Francesc Reguant defiende la agricultura europea

Francesc Reguant, presunto economista experto en temas agrarios, asegura en ‘Contra el hambre, agricultura en Europa’:

A fuerza de ser proclamadas unánimemente, algunas afirmaciones se convierten en axiomas, en verdades indiscutibles. Pero la historia ha enterrado muchas de esas verdades evidentes y me atrevo a predecir cuál será una de las próximas: la idea de que el proteccionismo agrario –sin matices– de los países desarrollados es un gran freno al desarrollo de los países no industrializados.

La ignorancia es atrevida: atrévete a mostrarla sin miedo, Francesc.

Cuando se plantea una mayor liberalización, la agricultura surge siempre como actor en discordia. Uno de los protagonistas del fracaso de hace un año de la Ronda de Doha de la Organización Mundial de Comercio (OMC) fueron las cláusulas de salvaguardia de los productos agrícolas. Las posiciones intransigentes partieron de la India y no de los países desarrollados, entre ellos la Unión Europea y su política agrícola común.

Seguro que es cierto y todos nos creemos que la Unión Europea no pone ninguna pega a la liberalización agrícola. Los grupos de interés agrícola en Europa no tienen ningún poder. Los malos, como cuando jugábamos a los vaqueros, ahora resultan ser los indios.

Probablemente, la producción de alimentos sea algo demasiado sensible como para abandonarlo a la mano invisible del mercado.

Qué exquisita es la sensibilidad de la producción de alimentos, que no puede ser libre y competitiva, que necesita la protección coactiva del puño bien visible de papá Estado. Aunque sólo probablemente.

Si se produjera una brusca desprotección de las agriculturas desarrolladas, los resultados podrían ser totalmente perversos. Teniendo en cuenta los costes diferenciales (por la calidad, por las exigencias sanitarias y medioambientales) de la agricultura europea respecto de las de países menos desarrollados, la desprotección produciría una fuerte caída de la oferta agrícola europea, un abandono masivo de la actividad (las dificultades actuales de la agricultura europea pueden ser un síntoma real de ello).

Resultados perversos… ¿para quién? Tal vez para los agricultores, acostumbrados durante muchos años a vivir de la subvención, ahora dependientes e incompetentes. La calidad de un producto se consigue fácilmente en un mercado libre, pero no se impone por decreto: son los consumidores quienes deciden cuánta calidad están dispuestos a pagar a según qué precios. Los productores que se empeñen en ofrecer más calidad que la que el mercado reclama tenderán a desaparecer. La solución es ser competitivos, y el que se busque la protección legal contra otros competidores potenciales revela el fracaso propio.

Dado que Europa es un gran productor de alimentos, la consecuencia sería un alza brusca de los precios agrícolas en el mundo y una desviación del comercio hacia los países con mayor poder adquisitivo (Europa, entre ellos), con el resultado paradójico de nuevas carestías en los países menos desarrollados, los beneficiarios teóricos del fin de las subvenciones a los agricultores de la UE. El ajuste sería largo y doloroso, con secuelas y resultados indeseables.

Nadie obliga a los agricultores europeos a abandonar su actividad: pero no pueden hacerlo a costa de los demás ciudadanos europeos ni aprovechando las barreras comerciales levantadas contra los agricultores de otros países. La producción europea de alimentos es muy cara: si desapareciera, seguramente sería sustituida por la producción de otros países a precios más bajos. Además así Europa dejaría de descargar excedentes sobre países no desarrollados que destruyen sus sectores agrícolas.

Aunque la actual crisis económica ha desactivado el boom de precios agrícolas, es necesario recordar que las causas que lo produjeron siguen todavía latentes. De hecho, la guerra de los alimentos del siglo XXI ya ha comenzado. La prensa se ha hecho eco de las compras estratégicas de terrenos agrícolas en países menos desarrollados, por parte de países emergentes, para garantizar el aprovisionamiento futuro.

No se nos explica cuáles son esas causas del alza de los precios agrícolas, pero se nos asusta con una “guerra de los alimentos del siglo XXI”: nos vamos a tirar los pepinos y las lechugas a la cabeza… Bueno, no, resulta que el indicador de los movimientos bélicos es… ¡la compra de terrenos agrícolas!, algo enormemente agresivo e inaceptable.

El mundo no puede prescindir de la producción agrícola europea, ni Europa puede renunciar a unos grados determinados de autoabastecimiento alimentario ni de los beneficios y servicios aportados por una agricultura local viva.

Hay que tener muy poca vergüenza para defender con tanto descaro a un grupo de interés tan nocivo y parasitario como los agricultores europeos: “el mundo no puede vivir sin nosotros”. El grado de autoabastecimiento de cualquier país puede determinarse de forma espontánea mediante mecanismos de mercado libre (precios, beneficios y pérdidas), y no mediante las rimbombantes declaraciones de tecnócratas endiosados que pretenden hablar por todo un continente.

La seguridad alimentaria mundial debe situarse en primer lugar. Estoy de acuerdo con Sirkka-Liisa Anttila, ministra de Agricultura y Bosques de Finlandia, cuando afirma: «El único camino a través del cual la Unión Europea puede ayudar a erradicar el hambre en el mundo es asegurando que su propio potencial productivo se mantiene adecuadamente».

Francesc Raguant no está solo en su estupidez: así que sólo si nos autoabastecemos podremos ayudar a erradicar el hambre en el mundo dándoles a los pobres nuestros excedentes, logrando así mantenerlos dependientes de nuestras limosnas e impidiendo que desarrollen sus economías. Europa, potencia cultural, tecnológica, científica, industrial… y también agrícola. Si es que aspiramos a todo y no dejamos nada para los demás. Adiós a la especialización y al comercio mundial.

