Suiza, un país que roza la perfección

Por culpa de los folletos de viajes y los documentales turísticos, Suiza es un país poco conocido. Casi todo el mundo cree, por ejemplo, que está formado en su mayor parte por los Alpes y que los Alpes son blancos. Pero los Alpes son densamente verdes, y vistos a la distancia son violáceos en casi toda su altura. Los valles son planos. Las llanuras son amenas y delicadas sus praderas, extendidas como una alfombra sobre la grácil ondulación de las colinas. Suiza tiene palmeras tan espléndidas como sus pinos porque se extiende hacia el cálido sur hasta las orillas del lago Maggiore.

Los amantes de la paz se reúnen siempre en Suiza y eso también ha dado lugar a una imagen errónea del país. Los suizos no son pacifistas. Son una nación de guerreros, fortificada y armada hasta los dientes. En 1960, Suiza podía movilizar en 48 horas un ejército de 800.000 hombres, o sea, dos veces las posibilidades de Francia. Así lo hizo en la Segunda Guerra Mundial, adelantándose a Gran Bretaña por varios minutos; y aunque se mantuvo fuera del conflicto, derribó cerca de 20 aviones al hacer clara su política de perfecta neutralidad. No obstante, desde el fin de la Guerra Fría, el tamaño de las fuerzas armadas suizas ha sido progresivamente reducido, y en 1995 el número de soldados quedó en poco menos de 400.000 ciudadanos.

En épocas pasadas los suizos fueron considerados como los mejores, más valientes, más sanguinarios y más confiables guerreros que existían. Eran soldados profesionales y se ajustaban rigurosamente a la ética de su profesión. Esto es, mataban y morían según contrato y no se pasaban nunca a otros bandos, así les hiciesen ofertas. Tenían un defecto, sin embargo: exigían de vez en cuando que se les pagara. Esto y el desarrollo del nacionalismo, cerraron poco a poco los mercados extranjeros a este primer producto notable del genio suizo. Una «Guardia Suiza», integrada por 200 héroes potenciales, hace aún parte de la decoración del Vaticano, pero eso es todo lo que queda de una reputación de valor en la batalla que no había tenido rival desde Esparta.

Soldados suizos en prácticas dominicales

Su inteligencia práctica, no el pacifismo, fue la causa de que los suizos se retiraran de la política internacional, de la rivalidad de las potencias. Su situación geográfica lo hizo posible, sus vecinos lo hallaron mutuamente ventajoso; pero fue su frío sentido de la realidad lo que lo puso por obra.

La inteligencia práctica es también la base de la economía de Suiza, reconocida erróneamente en el mundo por sus relojes, chocolates, cortaplumas, bancos y quesos. No tiene riquezas minerales, ni recursos naturales de ninguna clase, como no sean fuerza hidráulica y gran habilidad para hacer las cosas. Esta última es tan grande y está tan sabiamente empleada, que la estéril Suiza tiene –a pesar de la crisis económica que todavía padecen varios países de Europa– uno de los niveles de vida más altos del mundo. En cuanto a la equitativa y sana distribución de la riqueza, no tiene émulo en toda la historia humana. En Suiza no hay mendigos, ni barrios sórdidos, ni analfabetos, ni personas que vivan en la miseria.

Desde 1291, cuando los Padres de la Patria se reunieron en una pradera a orillas de un lago y juraron permanecer siempre unidos contra cualquiera que amenazara su independencia, los suizos han sido los más grandes amantes de la libertad que hay en el mundo. Y como a esto se agrega que es el único pueblo europeo sin dificultades económicas, Suiza resulta una especie de oasis dentro del continente. Los ‘envidiosos’ dicen que todo se debe al hecho de que en las dos pasadas guerras mantuvo su neutralidad –lo cual, por supuesto, es un factor– pero la prosperidad de Suiza data de antes del primer conflicto mundial. El ejército lo forman todos los hombres hábiles. Cada uno de ellos es un soldado que tiene en su casa un arma bien cuidada, municiones y uniforme. Los domingos pueden oírse en toda Suiza disparos de fusil mezclados con el canto de las alondras y el tintineo de los cencerros. Es el ejército que se adiestra para la defensa de la patria.

Zurich, la mayor y más cosmopolita de las ciudades suizas.

Los suizos conservan su equilibrio en materias políticas de manera admirable. Yo había oído decir que van a la vanguardia del mundo en lo que se relaciona a gobierno popular representativo, pero tuve que ir allá para palpar y sentir cuán cierto es. No hay allí rey, ni dictador, ni siquiera presidente o primer ministro. La república federal parlamentaria, con democracia directa, está gobernada por un «colegio» de siete miembros, cuyo presidente es elegido cada año y no tiene autoridad especial. Eso sí, cada tercer domingo (a lo menos así lo parece) toda la población masculina va a las urnas y vota. Puede ser con el fin de entrar en un Organismo Internacional, o de fundar una universidad, o de comprar unos camiones de último modelo para recoger la basura. El pueblo suizo lo decide todo por medio del voto; hasta sus maestros de escuela los elige. Iniciativa y referéndum forman el corazón de su vida política, y estas medidas son sólo sustituto del viejo Landsgemeinde, cuando los habitantes de un cantón se reunían en una pradera o en una plaza pública y decidían todos los asuntos, con sólo levantar la mano. En los cinco cantones que son lo bastante pequeños, perdura esta forma directa de democracia.

En materia de eficiencia práctica los suizos son insuperables. Escasamente hay una vía pública de mucha circulación, o un sendero de montaña, donde no encuentre usted la cabina de un teléfono automático. En Zurich se puede echar una carta al correo a las 5,45 a.m. y será recibida antes de las 8 a.m. Los suizos manejan su república (y sus cantones) como un instrumento de precisión.

