Nostalgia de los Ferrocarriles Chilenos

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Tengo por costumbre evitar la nostalgia del pasado con la típica frase “todo tiempo pasado fue mejor”. No es cierto, el tiempo pasado solamente fue distinto y el pasado y el presente tiene cosas buenas y malas como las personas. Ahora, reconocido esto, es mi derecho y opción el opinar que los Ferrocarriles de Chile de antes eran mejores, al menos existían.

Hay que ser muy imbécil para no ocurrírsele a uno que un país como Chile, largo y angosto, no debería estar comunicado de Arica a Punta Arenas por una línea de tren y por un servicio de buques de pasajeros con el mismo trayecto. En el pasado existieron y excelentes. Mi abuela iquiqueña y que se casó con mi abuelo que era de Los Ángeles en 1910, viajaba con su marido regularmente todo el año en vapores de la Pacific Steam Navegation Company o la Compañía Sudamericana de Vapores. No existía o recién estaba siendo inaugurado el ferrocarril al norte, que era un infierno, y no había buses ni aviones. Cómo no iba a ser más agradable ir de Iquique a Talcahuano en un cómodo vapor con comedores, salones, camarotes, empleados y amistades. No tuvieron hijos sino hasta años después de casados, y se casaron muy jóvenes, así es que pasaban la mitad del año en la casa de las salitreras, como llamaban a la casa de la calle Baquedano que todavía existe y el campo de Los Ángeles, que desapareció en las tormentas de la Reforma Agraria de Frei Montalva.

Volviendo al tren, la línea más cercana a mí era la de Viña del Mar a Santiago. Existían los trenes expresos de las 8.00, 12.00 y 18.00, que paraban sólo en las estaciones más importantes, los más modestos trenes ordinarios, que tenían horarios diferentes, paraban en todas las estaciones y casi doblaban el tiempo de viaje de los expresos, y el deslumbrante tren Rápido, que sólo paraba tres o cuatro veces en el trayecto y salía temprano en la mañana. Era el tren de los abogados y agentes de la Bolsa que iban a hacer sus trámites a la capital, no era un tren de familia.

El viaje en el expreso de 8.00 era un acontecimiento. Uno llegaba a la Estación de Viña tres cuartos de hora antes de la pasada del tren que venía de Valparaíso. En el edificio de la Estación había salas de espera para primera y segunda clase, además de boleterías, puestos de revistas y un buffet para los hambrientos. Se iban juntando en las salas de espera los viñamarinos, pero a medida que avanzaba el tiempo y se acercaba la hora de la pasada del expreso, iban llenando los andenes, todos mirando hacia las líneas que se perdían hacia Valparaíso para ser los primeros en ver al tren. Pero cuando se daban cuenta que faltaban 20 minutos todavía, la gente empezaba a pasearse lentamente, los matrimonios del brazo, los caballeros solos, con las manos atrás y El Mercurio debajo del brazo. Hasta que al final de los rieles, se veía el tren. Cuando esto sucedía y se veía diminuto en la lejanía el convoy, la gente lo anunciaba en voz alta como si se les hubiera comunicado especialmente por la Presidencia de los Ferrocarriles del Estado:”ahí viene”.

Esto era seguido por bajadas de barreras, campanas, luces rojas y verdes en unos gigantescos postes y la gente se encaminaba, ya sin ninguna lentitud ni parsimonia, casi corriendo por el andén hacia el sitio donde más o menos se iba a ubicar el carro que les correspondía, porque con el boleto, además se le entregaba un billete con la letra del carro que le tocaba y el Nº del asiento, además de la clase. Los de primera clase se iban hasta casi la punta del andén y los de segunda se quedaban en la mitad. No había tercera clase, sólo en los trenes Ordinarios. Y llegaba el tren, entrando lento a la estación, permitiendo a los viajeros ubicar sus sitios. Primero, la máquina eléctrica, lo que era un lujo, considerando que para el norte no había electricidad y para el sur sólo hasta San Rosendo. Esa máquina tenía nombre y se llamaba Serpiente de Oro y eran varias las que prestaban servicios, luego uno o dos carros de equipaje y el primer coche de pasajeros que era el coche Numerado, porque los que se querían asegurar un lugar y ser los primeros en llegar va Santiago, iban dos o tres días antes a comprar el pasaje. Luego venían los coches rojos de primera clase, fabricados en Alemania a fines de la década de los 20 y principios de los 30.