Y el camino del sostenimiento de la agricultura europea pasa indefectiblemente por un cierto grado de protección y regulación de los mercados agrarios. Los argumentos no proceden de razones paternalistas próximas a la beneficencia, ni de subterfugios justificativos más allá de la actividad productiva. Las razones son de interés general por la importancia estratégica de la agricultura, como sector básico de futuro. Tengamos en cuenta que en el escenario del siglo XXI la agricultura juega del lado de las soluciones, tanto en el ámbito alimentario como en los de la energía y el medioambiente.

El interés general y la importancia estratégica: las grandes palabras vacías de los necios que ocultan sus ataques a la libertad asegurando que no están perpetrando subterfugios justificativos, qué va.

Respecto a energía y agricultura, igual está sugiriendo los subsidios al etanol como combustible: una gran idea, seguro, para acabar con el hambre en el mundo matando a los hambrientos.

Disparates de Pedro Casaldáliga

Respecto a la ecología, afirma Pedro Casaldáliga, obispo emérito:

El tema es nuevo, pues, y desesperadamente urgente. Acabamos de descubrir la Tierra, nuestro Planeta, como la casa común, la única que tenemos, y estamos descubriendo que somos una unidad indisoluble de relaciones y de futuro.

Alarmismo y colectivismo: repetición acrítica de tópicos sobre el cambio climático y misticismo unificador colectivista.

La última gran crisis, hija del capitalismo neoliberal, embrutecido en la usura y en el despilfarro, que ha ignorado cínicamente tanto el sufrimiento de los pobres como las limitaciones reales de la Tierra, nos está ayudando a abrir los ojos y esperamos que también el corazón.

Absoluta estulticia económica y crítica moralista tontorrona contra la usura y el despilfarro. Crisis económica y financiera confundida con limitaciones físicas ambientales.

«Durante miles de años, dice Lovelock, la Humanidad ha explotado la Tierra sin tener en cuenta las consecuencias. Ahora que el calentamiento global y el cambio climático son evidentes para cualquier observador imparcial, la Tierra comienza a vengarse».

Lovelock dice alguna estupidez que otra, sí. El cambio climático no es ninguna venganza, sino un cambio en las condiciones ambientales que puede tener aspectos positivos o negativos y que puede merecer la pena mitigar o no.

Estamos tratando la Tierra como un asunto apenas económico y le exigimos a la Tierra muchos deberes e ignoramos los derechos de la Tierra.

Es difícil asignar derechos a una entidad que no tiene inteligencia normativa, que no entiende de legitimidad, que no capta la abstracción de lo que es un derecho.

Ciertos especialistas y ciertas instituciones internacionales nos han ido mintiendo. La mano invisible del mercado no resolvía el desastre mundial. Cuanto más libre era el comercio, más real era el hambre.

Lo anterior es falso: ¿Casaldáliga lo sabe y miente o es profundamente ignorante pero moralmente altanero?

Según la FAO, en 2007 había 860 millones de hambrientos; en enero de 2009 ciento nueve millones más.

En medio de una gran crisis económica es normal que los pobres se resientan. Pero conviene mirar a más largo plazo y sobre todo saber algo de teoría económica sobre las causas de la riqueza y la pobreza.

Una decena de empresas multinacionales controlan el mercado de semillas en todo el mundo.

¿Acaso obligan a alguien a comprar sus productos? Quizás diez es un número suficiente para que haya competencia.

Esa ecología profunda, integral, debe incluir todos los aspectos de nuestra vida personal, familiar, social, política, cultural, religiosa… Y todas las instituciones políticas y sociales, a nivel local, nacional e internacional, han de hacer programa suyo fundamental «la salvación del Planeta».

Se impone una globalización de signo positivo, trabajando por la mundialización de la ecología. Rechazando y superando la actual democracia de baja intensidad, urge implantar una democracia de intensidad máxima y, más explícitamente, una «biocracia cósmica».

A sus órdenes, visionario enloquecido perpetrador de ilimitados disparates.

El ecofeminismo sale al encuentro de un desafío fundamental, Gaia es femenina.

La hipótesis científica de Gaia se transforma en charlatanería feminista.

Lo mejor que tiene la Tierra es la Humanidad, a pesar de todas las locuras que hemos cometido y seguimos cometiendo, verdaderos genocidios y verdaderos suicidios colectivos.

Y sin embardo la población humana y su riqueza no dejan de crecer.

Propiciando ese cambio radical que se postula y proclamando que es posible otra ecología en otra sociedad humana, hacemos nuestros estos dos puntos del Manifiesto de la Ecología Profunda:

«El cambio ideológico consiste principalmente en valorizar la calidad de la vida -de vivir en situaciones de valor intrínsecas- más que en tratar sin cesar de conseguir un nivel de vida más elevado. Tendrá que producirse una toma de conciencia profunda de la diferencia que hay entre crecimiento material y el crecimiento personal independiente de la acumulación de bienes tangibles».

Nos van a decir qué tenemos que preferir.

Militantes e intelectuales comprometidos con las grandes causas están preparando una Declaración Universal del Bien Común Planetario.

Sólo los individuos valoran y lo hacen de forma subjetiva. Si el bien común suele ser un concepto problemático del que se abusa a conciencia, el bien común planetario será un disparate de proporciones planetarias.

