
No podía ser de otra manera. Recién llegado a París desde Laval, la ciudad que le viera nacer el 8 de septiembre 1873, Alfred Jarry –el autor cuya obra habría de ser piedra angular y precursora del dadaismo, del surrealismo y del teatro del absurdo–, se convirtió en un habitual de los cenáculos frecuentados por los poetas simbolistas.
Escribe Giulia Veronesi que para Jarry, como para Rémy de Gourmont, el «simbolismo podía ser traducido literalmente con una sola palabra: libertad y, más violentamente, por la palabra anarquía». Tuvo que ser entonces cuando el futuro dramaturgo empezó a darse a las disipaciones que acabaron por llevarle a su trágico final. Con anterioridad, entre borrachera y borrachera, alumbró una suerte de teoría –»imaginaria» decía él– para acabar con la lógica en los escenarios. La leyenda que rodea su biografía cuenta que Alfred Henri Jarry escribió, cuando apenas contaba 14 años, sus primeros dramas en verso y en prosa: Les Brigands de la Calabre, Roupias Tête-de-Seiche y Un cours Bidasse. Alguna que otra de esas creaciones tempranas han llegado hasta nuestros días: en todas ellas ya despunta un autor singular.
La primera versión de Ubu Rey data de 1888 y se titula Les Polonais. A la sazón, el escritor prosigue sus estudios en el Liceo de Rennes. Su interés por la retórica le llevará a la Sorbona. Llega a París en octubre de 1891 e, inmediatamente, los simbolistas quedan fascinados con él. Entre los poetas, que ven en Jarry a un discípulo del Lautremont de ‘Los cantos de Maldoror’, sus exuberantes rasgos del precoz dramaturgo le procuran el sobrenombre de «El indiano».
Junto a sus compañeros de estudios, «El indiano» pondrá en marcha las primeras representaciones del ciclo de Ubu. El imaginario soberano de Polonia grotesco, demagogo y cruel, que posteriormente protagonizará el gran díptico con el que Jarry parodiará las miserias de todos los regímenes políticos, en esta primera ocasión es una marioneta. Al otro lado del guiñol donde se desenvuelve se encuentra Marcel Schwob, quien publicará algunas de las escenas de aquel primer Ubu en la revista L’Echo de París. Alumno de Henri Bergson en la Soborna, el aún incipiente dramaturgo es ya un hombre extremadamente cultivado, cuyos versos y artículos son colaboraciones habituales en la Revue Blanche y otras publicaciones. El mismo llegará a ser el fundador de L’imagier. Consigue el aplauso del gran París en 1896 con Ubu rey, comedia satírica en la que se entremezclan referencias a ‘Macbeth’ con los excesos de un monarca tan tirano con nobles y plebeyos como cobarde en la guerra.
En efecto, el personaje sobre el que Jarry ha venido trabajando desde su adolescencia ya está totalmente perfilado: es su vehículo para una encendida sátira sobre los convencionalismos. «Seréis libres de ver en el señor Ubu las múltiples alusiones que queráis, o un simple fantoche, la deformación por un alumno de uno de sus profesores, quien representa para él todo lo grotesco que hay en el mundo», invita el autor en las palabras preliminares al estreno, la noche del 10 de diciembre de 1896. Exito frustrado. Contra todo pronóstico, el éxito que conoce ‘Ubu rey’ en el París del final de la belle époque es tanto que Jarry escribe una segunda parte con el título de Ubu encadenado (1900). La gloria literaria corre pareja a la autodestrucción a la el dramaturgo parece condenado irremediablemente.
Alternando realidad y ficción en sus delirios alcohólicos, escribe El amor absoluto (1899), Mesalina (1901) y la curiosa novela El Supermacho definida en su edición española como «una muestra de los juegos a los que la teoría y la práctica del amor pueden entregarse teniendo por rival a las máquinas, a la velocidad, a todas las fantasías de los avances científicos de comienzos del siglo XX».
Para la crítica, tan singular obra es curioso ejemplo de «futurismo grotesco». En cualquier caso, Alfred Jarry muere alcoholizado en 1907. No llegará a ver la publicación de ‘Gestas y opiniones del doctor Faustroll, patafísico’. A raíz de su lectura, sus muchos admiradores querrán poner en marcha una ciencia llamada «patafísica», dedicada al estudio de las soluciones imaginarias y las leyes que regulan las excepciones.
Javier Memba