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Un faro muy concurrido

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En uno de los primeros artículos publicados en este blog,  titulado «Cultura e Internet», recordaba yo la lectura de la novela «La voz de los muertos», escrita por Orson Scott Card, y cómo encontré en sus páginas a uno de los personajes de ficción más sugerentes que he conocido. Se trataba de Jane, una especie de hada madrina de Ender, el protagonista, en forma de inteligencia artificial con vida propia que se comunicaba a través de la red de ansible –un término utilizado en la literatura de ciencia-ficción para describir un hipotético dispositivo de comunicación más rápida que la luz– que surcaba las galaxias. Me pareció la imagen más hermosa del computador con vida propia, y naturalmente, no era la vieja historia de la máquina que se rebela contra su creador, el hombre, sino del ser vivo que surge del artificio, en este caso la red de comunicaciones.

Cuando Card escribió la novela, Internet era un sueño que acababa de comenzar, pero el escritor tuvo visión de futuro, como buen autor de ciencia-ficción, y ya imaginó un ser que surgía de las ondas hertzianas que envuelven nuestro planeta. La red, como gustan llamarla algunos –porque suena más latino y menos comercial, y, ¿por qué no?, más sugerente–, tiene también, en cierto modo, vida propia, pero una vida que dirigen los cientos de millones de personas que se conectan a ella desde cualquier punto del globo.

En la  actualidad,  Internet es ya un hecho cotidiano e imparable y los blogs –que constituyen una parte muy importante de la web— son un amplísimo foro público para todos aquellos que aman la cultura y que, con mayor o menor acierto, van dejando caer sus letras con la esperanza no sólo de que alguien las lea sino de que las cuestione, las aprecie y las adopte como propias. Es decir, con la esperanza de generar un proceso comunicativo directo emisor-receptor, que tome el texto como pretexto para elaborar disquisiciones de variopinto tono y, frecuentemente, ajenas a las letras que las generan.

Contamos, pues, con un canal, con los integrantes –-activos y pasivos-– del mismo y con una serie de mensajes a los que, de momento, seguiremos suponiendo interesantes. Y utilizo el verbo suponer en la creencia de que es esa la intención última de quienes crean una bitácora. Al menos esa fue la mía cuando inauguré, ‘empujado’ en cierta medida por mi hermano, este blog al que han acudido generosamente tantos y tan buenos visitantes.  Nunca imaginé que «El Faro del Fin del Mundo» llegaría a alcanzar tanta difusión y tan sorprendente acogida por parte de los lectores. A todos ellos, sin excepción, quiero darles mis más sinceras gracias y enviarles, desde Chile, un fuerte y entrañable abrazo.

Luis Irles

Adiós Capa…

Ayer  23  de agosto del año 2010, partió nuestro amigo Francisco de la Puente, aquel pintor de barbas largas amigo de todos, ese pintor con el cual compartí momento inolvidables en su taller de Santiago y su rincón secreto ubicado en las montañas del Ingenio, suena extraño saber que ya no está, que su obra se fue, que sus risas estarán guardadas en lo más profundo de nuestra alma.

Cómo recuerdo que mi Tata Pablo –amante del arte y la pintura–  me decía que me acercara al taller de Pancho y  lo ayudara a limpiar sus pinceles que,  de esa forma aprendería pintura y algo para desasnarme, como decía mi abuela…..cosa que nunca hice.

Siento su muerte como propia, siento que se  fue una parte de mí….  Me recuerdo de su habilidad para la cocina, un gozador siempre atento de prepararte algo rico con las cosas más sencillas y compartirlas con un tinto, el cual nunca faltaba en la mesa y en la conversa.

Conocí el éxito de su carrera artística del cual no hablaré ahora, pero él siempre humilde y acogedor, cariñoso con su hermana Carmen, su cuñado Sergio y sus sobrinos Jorge, Sergio y Tomás, y conmigo…, como sobrino agregado.

Capa, te fuiste a comer a la mejor mesa tomando el mejor vino y nos dejaste, pero por algo lo hiciste. Siempre tuviste las cosas tan claras y decididas, tu forma de vida te llevó a no transar tus principios en nada, lo cual es un gran mérito.

Fuiste  testigo presencial en la noche que reencontré  a la Malu en el Ingenio, estaba en tu mesa, en tu casa, bajo el cielo más estrellado que existiera.

Cuando el domingo pasado fui a buscar el balón de gas a la casa de Jorge y vi tu  auto Citroen viejo y añoso estacionado, me alegré mucho por que estabas ahí, te saludé y te juro que me hubiera quedado toda una tarde hablándote y riéndonos, con la fuerte risa de Jorge de música ambiental, pero nos despedimos rápido, porque para variar yo estaba apurado y me miraste de frente con la vista fija y me dijiste ADIOS.

