Ciencia y Filosofía, inevitable y necesaria dualidad

Las reediciones de libros, por razones obvias, acostumbran a tener sentido. Este es el caso del famoso «New Guide to Science» (Introducción a la Ciencia), de Isaac Asimov, que una editorial canadiense vuelve a lanzar al mercado anglosajón. Un libro que se publicó por primera vez en España hace años y que no ha perdido frescura. Lo leí entonces y su relectura (ahora en inglés) no me ha decepcionado en absoluto.

No es muy frecuente, por otra parte, comentar libros de ciencia ni referirse a ellos en diarios, blogs o revistas de información general. Más bien al contrario: al libro de ciencia se le ignora, se le teme o se le desprecia, ya que al «hombre de letras» siempre le ha venido un poco grande, siempre le ha desagradado el acercamiento a temas científicos. Al fin y al cabo, se suele pensar, lo especulativo, lo filosófico, lo «literario», está por encima de lo exacto y mensurable. Además, añadimos nosotros, se suele despreciar lo que se ignora o no se entiende.

Pero es el caso que filosofía y ciencia siempre han ido unidas, y hoy más que nunca. Y es el caso, también, que asistimos al arrumbamiento de concepciones y maneras de pensar tradicionales. Entre nosotros, tradicional ha sido el compartimentar la cultura, el «especializarse» en esto o lo otro despreocupándose de lo demás, como si lo que llamamos conocimiento pudiera servirse y asimilarse al igual que un queso en porciones. Mentalidad pequeña y provinciana, en definitiva. Porque el entramado interdisciplinar está empezando a jubilar, afortunada y definitivamente, al hasta hoy imperante y mal entendido juego de las disciplinas aisladas, de las «especializaciones».

Isaac Asimov se nos muestra decidido opositor a ese juego. Él, o el equipo que figure al amparo de su nombre, entusiasta de la Ciencia —con mayúscula—, con una capacidad prodigiosa para llegar con un lenguaje claro y ameno al lector medio, autor de obras científicas y de ciencia-ficción, escritor fecundo e imaginativo, hombre culto y humanista, siempre estuvo obsesionado por el hombre y su felicidad. Pero una felicidad a través de la razón, no dependiente de algo irracional que se nos dará porque así se nos dice, sin más.

Introducción a la Ciencia es un vasto  panorama enciclopédico en el que Isaac Asimov nos puso al día con datos, leyes y teorías, actualizados a nivel de divulgación respecto al campo que le es propio según indica el título de la obra. El Universo, su inabarcable amplitud, las ciencias biológicas y químicas, la materia y el átomo, la astrofísica, la teoría de la relatividad…

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Las memorias de un espía inglés

‘Volar en círculos’ es el título de las esperadas memorias de John Le Carré, uno de los escritores más leídos del pasado siglo. Sus novelas ambientadas en el embrollado mundo del espionaje durante los años perversos de la Guerra Fría –tales como El espía que volvió del frío, El topo, La gente de Smiley— son también conocidas mundialmente gracias a las numerosas adaptaciones cinematográficas y televisivas que se han hecho de ellas.

Más de medio siglo después de publicar su primera novela, «Llamada para un muerto» (1961) –y de vender millones de ejemplares en todo el orbe–, el gran escritor británico decidió compartir con sus lectores aspectos de su vida. Lo hizo tras muchos años de ir ofreciendo con cuentagotas pequeños datos sobre su época de agente del MI5 y del MI6.

¿Qué suelen esperar los lectores de las memorias de un escritor que, en principio, ha tenido una vida de lo más movida, como es el caso de Le Carré, que fue espía antes de que escritor y que, gracias a su fama y también a su curiosidad, ha viajado por todas partes y ha tratado personas de toda especie y pelaje? Yo diría que esperan, sobre todo, tres cosas: la posibilidad de al menos atisbar la cara del hombre que se esconde tras la máscara del escritor, la oportunidad de descubrir los hechos auténticos y las personas reales que ha utilizado como materiales en bruto para sus ficciones y, last but not least, un anecdotario diverso y curioso, entre pintoresco y dramático. En ‘Volar en círculos’ todas esas espectativas se cumplen ampliamente.

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Alfred Jarry, patafísico y dramaturgo genial

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No podía ser de otra manera. Recién llegado a París desde Laval, la ciudad que le viera nacer el 8 de septiembre 1873, Alfred Jarry –el autor cuya obra habría de ser piedra angular y precursora del dadaismo, del surrealismo y del teatro del absurdo–, se convirtió en un habitual de los cenáculos frecuentados por los poetas simbolistas.

Escribe Giulia Veronesi que para Jarry, como para Rémy de Gourmont, el «simbolismo podía ser traducido literalmente con una sola palabra: libertad y, más violentamente, por la palabra anarquía». Tuvo que ser entonces cuando el futuro dramaturgo empezó a darse a las disipaciones que acabaron por llevarle a su trágico final. Con anterioridad, entre borrachera y borrachera, alumbró una suerte de teoría –»imaginaria» decía él– para acabar con la lógica en los escenarios. La leyenda que rodea su biografía cuenta que Alfred Henri Jarry escribió, cuando apenas contaba 14 años, sus primeros dramas en verso y en prosa: Les Brigands de la Calabre, Roupias Tête-de-Seiche y Un cours Bidasse. Alguna que otra de esas creaciones tempranas han llegado hasta nuestros días: en todas ellas ya despunta un autor singular.

La primera versión de Ubu Rey data de 1888 y se titula Les Polonais. A la sazón, el escritor prosigue sus estudios en el Liceo de Rennes. Su interés por la retórica le llevará a la Sorbona. Llega a París en octubre de 1891 e, inmediatamente, los simbolistas quedan fascinados con él. Entre los poetas, que ven en Jarry a un discípulo del Lautremont de ‘Los cantos de Maldoror’, sus exuberantes rasgos del precoz dramaturgo le procuran el sobrenombre de «El indiano».

