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27
Oct
08

Los protagonistas

Fatih, a ese nombre respondía el dueño del establecimiento, era también uno de los tenderos. Un hombre honrado, rehabilitado. Atrás quedaron veinticinco años de negocios sucios. Con quince trabajaba de reponedor en el bazar de un antiguo amigo de su padre, reuniendo setenta libras por semana. Cuando empezó a juntarse con algunos chicos de Stoke Newington que vendían droga, despreció su trabajo y pronto empezó a vender también. Al principio fueron sólo unas bolsitas de cocaína y speed que sus amigos le pasaban, pero con todo pasó a ganar más de mil a la semana. Un día un fulano intentó robarle varias bolsas. Fatih le pegó un tiro en la pierna.

Ganó fama rápido en Spital Fields y Brick Lane. Conoció a varios de los grandes jefes del East End, y entonces comprendió que el negocio no estaba en las pequeñas ventas a alto precio, sino en las grandes ventas a pequeño precio. Formó la “conexión turca” con un cuñado suyo que vivía en Estambul. Éste recibía grandes cargamentos semanales de heroína desde Afganistán y los pasaba a Londres introduciéndolas en figuras huecas de alabastro con la forma de perros policía, todas ellas talladas a tamaño real y tratadas con betún de Judea. Realmente parecían perros. Cada perro contenía unos veinticinco kilos de heroína, y cada camión unos cien perros. Este sistema fue revolucionario: evitaban todos los controles. Los verdaderos perros policía eran engañados fácilmente con sus sosias de alabastro y preferían entretenerse comiendo las narices y orejillas de algunos jovencitos inofensivos que llevaran algún porro suelto en el bolsillo, por olvido.

Tomaba la droga y la soltaba a diferentes distribuidores londinenses. Hizo también tratos con los distribuidores más importantes de Liverpool y Manchester. Se había convertido en el jefe de la organización de narcotráfico más potente del Reino Unido, y no tardó en vender en otros países. España, Francia, Italia, toda Europa le conocía como el mayor vendedor del Reino Unido. Tuvo negocios con la camorra, con la mafia rusa…Era multimillonario con veintiún años.

Entonces, un distribuidor que resultó ser informador de la policía dio con todo al traste. Le cayeron diecinueve años, ciento cincuenta entre todo el clan. Pero en la cárcel continuó con pequeños trapicheos, gracias a la inmensa fortuna que había acumulado. La policía le compraba alimentos de lujo, bebidas y tabaco. Jamás probó la comida de la prisión. Él mismo vendía heroína a otros presos a cambio de alcohol, cortaúñas, cristales de ámbar dominicano sin una utilidad aparente, cualquier cosa. Comenzó él también a tomar jaco, como casi todos allí hacían. Con el jaco, le habían dicho, puedes hacer que veinte horas te parezcan dos. Y en la cárcel eso es más que oro. Se enganchó y así se pasó la mayor parte de la condena.

Cuando salió, siguió por los mismos derroteros durante un año aproximadamente, arruinándose definitivamente. Finalmente, el amor de una mujer consiguió aquello de lo que tres clínicas de desintoxicación fueron incapaces. Montó el negocio de la kebab shop hace un año, y hasta el noveno mes no pudo contratar a nadie que le ayudara. Por fin el trabajo duro encontró recompensa y ahora Issam le echaba una mano. Issam era un joven de veinte años, mucho más sensato de lo que él lo fue con esa edad. Estudiaba y trabajaba allá para pagarse los estudios. A menudo Fatih se interesaba por ellos y le animaba a continuar. No seas tonto como yo lo fui, le decía. Issam nunca quiso saber más de su historia; sonreía y asentía con simpleza ante los consejos de su patrón.

* * * * *

Mientras tanto, en la cocina, Chicken sudaba, se moría de calor ahí empalado. Añoraba su época de free range. Era muy duro verse convertido en una masa homogénea, comprimida. ¡Él, que siempre tuvo el honor de ser cocinado en su forma original! Entero, en mitades o qué menos, en muslos o hot wings. Y de hecho se mostraba orgulloso de éste su principal distintivo, su único argumento en el eterno litigio que sostenía con Beef o Lamb.