El gran error de Estefanía

Joaquín Estefanía, divulgador profesional de falacias económicas keynesianas y krugmanitas, escribe sobre un gran error:

El 15 de septiembre de 2008 … quebraba el banco de inversión Lehman Brothers (LM) y se generaba el pánico. La Reserva Federal (Fed) y el Tesoro lo dejaron caer, haciendo una excepción respecto a lo que había ocurrido hasta el momento.

La gran paradoja es que en el único momento en el que el capitalismo aplica su darwiniana regla de oro, deja caer a un banco con problemas y es coherente con lo que predica, parece el principio del fin y todo el mundo habla de «el gran error».

Estefanía parece sugerir que en cuanto se deja que el capitalismo funcione solo inmediatamente sucede el desastre. Pero el sistema económico actual está muy lejos de ser capitalista, abundan las intervenciones, regulaciones y redistribuciones coactivas por parte de los gobiernos: que además ni siquiera son estables, existe un grave riesgo de inestabilidad institucional, de modo que no se respeta el imperio de la ley sino que se decide a golpe de arbitrariedad del político o burócrata de turno (a estos los salvo, a estos los dejo caer), lo cual genera incertidumbre en los agentes económicos (véase Robert Higgs, Regime uncertainty).

Los bancos centrales no son instituciones propias del capitalismo (y son los principales causantes de la crisis por su manipulación monetaria y crediticia), y el tesoro público es una entidad estatal. Así que es absurdo creer que este caso se trata del capitalismo aplicando la selección competitiva que sí le es propia.

Estefanía, desde su púlpito en El País, pretende conocer a todo el mundo, sabe lo que piensan y resulta que todos creen que dejar caer a Lehman fue un gran error.

Pero resulta que John Cochrane y Luigi Zingales, catedráticos de finanzas en la Universidad de Chicago, no están de acuerdo con su apreciación. Más bien fue el alarmismo incompetente de la Reserva Federal y del Tesoro, asegurando que el sistema financiero estaba al borde de la catástrofe, que no podían explicar los detalles pero que necesitaban gigantescas sumas de dinero para salvar la situación, lo que desató el pánico.

Xavier Sala i Martín sobre la prostitución

Xavier Sala i Martín escribe un artículo bastante acertado sobre la prostitución. Pero tiene un par de problemas.

Dice la sabiduría popular que la prostitución es el oficio más antiguo del mundo. Aunque estrictamente hablando eso no puede ser verdad (en todo caso, el oficio más antiguo sería el del cliente que frecuentó a la primera prostituta, puesto que necesitaba haber trabajado en algún oficio para poder comprar sus servicios)…

Queriendo hacer una pirueta intelectual Sala se mete en un lío. Si se entiende por oficio una especialización con la que una persona se gana la vida ofreciendo sus bienes o servicios a los demás a cambio de algo de valor, la prostitución puede ser un oficio. Pero el cliente no necesita tener un oficio, puede ofrecer a la prostituta un bien, como la comida, que ha conseguido por sí mismo y que en general no ofrece a los demás. Además el argumento de Sala lleva a un regresión potencialmente infinita: si se dice que el primer oficio no fue la prostituta sino su primer cliente, se puede decir que no fue el primer cliente, sino el cliente de ese cliente, y así sucesivamente.

Otro asunto:

…en el proceso de intercambio de sexo por dinero, hay una persona inocente (y engañada) cuya salud es puesta en peligro por la conducta temeraria del hombre: la esposa. El marido tiene derecho a arriesgar su propia salud, pero no la de su pareja (o la de los amantes de esta, si los hay). Es decir, la amenaza a la salud de inocentes es una externalidad que necesita ser corregida.

¿Cómo? Los economistas han pensado dos maneras distintas… y ambas pasan por la legalización. La primera es la regulación: obligar a las trabajadoras de sexo a un control sanitario que garantice su salud y la de sus clientes. La segunda es la introducción de impuestos pigouvianos, parecidos a los que se usan para combatir la contaminación. Eso, además de equiparar la prostitución a todos los demás oficios que cotizan a Hacienda, encarecería la transacción, reduciría la demanda de servicios sexuales y disminuiría los incentivos económicos del hombre para practicar, voluntariamente, su outsourcing sexual.

Es curioso que Sala sólo piense en la esposa y no en las novias o amantes ocasionales del cliente. También resulta peculiar que un economista (por lo general utilitarista) hable de derechos con tanta desenvoltura. Parece dar por hecho que las infecciones venéreas son una agresión que viola un derecho, lo cual es posible pero debatible. Es posible considerar que la responsabilidad de que una enfermedad no se transmita esté en los receptores potenciales, quienes no tienen por qué dar por hecho que sus parejas sexuales están sanas y pueden exigir algún tipo de comprobación.

Y ya que se mencionan los derechos, si se entiende lo que es el contrato matrimonial se comprueba que el marido no tiene derecho a recurrir a la prostituta, ya que ha prometido formalmente fidelidad sexual a su esposa (resulta interesante analizar si la prostituta tiene derecho a tener clientes casados o si es cómplice en la vulneración de un derecho, de forma semejante a quien recibe bienes robados).

Las infecciones sexuales son externalidades negativas muy localizadas (es necesario contacto físico íntimo), no son como la contaminación atmosférica que la respiras aunque no hagas nada: el receptor del posible daño puede hacer algo al respecto. La externalidad no necesita ser corregida, sino que a algunas personas (pocas o muchas) puede interesarles reducirla: es posible que los costes (subjetivos) de la corrección sean mayores que la reducción del riesgo.

