
En las librerías de La Habana no hay ningún ejemplar con su nombre. Le pregunto a los anfitriones del piso en el que me alojo y me contestan que no saben quién es Leonardo Padura. En España es muy admirado y muy leído, les explico sin saber si realmente no lo conocen o si lo más cierto es que Padura pertenece al colectivo de personas de las que es más conveniente no saber nada.
Sin embargo Leonardo vive en Habana, conoce su cuidad al milímetro y escribe los nombres de sus calles y de sus rincones en las páginas de sus novelas. Leer a Padura es regresar a esa ciudad llena de contrastes y de gentes amables que sufren y ríen, que añoran y disfrutan de lo poco o mucho que poseen. Leer las historias de Mario Conde es desentrañar la esencia de los habaneros que te han saludado por la calle, te han ofrecido un paseo en descapotable o te han sugerido que comas en un restaurante recién estrenado.
Terminé hace unas semanas la lectura de “Personas decentes”, la última de sus novelas
publicada en España, con Mario Conde otra vez de protagonista. Y la recomiendo, sin duda.
Mario Conde no es Leonardo Padura, hay diferencias notables entre el personaje y el escritor. Pero Padura reconocía en la presentación de uno de sus libros anteriores que el personaje tiene mucho de él, de sus pensamientos, de sus decepciones, de sus apegos.
Imaginaba a Mario Conde, librero y expolicía, contratado
ahora como vigilante en un restaurante de moda, investigador casual para ayudar a su antiguo
subordinado en un caso de asesinato de un personaje
siniestro, lo imaginaba gastándose un anticipo de su sueldo en un banquete con su querida Tamara y su
amigo el Flaco Carlos y reflexionando, a la vez, sobre la felicidad. Y escuchaba a Padura.
Varios años atrás, su amigo, el chino Juan
Chion, le había regalado una definición del estado de la felicidad. Fue una
tarde vaporosa, mientras bebían el contundente licor de arroz que el asiático
solía fermentar, y desde ese día Conde había preservado sus palabras como un
principio de la verdad, algo firme en un mundo en donde tantas verdades se
desmoronaban. Según el anciano, ya por entonces octogenario, su compatriota Lao
Tzu, o sea, el Viejo, había desgranado su sabiduría al establecer unas
elementales condiciones: «Si estás deprimido, estás viviendo en el pasado. Si
estás ansioso, estás viviendo en el futuro. Si estás en paz, estás viviendo en
el presente». Y en ese instante, preciso y que sabe fugaz, Conde está viviendo
en el presente y el hedonismo con el cual disfruta del momento de tregua —gracias,
Epicuro, tú también sabías de esto— lo aboca a la felicidad.
Leer a Padura, enredarse en su prosa, en sus descripciones y sus relatos, en sus elucubraciones también es felicidad. Felicidad de lector.
Os dejo enlace de una entrevista en la que Padura habla de Personas Decentes.