Por supuesto, no es sólo la inteligencia práctica sino también la tolerancia y un permanente sentido de los caracteres y los problemas humanos lo que hace que en Suiza la vida se deslice con tanta suavidad. Cuatro idiomas distintos se hablan en ese pequeño país. Cuatro distintas «nacionalidades» viven allí amistosamente, junto a una numerosa población inmigrante perfectamente integrada. En la Suiza alemana no hay escuelas francesas; en la Suiza italiana no hay escuelas francesas ni alemanas. Pero nadie se preocupa por eso, nadie «agita». Esto confuta todas las teorías respecto a las «razas» y demuestra que el nacionalismo militante es totalmente innecesario. La humanidad puede ser lo bastante generosa y noble para pasar por encima de todo eso.

El famoso Cabaret Voltaire, en Zurich. Allí nació el movimiento Dadá en 1916

Valor moral y físico, inteligencia práctica y tolerancía son los puntos culminantes del panorama espiritual de Suiza que más persisten en nuestro recuerdo después que salimos de esa tierra. Pero para describir cumplidamente el goce de haber estado allá, debe agregarse que los suizos se cuentan entre la gente más educada, limpia y nítida del mundo, y son los mejores hoteleros. Aman la vida al aire libre, aman la nieve; aman las flores silvestres. Las ciudades –muchas de ellas con una gran actividad cultural, artística y de ocio– están situadas a orillas de hermosos lagos o ríos. Son además ricas en parques y jardines, y están siempre tan limpias y bien cuidadas que su propósito parece ser más el de adornar el paisaje rural que el de apartarse de él.

He dicho muy poco sobre la perfecta gloria del paisaje suizo porque es bien conocido. Es como una dulce canción de belleza que el mundo entero canta. Esto, sin embargo, no le resta a uno la sorpresa cuando puede contemplar con sus ojos tierra tan admirable. Yo dudo que exista otra digna de compararse a Suiza en variedad y abundancia de hermosura. Pero para mí su pueblo es lo más maravilloso. Algunos críticos pedantes encuentran obtusos a los suizos y dicen que nunca han producido obras de arte supremas. Han producido, a mi entender, tantos grandes hombres como pueden surgir de entre casi ocho millones de seres humanos, y han producido la mejor de todas las obras de arte: una sociedad sin pobreza, sin rencores crónicos y sin ostentación vanidosa.

Juan Pablo Tissot

La asombrosa Calzada Real Inca

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La civilización inca no conoció el vehículo de ruedas y sin embargo construyó la mayor carretera del mundo de la antigüedad. Este pueblo alcanzó su apogeo en el siglo XV, cuando ya ocupaba un extenso territorio en América del Sur. Había nacido en las orillas del lago Titicaca hacia el año 1000 y se desarrolló por cinco centurias.

Fundamentalmente para favorecer la actividad económica y la comunicación, los incas realizaron una red de caminos, calificada por los estudiosos como obra de asombroso ingenio y esfuerzo humano. Se extendió a lo largo de 18 mil kilómetros, pese a los difíciles obstáculos presentados por una naturaleza muy accidentada. Poseyó una gran calzada que atravesaba el territorio incaico, de norte a sur, entre dos ramales de la cordillera de los Andes. En algunos tramos trepaba hasta cerca de cinco mil metros de altura por breñas y roquedales y bajaba por desfiladeros y precipicios a los valles, tierras fértiles y páramos desérticos.

La arteria principal de la Gran Calzada Real del Inca (Capac Ñan o Carretera del Sol) medía cinco mil kilómetros. Estaba ampedrada en su mayor parte y su trazado no tenía desviaciones. Atravesó grandes ciudades como la de Cuzco y Quito. Su anchura era de ocho metros y a ambos lados se alzaban muros de piedra o de tierra. Además, en sus orillas fueron sembrados árboles para ofrecer sombra a los viajeros. El corte de una planta era castigado con la pena de muerte. Junto a los muros, los hombres y animales podían beber agua, pues corría el líquido por una zanja. Cada veinte kilómetros se alzaba un tambo (edificio), el cual servía de alojamiento y donde el viajero encontraba avituallamientos tales como ropas y sandalias. Los chasquis o empleados de correo vivían en casas alzadas cada tres kilómetros. Eran corredores a pie, encargados de trasmitir mensajes. Los chasquis podían recorrer la distancia de dos mil kilómetros, de Quito al Cuzco en muy pocos días, (un buen número de historiadores de la cultura incaica aseguran que en sólo cinco jornadas).

La Gran Calzada Real de los incas se le debe a los emperadores Pachacútec, Túpac Yupanqui y Huayna Cépac; la mano de obra estuvo a cargo de otros grupos indígenas reducidos a la obediencia. Los bloques monolíticos fueron trasladados desde muy lejos. Relata una leyenda que una de esas piedras, al caer, aplastó a mil indios. Medio siglo despué de la conquista, el misionero español José de Acosta, al referirse al trabajo de los incas, expresó: «No usaban de mezcla ni tenían hierro ni acero para cortar y labrar las piedras, ni máquinas, ni instrumentos para transportarlas, y con todo eso están tan pulidamente labradas que en muchas partes apenas se ve la juntura de unas con otras. Por su parte, el célebre científico alemán Alejandro de Humboldt, admirado por los puentes de la Calzada y de todo su sistema de comunicación, afirmó: «Es la más estupenda y útil de las obras ejecutadas por el hombre.

El primer europeo que escribió acerca de esta gran carretera incaica, Pedro Cieza de León, dijo que superaba a las romanas y a la que Aníbal hizo construir sobre los Alpes.