Algunas propuestas para aumentar lectores

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Uno de los primeros artículos que publicamos en este Faro –creo recordar que fue en julio de 2007– se titulaba (y se sigue titulando) «Se Lee Poco». Hablábamos en aquella ocasión del poco interés que hay por la lectura. Tanto en España como en otros muchos países de Iberoamérica. El asunto sigue más o menos igual. O peor. Es decir, cada vez se lee menos. ¿Por qué? La respuesta es posiblemente múltiple: no se incentiva la lectura desde las escuelas, se edita demasiado y demasiado malo, la apabullante competencia de la cultura audiovisual, las absurdas campañas de fomento de la lectura., etc… Así que con la creencia de que leer beneficia seriamente la salud, volvemos a plantear la cuestión recogiendo tres opiniones de otros tantos conocidos editores que últimamente han aparecido en la prensa.

Claudio López, por ejemplo, plantea una tesis: «Los editores publicamos demasiados libros y, en muchos casos, de manera indiscriminada. La saturación de novedades impide una buena distribución, una presencia reposada en el punto de venta, necesaria para una mínima digestión. Con la saturación, el editor no logra otra cosa que empachar al lector, emplazándolo a realizar su trabajo, a seleccionar entre lo ya seleccionado.

De todos modos –añado yo– la misión del editor no es la de promover la lectura.

UNA IMAGEN NO VALE MIL PALABRAS

Por su parte, Jaume Vallcorba  –con una gran sinceridad– asegura que conoce pocas maneras de incentivar la lectura. La más eficaz, sin duda, será la que cree o aumente el placer de leer, y eso se da básicamente en la infancia y la adolescencia. «Estoy convencido, pues, que la educación ha de tener un protagonismo fundamental. La mentira estúpida de que ‘una imagen vale más que mil palabras’, así como el desprestigio del esfuerzo, han hecho disminuir la atención escolar sobre la lectura, en el convencimiento de que su abandono en la educación no había de causar merma, cuando la verdad es que el lenguaje es quien parece tener a su cargo la organización consistente de nuestra arquitectura mental».

UN PLACER SENSUAL

Por último el escritor y editor Juan Cruz afirma que para leer no hace falta más tiempo, sino más ganas. «¿Cómo se pueden generar más ganas en los lectores?», pregunta Cruz. Y su respuesta es clara: «En primer lugar, volviendo a hacer prestigiosa la lectura: cada vez se habla menos de los libros, en las conversaciones, en los discursos, en la vida pública. En segundo lugar, haciendo cada vez más accesibles los libros: los que escriben (o escribimos) de ellos deben excitar el entusiasmo por la literatura (en la expresión de Carlos Fuentes) y no el desánimo ante los libros. Hay demasiadas incitaciones para que la gente no lea, y hay muy pocas ventanas en las que pregonar que leer es un placer intelectual, aventurero, sensual. En España hay pocos lectores. ¿Cómo aumentarlos? Transmitiéndoles que leer es un placer, contándoles los libros como si fueran una aventura, explicando los libros para que la gente los quiera, no para los rehúya. Hablando de ellos, aunque sea bien».

Ilustración: «Monica leyendo», de Anne Belov

La Feria del Libro en Español más importante del mundo

Desde el próximo día 24, y hasta el 2 de diciembre, tendrá lugar la XXI Edición de la Ferial Internacional del Libro de Guadalajara (México). Es la mayor reunión del mundo editorial en español. En la capital de Jalisco se reunirán autores, agentes literarios, bibliotecarios, libreros y más de 1.600 casas editoriales de 39 países. Junto a ellos, medio millón de visitantes se deleitarán sumergiéndose en el mundo de los libros y disfrutarán con la muestra de lo mejor de la producción literaria producida en castellano.

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El editor Christian Bourgois recibirá el Reconocimiento al Mérito Editorial 2007, en el marco de las actividades de la 21 Feria Internacional del Libro de Guadalajara.

Yo tuve la suerte de asistir a su edición número XIII. En aquella ocasión fue el premio Nobel, José Saramago, el encargado de pronunciar el discurso de inaguración de la Feria. Recuerdo que un 26 de noviembre, a las 14’00 horas, tomé el avión que debería trasladarme al D.F., y desde allí enlazar con otro que me llevaría hasta Guadalajara. Iba nerviosa y no sólo por lo que el acontecimiento al que asistía por primera vez significaba para mí. El enlace entre un vuelo y otro debería hacerlo en el espacio de cincuenta minutos y teniendo en cuenta la falta de rigor que suele reinar en Madrid-Barajas y los larguísimos pasillos que uno debe recorrer en el aeropuerto de México, el tiempo era realmente muy justo.

Para mi sorpresa embarcamos con puntualidad pero, una vez dentro del avión, el tiempo transcurría muy lento. Yo descontaba los minutos que se me antojaban de chicle, viendo como después de once horas por el aire iba a perder el siguiente vuelo, lo que me acarrearía una serie de trastornos y negociaciones en los que mi equipaje también corría peligro. Después de casi veinte minutos, una voz anunció que estábamos a la espera de que se diera la salida tan pronto como el exceso de tráfico aéreo lo permitiera. Esta tortura duró casi una hora y cuando ya andaba haciendo planes sobre cómo arreglar la situación al llegar a México, si es que no me quedaba dormida en cualquier rincón dada mi condición de hipotensa, se acrecentó el rugir de motores y otra voz diferente dijo con tono firme: «les saluda el comandante de la nave, Jorge Negrete»… Un murmullo se extendió por toda la cabina y en ese momento, presentí que un piloto con semejante nombre y empleado en Aeroméxico, nada tenía que envidiar al agente 007. Seguramente a causa de esta singular coincidencia, recuperamos de forma inexplicable el tiempo perdido y nuestro aterrizaje sólo varió diez minutos sobre el horario previsto. Corrí, transpiré y llegué cuando los últimos viajeros se iban acomodando en el vuelo México-Guadalajara.

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