José Miguel Ferrada Montt

“El Faro del Fin del Mundo”

por Esteban Casañas Lostal

«La navegación es la ciencia o el arte de conducir una nave con seguridad de un punto a otro de la tierra», repetí infinitas veces cuando impartía mis clases en la Academia Naval del Mariel. Es una definición bastante acertada para describir con pocas palabras toda la magia que ellas ocultan, cuando no se tiene a mano unos buenos prismáticos. Esa parte de la ciencia se encuentra al alcance de unos pocos y son precisamente ellos los que determinan el camino correcto a seguir. ¡Ahhh! Pero el mar no se deja seducir o dominar con numeritos, es un poco más exigente, hay que mimarlo en ocasiones. Es aquí cuando aparece el artista capaz de componer una sinfonía con sus vientos y olas, formando un coro de delfines y gaviotas que también le cante. El mar es el arte perfecto que unas veces es interpretado indistintamente por los cobardes y valientes, románticos, bohemios, violentos y timoratos, hombres hambrientos, apasionados y abstemios amorosos también.

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Todo marino es un poco artista, solo un poco. Algunos logran transpirar ese arte cultivado a golpe de salitre, bandazos y sargazos, solo algunos. Ellos, los que luchan y logran escapar de una oscura santabárbara, vierten todo lo que llevan dentro y acumularon durante cientos o miles de singladuras. Viajan como los pingüinos hasta el mar y luego nos regalan como alimento sus recuerdos, como si fuéramos sus crías.

Allí, dentro de ese mundo que todo lo borra con la modernidad y desaparecen palabras y costumbres que hoy pudieran resultar extravagantes, hay hombres que se resisten a renunciar por lo que tantas veces jugaron sus vidas, su eterno amor por el mar.

¡Vaya hasta el cuarto de derrota! Consulte el libro de faros y luego observe en el cuarterón que está usando. Compruebe que el alcance lumínico y geográfico se corresponda o no con la altura del faro. Memorice los destellos y el tiempo de sus señales. Tome un cronógrafo y salga al alerón del puente para identificarlo. Es muy sencillo, estoy convencido de que su rumbo era el correcto, usted se encuentra enfilado con “El Faro del Fin del Mundo” y su recalada a puerto es segura.luis

Luís Irles es un viejo marino de origen español con residencia en Chile, como las gaviotas, una vez emprendió su último vuelo a la costa y allí se quedó. En él se conjuga mucho de ese arte que viajó con nosotros en silencio y sale a flote después de una galerna, la más grande y poderosa de todas, su vida. Cuando van desapareciendo muchas de aquellas palabras que una vez nos resultaban familiares y formaron parte de nuestras vidas, Luis se sumerge y saca a flote un grueso y pesado obenque que se encontraba enredado entre amantes y amantillos. Descubre una vieja llave que sirvió para enviar mensajes codificados entre puntos y rayas. Repara un viejo bote salvavidas con el casco de tingladillo, y gira sin darse cuenta un enorme manguerote en la dirección de barlovento.

Hoy, al socaire de toda la nostalgia que siente cada marino cuando lo extirpan de su mundo, Luís es capaz de regalarnos desde su casa –“El Faro del Fin del Mundo”– cada página que arranca de su Diario de Bitácora. Sin otras pretensiones que las de compartir con nosotros esos agradables momentos, se eleva sin embargo como un exquisito exponente del sentir marino.

El Foro Naval Cubano “Faro de Recalada” tiene el gratísimo honor de presentarlo a nuestros amigos e invitarlos a que visiten el blog de este gran amigo del mar. Deseamos expresarle nuestras más sinceras felicitaciones y admiración, su labor pone bien alto el nombre de nuestra profesión, poco importa la bandera enarbolada en el asta de popa.

El Foro Naval Cubano “Faro de Recalada”

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Nota de Luis Irles:

Estimado amigo y colega Esteban: Tengo, ante todo, que agradecerte las hermosas palabras que has tenido la gentileza de publicar en ese magnífico Foro Naval Cubano, referidas a esta modesta bitácora y a mi persona. Es un artículo bellísimo y sensible, donde retratas a la perfección la vocación y los sentimientos de todos aquellos que elegimos la mar como forma de vida, entregándonos a ella con absoluto fervor.

Siempre he huido de la vanidad y el protagonismo, pero en esta ocasión –en la que tan directamente dedicas a este faro tu bellísima prosa–, he querido rescatarla del ámbito estrictamente privado para darla a conocer a nuestros queridos lectores y que, de esta manera, conozcan el excelente texto que has escrito, que alcanza su más poética y sincera definición con una conmovedora frase salida –estoy seguro– desde lo más profundo de tu corazón: «hay hombres que se resisten a renunciar por lo que tantas veces jugaron sus vidas, su eterno amor por el mar.

