Otoño I

Silk Sonic – Leave the door open

El color de la tierra se veía especialmente anaranjado desde la ventanilla del tren. Tal vez fuera por el cristal tintado o porque ya eran casi las cinco de la tarde. En cuanto los árboles comenzaron a desfilar un poco más lentos y espaciados, ella recogió su gabardina del asiento de al lado y se levantó. Junto a la puerta de acceso y salida del vagón, se apiñaban un grupo de jóvenes ataviados con el uniforme de algún colegio privado. Casi todos llevaban auriculares inalámbricos y se concentraban en la pantalla de su smartphone. En una mano sostenían el móvil, con la otra se sujetaban a la barra vertical o a alguna anilla de las que pendían del techo. En pocos minutos, pasaron de estar en mitad del campo a circular entre edificios cada vez más altos. Bajó en la primera estación, después del grupo de chicos.

El aire era fresco, pero no tanto como para ponerse la gabardina, así que caminó sin prisa, con ella colgada del brazo, hasta que llegó al callejón. Nada más ver la luz tenue que salía del interior del bar, una sonrisa se le dibujó en la cara. Al acercarse escuchó a Silk Sonic y se predispuso a prescindir del reloj, incluso antes de empujar la puerta y entrar. Fuera las horas de luz llegaban a su fin, tiñendo todo del color de la tierra que había visto desde la ventanilla del tren, pero dentro, la luz dorada era siempre igual, manteniendo la vida en una especie de suspensión. Un paréntesis temporal que la recargaba para toda la semana.

El chico joven de pelo rizado que se encargaba de la barra la vio entrar e inmediatamente se acercó a su mesa con una botella de Asahi Super Dry y un vaso de tubo helado. Mientras ella doblaba la gabardina y la dejaba en el respaldo de la silla libre a su lado, el chico vertía la cerveza creando un manto de espuma perfecto.

— Gracias —. Le dijo ella, casi en un susurro.

Miró fijamente el vaso lleno de líquido dorado unos segundos antes de acercarlo a los labios y dar un pequeño sorbo. Separó la bebida de su boca e inspiró, disfrutando del fresco y floral aroma de la cerveza y, solo entonces, se permitió dar un trago mucho más largo con los ojos cerrados.  Dejó el vaso y miró alrededor. Hoy era la primera en llegar.

***

White Denim – A night in dreams

Ese día lo pasó casi por completo sentado en esa pequeña mesa al lado de la puerta. De vez en cuando salía a la calle y caminaba en una dirección hasta que llegaba al final y luego lo hacía en la otra, volviendo después al interior del local, sentándose de nuevo en el mismo lugar. Mientras paseaba, cogía su móvil y marcaba el número de casa, pero nunca apretaba la tecla de llamar. Empezó más de cien veces un mensaje de whatsapp que luego borró otras tantas. No podía ser tan difícil, se decía, solo debía escribir que había perdido el avión. Pero y ¿luego? Si le preguntaban por qué… Tenía demasiados porqués sin respuesta. Cuando el dueño del local guardó el último vinilo en su funda, él se levantó, fue a la barra, pagó la cuenta y salió a la noche oscura. Se pidió un taxi y mientras el coche recorría el trayecto hasta el hotel, el recuerdo de ellos dos besándose en el asiento de atrás llenó su mente al completo. En recepción le dieron la tarjeta para la misma habitación que había ocupado la noche anterior. Cuando entró en ella, ya no quedaba rastro de ellos dos contra la puerta, ni de ellos dos tirados en la cama, respirando agitados, solo el silencio, solo el vacío.

Durmió mal, despertándose cada poco. Por la mañana temprano, salió a desayunar fuera del hotel. Caminó de nuevo por las calles comerciales más cercanas, entró en un par de tiendas y compró ropa para cambiarse. Volvió al hotel y, después de una larga ducha, se estiró en la cama desnudo. Cuando despertó eran casi las cinco de la tarde. Quitó las etiquetas de las prendas nuevas y se vistió. Metió la ropa sucia en la bolsa para lavandería y la dejó en el baño. 

Dejó el hotel y caminó apresurado hasta el bar. Volvía a estar el joven del día anterior, pinchando rock psicodélico, esta vez moderno. Ese día volvió a su lugar de siempre en la barra, al lado de la minúscula cabina, donde veía reflejado en el cristal de ésta, todo aquel que entraba al local. Llegó otra vez la hora del cierre, pagó y volvió al hotel en taxi. De nuevo en la habitación, se estiró en la cama y pensó en volver a ir de compras al día siguiente. No le vendría nada mal un calzado más cómodo, los pies lo estaban matando, se sentía muy cansado y le pesaba la cabeza, a pesar de no haber bebido demasiado. Se quedó dormido enseguida y con la ropa puesta. Tuvo pesadillas que no recordó cuando despertó, dos días después, probablemente causadas por la fiebre que lo había hecho tiritar y sudar a partes iguales. Se duchó, se vistió con la ropa que le quedaba por estrenar y metió la arrugada con la que había dormido, en otra bolsa para lavandería, dejándola al lado de la anterior. 