La regulación que obliga a las trabajadoras de sexo a un control sanitario que garantice su salud y la de sus clientes no es una medida muy liberal. La competencia en el mercado probablemente promoverá formas de certificar la salud de las prostitutas sin necesidad de coacción estatal (la cual al ser uniforme y burocrática no tendría por qué ser acertada). Y quizás haya clientes a quienes el coste adicional de la mejora marginal en la calidad no merezca la pena.

Los impuestos pigouvianos, si son sólo sobre la actividad y su precio, castigarían igual a prostitutas sanas que a enfermas, y a clientes casados o solteros, o a los clientes que usen siempre a la misma prostituta o solamente a prostitutas sanas (y que por lo tanto no infectan a nadie). Los impuestos obviamente encarecen la transacción y reducen coactivamente la demanda de servicios sexuales, lo cual implica que se dificultan transacciones voluntarias mutuamente satisfactorias.

Los valores tóxicos de Vicenç Navarro

La infrainteligencia ultraizquierdista de Vicenç Navarro no descansa.

Existe una amplia sensibilidad en la sociedad civil y en la vida política de nuestro país hacia los problemas que crea la contaminación ambiental. Esta sensibilidad ha generado una demanda popular para que las autoridades públicas, en nombre de todos, intervengan para evitar la contaminación atmosférica tomando medidas preventivas. Un tipo de contaminación que no tiene todavía mucha atención mediática en España y, por lo tanto, no ha tenido la suficiente prioridad por parte de la clase política ha sido un tipo de contaminación en la que la televisión es parte del problema. Me estoy refiriendo a la contaminación de valores tóxicos, es decir, valores que, distribuidos y promocionados a través de la televisión entre la población, crean patología. Los programas televisivos (y muchos otros medios también) promueven constantemente valores que son dañinos para la población. Entre ellos, los más destacados son la violencia, el racismo, el machismo, el erotismo manipulador, la competitividad darwiniana exagerada, el miedo e inseguridad y otros mensajes que la literatura científica ha mostrado claramente que crean gran número de patologías.

La contaminación atmosférica es difícil de evitar, porque todos respiramos, y llevar máscaras o filtros es incómodo; además la contaminación puede considerarse una agresión difusa que es legítimo exigir que se detenga. Por otro lado es trivial evitar recibir “basura” por televisión: basta con no encenderla, o también se puede escoger una programación que al espectador le parezca adecuada.

Vicenç Navarro se cree muy sabio y nos dice a toda la población qué no nos conviene contemplar para no sufrir alguna patología. Resulta un poco ridículo que pretenda que los ciudadanos no están concienciados respecto a la telebasura, cuando por un lado es un tema frecuente de conversación y análisis y por otro es una realidad muy subjetiva: lo que a unos les parece degradante a otros les interesa o entretiene.

Navarro no ofrece ningún ejemplo concreto de programa televisivo que promocione “la violencia, el racismo, el machismo, el erotismo manipulador, la competitividad darwiniana exagerada, el miedo e inseguridad”. El erotismo (manipulador o no) sí que es frecuente en la televisión (el sexo es importante para los humanos aunque moleste a los puritanos), y el alarmismo (que produce miedo e inseguridad) es de lo más normal, simplemente por aquello de que las buenas noticias no son noticia. Pero los medios de comunicación insisten de forma machacona contra la violencia, el racismo y el machismo, así que en este ámbito este ilustre profesor parece estar proyectando sus fobias e inventándose la realidad.

Si Vicenç Navarro asegura que la literatura científica ha mostrado claramente y de forma incuestionable algo, es casi seguro que la ciencia haya demostrado lo contrario o que se trate de un asunto muy problemático y cuestionable. La relación entre comportamientos violentos y el grado de exposición a programas televisivos violentos, por ejemplo, no está nada clara. Es posible un efecto de imitación simple, pero a menudo la violencia en las historias no es glorificada sino que es perpetrada por malvados criminales a quienes se intenta castigar.

Un ejemplo más de tal contaminación tóxica es la competitividad darwiniana de muchos programas televisivos, que ensalzan al vencedor a costa de derrotar al perdedor.

Cuesta tomarse esto en serio, tal vez resulte que los concursos televisivos sean una cuestión de vida o muerte. Y en el deporte, qué bonito aquello de que lo importante es participar, da lo mismo perder o ganar.

Otro ejemplo de promoción de valores tóxicos (es decir, que crean patologías) es el estudio llevado a cabo por investigadores de medios de información de la Universidad Pompeu Fabra, realizados en los años noventa para el Instituto de la Mujer de la Generalitat de Catalunya, que analizó la manera en que las cadenas televisivas en Catalunya proyectaban a la mujer en sus programas. Tal estudio, que nunca se publicó ni se distribuyó, mostraba una visión machista de la mujer, enfatizando una imagen de esta como objeto de deseo y placer para el hombre, acentuando su proyección erótica. Así, las presentadoras de programas televisivos, incluyendo los noticiarios, tenían que aparecer sexys, jóvenes y muy escotadas, contrastando con la manera más formal y discreta de vestir de los presentadores varones, que no aparecían nunca escotados. Esta situación no ha cambiado. Estos estereotipos –de lo que tienen que ser el hombre y la mujer– crean frustraciones y tensiones. Un estudio realizado por el Instituto de Higiene Mental de The Johns Hopkins University, antes citado, analizó la proyección de la mujer en las cadenas de televisión en varios países de América Latina, Europa y Norteamérica y mostró que a mayor machismo en la cultura de un país, más escotadas y sexys aparecían las mujeres en los programas de televisión (incluidas las presentadoras de noticiarios). Las más escotadas eran las de América Latina y el sur de Europa, y las que menos las del norte de Europa y de EEUU. Este estereotipo de mujeres como objeto de deseo crea patología. Y la evidencia de ello es abrumadora. Promueve una imagen de la mujer en la que se identifica belleza y atractivo con mujer joven, que atraiga eróticamente al hombre. Esta definición normativa crea gran frustración en aquellas mujeres (la mayoría) que no encajan en los parámetros de la norma de belleza.