Gracias de nuevo, Esteban. Te saluda muy cordialmente tu amigo,
Luis Irles


Para todos los amigos del Foro Naval Cubano

Carta desde Cazorla

Después de casi tres semanas de agotadores recorridos por varias capitales y ciudades europeas (incluidas algunas españolas), de visitar renombrados museos y maravillosos monumentos artísticos, de saborear deliciosos platos de la gastronomía local y de reencontrarme felizmente con familiares y amigos, decidí pisar el freno, no hacer nada durante mis últimos días de vacaciones en España y buscar un lugar tranquilo y apartado en plena naturaleza donde poder relajarme y olvidarme de aviones, palacios y autopistas. Y lo encontré: es un maravilloso remanso de paz, un pueblo andaluz llamado Cazorla, desde donde escribo estas notas mientras contemplo el impresionante paisaje que me rodea.

Llevo tres días aquí –alojado en una acogedora casa rural– muy cerca del Parque Natural, y les confieso que tuve el momentáneo temor de que el aburrimiento se apoderara de mí una vez que hube caminado por los verdes y tranquilos senderos de la Sierra, sentado al borde del embalse de Los Teatinos, contemplado el nacimiento del río Guadalquivir, no muy lejos de Quesada, y conversado –en una tasca y sin medir el tiempo– con algunos ‘sabios’ ancianos del lugar. Y subrayo lo de sabios, porque al preguntarle a uno de ellos cómo combatían sin aburrirse las largas horas de luz y calor del verano, me respondió con un tono muy serio: «Pues mire usted, amigo, lo primero que hay que hacer para no aburrirse es no hacer nada… Yo, por ejemplo, no veo la televisión, ni me voy de compras a Jaén con la familia, ni leo los periódicos… y aunque no se lo crea, estoy entretenío todo el día…»

No supe qué responder en ese momento; pero reflexionando más tarde sobre el asunto llegué a la conclusión de que, aunque la receta del anciano sea muy dura de llevar a la práctica para la mayoría de nosotros, es la más sencilla y radical… Estamos demasiado acostumbrados al «No se quede sentado; haga algo», y tal vez no sea el mejor de los consejos… En realidad, las palabras de este hombre curtido por la vida y el trabajo, entroncan –aunque él seguramente lo ignora– con muchas filosofías orientales y con ciertas escuelas de meditación, que conciben lo que nosotros denominamos aburrimiento como una fuente de renovación y de conocimiento. Como todos sabemos, estas técnicas espirituales consisten en sentarse relajadamente, recapitular sobre los pensamientos que vienen a nuestra mente y ser testigos mudos de lo que acontece alrededor. Sería el primer paso, siguiendo el consejo de Sócrates, para conocerte a ti mismo.

Y eso es, precisamente, lo que comencé a practicar –en la medida de lo posible– desde que llegué a Cazorla y escuché la respuesta de este hombre al que la edad le ha aportado sabiduría. He estado toda la mañana sentado en un banco de una fresca y pequeña placita, observando a la gente, meditando sobre la rutina diaria que prácticamente estamos obligados a llevar, y que nos puede conducir a una especie de neurosis en nuestros comportamientos, en la manera de entender la vida, en nuestro modo de sentir, de actuar.

Creo que esta misma mañana he podido constatar que el aburrimiento puede ser positivo en muchas ocasiones. Que no conviene habituarse a sentir emociones porque la vida no puede ser siempre emocionante. Estoy apreciando, intensamente, estos momentos de paz y tranquilidad. Y hasta recordé que Bertrand Russell dijo en cierta ocasión –escribo de memoria– que «para llevar una vida feliz es esencial una cierta capacidad de tolerancia al aburrimiento. Las vidas de los más grandes hombres sólo han sido emocionantes durante unos pocos momentos trascendentales. Una generación que no soporta el aburrimiento será una generación de hombres de escasa valía.»

Sin yo esperarlo, este pequeño pueblo andaluz me ha convertido –aunque sea por unos días– en un observador tranquilo, un testigo imparcial de mi vida interior y del mundo que me rodea. Desde que llegué aquí he podido recuperar el silencio, que a mi modesto entender es la fuente de toda acción creativa. Como escribió Catón: «Nunca se es más activo que cuando no se hace nada.» 

Lástima que el aburrimiento y la inactividad –en mi caso– no vaya a durar demasiado, pero estoy convencido de que esta tranquila estancia en Cazorla va a ser muy positiva para mí.

Abrazos,

Luis Irles