25Junto a sus compañeros de estudios, «El indiano» pondrá en marcha las primeras representaciones del ciclo de Ubu. El imaginario soberano de Polonia grotesco, demagogo y cruel, que posteriormente protagonizará el gran díptico con el que Jarry parodiará las miserias de todos los regímenes políticos, en esta primera ocasión es una marioneta. Al otro lado del guiñol donde se desenvuelve se encuentra Marcel Schwob, quien publicará algunas de las escenas de aquel primer Ubu en la revista L’Echo de París. Alumno de Henri Bergson en la Soborna, el aún incipiente dramaturgo es ya un hombre extremadamente cultivado, cuyos versos y artículos son colaboraciones habituales en la Revue Blanche y otras publicaciones. El mismo llegará a ser el fundador de L’imagier. Consigue el aplauso del gran París en 1896 con Ubu rey, comedia satírica en la que se entremezclan referencias a ‘Macbeth’ con los excesos de un monarca tan tirano con nobles y plebeyos como cobarde en la guerra.

En efecto, el personaje sobre el que Jarry ha venido trabajando desde su adolescencia ya está totalmente perfilado: es su vehículo para una encendida sátira sobre los convencionalismos. «Seréis libres de ver en el señor Ubu las múltiples alusiones que queráis, o un simple fantoche, la deformación por un alumno de uno de sus profesores, quien representa para él todo lo grotesco que hay en el mundo», invita el autor en las palabras preliminares al estreno, la noche del 10 de diciembre de 1896. Exito frustrado. Contra todo pronóstico, el éxito que conoce ‘Ubu rey’ en el París del final de la belle époque es tanto que Jarry escribe una segunda parte con el título de Ubu encadenado (1900). La gloria literaria corre pareja a la autodestrucción a la el dramaturgo parece condenado irremediablemente.

Alternando realidad y ficción en sus delirios alcohólicos, escribe El amor absoluto (1899), Mesalina (1901) y la curiosa novela El Supermacho definida en su edición española como «una muestra de los juegos a los que la teoría y la práctica del amor pueden entregarse teniendo por rival a las máquinas, a la velocidad, a todas las fantasías de los avances científicos de comienzos del siglo XX».

Para la crítica, tan singular obra es curioso ejemplo de «futurismo grotesco». En cualquier caso, Alfred Jarry muere alcoholizado en 1907. No llegará a ver la publicación de ‘Gestas y opiniones del doctor Faustroll, patafísico’. A raíz de su lectura, sus muchos admiradores querrán poner en marcha una ciencia llamada «patafísica», dedicada al estudio de las soluciones imaginarias y las leyes que regulan las excepciones.

Javier Memba

Imre Kertész: Articulaciones del mal

Ganador del Premio Nobel de literatura en 2002, el escritor húngaro de origen judío Imre Kertész ha publicado a lo largo de su vida algunos de los relatos más intensos e inolvidables de la literatura moderna sobre el Holocausto. La obra de Kertész explora en profundidad las atrocidades del régimen Nazi fascista durante la segunda guerra mundial y el genocidio sobre la población judía de Europa.

El escritor húngaro Imre Kertesz

El escritor húngaro Imre Kertész

Imre Kertész, nacido en Budapest en 1929, ha pasado su vida tratando de entender el legado y las consecuencias del Holocausto, que dominaron su vida y acrecentaron su visión pesimista de la naturaleza humana. A la edad de 15 años, Kertész fue arrancado violentamente de su hogar e internado en el campo de concentración de Auschwitz, en Polonia. Posteriormente fue trasladado al campo de Buchenwald, en Alemania, del cual fue liberado en 1945. Kertész, entonces, regresó a su país natal y comenzó a trabajar en un periódico local, pero su carrera se truncó cuando el diario asumió una posición política procomunista con la que Kertész no estaba de acuerdo.

Tras un corto período de tiempo en el ejercito húngaro, decidió dedicarse a la escritura y a la traducción de textos en lengua alemana. Según confesó el propio Kertész, el tiempo que dedicó a ese trabajo le ayudó a encontrar su inspiración literaria. Su propia obra estuvo siempre influenciada por los autores que él mismo tradujo, en particular las obras de Freud, Nietzsche, Wittgenstein, Joseph Roth, von Hofmannsthal y Canetti.

19-21928-imre-kert-sz-fatelessPero el hecho de que fuese un traductor apreciado por los editores de Budapest no cambió demasiado su situación de marginalidad. Y eso que para esas fechas, a mediados de los años setenta, ya había publicado su primera novela, Sin destino, que le llevó trece años de su vida. El libro, sin embargo, no causó ni el más leve cambio en la vida de su autor: no se produjo revelación alguna, no atrajo la atención de la crítica, ni tampoco tenía lectores. Sólo algunos años después, un pequeño grupo de intelectuales se enteró de la existencia de esta obra capital de la narrativa contemporánea.

Por lo demás, su vida seguía transcurriendo en el mismo restringido espacio social y físico. Respecto a esta última circunstancia, cabe señalar que durante treinta y cinco años Kertész vivió en un minúsculo apartamento. Allí escribió –por las noches y en la mesa de la cocina– sus tres grandes novelas. La primera,como ya hemos mencionado, fue Sin destino. La siguiente, El fracaso (1988), que reconstruye, en una estructura compleja y de manera no del todo realista, sus vivencias durante la época estalinista. La tercera, Kaddis un meg nem született gyermekért (Kaddish por el hijo no nacido), es de 1990 y su título revierte el sentido de una oración judía que, en su variante más conocida, se reza en homenaje de los padres muertos.