Caminó despacio hasta encontrar una zapatería. Se probó varios modelos de calzado deportivo, se quedó un par de color amarillo con rayas laterales negras. Cuando volvió a la habitación, todo estaba impoluto y las bolsas de ropa sucia habían desaparecido. Se acercó al ventanal y descorrió las pesadas cortinas, no debían ser más allá de las nueve de la noche en casa, no era demasiado tarde. Sacó el móvil y, esta vez sí, hizo la llamada postergada tantas veces, mientras contemplaba el azul brillante del cielo entre los edificios, en un medio día espléndido.  

***

Continuará. 

Holly

Verano V

Etta James – Fool that i am

El muchacho tiró el agua marronosa del cubo con una hábil maniobra sobre el empedrado irregular de la calle, de tal forma que todo el frente del local quedó mojado, refrescando el suelo y a la vez inundando el aire de ese particular olor a calle húmeda mezclada con jabón. La canción de Deep Purple se acabó y el chico entró a buscar otro disco.

No fue premeditado. O tal vez sí. Quizá lo que llevaba tiempo postergando encontró la razón en esas dos líneas de texto. Miró el reloj distraído, absorto aún en los picos de las ”l” y el gancho de la “g”, y se dió cuenta de que había perdido el avión. A saber el rato que llevaba allí sentado mirando la servilleta. El chico se le acercó con una cerveza y un platillo con un par de tostadas con anchoas. Dejó ambas cosas en la mesa y lo miró un momento como si fuera a decirle algo, pero por lo visto se lo pensó mejor y volvió tras la barra. Allí siguió secando vasos, al igual que hacía el dueño por las noches. Aunque, quién sabe, quizá el dueño era el chico. Incluso podría darse el caso que ninguno de ellos lo fuera. Había conjeturado sobre demasiadas cosas. De repente prestó atención a la música, que ya no era rock de ningún tipo. Etta James parecía hablarle a él directamente. 

Comió una de las tostadas mientras sacaba su móvil y se maldijo internamente mil veces por no haberle pedido el número a la chica. Ni siquiera sabía su nombre. ¿Qué idiota dejaba irse así a la mujer con la que había pasado la noche en la cama?

Bebió de un trago la cerveza y se llevó la tostada que quedaba a la boca, pero no llegó a comérsela. Dejó un billete en la mesa, salió con el móvil a la calle y buscó en su lista de contactos el teléfono del hotel. En alguna parte debía pasar la noche, se dijo. Ni por un momento pensó en buscar otro vuelo.

***

Isaac Hayes – Body language

Después de ese beso o mordisco, o lo que fuera, todo fue precipitándose. Él pagó la cuenta, entretanto ella lo esperaba fuera del local y pedía un taxi. Mientras lo esperaban, no cruzaron palabra alguna y una vez subieron al vehículo y él dio el nombre de su hotel al chofer, ella volvió a comerle la boca. Cuando el taxi se detuvo delante de la entrada, ella ya tenía su tarjeta a punto para pagar. No entraron caminando de lado. Él iba un paso por delante y ella lo seguía con la  misma premura a la que él caminaba. Se metieron en el ascensor y ella repitió lo mismo que en el taxi. Luego recorrieron el pasillo hasta la habitación de la misma forma que habían atravesado la recepción. En cuanto cerró la puerta y se dio la vuelta, ella iba a volver a besarlo, pero él la detuvo. 

— Dime tu nombre. Yo me llamo…

Pero no pudo seguir hablando porque ella le tapó la boca con una mano e hizo el gesto de silencio con la otra, mientras negaba suavemente con la cabeza.

— Shhhhh… 

Se le acercó despacio y empezó a desabotonar su camisa, mientras él buscaba los ojos de ella para encontrar algo que ni siquiera tenía nombre. Cuando por fin  coincidieron sus miradas, ella paró. 

