Cine portugués: una de cal y otra de arena

Manoel de Oliveira

Durante mi último viaje a Lisboa tuve ocasión de ver cuatro películas portuguesas: Glória, de Manuela Viegas; Fragmentos entre o tempo e os anjos, de Pedro Sena Nunes; Natureza morta, de Susana de Sousa Dias y Second life, de Alexandre Valente. Toda una proeza, si tenemos en cuenta que sólo estuve allí una semana y que la débil industria cinematográfica de ese maravilloso país tiene una producción anual que no supera los quince o dieciseis largometrajes, la mayoría de ellos de escasa calidad. Es cierto que Portugal ha conseguido un enorme prestigio en el panorama fílmico internacional, gracias a un reducido grupo de directores cuyas películas casi siempre están presentes en los principales festivales del mundo. El patriarca y maestro es, indudablemente, Manoel de Oliveira –nacido en 1908– que sigue demostrando con cada nueva película su posición como uno de los más interesantes realizadores europeos.

Junto al venerado Oliveira, el cine portugués cuenta con otros excelentes cineastas: Pedro Costa, Joao Canijo, Joao Pedro Rodrigues, Cesar Monteiro –fallecido en 2003–, Manuela Viegas, Pedro Sena, etc. La cinematografía lusa, pues, está viviendo una importante renovación generacional, aunque –desgraciadamente– está dominada por cineastas de escaso talento. El auténtico cine portugués de calidad (con pretensiones comerciales) capaz de atraer público a las salas y, consecuentemente, de volverse económicamente viable todavía tiene mucho que aprender. A todos los niveles. Y en estos yo incluiría la escasa divulgación y promoción de las buenas películas que se realizan allí. No se pueden tener espectadores sin un trabajo de promoción bien hecho. No se pueden conseguir buenos resultados de taquilla si, en la amplia mayoría de los casos, el público no llega a tener conocimiento de la película. En estos campos el cine portugués está a años luz de lo que se hace en otros países, incluyendo a su vecina España.

Para serles sincero, Second Life fue –de las cuatro películas que vi– la que más me desilusionó. Es una especie de thriller dramático sobre las ambigüedades y las ínfimas posibilidades que nos ofrece la vida actual. En mi opinión, el director Alexandre Valente pretendía presentar una historia intelectual y filosófica que dejase boquiabiertos a los espectadores pero, en vez de eso, nos presenta una historia hueca y carente de contenido que sólo choca y capta la atención del público a través de sus múltiples escenas sexuales.

El protagonista de Second Life es Nicholas (Piotr Adamczyk), un hombre que decide pasar su 40 cumpleaños en compañía de su mujer y de algunos amigos en su finca del Alentejo. A medida que la fiesta progresa en el tiempo, descubrimos los secretos, las pasiones, los vicios, las traiciones y las ambiciones de cada uno de los personajes presentes en la fiesta. Tras la diversión, la fiesta es quebrantada por un trágico acontecimiento: Nicholas aparece muerto en su piscina. Desde este momento, el argumento asume una postura completamente incoherente e ilógica, exteriorizada por una narrativa confusa y mal construida que nunca asume una línea lúcida de pensamiento, con uno uno de esos finales incomprensibles que intenta ser filosófico pero que sólo resulta grosero. El argumento, uno de los peores elementos de la película, no se preocupa de que exista una coherencia en la historia o en la construcción de los personajes, tan sólo intenta impresionar al espectador a través de secretos macabros y escenas de un fuerte erotismo. No consigo entender como nombres importantes y talentosos del cine portugués –Lúcia Moniz o Ruy de Carvalho, por ejemplo– decidieron participar en una obra tan poco lograda… Menos mal que, antes de mi regreso a Madrid, pude disfrutar plenamente del auténtico fado lisboeta en la Taverna do Embuçado., y eso logró borrar el mal sabor de boca que dejó en mí esta mediocre película.

Mr. Arriflex

Noches mágicas y amaneceres tardíos

Lisboa es probablemente la ciudad más romántica del mundo. Sobre todo cuando cae la noche. Y la noche lusa empieza tarde junto al Tajo: la palabra mágica es fado, aunque la oferta es mucho más amplia.

He visitado casi todas las grandes capitales de Europa, y nunca he sentido en ellas un ambiente tan nostálgico, literario y especial como el de Lisboa. Para la mayor parte de los que la visitan, la vida nocturna en esta ciudad significa fado. Desgraciadamente también lo saben los dueños de los locales supuestamente típicos, –algo similar de lo que ocurre en España con los tablaos flamencos– que, a precios exorbitantes, ofrecen una mezcla de supuesto fado y extraño folclore para foráneos. El fado de verdad, el auténtico, nunca empieza antes de la medianoche y está escondido o reservado, cual auténtico tesoro, para los propios lisboetas y para unos pocos escogidos. A esta hora –afortunadamente– la mayoría de los turistas, agotados ya de subir y bajar las empinadas ruas lisboetas, hace rato que ya están de vuelta en sus hoteles.

Silêncio, que se vai cantar o fado!

Durante el fado no se habla, ni se manejan los cubiertos, ni se hace el menor ruido. El fado no sirve como música folclórica de fondo para ‘turbas’ turísticas; exige oyentes silenciosos, con una actitud casi religiosa, en fervoroso silencio… Para los primeros –me refiero a los típicos turistas marchosos o menos espirituales— la ciudad les ofrece otras alternativas, tal vez menos poéticas y puras, pero algo más bulliciosas y rítmicas: locales de jazz, bares de música en vivo con ritmos africanos, discotecas y night-clubs elegantes.

El barrio de diversión tradicional, el Bairro Alto, que en los últimos años ha recibido la competencia de otros barrios y que varias veces ya ha sido dado prematuramente por muerto, sigue vivo a pesar de todo; para muchos lisboetas sigue siendo el lugar de la diversión nocturna. En ese barrio residencial donde los bares cierran -con excepciones- a las dos o tres de la madrugada, empieza tradicionalmente una noche larga. Sólo cuando aquí se ha acabado se sigue ruta hacia la avenida 24 de Julho, a las docas novas (doca de Santo Amaro y doca de Alcántara) o hacia la orilla del Tajo junto a la estación de Santa Apolónia.

En auge también está actualmente el barrio de Santos entre el Bairro Alto y Alcántara, donde casi cada semana abre sus puertas un bar o una discoteca nuevos. De aquí no queda lejos el dique de Santo Amaro, justo al lado de un pequeño puerto deportivo. La antigua hilera de tinglados se ha renovado y es ahora una sucesión de restaurantes y bares (caros) al aire libre. Al mediodía almuerzan aquí, sobre todo, hombres de negocios portugueses. Entrada la noche hay en los bares música ruidosa. Junto a casi cada discoteca hay también las llamadas roulottes que atraen a discotequeros hambrientos hasta bien entrada la noche. Suelen tener hot-dogs y hamburguesas.

Son muchos los que termina su recorrido nocturno sobre las cinco en el Cacau da Ribeira, cerca del Cais do Sodré. Esto no es un restaurante; el cacau forma parte de un mercado de pescado de madrugada en el que, por supuesto, no sólo se sirve cacao. Para eso –para saborear un buen chocolate a la portuguesa o un exquisito café– está la tradicional y literaria A Brasileira, lugar entrañable que solía frecuentar el mismísimo Pessoa.

Cangaçeiro

 

Cristina Branco — Tive um coraçao perdi-o