Sólo cabe añadir a este desolador repaso de la trayectoria de Kertész la etapa que siguió a la caída del muro de Berlín. Se volvió más productivo: publicó el dietario Diario de galera (1992), los relatos La bandera británica (1991) y Acta notarial (1993), los ensayos incluidos en Un instante de silencio en el paredón (1998) y el híbrido Yo, otro. Crónica del cambio (1997).

Después de Sin destino, Kertész no ha vuelto a tratar el Holocausto en su narrativa, al menos directamente. Será, en cambio, el tema recurrente de sus ensayos escritos en los años noventa. Su tesis central es que, acaso, el único mito válido de nuestro tiempo sea Auschwitz.

Pocos han contribuido tanto y de manera tan radical a tener esta conciencia viva del Holocausto como este húngaro al que un día se le impuso un terrible destino ajeno. La concesión en 2002 del Premio Nobel de Literatura fue la compensación más esplendorosa por una larga vida de marginación y también el reconocimiento de las letras de una pequeña nación que no siempre pudo reconocer a uno de sus hijos más famosos.

Variaciones sobre un chilenismo

El Rey de los huevones, film de Boris Quercia

    El Rey de los huevones, film de Boris Quercia

Huevón

Por Carlos Droguett

es una palabra alegre, triste, cruel, optimista, angustiosa, débil, robusta, desafiante, filosófica voz sola, solitaria, cabal, total, ella sola se basta, es sustantivo adjetivo, verbo, adverbio anuncia una decisión o tarja una tragedia, sazona una anécdota, define un cuerpo o un alma, más bien un alma, alumbra el fondo ignorado y misterioso del hombre vale por un texto de filosofía, reemplaza un discurso y a varios oradores, voz llena de fiesta y amargura, llena de acción más que de inercia, voz llena de experiencia, es la más chilena, la más definidora, la más expresiva, la más sugerente, la más sensorial, la más popular, la más universal de las expresiones chilenas todos los hombres no son huevones, no, para llegar a serlo cabalmente hay que haber vivido un largo itinerario de sufrimiento, de viril amargura, de desesperante espera,no, muchos hombres, jamás obtendrán de la vida el privilegio de ser elevados a la categoría de un rotundo y completo huevón, jamás treparán a esa dignidad y deberán contentarse con rozar las aguas, con codearse con la innumerable grey de los huevetas.

Como se ve es una palabra de distinción, como las condecoraciones que ofrece la naturaleza, genio, belleza, carácter, sólo unos pocos son sus privilegiados. Hay hombres que en el curso de la vida, habiendo nacido en cuna de oro, los desplazamientos sociales del mundo que avanza, los posterga, los arroja cruelmente y sin retorno al estado llano. Eran aristócratas, ahora son del montón, ya no son huevones a secas, ya no les basta con su apellido, que se ha deslucido y deslustrado, ahora deben agregar a su apelativo otras palabras que indiquen que allá muy adentro, en los extramuros de la vida todavía alientan ellos, ellos que ahora se han convertido en unos pobres y tristes huevones.

Palabra soberbia, solitaria, orgullosa, jamás acompaña. Explota en el mediodía del idioma como un rotundo sol, ella sola se basta, ella sola define, desafía, provoca, insulta, mata o da la vida.

Como el tábano socrático, llama a la acción y al desvelo, voz despectiva, despreciativa, hiriente, burlona, cruel, encierra no obstante en su sustancia una irreemplazable semilla de estimación, de amor, de admiración, voz que no desprecia nunca.

Otra característica de ella es que enlaza con sus sílabas todos los estratos de la sociedad, el aristócrata y el roto en ella se entienden, es un puente, un trazo de unión que une a las diferentes capas sociales y que cosa curiosa, sirve más para unir que para desunir.

Cuando los contrincantes en el parlamento, en el arte, en la vida social o en la vida doméstica ya no tienen argumentos en la lengua ni en la memoria y sólo buscan afanosamente en los rincones las armas contundentes, las desviaciones o la alevosía, entonces milagrosamente hace ella su limpia aparición y rompe el nudo de sangre, pone un poco de sonrisa, de amable, cautelosa, adusta sonrisa en la tragedia. El roto mira al aristócrata, el patrón mira a su criado y entonces comprenden que son de la misma carne y de la misma sangre.

El hueveta es un huevón venido a menos que no obstante andar con la ropa raída y el pelo largo, todavía, a simple vista, conserva reflejos dorados de su antiguo esplendor. Ya no hay soberbia en él, sólo humildad, ya no es de la estirpe de los triunfadores, pero tampoco lo es de los derrotados.

En cambio, el pelotas es un advenedizo, un roto de mierda que por mucho que asciende en la escala social -más claro en la económica- jamás logrará adquirir asimilarse a la pura y rancia estirpe de aquel que por nacimiento y por destino es un huevón.

El alcance del significado sociológico de esta hermosa y rotunda locución está en la anécdota del loco. Se encontraba el cruel y vengativo enfermero -mezcla de matón de prostíbulo y de sargento de policía en el patio grande y para burlarse de los pobres enfermos trazó una raya con tiza en el suelo y prometiéndoles golosinas y fiestas los impulsaba a pasar bajo ella. Rotos y ensangrentados, llorosos y rientes, se amontonaban en el rincón asoleado del patio cuando le llegó el turno al loco esencial, quién exclamó con rotundo orgullo y complaciente despreciativa: Ah, no, yo no. Yo soy loco pero no huevón.

Porque el huevón tiene mucho de la lúcida y celeste ingenuidad de don Quijote.