Sus cuerpos estaban apenas a un palmo de distancia. Ella olía a aire fresco, como si la madrugada le hubiera prestado su perfume. El pelo corto, pero no demasiado, y ligeramente ensortijado, le hacía un caracol por encima de la oreja. Sus ojos eran grandes y oscuros. Sin maquillaje ni grandes pendientes, solo unos aretes dorados que se le pegaban al lóbulo de las orejas. Era su turno. Puso las manos en su cintura  y la empujó con delicadeza hasta el borde de la cama. Allí le quitó la cazadora y la dejó a un lado, luego acarició el pelo rizado por encima de su nuca, para bajar por la espalda hasta encontrar el escote de su blusa. Lo recorrió hasta el hombro y deslizó el tirante por el brazo, dejando un pecho casi al descubierto. Y ahí paró. 

Su pulso era rápido, el de ella también. Notaba en la yema de los dedos su propio latido y el de ella, a través de su piel. Abrió la boca para intentar decir su nombre, pero ella repitió el gesto suave diciendo que no y tapó su boca con la suya. 

A partir de ese momento todo se aceleró. Se desvistieron mutuamente, recorriendo el cuerpo del otro con avidez. Tuvieron sexo rápido y luego lento y luego rápido otra vez, empapados de sudor, hasta quedar exhaustos y rendidos al sueño que provoca el alcohol, el agotamiento físico y, tal vez también, ¿por qué no? la tranquilidad de un desenlace. 

Continuará.

Holly

Verano IV

Oh no no no – Deep Purple

***

Encontró la puerta del bar abierta y al entrar, las sillas puestas del revés sobre las mesas. Un chico joven estaba barriendo mientras sonaba de fondo un rock, música nada habitual en el local, a pesar de ser setentero. El muchacho levantó la mirada del suelo, lo observó brevemente y volvió a concentrarse en su tarea. Él dio un paso hacia el interior y después retrocedió dos hasta la puerta, titubeante. ¿Estaría bien si entraba y pedía sentarse en la barra? ¿El muchacho se acercaría a preguntar si se le ofrecía algo, si permanecía de pie allí, en la entrada? Mientras él se debatía entre acceder al interior o quedarse fuera en la calle, acabó la canción. El chico se fue con la escoba hacia la barra, la dejó apoyada en la pared, junto al recogedor y, al igual que hacía el dueño del local todas las noches, eligió un disco de la estantería. 

Miró hipnotizado sus movimientos, suaves y ágiles. Primero levantó el disco finalizado del plato, lo limpió con sumo cuidado, lo introdujo en su funda de plástico y luego en la de cartón.  Después repitió lo mismo pero en sentido inverso con el disco elegido, hasta dejar el vinilo desnudo. El muchacho lo levantó y lo hizo girar, sujetándolo hábilmente por el filo con la yema de sus dedos. Desde donde él se encontraba, apenas si pudo ver la pegatina central del disco dar vueltas, pero dedujo que se trataba de otro disco de rock, tal vez psicodélico, por la carátula multicolor de la carpeta. 

Adivinó a Jon Lord abriéndose paso con el teclado de su órgano y decidió sentarse en una de las mesas cercanas a la entrada. El muchacho pasó por delante suyo con la escoba y la pala y desapareció por el rectángulo de luz diurna que dibujaba la puerta. Volvió a mirar la hora. Mejor no demorarlo más o al final sí se le haría tarde. El sobre con membrete del hotel, siquiera cerrado y tan liviano, evidenciaba la brevedad de contenido, así que la lectura no debería ocupar mucho tiempo. Levantó la solapa y el borde de la servilleta asomó por la apertura triangular. Respiró hondo. La letra puntiaguda había rasgado en un punto el fino papel, aunque esa pequeña rotura no dificultó la lectura del escueto mensaje: 

“Gracias por liberarme. 

Lo siento.”

¿Qué? 

El joven entró de nuevo, esta vez portando un mocho y un cubo y empezó a fregar desde el fondo del local hacia la calle.

***

Una noche se dijo que, si esa vez la chica tampoco aparecía, tal vez debiera dejar de ir al bar. Había pasado ya más de un mes desde la última vez que la vió. Se pasaba mirando la puerta con fijación por lo menos un par de horas, mientras el hielo de los cubitos aguaba el cubata. No entendía nada. Miraba al dueño con cara contrariada cada vez que la puerta se abría y entraba, o bien una pareja o bien un turista despistado. El hombre se encogía de hombros y volvía a sus quehaceres, a abrillantar vasos o escoger vinilos. Estaba sacando ya su cartera para pagar la cuenta cuando la puerta se abrió de nuevo. No se giró de inmediato, pues ya estaba decidido a irse, pero cuando vió al dueño sonreír, supo que ella estaba allí.