Porque bien es sabido que Beef tiene más clase que Chicken presentado en algunas de sus formas. Chicken no podía dejar de envidiar su aspecto cuando, y se retorcía al pensarlo, los solomillos de Beef ardían en el grill soberbios y majestuosos, luego se servían churruscados por fuera pero blanditos, jugosos por dentro… ¡y aún rezumaban sangre! Era ésa una suerte sacramental, la auténtica comunión del comensal con la carne.

Pero luego estaban aquellas asquerosas hamburguesas, pedazos de carne conglomerada y uniforme sin el menor sentido estético. Beef se transformaba en ellos a menudo para cumplir con las tareas alimenticias menos elevadas, cuando grasa y hartazgo eran la única demanda. Chicken podría ser despojado de sus pechugas, fileteadas éstas y empanadas, y aún en tan hortera forma entre pan y pan, jamás podría ser tan asqueroso como Beef hecho hamburguesa.

Lamb, con la consideración debida, también podía llegar a ser un plato exquisito. A menudo se jactaba de que en España acostumbran a cortarle las piernas, rajárselas y llenar las aberturas con manteca, tomillo y otras especias exquisitas. Cómo compararlas con esos picantes con los que los turcos les embadurnan aquí, auténticos descréditos hipotecarios para el sabor primigenio de la carne. Y de ahí al horno: otro destino privilegiado.

Eran las once de la mañana y Chicken ya llevaba media hora girando en torno a un pincho de metal así de gordo. Empezaba a marearse. La noche anterior, a última hora, se encontró con su predecesor, al que arrojaron a un contenedor convertido en su mínima expresión. Éste, segundos antes de expirar, le había advertido del horror que habría de sufrir en pocas horas: la consumición de la grasa, resbalando sobre la carne y goteando sobre el torno y el poyo; el sádico acto del rebanado capa a capa hasta quedar desnudo ante la vista de todos, ¡qué mayor escarnio!; y sobre todo el verse obligado a contemplar cómo los dependientes recogían esas tiras deshonradas y, con el mayor desprecio, las malmetían dentro de una pita correosa junto a un manojo de vegetales secos a granel y un chorro de esa terrible salsa.

Chicken Kebab lloraba lágrimas de grasa y polvo, enrabietado. No sólo se trataba de él, a lo largo del mundo entero existían millones de Chicken desposeídos de su forma original que afrontaban torturas tan atroces como la del Chicken que murió ante sus ojos la noche de antes, quizá peores. Resolvió darle la vuelta a la situación, lo que no quiere decir empezar a girar en sentido dextrórsum cuando antes lo hacía en sentido horario. Y lo iba a hacer en nombre de todos los mártires del mundo Chicken: Kebab, Shish, Nugget…incluso se acordaba en estos momentos de Chicken Wok, a pesar de no tener muy claro si en realidad Chicken Wok era Chicken u otra cosa.

Pensó primero en pedir ayuda a Lamb, que estaba junto a él, en otro torno. Pero era éste tan apocado, así de tristón y resignado se le veía dar vueltas entregado a su ejecutor, que sólo podía echar el plan a perder. Por otro lado, no se fiaba nada de los vegetales, el houmus y las hamburguesas vegetarianas: detrás de su cortina afable sólo escondían hipocresía y afán de protagonismo. Días atrás, en el almacén, les había escuchado conspirar para apoderarse de la totalidad del negocio. Tarde o temprano le traicionarían. Sólo le quedaban las hamburguesas de Beef, pero ¡oh maldito orgullo!, un Chicken no podía permitirse la humillación de pedir auxilio a una miserable hamburguesa. Además, aquéllas en concreto tenían un aspecto despreciable.

Tendría que hacerlo solo, y no tenía mucho tiempo. El margen de error era muy estrecho…Chicken se arremangó los faldones y tensó sus fibras, disponiéndose a trazar un plan perfecto con el que liberarse de un sufrimiento inenarrable y la peor de las muertes.




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