Otra característica de esta expresión aparentemente hiriente es que ha perdido, si alguna vez la tuvo, toda característica obscena, conservándose como una de las voces más puras del idioma en esta parte sur del continente americano. Efectivamente, quien la usa no sólo trata de herir, de despertar al amor propio dormido o adormilado de alguien, de alguien querido o estimado casi siempre. No, ya es una expresión que sirve de punto de unión, de contacto, de combustible permanente e inagotable del idioma de los sentimientos que él quiere expresar. Me he fijado que familiares o amigos la usan en lugar del patronímico que interlocutor o reemplazando en ocasiones, y muy a menudo, las expresiones amigo, compañero, hermano, que dan curso o impulso a una conversación o una confidencia.

Fíjate huevón… te voy a contar huevón, es una frase que no tiene en absoluto una intención peyorativa o disminuidora, simplemente es un modo de acercarse a la ternura, a la pura alma, de enhebrarse al sentimiento del que oye o del compañero de conversación… Es un modo de demostrar absoluta confianza, fe, ilusión, intención de incorporar toda aquella alma a la propia.

Por último, para demostrar su capacidad de abarcarlo todo, no sólo ha salido del contorno del sexo masculino y ha pasado holgadamente al del sexo femenino.

Carlos Droguett  (1912-1996) autor de títulos fundamentales de la literatura chilena,  Desarrolló una escritura tan transgresora y vehemente como su propio carácter. Obras como «Eloy» y «Patas de perro» dan cuenta de una propuesta creativa que revolucionó la narrativa local.

Un libro que nos enseña a jugar de verdad

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No recuerdo ahora si llegué a mencionar, en alguno de los posts publicados en este Faro, al grandísimo terapeuta norteamericano Eric Berne –creador de la terapia transaccional– una especialidad que tal vez está hoy día algo relegada, pero continúa siendo una fuente de inspiración de bastantes modelos de intervención en la asistencia psicológica moderna.

El libro más conocido de Berne, que estuve releyendo últimamente, se titula Los juegos en los que participamos, y en él nos habla de nuestras conductas neuróticas, refiriéndose a ellas como si fueran parte de un juego; un ritual que todos nosotros repetimos una y otra vez, con la complicidad de nuestro entorno, intentando obtener, en la secuencia, la falsa seguridad que creemos necesitar o que nos inducen, convencen y enseñan que necesitamos.

Sin embargo, la auténtica seguridada sólo puede desprenderse del completo conocimiento y manejo de los propios recursos y de la aceptación de las propias carencias o defectos; porque ser un adulto sano es –según Berne– abandonar todos nuestros disfraces: los de víctima, los de sabelotodo, los de tiernos y desvalidos, y por supuesto también los del autosuficiente que no necesita nada.

La congruencia está relacionada con la sinceridad de aceptarme como soy. La seguridad, con conocer y asumir como propias mis incertidumbres y mis dudas. La madurez, con ser capaz de pedir sin depender. Qué bueno y sano sería poder pedir con claridad lo que busco o necesito y permitirle al otro (a los otros) decir que o que no, según sea su deseo:

Lo peor de nosotros está contenido en nuestros repetidos y exigentes roles neuróticos, que nos impiden aprender que manipular es exigir y que la respuesta del otro a mis exigencias o las de cualquiera, no puede ser siempre la mejor. Aprender a pedir sin exigencias es uno de los grandes desafíos del ser humano, e implica aceptar que no somos autosuficientes. De hecho, nos asegura Berne en su excelente libro, «yo mismo, cuando me obligo a hacer algo que no quiero, cuando trato, cuando intento, cuando te presiono, cuando me obligo, cuando me impongo darte… es probable que consiga darte más, quizás mucho más, pero nunca te doy lo mejor. Porque lo mejor de mí, lo más bello de mí; lo más constructivo de mí… es lo que quiero darte, es lo que me surge sin esfuerzo.»

Gran lección la que nos brinda Eric Berne en Los juegos en los que participamos. Su lectura es amena y muy recomendable. Una clave para conocernos mejor a nosotros mismos y que viene a resumirse en unas pocas pero certeras palabras: «Lo mejor de mí que puedo darte, es lo que quiero darte».

Comer, Beber y Leer en La Frontera

 

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Monterrey (México)

El primer tomo de la trilogía de La Frontera de Cormac McCarthy, «Todos los hermosos caballos» -libro que recomiendo a los amantes del western y las lecturas con mucha enjundia-, demostró ser un excelente compañero de viaje en un pequeño recorrido hecho, recientemente, entre el norte de México y el sur de Texas donde transcurre gran parte de esta magnífica novela. ¿Y qué tiene que ver la literatura con la gastronomía, se preguntarán ustedes? Bastante, porque la buena literatura sea cual sea el tema de que trate: el amor, la guerra, el misterio, siempre refleja el espíritu, el paisaje y las costumbres del lugar en el que está ambientada la historia, y presenta también aspectos cotidianos como los hábitos alimenticios de sus personajes. La comida ilustra y nos dice mucho de cómo viven los seres que intervienen en un relato. McCarthy consigue ambientar de tal forma al lector que uno siente incluso deseos de tomar todo lo que toman los protagonistas, el joven John Grady Cole y su amigo Rawlins: tortillas, frijoles, café, carne asada…

Muchas son las cosas que han cambiado desde finales de los años cuarenta, época en la que está ambientada «Todos los hermosos caballos», pero las pautas a la hora de comer parecen mantenerse igual. México es uno de los países de América Latina con una tradición gastronómica importante, es una de las cocinas más ricas y variadas. Del norte al sur del país es muy diferente la elaboración y materias que intervienen en la dieta de los mexicanos. En el norte, lo habitual son las fajitas (tiras de carne de pollo o res cortadas muy finas), la carne deshebrada para los tacos, las piezas de carne como el T bone, el puré de frijoles, los frijoles cocidos, los tamales, el asado de cabrito y las tortillas de maíz o de harina que sirven para acompañar todos los platos incluso las sopas (olla de res, elote -maíz-, verduras), a los que son muy aficionados los mexicanos, y las innumerables salsas elaboradas con chile (ají), principal sazonador de cualquier plato.