O sea que el estudio analizado promueve valores tóxicos, ¿no? Superando los problemas expresivos de este catedrático de universidad, se entiende que el estudio ha descubierto lo obvio, que la gente prefiere observar personas atractivas, y que el aspecto físico es más importante en el caso de la mujer. No se trata de algo que los directivos de las televisiones impongan: es simplemente una realidad que reconocen. Tal vez los feos se vean frustrados al darse cuenta de que no resultan físicamente atractivos para los demás, pero si esto les provoca alguna patología no van a curarse engañándose con la falacia de que en realidad los cánones de belleza son estereotipos impuestos culturalmente que hay que prohibir o regular desde la coacción estatal.

Muchos programas que se definen como “programas basura” son, además de basura, nocivos y tóxicos. Soy consciente de que la respuesta a este artículo será que estoy exagerando el impacto de tales programas en la cultura popular. Pero la mejor prueba de que no exagero es que la propia industria televisiva cobra barbaridades para que aparezca un anuncio de sólo un minuto en los espacios televisivos.

Navarro confunde el que los programas tengan una amplia difusión, de modo que se puedan cobrar grandes cantidades por los anuncios televisivos, con que los contenidos de los programas sean nocivos, cosa que da por supuesta.

Estas reflexiones vienen a cuento de la publicación del cuarto informe anual del Código de Autorregulación de Contenidos Televisivos e Infancia, que cubre las denuncias recibidas sobre la programación infantil. Es sorprendente el escaso número de denuncias. En Cataluña, el número de denuncias es sólo de 125 al año, cuando, de haber una mayor concienciación del problema, debiera haber muchos más. En realidad, la Asociación de Telespectadores Asociados de Cataluña ha publicado un informe muy crítico sobre los programas televisivos, por su falta de sensibilidad hacia la adecuación de tales programas para los infantes y jóvenes.

Nada es sorprendente sino que los sucesos sorprenden a alguien, en este caso Navarro, incapaz de aceptar que otros no vean igual lo que él cree que es un gravísimo problema sobre el cual está empeñado en concienciar a todo el mundo, quieran o no: es la naturaleza del pesado metomentodo con ínfulas de sermoneador moralizante.

La Asociación de Telespectadores Asociados de Cataluña probablemente sean unos pocos telespectadores que tal vez pretendan hablar en nombre de todos, pero que lo único que hacen es expresar sus valoraciones particulares.

Dudo, sin embargo, que la autorregulación resuelva este problema. Lo que se requiere es un mayor intervencionismo público, que elimine tanta contaminación de valores. Las cadenas de televisión, sean públicas o privadas, utilizan el aire –un bien público– para su transmisión. De ahí que las autoridades públicas tengan toda la legitimidad para intervenir y proteger la salud e higiene mental de la población. Si es aceptable prohibir que se promueva fumar en los programas de televisión, debiera ser igualmente aceptable que se prohíban comportamientos y actitudes tóxicas que dañen la calidad de vida de nuestra población.

La higiene mental de la población se ve amenazada principalmente por demagogos descerebrados como este aspirante a pastor del rebaño, liberticida profesional que en cualquier ámbito defiende mayor intervencionismo público (naturalmente en la dirección que él prefiere y recomienda). Dada sus escasas luces, sus argumentos suelen ser intelectualmente patéticos. En este caso, las ondas electromagnéticas en realidad no utilizan el aire (se transmiten mejor en el vacío), y el espectro electromagnético no es ningún bien público sino que simplemente el Estado se ha apropiado de él y lo cede o no según sus caprichos políticos.

Navarro no considera la posibilidad de que la baja calidad de los mensajes televisivos se deba a que van dirigidos a una población cuyos rasgos morales y civilizatorios estén siendo erosionados por el colectivismo a ultranza que él defiende con pasión. El socialismo redistribuidor e hiperregulador produce chusma que reclama pan y circo. Todos estos telespectadores presuntamente enfermos de sexo y violencia resultan ser luego los ciudadanos que ejercen su sacrosanto derecho al voto que elige a esa autoridad pública cuyo activismo se reclama.

Claudi Pérez y el capitalismo salvaje

Según Claudi Pérez, presunto informador de El País:

Los ideólogos del capitalismo salvaje -de capa caída últimamente- han querido ver en el darwinismo y la selección de los más aptos una coartada científica para justificar abusos. La teoría darwinista vuelve a estar encima del tapete, pese a que suena a simple excusa para justificar la avaricia y los años de excesos.

Hay algo llamado «capitalismo salvaje» pero no se cita a ningún ideólogo, de esos de capa caída, que defienda esa corriente: tal vez sea que este sujeto está inventándose etiquetas falaces para criticar el único capitalismo auténtico, el civilizado. El que no le da su cabeza para entenderlo.

No se nos explica cómo el capitalismo produce abusos y excesos. Lo que sí hay es darwinismo, selección que en este caso es humana y económica: los más aptos en servir a los demás tienden a triunfar; algo muy salvaje.

Las plagas de Emilio Lledó

Según Emilio Lledó, filósofo y escritor, abundan las plagas sociales.

Estas plagas contradicen los ideales de cualquier sociedad saludable, deteriorando los cerebros y los comportamientos.

A continuación pasa a mostrar un caso de un cerebro deteriorado: el suyo propio.

