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Fútbol, política y negocios: por qué Trump y la FIFA son tan amigos

El presidente estadounidense y el de la FIFA se han encontrado como aliados perfectos. Uno usa el Mundial de 2026 para ganar influencia y como arma de política interna. El otro busca consolidar la industria del deporte rey en el país más poderoso del mundo.
Fútbol, política y negocios: por qué Trump y la FIFA son tan amigos
Donald Trump, J. D. Vance y Gianni Infantino el pasado 22 de agosto de 2025 en el Despacho Oval durante el anuncio del sorteo del próximo Mundial de fútbol. Fuente: Casa Blanca (Flickr)

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Si hay alguien que puede estar en la firma de los Acuerdos de Abraham, en las primeras filas de la toma de posesión de Donald Trump o en la cumbre por la paz entre Israel y Hamás, es Gianni Infantino. En los últimos tiempos, allá donde esté Trump es probable ver también al presidente de la FIFA. Y es que estas dos personalidades, el presidente del país más poderoso del mundo y el mandatario del deporte más popular, han labrado una curiosa amistad basada en intereses cruzados para alcanzar sus propios objetivos.

Estados Unidos será coanfitrión, junto a México y Canadá, del próximo Mundial de fútbol en 2026. Pero la camaradería, los halagos y los gestos de Infantino hacia Trump distan de su trato a los organizadores vecinos. En el sorteo de la fase de grupos el pasado viernes, la organización le otorgó al presidente estadounidense el primer Premio FIFA de la Paz, un galardón destinado a reconocer “las acciones excepcionales por la paz y la unidad”. Este premio, un consuelo para Trump después de no haber ganado el Nobel de Paz, se suma a una réplica en oro de la copa del mundo que Infantino le entregó en agosto apostillando que “sólo los ganadores pueden levantar este trofeo”. Al parecer, ya no sólo los futbolistas.

Al principio se pensaba que el sorteo iba a tener lugar en Las Vegas y no en Washington D. C. La ciudad de los casinos habría vuelto a revestir el evento de glamour, espectáculo y grandeza, como ocurrió de cara al Mundial de 1994 que también tuvo lugar en Estados Unidos. Sin embargo, Trump anunció que se realizaría en el Kennedy Center de la capital, un centro cultural y de eventos bipartidista del que se ha apoderado proclamándose presidente y que utiliza para sus intereses y negocios. Tal es así que la FIFA usará este recinto durante tres semanas sin pagar los cerca de cinco millones de dólares que habría costado alquilarlo.

Qué busca Trump en Infantino

A Trump siempre le han gustado más las relaciones personales que las institucionales. Se desenvuelve mejor con personas que hacen y deshacen a su antojo, igual que él. En ese sentido, ha encontrado en Infantino un socio perfecto para hacer del deporte una herramienta política. Fiel a su personalismo, la estrategia de Trump se basa en su presencia mediática para mostrarse cercano, como cuando permaneció junto a los jugadores del equipo británico Chelsea mientras levantaban el trofeo del Mundial de Clubes el pasado julio, celebrado en Estados Unidos. También aprovecha el palco para negociar acuerdos, como ya hizo este mismo año en la Super Bowl de fútbol americano en febrero o en la Ryder Cup de golf en septiembre. En ambos casos, fue el primer presidente estadounidense en activo que asistía a estos eventos.

Con el Mundial de fútbol, el principal objetivo de Trump es el de cualquier gobernante de un país que acoja un gran evento deportivo: vincular la organización del torneo con su propia Administración. En 2018, durante su primer mandato, Estados Unidos se impuso a los otros candidatos para ser el anfitrión. Ahora de vuelta en la Casa Blanca, Trump pretende presentar ante su público la celebración del Mundial como un logro propio y sacarle el máximo rédito político estando en el antes, durante y después del evento. Y si todo ello puede hacerlo con la sonrisa y la complicidad del presidente de la FIFA a su lado, mejor.

Trump tampoco ha dudado en hacer del Mundial un arma de política interna. Once de las dieciséis sedes de los partidos están en suelo estadounidense, lo que le da al país un mayor peso en la competición. Ostentar una sede de un Mundial puede suponer un impulso considerable al turismo, el comercio y la proyección internacional de una ciudad, y Trump lo sabe. Por ello, no ha tardado en amenazar, con el beneplácito de Infantino, con cambios de sede repentinos si existe algún problema relacionado con la seguridad.

Y es que nueve de estas ciudades están gobernadas por demócratas, con los que Trump mantiene disputas abiertas. Con Los Ángeles por su cruzada antiinmigrante o los incendios en California, con Seattle o Nueva York por los recién elegidos alcaldes socialistas, y con Boston por las protestas propalestinas. El republicano ya ha amenazado con quitarles las sedes del Mundial en favor de ciudades afines, una moneda de cambio que se mantendrá si los ayuntamientos deciden echarle un pulso. En la mira también están las midterms de noviembre, que incluyen estados sedes del Mundial como Kansas, Texas o Massachusetts.

En el fondo, la estrategia de Trump consiste en atraer a la FIFA para ganar influencia en la industria del deporte y en general. Tener de su lado al máximo órgano del fútbol es aliarse con el deporte más popular del mundo, y uno con cada vez más peso en Estados Unidos. Fruto de esa alianza, la FIFA ha abierto dos oficinas en el país, una en la Torre Trump de Nueva York y otra jurídica en 2024 en Miami, en Florida, un estado cada vez más influyente en parte debido a la residencia de Trump en Mar-a-Lago.