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Adolphe, en lugar de la paloma de Roy Andersson

La propuesta del editor de este blog, –con el que tan gustosamente vengo colaborando desde hace años– para publicar una crónica del Festival de Venecia me sorprendió con la Mostra apenas concluida el pasado día 7. Obviamente, entre entrevistas y críticas de las películas fundamentales, (como ustedes saben el film de Roy Andersson «A Pigeon Sat on a Branch Reflecting on Existence» obtuvo el codiciado León de Oro) me faltaba tiempo y espacio para enviar el material en este número. Así que he optado por incluir ahora la reseña de una película francesa de 1968, vista con mucho interés en la deslumbrante Filmoteca di Venezia, dejando para más adelante la sistematización del material reunido para la Mostra.

La versión japonesa, con Isabelle Adjani.

La versión japonesa, con Isabelle Adjani.

Se trata de «Adolphe», de Bernard T. Michel, autor también de «La difficulté d’être infidèle» y «Le malin plaisir». Me gustó esta película porque vi inicialmente en ella un sorprendente alejamiento de los esquemas habituales y casi obligados de la comedia sentimental y literaria a que tan afectos se muestran los franceses en muchas de sus expresiones artísticas, y por otra parte, porque creí ver en sus descaradas e innumerables licencias con el texto original un intento de creación lingüística autóctona que me pareció en sumo grado estimulante. Aunque tal vez, pensándolo bien, las dos razones de peso vengan finalmente a unificarse y terminemos por quedarnos con un solo motivo, la fuerza original de su adaptación dentro del cuerpo de la cinematografía francesa, quizá la única europea que nos presente unas amplias coordenadas estilísticas comunes a muchísimas de sus obras.

“Adolphe, anecdote trouvée dans les papiers d’un inconnu et publiée par M. Benjamín Constant» fue escrito en quince días y en el año 1806 por el después reconocido tribuno liberal Benjamín Constant, a instancias —como en su día lo fueran el “Frankenstein” de Mary W. Shelley, “Don Juan Tenorio» de Zorrilla o “Las almas muertas” de Gogol— de una apuesta o juego literario, en esta ocasión entre abúlicos ilustrados de la alta nobleza centroeuropea. El mismo Constant, cuyas mayores cartas de reconocimiento público fueron después el ser chambelán del duque de Brunswick, consejero del altivo Bernadotte, diputado, presidente del Consejo de Estado y, sobre todo, redactor de la famosa Acta Constitucional del Imperio, se pasó toda su vida considerando (y hasta el momento de la muerte) a su librito de ficción sólo como lo que, efectivamente, había sido en origen: una distracción o un modo de fácil acceso a “boudoirs” envidiados.

Texto bien inmerso en una rica tradición novelesca francesa, todo tipo de facilidades se le presentaban, pues, al realizador T. Michel si quería continuarla cinematográficamente dentro del bien conocido y no por ello menos detestado género de film histórico-sentimental artísticamente coloreado (pienso no sólo en “Madame Sans-Géne» y “El robo de la Gioconda», sino más en “Le Rouge et le Noir”, “Angelique”, “Lamiel”, “Le voleur» y otros productos típicamente «cecil-saintlaurentianos»).

En lugar de esto, Michel –y nunca negaré que rindiendo bastantes tributos de servilismo y torpeza– escogió fórmulas del melodrama convencional y urbano de Hollywood, aquél que sublimaron Sirk y Minelli, convirtiendo el “Adolphe” en un drama cosmopolita, mucho más que lo fuera la obra original, que si simplifica en exceso los excelentes momentos de intensidad amorosa que el libro poseía, se transforma en un atrevido exponente de lo que la vía comercial del cine francés podría llegar a ser abandonando sus imperantes esquemas de ambición pseudoilustrada. La película, desde las coordenadas antes expuestas, termina por depender de dos únicos ejes bien concretos, típicos del melodrama hollywoodiense: las ideas de paso del tiempo y sucesión espacial y la ornamentación visual de algunos factores que juegan papel en el desarrollo de la historia.

El primer componente consigue, y es lo que menos se podía esperar de un libro como “Adolphe”, de concentración narrativa tan peculiar, únicamente articulado sobre la obsesiva relación de sus protagonistas, que la historia se convierta en un film-río en el que los elementos novelescos, en la variedad de sus datos (personajes secundarios bien perfilados, cuando en la novela apenas existían, importancia de los distintos escenarios y países en que la acción transcurre, que en el libro eran sólo un desvaído fondo a los amores, y otros ejemplos similares), casi llegan a hacer olvidar al espectador el desenvolvimiento del motivo central.