Con avaricia e ignorancia buena parte del llamémosle empresariado, en lugar de crear verdadera riqueza, se ha dedicado a deteriorar el país y sus costas con la más salvaje especulación inmobiliaria. Muchos de estos individuos explican ahora, hipócritamente, que así se creaban puestos de trabajo. ¡Como si alguna vez, salvadas todas las respetables excepciones, hubieran pensado en algo que no fuera su fácil ganancia!

Mucha indignación moral y acusación de maldad, hipocresía, avaricia e ignorancia, pero poca inteligencia. Resulta que las viviendas no son verdadera riqueza: destruyámoslas entonces sin compensar a sus dueños, que les haremos un favor porque estaban engañados valorando sus propiedades, que “deterioraban” el país.

Precisamente el poderío industrial y científico de algunos de los grandes países europeos se debe al cuidado que han tenido en desarrollar una extraordinaria enseñanza pública que daba las mismas oportunidades a todos los ciudadanos -¿no es esa igualdad uno de los ideales de la democracia?- y contra la que, en esos países, no han podido competir las instituciones privadas, animadas, muchas veces, por sectas e ideologías, que se alimentan con las peores formas de irracionalidad, de discriminación, señoritismo y fanatismo. Los que han tenido la suerte de vivir en alguno de estos países descubrieron la libertad, la pasión por el conocimiento, la creatividad, que se ha estimulado en estos centros públicos de enseñanza que, a pesar de tantos cambios, siguen creyendo en la educación como el capital más productivo del progreso social. Progreso que no puede quedar en manos de quienes sacan provecho económico o ideológico de sus «privatizaciones».

Así que la enseñanza pública es maravillosa: sólo aquí debemos de ser la excepción; bueno, quizás también otras potencias industriales y científicas como… la principal de ellas, Estados Unidos, con una enseñanza pública patéticamente deplorable. Resulta que lo único que merece la pena resaltar de las instituciones privadas es su relación con sectas e ideologías irracionales y discriminatorias: debe de ser que con el Estado eso no pasa; y quizás le dé miedo criticar la religión por su propio nombre. Pretender que la enseñanza pública fomenta la creatividad y la libertad es verdaderamente risible: funcionarios del mundo a cargo del capital humano… Y es que el progreso no puede darse si hay provecho económico y privatizaciones: público bueno, privado caca; pensamiento profundo, la filosofía al poder.

Por supuesto que el abandono de la sanidad pública que en algunas comunidades autónomas se está llevando a cabo y que responde a las falacias y errores que arrastra el sofisma mortal de la «libre empresa», pone de manifiesto, con la crisis de estos días, su absoluta impotencia. Crisis cuyas causas reales, que apenas se mencionan ya, barruntamos, y cuyo análisis serviría para mostrar la falsedad de ese llamado liberalismo, que pretende eliminar cualquier control del Estado, para que unas nuevas formas de oligarquías puedan seguir campando por sus respetos, contra el respeto que deben a la sociedad con cuyos manejos se enriquecen.

¿Qué sanidad pública se está abandonando, por favor? ¿Tienen que ser funcionarios o entidades públicas las que proporcionen los servicios del estado del bienestar o puede utilizarse la competencia y la libre elección de proveedores por los ciudadanos?

La “libre empresa” (así, entrecomillada como peligrosa y sospechosa de lo peor) como sofisma mortal. Seguramente Lledó la conoce de lejos, dudo que haya organizado alguna o trabajado para alguna: como mucho habrá comprado algún bien o servicio mortalmente sofístico y absolutamente impotente.

El llamado liberalismo, causante de la crisis actual: un genio de la economía este filósofo, quizás fobósofo por las memeces que perpetra. Resulta que los liberales pretendemos que las oligarquías campen por sus respetos: eso es malo, pero es peor lo de que le falten al respeto a la sociedad, que es una señora muy respetable.

Lledó defiende “un concepto de identidad democrática cuyos principios serían, por ejemplo, la justicia, la decencia, la cultura, la solidaridad, la lucha por la igualdad, etcétera, y en la que todos los seres humanos nos identificamos, como son idénticos, desde la estructura corporal que nos sostiene, nuestros pulmones, nuestros estómagos, nuestros corazones”.

A saber qué entiende por justicia (social, seguro) y si la solidaridad será voluntaria;  la libertad quizás esté en el etcétera (o tal vez no esté). Porque nuestros pulmones, nuestros estómagos, nuestros corazones, son idénticos: sólo se enferma por azar. Los cerebros no aparecen en la lista, lo cual es de agradecer, porque mi cerebro y el suyo son claramente distinguibles.

Mencionaré, de paso, esa plaga de la estupidización colectiva que llevan a cabo algunos medios de comunicación, incluida la ceguera que produce buena parte de los llamados «videojuegos». Ya que se habla tanto de proyectos educativos más o menos «boloñeses», se olvida de que la educación está, sobre todo y por desgracia, no en las escuelas, institutos y universidades, sino en esos medios de comunicación que ciegan y atontan a ciudadanos que merecerían mejor trato.

Después de la estupidización que causa el propio Emilio Lledó sorprende que quede algo que estupidizar para la televisión y los videojuegos: tema este último que seguro que ha investigado en profundidad con abundante práctica personal. Un filósofo nunca falta al rigor intelectual.

Por último, sorprende, aunque es comprensible y conveniente, la campaña contra el tabaco, cuando mucho más peligrosa, desde todos los puntos de vista, es la utilización descontrolada de medios de transporte que corrompe el aire público, las posibilidades de vida para los seres humanos y para la naturaleza; y que cada semana, como otras muchas enfermedades, produce más víctimas que la gripe que nos están condimentando para el próximo otoño.

