sin necesidad de linternas.
Llegada al aeropuerto por los pelos, con Cristina mirando todo, alucinada, con ojos de sueño. Debe pensar que vaya mala vida que le vamos a dar, cada dos días viajando en diversos medios (hoy toca coche, avión, trenecito desde el satélite a la T4 y otra vez coche), madrugones… A pesar de los cálculos de Leysa, hay que facturar, pasar controles de pasaportes, revisar nuestra documentación de adopción de Cristina… a la salida del control –donde, como siempre, nos hacen el “espere un momento” y se van con la documentación y te dejan acongojado, pensando en que te van a decir “hay un problema, no pueden salir con al niña”- nos esperan para decirnos que el vuelo está cerrado y que corramos si queremos cogerlo. Ya, ya, con las maletas facturadas no salís sin nosotros, majetes, no sea que entre los juguetes de los niños hayamos metido una bomba. Nos apresuramos –lo que podemos con dos niños y varios bultos de mano- y entramos en el avión con todo el pasaje sentado y mirándonos con cara de “¡hombre, los que faltaban!”
El vuelo bien, Alberto muy acostumbrado ya a volar y Cristina plenamente confiada en sus padres. Ningún incidente escatológico reseñable en esta ocasión. Cristina ríe confiada en el despegue y Alberto juega a que pilota él. Adiós Ucrania, hasta dentro de quince años, por lo menos. Adiós con el corazón, te debemos a nuestros hijos, pero que ganas teníamos de salir, hemos pasado más de tres meses aquí en los últimos tres años. Sabemos que algún día volveremos con ellos para que conozcan su lugar de nacimiento, para que palpen con sus manos sus orígenes, para que busquen sus antecedentes si lo desean.
Nos repartimos en dos asientos a cada lado del pasillo. Intentamos que los niños duerman pero, a pesar del sueño que tienen, les puede la excitación del viaje, así que dan un poco la murga y hacemos todo lo que podemos para que no molesten: películas, cuentos, juegos… Es nuestro último contacto con Ucrania y su gente hasta dentro de bastante tiempo.
Aterrizamos en España, por fin. No hay tiempo para, como en el primer viaje, pensar en nuestra nueva vida, nuestro cambio de estado… ahora hay dos niños que guiar, varios bultos que transportar, maletas que recoger. Renovamos la sensación de que bonito es Madrid, que bien está España, que infraestructuras, que limpieza, que moderno todo…. Nos espera la prima Maria, como la otra vez, y otra vez es un encanto que nos lleva a casa en su coche de familia numerosa, nos ha llenado la nevera y se va en cuanto nos ve mínimamente instalados, tan discreta y prudente como siempre.
Ya estamos en casa, en nuestra vida, con nuestra gente. Alberto enseña enseguida a Cristina su habitación y el cuarto de juegos, donde entra prudente, no se atreve a coger libremente los juguetes de la estantería hasta que ve que Alberto lo hace. Empiezan a jugar juntos mientras nosotros deshacemos maletas y cargamos lavadoras. Que bien se está en casa, que limpia, que grande, que cómoda, que poco lo valoramos cuando lo tenemos todos los días.
Ahora, poco a poco, a conocer a la familia, a todos los amigos que nos han seguido con tanto cariño…. Pero despacito, poquito a poco, para no descentrar a Cristina, para crear ese vínculo que necesita con sus padres y su hermano, para que sepa que estamos aquí para siempre, que somos SU FAMILIA, no carne de su carne, ni sangre de su sangre, sino algo mucho más importante: somos los que le hemos estado buscando (los tres) durante tanto tiempo, con tanto cariño, con tanto interés, que nadie está más acreditado que nosotros para recibir su amor.
La adaptación va muy bien. Cristina es un sol de niña, dulce, cariñosa, despierta. El único “problemilla” es que no come mucho, nosotros estamos acostumbrados a Alberto que como mucho y de todo. Cristina come como un pajarito y utiliza la técnica del “hacer bola” para dar la impresión de que come. Tiene además una especial habilidad en ocultar la bola en el paladar para que creas que tiene la boca vacía y, suponemos, encasquetársela al vecino de silla al menor descuido de la cuidadora de turno, truco que en este caso no le vale de nada.