Respecto al segundo factor, empezando por la evidente trasposición fetichista y autocomplaciente que supone cambiar la representación teatral de aficionados del libro por el rodaje de un film amateur en 16 milímetros, observamos gradualmente, no sin asombro, que las habituales bazas de estos films románticos franceses, el “peso” de unos diálogos, la seriedad arqueológica de las caracterizaciones, la solidez moral de los personajes, se van oscureciendo en aras de elementos más sensuales, más a primera vista asimilables: una escena de amor que transcurre en la lluvia, la calidad de un automóvil bello, paseos a caballo por grandes espacios de bosque, una habitación sobrecargada y maléfica donde la recordada Ulla Jacobson se instala y sigue el asedio, colores muy precisados, siguiendo módulos narrativos norteamericanos de diferenciación por medio de ellos de los diversos estados de ánimo; como se ve, factores todos, estos últimos, que buscan la adhesión emocional del espectador, la fijación de puntos mágicos en la narración, para hacerla despues avanzar siguiéndolos, y dejando de lado, si a veces es preciso, a los mismos personajes. Todo, finalmente, se debe sacrificar a la intensidad del «medio ambiente dramático», y esto, regla de oro ‘del buen melodrama, también en el film de Michel se cumple con fidelidad.

Mr. Arriflex

Tristan Tzara, creador del Dadá

«La magia de una palabra —DADA— que ha puesto a los periodistas ante la puerta de un mundo imprevisto, no tiene para nosotros ninguna importancia»

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El «Manifiesto Dadá» escrito por Tristan Tzara y publicado en 1918 en el número 3 de la revista DADA de Zurich, es el primer manifiesto del movimiento dadaísta. Otros textos importantes para la historia del dadaísmo son: el «Manifiesto sobre el amor débil y el amor amargo«, también de Tzara, leído en París el 12 de diciembre de 1920 en la Galería Povolozky y publicado posteriormente en el número 4 de la revista «La vie des lettres» también de París y la plaquette de ocho folios sin numerar «La premiere aventure celeste de Mausleur Antipyrine«, que Tzara escribió y publicó en Zurich en 1916.

Ahora bien, el manifiesto de 1918 es sin duda alguna el texto más significativo de los que publicó el artista rumano y el más explícito en sus intenciones.

Vivió casi toda su vida en Francia y fue uno de los autores más importantes del movimiento Dadá, que fundó junto con Jean Arp y Hugo Ball, una corriente artística de vanguardia, totalmente revolucionaria en el sentido de que buscó romper con todos los parámetros establecidos a lo largo de la extensión de la historia del arte occidental, tanto que hoy día es catalogada como «antiarte«. El Dadá fue una especie de padre fundador para gran cantidad de movimientos artísticos, entre ellos el surrealismo, el estridentismo, y en cierta medida el Arte Pop de los años 60.
 
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El movimiento dadaísta se originó en Zúrich, durante la I Guerra Mundial;  Tzara (llamado también Izara) escribió los primeros textos Dadá — La Première Aventure céleste de Monsieur Antipyrine («La primera aventura celestial del señor Antipirina», 1916) y Vingt-cinq poèmes («Veinticinco Poemas», 1918), así como los manifiestos del movimiento: Sept manifestes Dada («Siete manifiestos Dadá», 1924). En París organizó, con sus compañeros de movimiento, espectáculos callejeros plenos de absurdismo para épater le bourgeois, «escandalizar a la burguesía», y dio un poderoso impulso a la escena dadaísta. Hacia fines de 1929 se embarcó en el recién inaugurado movimiento surrealista de André Breton, Louis Aragon y otros autores; dedicó grandes esfuerzos a intentar conciliar las doctrinas filosóficas nihilistas y sofisticadas del movimiento con su propia afiliación marxista. Participó activamente en el desarrollo de los métodos de escritura automática, entre ellos el collage y el cadáver exquisito. De esa época data su libro   L’Homme approximatif  («El hombre aproximativo», 1931).

Durante la II Guerra Mundial se incorporó a la resistencia francesa; tras obtener la ciudadanía en 1947, se afilió al Partido Comunista Francés. Su militancia se extendería hasta 1956, cuando, tras la invasión de Hungría por las tropas soviéticas para apagar la revuelta popular, se apartó del partido. Su obra de la época es característicamente compleja, aunque más convencional que en su juventud; en ella destacan Parler seul («Hablar solo», 1950) y La face intérieure («El rostro interior», 1953). cuando él fue dadaísta.

Murió en diciembre de 1963 en París, y fue enterrado en el cementerio de Montparnasse.

John Banville y los ‘Cinco de Cambridge’

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Los amantes del arte suelen aparecer con bastante frecuencia en las novelas de John Banville. El protagonista y narrador de «El intocable» –obra reeditada poco después de haber sido galardonado el escritor irlandés con el Premio Príncipe de Asturias de las Letras de 2014– es, como cabía suponer, un prestigioso historiador del arte. O para ser exactos, uno de los historiadores de arte más famosos e impenetrables del siglo XX, un esteta perteneciente a la alta sociedad inglesa que vivió una vida secreta y sumamente peligrosa.

«El intocable» está basada en la vida de Sir Anthony Blunt, que fue durante muchos años el asesor de arte y curator de la reina de Inglaterra y que admitió públicamente, en 1979, haber sido un espía soviético durante décadas. Banville le da en este libro un nuevo nombre, Victor Maskell. En la actualidad, los novelistas son tan desinhibidos a la hora de escribir biografías de ficción, que es casi una sorpresa encontrarse con una obra en la que las identidades de las personas reales han sido habilmente ocultadas. Otros personajes que aparecen junto a Blunt en esta novela son sus cuatro jóvenes y brillantes compañeros de Cambridge — Kim Philby, Donald Maclean, Guy Burgess y John Cairncross— que también estuvieron infiltrados en el corazón mismo del establishment británico espiando junto a Blunt para la Unión Soviética. En este libro, perteneciente a un género narrativo que los franceses denominan muy acertadamente roman-à-clef, donde las personas reales se presentan bajo nombres ficticios.