Estuvieron los dos sentados en su mesa habitual por lo menos dos horas más. Ella bebía su tequila, él su beefeater. Después de haber estado esperándola tanto tiempo, no supo cómo entablar conversación. No fue hasta que ella se levantó para irse que él le tomó la mano por la muñeca. 

—Dime tu nombre —. Le dijo él con dificultad. 

Parecía que su voz se había quedado atascada en alguna parte de su cuerpo, junto con las intenciones de todo ese mes. Ella volvió a sentarse y como respuesta solo dijo algo confuso para él en ese entonces.

—Te di mucho tiempo de margen —. Susurró despacio.

Lo miró fijamente, adelantó su cuerpo por encima de la mesa y lo besó fuertemente. Tanto, que le causó una pequeña herida en el labio. Tardó en reaccionar varios minutos. No tenía ni idea de lo que pasaría después de eso, sin embargo, ya no le quedó duda alguna sobre una cosa: ella estaba allí por él.

Continuará.

Holly

State of Mind – The Art of Lovin’

Verano III

I should not be seeing you – Connie Conway

Vagaba por las calles de edificios altos y modernos que rodeaban el hotel. A veces se veía reflejado en los cristales impolutos de las entradas o en los escaparates de las tiendas de lujo. De vez en cuando miraba la hora en su reloj. Aún era pronto para coger un taxi al aeropuerto. 

Pasó frente a un café de esos de moda, en los que te pides lo que quieres en el mostrador y luego te sientas donde puedes. El interior era claro y el mobiliario de madera descolorida, con apenas cuatro plantas verdes desperdigadas en el amplio espacio a modo de decoración. Dudó un par de segundos en la puerta, pero acabó entrando por matar el rato en un lugar fresco. Pidió un café americano con hielo y se sentó en el extremo de una mesa, con banco corrido en un lado y al otro varias sillas desparejadas, ubicada frente al ventanal que daba a la calle. Desde allí veía pasar la gente, unos dirigiéndose apresurados a algún recado, otros pasando simplemente de una tienda a otra. Los que llevaban paso ligero, seguro que eran empleados, los que caminaban ociosos, empleadores, dedujo. Entonces pensó que hacía nada él mismo caminaba sin rumbo y cualquiera que se hubiera fijado en él, habría pensado que era un empleador. 

Acercó su bolsa y comprobó de nuevo que el sobre estaba donde lo había metido. Había hecho lo mismo unas cuantas veces desde que lo guardó en uno de los bolsillos. Sorbió el café con la pajita de cartón y torció el gesto. El tacto del papel húmedo en la boca le desagradó más que otras veces. Sentía que necesitaba volver al local y abrir allí el sobre para leer lo que fuera que ella le hubiera escrito, pero un mareo interior parecía impedírselo. Cada vez que se le pasaba por la cabeza la idea, el estómago se le retorcía y las piernas se le aflojaban, disminuyendo su paso. Miró la hora otra vez. Era temprano. Tenía tiempo de ir y comprobar si a esa hora estaba abierto o solo abrían de noche. Y no hacía falta que entrara si al final no quería hacerlo.

***

Después de esa noche, cuando él llegaba ella aún no estaba allí. Eso lo desconcertaba en cierto modo, sentía como si la chica estuviera intentando que él dejara de depender de ella, aunque en realidad, nunca habían cruzado una sola palabra. Eso también empezaba a ser algo extraño. Era muy evidente que la joven se había fijado en él igual que él en ella y que esa especie de peculiar interacción era compartida. 

Empezó por pedir algo más suave cada vez que entraba y ella no estaba. Luego, cuando ella aparecía y se sentaba en su mesa, él volvía al Beefeater con limón. El dueño del local seguía sorprendiéndolo con algún éxito olvidado de los cincuenta, como el que ahora sonaba, un tal Connie Conway, de los que sólo los asiduos disfrutaban. 

En realidad, en el local todos eran personas solitarias. Pocas veces habían entrado grupos o parejas que, al acabar las consumiciones, salían de nuevo en busca de otro sitio más animado. A parte de la chica y él mismo, un hombre mayor, que solía beber cerveza, se sentaba en otra mesa todas las noches. Alguna vez también había coincidido con otro hombre, algo más joven, que se sentaba en la barra al igual que él y se pedía whisky solo.  Pero después de calentarlo entre las manos un rato, lo bebía de un trago y se iba, lo cual no le tomaba más de media hora en total. Así que podía decirse que los únicos clientes fijos eran la mujer joven, el viejo de la cerveza y él. 

Una noche, mientras esperaba a que ella llegara, el hombre de la cerveza se le acercó y le preguntó por ella. Él se quedó mirándolo sin saber qué contestar. Ahí fue cuando decidió que esa misma noche se acercaría a su mesa y le preguntaría, por lo menos, su nombre. 