Sigue con su retraso de lenguaje, que poco a poco va superando. El origen, como nos temíamos, no se debe a una hipoxia, como nos dijeron en Ucrania, sino al mal embarazo que sufrió, la pobre. El consumo de alcohol es una lacra en este bendito país y la mayoría de los niños que vienen de allí sufren las consecuencias. Gracias a Dios contamos con buenas ayudas de profesionales y toneladas de amor, paciencia y cariño, con las que esperamos recuperar a Cristina al máximo nivel que ella sea capaz de dar. Confiamos en Dios, somos conscientes de las dificultades y problemas que nos esperan, pero lo daremos todo por nuestra querida hija, por nuestra preciosa niña.
Hemos intentado escolarizarla con un año de retraso con respecto a su edad, dado que pensamos que para septiembre todavía no tendrá un nivel de lenguaje, motriz y emocional propio de los niños de su edad. Queremos que para ella el colegio no sea una experiencia difícil, sino un sitio agradable, atractivo al que acudir cada día con ilusión, Pero no ha podido ser, las autoridades de la Consejería de Educación, tras someter a consideración nuestra petición, han tenido a bien no atenderla. Consideran que Cristina va a evolucionar muy bien y que no tendrá problemas de adaptación. Esperemos que sea así.
Alberto sigue con sus celos, con su papel de “príncipe destronado” en grado máximo y tiene con Cris una relación de envidia-dependencia la mar de curiosa. A veces no para de fastidiarla y a veces se la come a besos. A veces le cuesta compartir cosas con ella y a veces la protege –incluso de nosotros, cuando la regañamos-como buen hermano mayor. A veces la chincha y a veces la llama “mi princesa más bonita”. O sea, lo normal entre hermanos.
Nosotros no paramos de dar gracias a Dios por la suerte que hemos tenido, por darnos una hija tan cariñosa y pizpireta, tranquila, divertida, dulce. Cuando comemos los cuatro juntos juega a ponerse bizca para hacernos reír. Cuando estrena ropa le gusta mirarse en el espejo de nuestra habitación para verse bien. Cuando Maru la peina (con coletas, cintas, pasadores, diademas…) viene, con carita de presumida, a que la vea. Por las noches, a pesar de los balanceos, que sabemos que se le pasarán, duerme bien, se despierta alegre, cariñosa, contenta de vivir.
Sabemos el nuevo tesoro que tenemos en nuestras manos. Intentaremos hacerlo lo mejor posible, ser unos buenos padres, merecernos a esta maravilla de hija que Dios nos ha dado. Cada día es una nueva alegría, cada día tenemos un motivo nuevo para ser felices, a pesar de estar más liados, tener menos tiempo aún para nosotros. Practicamos diariamente lo que el Papa Juan Pablo II decía sobre el descanso: “Descansar no es no hacer nada, es cambiar de actividad”. Como comentábamos Maru y yo el otro día, caminando detrás de nuestros hijos en un parque, viendo como montaban en bicicleta, tan guapos, tan ricos… Nosotros queríamos tener muchos hijos cuando nos casamos. Dios nos ha dado sólo dos, pero que llevan consigo muchas complicaciones, mucho trabajo diario –sobre todo de Maru- muchas preocupaciones, mucho esfuerzo hasta conseguir que estuvieran con nosotros; pero también, y en mayor medida, muchas alegrías, muchos momentos de intensa felicidad, de risas, de juegos, de ternura, que sólo puedes vivir cuando tienes hijos.
Gracias, Señor, por confiarnos a nuestros hijos, por darnos la oportunidad de ser espectadores privilegiados de sus vidas, por poder encargarles que mejoren el futuro, que sean buenas personas, que hagan felices a los demás. Es lo único que queremos para ellos.
Gracias por habérnoslos regalado, por ser la ilusión de nuestra vida, esperanza de nuestra madurez y –confiamos- alegría de nuestra vejez. Gracias una vez más, por hacernos vivir todas estas cosas, tan intensas, tan especiales, para poder apreciar mejor lo que tiene valor en realidad en la vida. Nuestros hijos nos hacen mejores, aunque sólo sea porque tenemos que merecerlos.
Gracias a todos los que nos habéis seguido en este tiempo, nos habéis animado, consolado, nos habéis hecho reír y llorar. Todo es mejor si se comparte con las personas a las que queremos.
Hasta siempre