John Banville

John Banville

Aunque Banville incluye elementos irreales en esta excelente novela, «El intocable» relata con maestría la vida de Anthony Blunt y la de sus cuatro compañeros comunistas. La supuesta autobiografía arranca en el momento en que el más famoso espía británico es públicamente expuesto como un traidor en la Cámara de los Comunes por la señora Thatcher. Es el quinto hombre del mítico  Grupo de Cambridge y se dispone a enfrentarse a la humillación pública o simplemente a soportarla, como el estoico que siempre ha dicho ser, convertido para siempre en un paria, un «intocable». Pero ya es un hombre viejo, quizás a las puertas de la muerte, y en un último acto de develamiento, o quizás de suprema venganza, decide escribir sus memorias. Será éste un proceso semejante a la restauración de uno de los cuadros que tanto amó, y página tras página irá despojando a la tela de su vida de las infinitas capas de mugre, barniz y pinturas que ocultan otras pinturas, hasta que por fin reaparezca la figura auténtica, o al menos la que más se parece a la verdad.

John Banville, al que George Steiner considera el escritor de lengua inglesa más inteligente y el estilista más elegante de nuestros días, no nos está contando aquí una historia ya conocida de secretismos y conspiraciones, sino más bien un relato representativo de estas inclinaciones humanas. Ser un espía es la forma que tiene Maskell/Blunt de convencerse a sí mismo de que tiene un mundo interior más allá del arte, más allá de la superficial sociedad británica de la época.

 

Todos contra Kramer

el productor de sueños

El Grupo Planeta presentó el pasado mes de enero «Click Ediciones», un nuevo sello editorial dedicado en exclusiva al formato digital. Nacida con la intención de convertirse en un referente en el mercado digital, esta nueva editorial promocionará autores y obras inéditas, tanto de ficción como de no ficción.

Entre los tres primeros primeros títulos lanzados al mercado se encuentra «El productor de sueños», de Marino José Pérez Meler, un thriller o novela negra que transcurre durante los años 80 en la Costa del Sol española. Una época en la que ya el contrabando y el tráfico de estupefacientes se habían convertido en la peor pesadilla para la policía y los servicios especiales encargados de su represión.

El reconocido y premiado autor Marino José Pérez Meler  –finalista de la LXI edición del Premio Planeta de Novela–  relata en esta obra, con su maestría habitual e inconfundible estilo, como todos los esfuerzos de los agentes especiales, a pesar de su excelente preparación y entrenamiento, se desbordan ante un negocio ilegal que siempre actúa un paso por delante.

Gregorio Rodó y su compañero Aurelio Sanz, llevan años dedicados a esta lucha y conocen bien a su objetivo: Mark Kramer, el traficante que coordina todo el entramado, antiguo agente del Mossad israelí; una figura egocéntrica y sin escrúpulos, capaz de justificar cualquier medio con tal de alcanzar sus oscuros propósitos.

Una lucha sin cuartel, sin fin, entre dos personajes antagonistas: el Jefe de la Sección especial Antidroga Gregorio Rodó, tenaz y límpido funcionario que se dejará la piel en su afán obsesivo por dar con el paradero del narcotraficante Kramer, figura estereotipada que controla los entresijos del submundo de la droga, el dinero ilegal y sus redes de distribución.

Estamos, sin duda, ante una obra novedosa de la última narrativa española. Aquí no valen etiquetas. «El productor de sueños» es, simplemente, una gran novela. Aunque no se puede negar su pertenencia al género negro. Los amantes de la literatura policíaca disfrutarán esta historia de la primera a la última página, ya que la tensión está presente constantemente.

Luis Irles

Recordando al otro Neruda

Jan Neruda fue un célebre escritor y periodista checo que publicó innumerables relatos, poemas y otros trabajos literarios. Su obra más famosa es Cuentos de Malá Strana, cuya reseña –escrita por el intelectual y escritor dominicano Fidel Munnigh– pueden leer seguidamente. El escritor checo fue, al parecer, la inspiración para el seudónimo escogido por el Premio Nobel chileno Pablo Neruda, quien en realidad se llamaba Ricardo Neftalí Reyes Basoalto.  Jan Neruda está enterrado en el Cementerio de Vyšehrad, en Praga.

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Jan Neruda y los días tranquilos en Malá Strana

Por FIDEL MUNNIGH

«Cuentos de la Malá Strana» es una colección de once cuentos ambientados en el barrio natal de Neruda. La mayoría de los cuentos son relatos breves, salvo tres de ellos: «La misa de San Wenceslao», «¿Cómo fue que el 20 de agosto de 1849, a las doce y media de la tarde, no se derrumbó Austria? » y «Figuritas»

La literatura, ocupación solitaria y excluyente, conoce historias de pequeños hurtos y de préstamos afortunados. Pablo Neruda, el gran poeta chileno, cuyo verdadero nombre era Ricardo Eliecer Neftalí Reyes Basoalto, tomó prestado su apellido literario de un escritor y poeta checo del siglo XIX: Jan Neruda. Curiosamente, el destino le ha deparado mayor celebridad al deudor que al acreedor.

Jan Neruda nació en Praga en 1834 y murió allí en 1891. Fue redactor y director de varios órganos periodísticos. Estuvo ligado a las luchas políticas del llamado “resurgimiento checo”, que fue un gran movimiento intelectual y artístico de reafirmación de la identidad y los valores nacionales del pueblo checo frente a la dominación extranjera (durante siglos, el territorio de Bohemia estuvo sometido a la monarquía austrohúngara).

Como Pablo, Jan Neruda fue también poeta, pero su principal aporte a la literatura está en la narrativa breve. Escribió con lirismo y suave acento local hermosos cuentos sobre la vida praguense en el siglo XIX. Se le considera precursor de su compatriota Franz Kafka. Su obra maestra y más conocida es Cuentos de la Malá Strana (en checo “Malostranské povídky”), de 1878.

