Un domingo de verano

Amigo Luis: Me he sentado frente al ordenador con la intención de escribir algo para tu blog. Hace ya algún tiempo que me lo pediste y no quisiera quedar mal contigo. Sin embargo, se presenta un pequeño problema: no me siento demasiado inspirado. Ante mí se presenta una pantalla en blanco. No sé cómo puedo empezar y, mucho menos, qué escribir. 

Contemplo el arce del jardín. Todo el mundo en la playa y yo mirando absorto cómo un mirlo corretea sobre la hojarasca y picotea la tierra. Creo que dejaré lo del post para más tarde, así que elijo un libro y me dispongo a leer. Es de Carlos Castaneda, a quien el nagual don Genaro le dedicó un poema: «Carlitos es un chingón: un poco poeta, loco y cabrón»… Un improcedente desasosiego viene corroyéndome esta tarde y me doy cuenta que no podré concentrarme en ninguna lectura. Pruebo con un cómic de Flash Gordon. No aguanto con él ni diez minutos seguidos.

Descubro, de repente, que conservo varios pliegos de excelente papel y material de dibujo. Me dispongo a dibujar algo. Me animo y comienzo esbozando un paisaje onírico. Otra vez noto algo inquietante: que mi dibujo es desganado y desaliñado, no es nada original. Sé que dibujo muy bien, pero parece que hoy no es mi domingo, así que dejo la actividad artística y me pongo a pensar. «Voy a llamar a alguien, a ver si quedo para tomar unas copas y platicar». Descuelgo el teléfono y llamo a Manolo. Nadie responde. Debe estar por ahí de excursión, por los pueblos de la montaña. Qué se puede hacer, si no, un domingo de tórrido verano. Llamo entonces a Carlos. Se pone al teléfono y me dice que está leyendo y muy a gusto en su casa, que no le apetece salir, que los domingos son para estar en casa tranquilo y descansando para el duro lunes.

Desisto de llamar a nadie más. Me dirijo a mi sala de meditación. Me pongo el kesha negro para darme más ánimo y seriedad y me siento desganado en mi zafu. Comienzo conformando la postura correcta e inspirando y espirando por la nariz con la lengua pegada al paladar. Enderezo mi nuca y la trato de poner en línea recta con la columna vertebral. Voy balanceando suavemente la cadera hasta conseguir una aceptable verticalidad. Retraigo mi mentón, me aseguro de que mis piernas no sufran en medio-loto, dejo caer mis hombros, mis manos están perfectamente dispuestas y los dos pulgares rectos, «ni valle ni montaña». Me digo que he de observar el pasar de los pensamientos, estar alerta y no caer en la corriente mental. Me concentro en la respiración, adviene lentamente una paz que va disipando, poco a poco, ese improcedente desasosiego. Me encuentro bien. Ya no hay pensamiento alguno que transcurra. No hay diálogo interno. De pronto me doy cuenta de que estoy sumido en un estúpido pensamiento que me atrapó, inconscientemente, segundos atrás. El pensamiento que me piensa trata de una imagen en la playa. No he sabido observar el pensamiento y me he rebelado contra mi inatención. Reduzco el ritmo de mi respiración. Me sumerjo en un lago de tranquilidad y suena el teléfono. Me levanto rápidamente. Hace cinco minutos que emprendí la aventura interior y ya ha sido abortada.

-¿Sí? 
-¿Está Nancy?
-Se ha equivocado. Aquí no hay ninguna Nancy.

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