Pero esa noche ella no apareció. 

Continuará.

Holly

Verano II

Misery – Barrett Strong

Dejó la habitación una hora antes de la salida obligada por el hotel. Entregó la tarjeta en el mostrador, donde el recepcionista se despidió de él amablemente con un: “Espero que todo haya sido de su agrado. Hasta la semana que viene. Que tenga un buen día”, e inmediatamente atendía a un grupo de nuevos huéspedes.

Sin necesidad de dejar nada en la consigna, —llevaba siempre una bolsa cruzada de loneta con el portátil del trabajo, la muda de ropa interior y una camiseta, ahora sustituida por la camisa y la corbata del día anterior—, se dispuso a pasear por la zona en espera de la hora de ir al aeropuerto. Nada más atravesar las puertas automáticas, una bofetada de aire cálido y húmedo estuvo a punto de hacerlo desistir. Se paró un momento en la sombra que proporcionaba una marquesina de obra, de formas sinuosas, pegada a lo largo de toda la fachada principal del hotel. Mientras se quitaba la americana del traje, el recepcionista salió apresurado a su encuentro.

— Perdón, señor. Han dejado esto en recepción para usted.

Haciendo un montón de reverencias a forma de disculpa, el hombre explicó que una señorita había pedido que se lo dieran cuando él realizara la salida. El hombre sostenía un sobre con el membrete del hotel entre sus manos y lo extendió hacia él. Volvió a disculparse, estaba distraído con la entrada de unos clientes ruidosos, se excusó, y lo había olvidado momentáneamente. 

— Espero que mi descuido no le ocasione ninguna contrariedad.

Recogió el sobre y, con un gesto de su mano, quitó importancia al asunto y disculpó al hombre, que seguía plantado a unos pasos de él, aún turbado por su estúpido error. 

*** 

De no percatarse de la presencia de la chica, pasó a estar obsesionado con ella. Bueno, tal vez obsesión no fuera la palabra. Pero sí que, cuando tiraba de la puerta y accedía al local, sus ojos buscaban la mesa donde ella se sentaba. Luego él se dirigía a su sitio en la barra y, de vez en cuando, miraba su reflejo en el cristal. Cuando notaba que estaba tan ebrio como para no ver ese reflejo, dejaba de beber, se levantaba y salía del local, rozando su mesa. Ese leve y breve contacto lo ataban de pies al mundo. Existía porque sentía ese roce y el temblor de la tierra al rotar, dejaba de notarse en su cabeza.

Una noche, llegó y ella no estaba. Se quedó parado en la puerta, dudando entre entrar o echar marcha atrás y volver a caminar por la callejuela estrecha, haciendo tiempo hasta que ella llegara. Al instante se dio cuenta que eso era una estupidez, caminó hasta su sitio en la barra y esperó paciente a que el dueño del local limpiara ceremoniosamente un vinilo de Barrett Strong —escogido con algún doble motivo, estaba convencido de ello—,y le sirviera lo de siempre. Bebió más lento que de costumbre, inconscientemente. Tal vez por eso sentía que su sobriedad pesaba más que otras noches. Quizá por eso también su mente tardaba más que de costumbre en desconectar y lo mantenía pensando en el trabajo, en su vida y el por qué volvía al mismo bar cada vez que viajaba a esa ciudad. ¿Era por el silencioso dueño? ¿Por la música retro pasada de moda que escogía con tanta ceremonia? o ¿la forma en que preparaba las copas?

La puerta se abrió y la chica entró, empapada. Se sacudió un poco en la entrada y luego se sentó en su mesa de siempre. El dueño del local se le acercó con una limonada, una botella de tequila y un vasito pequeño. Fuera llovía, la humedad se colaba por debajo de la puerta y se olía impregnada en la ropa de la mujer. Se desprendía como nubes desde su piel. Un olor dulce, como de caramelo. El dueño volvió a meterse en el estrecho apartado de la barra donde alojaba el tocadiscos, repleto de discos desde el suelo hasta el techo, y sacó uno de su refugio. Ese gesto seguro, de ir al estante y directamente, sin titubear, elegir el que iba a sonar, le confirmó el hecho de que los escogía premeditadamente. Sonó Kyu Sakamoto y se llenó todo de una alegría melancólica. Cuando ella llenó el vaso y lo bebió de un trago, él se pidió otra copa y su mente dejó de rodar.

Continuará…

 

Sukiyaki (Ue o Muite Aruko) – Kyu Sakamoto

Holly

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