Malá Strana es uno de los barrios más antiguos y hermosos de Praga. Junto con Staré Mesto (Ciudad Vieja), forma parte del casco histórico de la ciudad, y su arquitectura resalta por la belleza singular y la quieta armonía. Allí se yergue la barroca iglesia de san Nicolás. La calle donde nació Neruda, que hoy lleva su nombre (Nerudova Ulice), es una hermosa calle empinada, empedrada de adoquines, con faroles y casas típicas de rojizos tejados y chimeneas. Caminando cuesta arriba se llega al Hradčany o Castillo de Praga, sede de los antiguos reyes checos y del presidente de la república.

Jan-neruda-Cuentos-183x300Cuentos de la Malá Strana es una colección de once cuentos ambientados en el barrio natal de Neruda. La mayoría de los cuentos son relatos breves, salvo tres de ellos: «La misa de San Wenceslao», «¿Cómo fue que el 20 de agosto de 1849, a las doce y media de la tarde, no se derrumbó Austria? » y «Figuritas», el cuento más largo, que es el embrión de una novela corta.

Los relatos son episodios de sus recuerdos de infancia y adolescencia en aquella Malá Strana que le vio nacer y en cuyas calles creció y descubrió su vocación de escritor. Están narrados en primera persona, por un personaje omnisciente, niño o adolescente.

Pero el verdadero protagonista del libro es el barrio: la Malá Strana, con su aroma de blancas lilas y de nata sabrosa —como la recuerda Neruda—, con sus personajes pintorescos y extravagantes, con sus tranquillas calles y su atmósfera única. Todo el libro es un homenaje al barrio, celebración y elogio de esa Malá Strana, poética y apacible, parte vital de aquella Praga dorada que fascina al visitante. En todos sus cuentos, Neruda recrea los lugares recurrentes de su infancia: la iglesia de san Nicolás, la calle de Ujezd, la puerta de Strahov, el parque de Waldstein, la colina de Petřin, la plaza de Loreto, el Hradčany, la catedral de san Vito, las fondas y tabernas de su tiempo.

Neruda es el historiador y cronista de la Malá Strana. Pero no es el historiador académico, objetivo y riguroso, sino el “otro” historiador; el escritor de vivencias, de pequeñas historias simples y cotidianas, el cronista del barrio y sus tradiciones, de la vida y suerte de tantos seres inolvidables, entrañables, que poblaron su infancia y se fijaron para siempre en su memoria y su obra.

El cuento que abre el libro, por ejemplo, «El señor Rysanek y el señor Schlegl», es un relato antológico. Es la historia de una vieja enemistad que termina en reconciliación. Dos señores mayores, Rysanek y Schlegl, frecuentan durante años la misma taberna. Sin dirigirse la palabra se sientan en los extremos opuestos de la misma mesa ante una jarra de cerveza. Son metódicos y puntuales, y realizan su visita diaria como si se tratase de un rito. Ambos se odian profundamente. Se puede adivinar el motivo de ese odio: una mujer, que se interpuso entre estos hombres y los enemistó. La mujer, esposa de uno de ellos, hace años que ha muerto, pero el rencor mutuo persiste. Neruda relata esta historia con honda humanidad.

Jan-Neruda-y-los-dias-tranquilos-215x300Otro cuento, «¿Cómo fue que el 20 de agosto de 1849, a las doce y media de la tarde, no se derrumbó Austria?», relata una aventura de infancia. Un pequeño grupo de niños praguenses sueña con derrumbar el viejo imperio austriaco, que por entonces dominaba al país checo. Planean tomar por asalto las fortalezas y matar a sus soldados. Para tal fin necesitan comprar pólvora y confían este encargo a un vendedor. Un sentimiento de candor infantil recorre todo el relato.

En los “Cuentos” desfila una pequeña galería de figuras estrafalarias que son también tipos universales: el honrado mendigo caído en desgracia, la solterona, la plañidera, el misántropo, el viejo excéntrico que guarda un “secreto tesoro”, el vendedor ambulante, los estudiantes bohemios…Neruda no premia ni castiga a sus personajes. Al igual que Chejov, simplemente los retrata como son, o mejor, como los recuerda.

El estilo de Neruda es directo y sencillo. En los “Cuentos” no hay rupturas sintácticas o morfológicas. Los relatos tienen una estructura tradicional y carecen de grandes pretensiones formales. Y, sin embargo, hay en ellos limpieza de lenguaje y pleno conocimiento del oficio de narrador.

Neruda es un escritor romántico que intenta recuperar por obra del lenguaje y la memoria un tiempo feliz: el tiempo de la infancia, su infancia. Así, recrea episodios de una Praga decimonónica de la que apenas queda ya rastro, inmovilizada en la ficción. Al leer los “Cuentos” uno no puede impedirse pensar por momentos en una obra posterior: Dublineses, de James Joyce. Creo que podría hallarse notables semejanzas entre ambos textos, tanto por la temática como por el estilo. En ambos hay un color local, nunca excesivo, y un tono personal, autobiográfico, jovial, jocoso a ratos, siempre grácil. En cierto modo, Neruda viene a ser el Joyce de los praguenses.

Los “Cuentos” están escritos con pulcritud, gracia y elegancia, con mucho amor, con mucho humor, pero sobre todo con romántica ingenuidad. He leído y releído estos Cuentos de la Malá Strana con placer y amor inmensos por Praga y por su escritor Jan Neruda, y no he podido impedirme el grato recuerdo de aquellos rincones de la Malá Strana que durante años frecuenté hasta la fatiga en largas noches de invierno y cálidas tardes de verano.

Fidel Munnigh
En mediaisla