¿Cómo es posible?

El curtido reportero Bostjan Videmsek reflexiona sobre la dramática crisis de los refugiados sirios.

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¿Cómo es posible asistir al horror de los refugiados sirios sin sentirse culpable y avergonzado?

¿Cómo es posible que alguien pueda sentirse más valioso y digno que otro ser humano?

¿Cómo es posible que una vida tenga menos valor que otra?

¿Cómo es posible que en todas partes siempre haya un nosotros y un ellos?

¿Cómo es posible que el privilegio de haber nacido en un lugar en paz y próspero se dé por sentado para tanta gente?

¿Cómo puede haber una falta tan grande de empatía y compasión?

¿Cómo es posible que aquellos que viven una vida de comodidad y seguridad nieguen derechos, libertad y una vida mejor a millones de personas que nunca llegarán a saber qué es una vida de comodidad y seguridad?

¿Cómo es posible que nos podamos enfrentar a nuestro propio reflejo -como individuos, comunidad, nación, Estado, unión de Estados– y no nos importen los crimenes contra la humanidad, o nuestros propios crímenes?

¿Cómo es posible que la banalidad del mal se estrelle tan pocas veces contra las rocas de la bondad, con lo habitual que resulta hoy juzgar ética y moralmente a través de la retórica digital (esto último está tan extendido que a menudo parece una doble moral)?

¿Cómo es posible que, a un lado de la luna y de modo autocomplaciente, “necesite urgentemente hacerse algo” y entonces -una y otra vez- nos quedemos en palabras y una gigante ilusión de activismo de sofá en las redes sociales?

¿Cómo es posible que que el reflejo gane casi siempre y la autoreflexión sea una excepción a la regla?

¿Cómo es posible que después de tantos años de tiranía de las viejas políticas de la corrección –como un boomerang en el paisaje–, el discurso público esté dominado por la xenofobia, el racismo y el egoísmo nacionalista?

¿Cómo es posible que el país que hace veinte años acogió 70.000 refugiados (Eslovenia) encuentre hoy problemático aceptar más de 250 refugiados que huyeron del conflicto más sangriento de nuestro tiempo?

¿Cómo es posible que el gobierno de este país, como vasallos de una falsa autoridad marcada por Bruselas-Berlín y con el apoyo general de la población, esté arrasando nuestros últimos restos de humanidad (como ocurrió en Grecia con la crisis)?

¿Cómo es posible que una mujer que ha caminado kilómetros con la esperanza de encontrar la libertad, con su hija de tres años en brazos, sea acusada de terrorista?

¿Cómo es posible?

En periodismohumano


Bostjan Videmsek nació en Eslovaquia en 1975, estudió Sociología de la Cultura y de la Filosofía, trabaja como corresponsal en Eslovenia del periódico DELO y escribe regularmente para la web revolve-magazine.com. Lleva los últimos doce años cubriendo guerras y crisis por todo el mundo.

Hiroshima conmemora el 70 aniversario del ataque atómico

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El 6 de agosto de 1945 la muerte cayó del cielo en Hiroshima. Ese día, Estados Unidos lanzó la primera bomba atómica utilizada con fines bélicos en la historia. Tres días más tarde, una nueva detonación nuclear arrasaría Nagasaki. Se estima que hacia finales de 1945, las bombas habían matado a 166.000 personas en Hiroshima y 80.000 en Nagasaki, totalizando unas 246.000 muertes.

En la impresionante ceremonia conmemorativa, el actual alcalde de la castigada ciudad nipona, Kazumi Matsui, pidió a los líderes mundiales que «trabajen incansablemente para lograr un mundo libre de armas nucleares». En el mundo aún existen unas 15.000 armas nucleares, recordó también Matsui, quien instó a la comunidad internacional a erradicar para 2020 estos artefactos «inhumanos y de maldad máxima».

Tras la tragedia de Hiroshima, y hasta el fin de la Guerra Fría, el fantasma del desastre nuclear tuvo la amenazante forma de un hipotético misil atómico precipitándose desde las alturas; pero, a partir de los accidentes nucleares de Three Miles Island en 1979, en Estados Unidos, y muy particularmente —por su dimensión y efectos— de Chernobyl en 1986, en la entonces Unión Soviética, el espectro se encarnó en la aparentemente inofensiva imagen de una central nuclear erigida en el paisaje. Eso, al menos, a ojos del movimiento ecologista y de las corrientes de opinión —sociales, políticas y científicas— afines a una posición de crítica y denuncia antinuclear.

La patética lección que supuso Chernobyl en materia de seguridad no demuestra haber rendido aún sus esperados frutos, y ello queda traducido en una polémica que no cuestiona los beneficios de la energía atómica (por otro lado, menos contaminante que la producida a partir del gas, el carbón, o el petróleo, que contribuyen al efecto invernadero) ni su elevado grado de desarrollo y eficacia, sino que se apoya, justamente, en los escasos progresos obtenidos en la implementación de nuevos sistemas de seguridad y de modelos de capacitación de mayor fiabilidad; situación, esta, perfectamente ejemplificada en el caso de los accidentes nucleares en las centrales japonesas de Tokaimura y –años más tarde– en la de Fukushima I, otro de los más graves ocurridos hasta ahora pese a la sofisticada tecnología nipona.