La campaña contra el tabaco es conveniente: ha hablado un filósofo así que no hay más que decir. Los medios de transporte se usan de forma descontrolada: el volante, el acelerador y el freno son accesorios ornamentales. El código de la circulación es entretenimiento literario. Y el aire efectivamente es público, aunque gracias a los avances tecnológicos del capitalismo cada vez está más limpio.

Felipe González y la crisis económica

Según el socialista ex presidente del Gobierno Felipe González, en Japón ha habido «un cambio de gobierno inexplicable tras 50 años de hegemonía liberal pura». Si cree que lo que había antes en Japón era liberalismo puro no sorprende que considere inexplicable un cambio de gobierno, porque no se entera de nada. Japón lleva decenios con unos sistemas industrial y financiero profundamente intervenidos por el gobierno.

Respecto a la crisis, asegura que la culpa «parece que ahora la tienen los gobiernos», por lo que alertó de que la causa «está en una implosión del sistema financiero, que ha venido funcionando como un casino financiero mundial sin reglas».

Efectivamente la culpa la tienen los gobiernos, las apariencias (que convendría aclarar para quién) a veces no engañan. El sistema financiero no es un juego de azar (hay que ser muy tonto para creerlo) y tiene una enorme cantidad de regulaciones (hay que ser muy deshonesto para negarlo). ¿Le sonarán los bancos centrales y las normas de Basilea?

Parece que las entidades financieras «siguen vendiendo los mismos productos que antes, pero no dan crédito». Si siguen vendiendo lo mismo que antes, tal será porque alguien lo compra, y ahora no pueden escudarse en que no entienden sus riesgos con la que está cayendo. El que el crédito se haya reducido (en algunos ámbitos sólo se ha reducido su velocidad de crecimiento), ¿es lo mismo que no haya crédito en absoluto? Ciertas distinciones quizás sólo pueden esperarse de personas honestas e inteligentes.

Jordi Sevilla y el capitalismo

Según Jordi Sevilla, la presunta sensatez económica dentro del PSOE, “La teoría marxista de las crisis económicas” es “una de las más sólidas explicaciones de este fenómeno recurrente”. Seguro: con eso de la apropiación de la plusvalía, el empobrecimiento progresivo del proletariado, la disminución de los rendimientos del capital y todas las demás memeces marxistas.

La Gran Depresión de los años 30 del siglo pasado estuvo a punto de ser esa crisis final que se llevara por delante un capitalismo asediado no sólo por sus problemas internos y la presión de una lucha de clases evidente, sino también por la presión externa que representaba un sistema comunista recién implantado en Rusia que, todavía en sus albores, tenía gran poder de atracción. Tan grave fue la cosa que en esa convulsión social y política se encuentra el origen de los fascismos y nazismos y con ellos la antesala de la Segunda Guerra Mundial. El keynesianismo, por tanto, con un profundo cambio de las reglas de juego que legitimaba la intervención pública, no fue la principal consecuencia institucional de la Gran Depresión, aunque sí la más duradera.

La Gran Depresión no la generó el capitalismo sino la intervención estatal: manipulación monetaria y crediticia por la banca central, proteccionismo y barreras comerciales, diversas coacciones legales contra los empresarios, regulaciones que impedían ajustes de precios… El keynesianismo, un revoltijo de múltiples falacias, no legitimó la intervención pública sino que fue una fachada intelectual utilizada por los intervencionistas para engañar a los ignorantes de ayer y hoy.

Sevilla tiene un serio problema semántico, como muchas otras personas, cuando hablar del “capitalismo actual” como si el sistema socioeconómico del presente mereciera ese nombre cuando en realidad se trata de socialdemocracia, es decir de socialismo democrático, de ingeniería social parcial y redistribución masiva de riqueza. El capitalismo significa libre mercado y derechos de propiedad (sobre bienes de consumo y de capital), lo cual está muy lejos de la realidad actual. Pero no importa, parece que todo lo que no sea comunismo puro son variantes menores del capitalismo: el sistema se transforma negándolo pero seguimos usando el mismo nombre para criticarlo a gusto.

Presuntamente en Europa “el consenso socialdemócrata … estabilizó las fluctuaciones cíclicas y produjo una larga etapa de crecimiento y bienestar”. O sea que como Europa era (y es) una socialdemocracia, debe ser eso lo que estabiliza y produce prosperidad. Si no se sabe apenas nada de economía uno podría hasta creérselo, aunque no nos cuenten cuáles son los mecanismos causales. Que nadie se atreva a plantearse que la prosperidad se obtiene a pesar de la socialdemocracia.

La actual Gran Recesión estuvo a punto de convertirse en la crisis final del neocapitalismo el día que se dejó quebrar a Lehman Brothers. En las últimas décadas, el reconocimiento de que también existen los fallos del Estado justificó que los mercados financieros internacionales, un segmento de la economía muy activo y creciente, se construyera, en muchos aspectos importantes, al margen de la regulación, el control y la supervisión estatal.

Ahora resulta que tenemos “neocapitalismo”, qué original. Fíjense cómo los fallos del Estado existen “también”, o sea que son un detalle añadido, que lo que principal son los fallos del mercado. Es cierto que algunas partes de los mercados financieros estaban parcialmente no regulados: pero convendría recordar que la esencia del sistema está controlada directamente por el Estado mediante la emisión de moneda de curso legal, la cartelización bancaria y las múltiples regulaciones que sí existen sobre las operaciones financieras.