Qué busca Infantino en Trump

El objetivo final de Infantino en su relación con Trump es consolidar el fútbol como deporte rey en Estados Unidos. Está decidido a tender los puentes entre la FIFA y Washington tras el FIFA Gate de 2015, una investigación del Departamento de Justicia que sacó a la luz la compra de votos en la selección de los anfitriones para los Mundiales de Rusia 2018 y Catar 2022. Diez años después, el italosuizo busca acceder a inversores e instituciones para recibir el impulso que necesita. Y Trump es la llave para todas ellas.

El fútbol ya se ha abierto paso en Estados Unidos. Tiene duros competidores como el baloncesto, el fútbol americano o el golf, deportes con mucha tradición y arraigo social. Sin embargo, el fútbol ha crecido con los éxitos de la selección femenina y con el auge de la liga masculina en la última década. Es un mercado en pleno crecimiento: para 2030 se estima que la inversión de las marcas en el fútbol estadounidense alcance los 4.600 millones de dólares. No es casual, por tanto, que Estados Unidos vaya a acoger las principales competiciones: al Mundial de 1994 y al pasado Mundial de Clubes en su nueva versión se suman el máximo torneo de selecciones en 2026 y los de clubes y selecciones femeninas en 2028 y 2031.

En esa línea, el objetivo de Infantino con el Mundial de 2026 es que sea un evento histórico. Y si algo comparte el presidente de la FIFA con Trump es el afán personalista de ser recordado. Infantino no ha tenido problema para desenvolverse con líderes fuertes y autocráticos. En su día estableció una relación cercana con Vladímir Putin durante la preparación del Mundial de Rusia. También defendió a Catar contra las críticas por la mano de obra esclava en la construcción de estadios y por la contradicción que supone celebrar el Mundial en un país que vulnera los derechos de las mujeres y del colectivo LGTBIQ+.

Mundiales fútbol

Un factor clave para el éxito de un Mundial es la asistencia de público de todo el mundo. Pero un país que tiene como chivo expiatorio a las personas migrantes dificulta que los hinchas de muchas selecciones puedan acudir a los partidos. Por ejemplo, para un argelino o un colombiano puede tomar meses o años conseguir una visa de turista para viajar a Estados Unidos. Por ello Infantino negoció con Trump la aprobación del “FIFApass”, un sistema de citas consulares prioritarias para las personas que tengan entradas para algún partido del Mundial. Estos eventos y los países anfitriones necesitan extranjeros con alto poder adquisitivo, de los que llegan, consumen, llenan los estadios y regresan a sus países de origen.

Otro interés de Infantino es usar el Mundial de Estados Unidos como experimento para el fútbol del futuro. Esta será la primera edición organizada por tres países y los participantes aumentarán de 32 a 48, lo que hará que se celebren cuarenta partidos más que en ediciones anteriores, propiciando una mayor explotación comercial. Además, se está estudiando extender el videoarbitraje para los saques de banda o los saques de esquina, y más cantidad de pausas de hidratación que podrían aprovecharse para espacios publicitarios.

En este sentido, Infantino quiere inspirarse en los eventos deportivos estadounidenses. La Super Bowl o los grandes partidos de baloncesto y béisbol tienen muchos más estímulos para el espectador, más presencia de marcas y, por ello, más rentabilidad económica por partido. Para la final del próximo Mundial ya se ha planteado un espectáculo de medio tiempo al estilo de la Super Bowl, un mayor despliegue y entrevistas prepartido o la inclusión de cámaras en los vestuarios para ver las instrucciones del entrenador, las arengas y las reacciones de los jugadores. Un modelo para americanizar el fútbol y exportarlo a las ligas europeas.

Fútbol y política, dos caras de la misma moneda

La relación entre el fútbol y la política ha sido constante en la historia. El Mundial de Italia en 1934 sirvió como escaparate para el régimen fascista de Benito Mussolini. Décadas después, el Mundial de Argentina en 1978 blanqueó la dictadura en connivencia con el entonces presidente de la FIFA, João Havelange. Con todo, la organización hasta ahora había aparentado cierta neutralidad para salvaguardar la universalidad del fútbol, pero la alianza entre Trump e Infantino muestra un giro hacia una politización abierta de la FIFA.

Un primer ejemplo claro son las nuevas oficinas de la organización en Estados Unidos. La sede principal de la FIFA se encuentra desde 1932 en Zúrich. Esa presencia en Suiza le equiparaba a otras grandes organizaciones internacionales, en un Estado caracterizado por su neutralidad internacional y la mediación en conflictos, unos principios que el organismo rector del fútbol quiere transmitir. Sin embargo, el traslado de la división legal a Miami y la apertura de otra oficina en la Torre Trump de Nueva York resquebrajan esos pilares y son toda una declaración de intenciones. La FIFA ya se relacionaba con líderes autocráticos, pero ahora tampoco le preocupa disimularlo con tal de explotar la influencia y la industria del fútbol.

El culmen de esa politización de la FIFA, y de la amistad entre Trump e Infantino, ha sido el premio FIFA de la Paz. El presidente estadounidense aspira a ganar el Nobel y para ello impulsa acuerdos de paz por todo el mundo, aunque se trata más de treguas frágiles. Tras no haberlo ganado este año, la organización del fútbol internacional se ha sumado a la diplomacia del agasajo al presidente estadounidense premiando su “trabajo por la paz”. Ahora les queda un objetivo común: que el próximo Mundial, a diferencia de los anteriores, sea una máquina de hacer dinero no sólo para la FIFA, sino también para el país anfitrión.

Jon Salvador

Donostia, 1998. Periodista, politólogo y máster en Política Internacional. Con la mirada siempre puesta en el Lejano Oriente: China, Corea y Japón. Me interesan los procesos de integración regional en Asia, los conflictos internacionales y los procesos políticos internos de estos países.

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