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Además de las tesis que relacionan la aparición de enfermedades cancerígenas y de malformaciones en recién nacidos con la vecindad de centrales nucleares, y de las inherentes preocupaciones por la seguridad, el tema de los residuos tóxicos es el auténico talón de Aquiles de esta industria energética. Con un periodo de vida que puede alcanzar las decenas de miles de años, y un alto poder radiactivo, hasta ahora no se ha concebido un sistema que ofrezca completas garantías para su aislamiento, y en el debate internacional han concurrido alternativas tan dispares como el hundimiento le los desechos en el fondo submarino, su enterramiento en los hielos antárticos o en el corazón de montañas, el lanzamiento al espacio, e, incluso, la descabellada idea de convertir la Luna en un vertedero.

Por ahora, y habida cuenta de que los proyectados cementerios nucleares sólo son válidos para residuos de baja y media intensidad, y corta vida (aunque hablamos de cientos de años), la basura más contaminante espera depositada en piscinas especiales, de las propias centrales, un destino final que pudiera venir de la ya antigua idea del enterramiento a grandes profundidades en zonas geológicamente estables.

El debate está servido y, sin duda, se agudizará. Las organizaciones y partidos políticos comprometidos con el medio ambiente de Francia, Alemania y otros países europeos, han conseguido introducir la idea del desmantelamiento progresivo pero total de la industria nuclear. Las espadas están en alto, pero de parte de un bando actúa el omnipresente poder del dinero, y la lid se anuncia dura y larga. Lo que queda claro –y esperando que lndia y Pakistán no retornen a iniciar su macabro juego de amenazas y contraamenazas— es que mientras no se desarrollen suficientemente las tecnologías relativas a las energías alternativas —hidráulicas, eólicas y solares– a un nivel tan productivo como rentable, parece utópico pensar que el hombre prescinda de la tecnología nuclear.

Curiosidades de Chile: Isla de los Muertos

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A orillas del río Baker, cercano a Caleta Tortel, un total de 33 cruces representan el mudo testimonio de los misterios mejores guardados de la colonización y explotación de la región de Aysén.

Según se extrae de las crónicas históricas del lugar, en septiembre de 1905 zarpa de Dalcahue un vapor con 200 obreros chilotes hacia la desembocadura del río Baker, para abrir paso a través de selva, cerros y humedales una vía que llegara desde el Pacífico hasta prácticamente la frontera con Argentina, para facilitar el transporte y exportación de lana y carne desde las regiones más altas, especialmente de la zona de Chubut.

Periódicamente, un barco volverá a la zona para aprovisionar a los trabajadores de alimentos frescos y otros objetos de primera necesidad, sin embargo, ante el naufragio del barco, esas esenciales provisiones no llegaron jamás. Los obreros realizan un trabajo físico brutal todos los días, cortando árboles y picando senderos en la piedra viva para ir abriendo camino, y para alimentarse tan solo tienen carne salada, tocino, arroz y harina llena de gorgojos. Esta deficiente alimentación, unida al clima extremo que tienen que soportar, no tarda mucho en pasar factura en forma de una extraña enfermedad en la que aparecen moretones en piernas y brazos, hemorragias por daños gastrointestinales, sangrado de las encías y dolores de cabeza hasta ocasionar la muerte.

Ante el temor de infección o contagio, los muertos son llevados hasta esa pequeña isla y enterrados sin oraciones ni honores, simplemente una destartalada caja de madera de ciprés y una cruz sin nombre marcarán el lugar de su descanso eterno.

En octubre de 1906 llega por fin un barco que rescatará a los supervivientes, prácticamente convertidos en fantasmas desdentados, de su peculiar infierno patagónico. Tan solo un puñado de ellos conseguirá recuperarse de la enfermedad y poder seguir adelante pese a salir de allí con vida.

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Más tarde, la verdad sobre la muerte se oculta bajo suposiciones y acusaciones hacia la Compañía explotadora del Baker. Unos dicen que los trabajadores fueron envenenados a propósito por la compañía para no pagarles los salarios adeudados, otros apuntan a que los obreros contrajeron la enfermedad a causa de pesticidas que se acumulaban en la misma bodega del vapor junto con los alimentos y ganado, otros señalan que habrían sido envenenados por los curanderos alacalufes por las relaciones amorosas que habrían establecido los trabajadores con sus mujeres.

Fuera como fuere, el abandono de los trabajadores durante muchos meses en un lugar como aquel fue sin duda el motivo de su condena.

El cementerio fue excavado a escasos metros del río, debido a que las fuerzas de los sobrevivientes no daban ni para introducirse en el interior de la espesa vegetación ni para cavar en tierras más endurecidas. Por ese motivo, las crecidas del río se llevaron en fechas inciertas buena parte de las tumbas. El padre salesiano Alberto Agostini mencionaba la cantidad de 120 cruces a mediados del siglo pasado, el explorador A. F. Tschiffely hacía mención a 79 poco después, hoy en día solo quedan 33. Quién sabe si la próxima crecida del Baker acabará por borrar por completo el último recuerdo de aquellos que dejaron allí su vida por el progreso de Chile.

En el año 2001 la isla es declarada Monumento Histórico Nacional y es centro de visita obligada para quienes buscan conocer su historia.

 

Fuente: http://www.chileestuyo.cl/