La desregulación, el Estado mínimo y la presunción de que los mercados libres se autorregulan son presupuestos del modelo que entró en crisis hace casi 100 años.

Como no tiene ni idea de lo que habla es difícil que comprenda qué es la autorregulación, el orden emergente espontáneo, la capacidad adaptativa de los sistemas complejos. Lo de “hace casi cien años” refleja que o es muy malo con los números o utiliza referencias históricas poco claras. La mención al Estado mínimo también es muy graciosa.

Cuando surgieron los primeros problemas con las subprime, se produjo una respuesta que combinó en distintas dosis los siguientes elementos: sorpresa, incredulidad, sensación de inmunidad, confianza en que el problema estaba acotado sin saltar a la economía real y que los daños serían mínimos y controlables. Es el tiempo en que se oyen con fuerza voces que reclaman aplicar soluciones de mercado a la crisis. Soluciones que reforzarían la ofensiva liberal para despojar al capitalismo de aquellas reformas intervencionistas de las que se dotó hace décadas como respuesta a la Gran Depresión y soluciones que, básicamente, consistirían en dejar que el mercado se ajuste libremente, y si alguien tiene que quebrar, que lo haga, porque ello depura y fortalece el sistema.

¿El capitalismo se dotó a sí mismo de reformas intervencionistas? Eso sería regulación espontánea pero no es historia ni teoría científica sino pura ficción: los políticos, agentes extraños y nocivos para un mercado libre, impusieron de forma coactiva reformas destructivas.

Es verdad que la Reserva Federal intentó encontrar compradores para Lehman. De nuevo una solución de mercado.

¿Es una solución de mercado que un organismo semiestatal (y con la parte privada cartelizada) busque compradores para una empresa? ¡Qué mercado tan curioso! Libre, más bien poco.

Pero cuando decidió dejarlo caer, en aplicación de sus principios liberales y convencidos de que la crisis estaba acotada, la cosa se les fue de las manos mostrando, una vez más y como ante la Gran Depresión, las debilidades de un sistema capitalista puro de mercado en un contexto tan interrelacionado. La quiebra de un banco como Lehman amenazó con arrastrar a otros muchos en medio de una profunda crisis de confianza (en los períodos excepcionales, el comportamiento humano no es racional como predican los manuales para situaciones normales, por eso existen burbujas especulativas y crisis económicas profundas) que pudo llevarse por delante al conjunto del sistema. Así, la quiebra de Lehman evidenció los límites del libre mercado y los riesgos sistémicos para el propio capitalismo de aplicar a las crisis soluciones de capitalismo puro.

Para un socialista la ineptitud respecto a la ciencia económica se da por supuesta. En cuanto hay algo de libertad ya asumen que se trata de capitalismo puro, ignorando todas las partes del sistema que están intervenidas o controladas por el Estado: como por ejemplo la banca, que no es en absoluto libre.

Sevilla es así el típico necio que quiere ayudarte y controlarte por tu propio bien. Se siente responsable y sensato evitando que el capitalismo se autodestruya. Qué amable.

A partir de esa evidencia, se puso en marcha la mayor operación de la Historia de apoyo público a la banca y a la economía. Ya no se deja caer a ninguna entidad financiera grande con el curioso argumento de que algunos son «demasiado importantes para caer» (si es así, deben de ser públicos) y se empieza a hablar de refundaciones del capitalismo y de profundas reformas institucionales. Entre otras, la sumisión de todas las actividades financiera a la regulación y supervisión de los bancos centrales, sin agujeros negros, la supresión de los paraísos fiscales o la revisión del sistema de incentivos para los directivos.

Si algo es demasiado grande para caer y se convierte en entidad pública tardará mucho más en caer pero hará mucho más daño mientras exista. Las cosas demasiado grandes para caer se solucionan eliminándolas cuando aún no lo son, y aclarando que no se va a salvar a nadie con esa excusa.

Se vive ahora un momento en el que parece que, de la mano del G-20, el impulso reformista del capitalismo se vigoriza a semejanza de lo ocurrido tras la Gran Depresión y que vamos a volver a vivir una época de grandes transformaciones sociales impulsadas desde la racionalidad política y económica. Fracasada con Lehman la solución de mercado, entraríamos en la solución de Estado. El problema es que ahora, con la Gran Recesión, no existe ni la presión externa de los modelos alternativos ni la interna de una potente lucha sociopolítica con fines alternativos. Y, sin competencia, parece que los anhelos reformistas están languideciendo.

Racionalidad y política son básicamente antónimos, como demuestra este político (ahora ex) que de razonar sabe más bien poco. Resulta curioso que considere positivo que existan modelos alternativos (como los comunistas en todas sus variantes) para tomar partes de ellos: los seres humanos que sufran bajo esos sistemas destructivos no parecen ser tenidos en cuenta.

Obama ha aprobado una reforma del sistema normativo para las entidades financieras, pero se está quedando varado ante la reforma sanitaria. La UE ha hecho cambios relevantes sólo perceptibles por los expertos. Y el G-20, que celebrará otra reunión en breve, se atasca con las reformas sistémicas ante la perdida de fuerza transformadora conforme pasa lo peor de la crisis. Con ello, la alternativa político-estatal también está mostrando sus limitaciones. Si es así, estaremos incubando ya la próxima burbuja con su crisis correspondiente, porque, a estas alturas, me temo que ya sabemos que esta vez el mundo no va a cambiar de base. Aunque debiera.

Claro que “debería” cambiar de base: hacia un sistema libre, el que Sevilla despacha tan deprisa con sus pocas luces, que él sigue pretendiendo largas.