No comiences a escribir hasta que no tengas el final.

En retrospectiva, el consejo suena hipócrita. ¿Qué pasa cuando no hay opciones? ¿Qué pasa cuando hay que escribir sí o sí y lo único que sale de la punta de los dedos son trazos a brocha gorda?
Pero es lo que le dijo el Maestro a Jota Pe desde el otro lado del buró, El principio depende del final en una historia, Lo más importante es el final no empieces si no lo tienes.
Diez años después, la mirada sigue estancada en la misma página en blanco. Un fantasma que se rehúsa a marcharse, que se ancla con persistencia en la memoria.
El guion iba a ser la historia de una hija única. Jota Pe pensó que su personaje debía llamarse Nadia, porque era nadie, pero luego recordó que Sofía era el nombre favorito de alguien que en aquel entonces era un gigante, Sofía que significaba Sabiduría, y Sofía la nombró.
Quizás con la esperanza de que Sofía fuera lo suficientemente sabia para poder encontrar por sí misma su final. O un final. Cualquier final. Y le salvara a Jota Pe del problema de también tener que saber cómo comenzar.
Sofía era restauradora. Lo era porque la película tenía que ser la historia de una gran restauración. Pero restaurar qué, Jota Pe aún no sabía. Diez años después todavía no sabe.
Sofía estaba trepada en un andamio en plena faena de restaurar un fresco, cuando le avisaban que su padre había tenido un accidente o había enfermado de gravedad. Daba igual el motivo. Un detalle, pura semántica.
Tenía un amante, por supuesto. Alguno lo suficientemente verosímil para que fuera tolerable. Pero mientras él le hablaba de cualquiera sabe qué cuando ambos estaban en el apartamento después que ella le dijo que iba a ver al padre, ella miraba la línea del horizonte, entre el mar y el cielo. Adrift. Aloof.
Sofía llega entonces a la casa del origen, la de la niñez, al pasado. Una costa remota. Un faro. Una playa cerca y un risco lejano… A visitar un padre farero, pescador y navegante. Lo que había sucedido para que Sofía se hubiera marchado y no regresara en años, Jota Pe aún no estaba segura, pero sospechaba que quizás tendría que ver con la madre.
Y entonces qué.
Diez años atrás, Jota Pe se enmarañaba para seguir adelante y se le ocurrió que Sofía, mejor que hija única, tendría una gemela. Usar una gemela para poder desdoblar la personalidad de Sofía en su alter ego. Y así llegó Nadia. Que era nadie realmente.
Nadia era buzo. Jota Pe concluyó que si la historia transcurría en una costa remota, con el mar tan ubicuo que era un personaje más, que si no en la imagen persistía en el sonido de las olas, tenía sentido que Nadia fuera buzo. Además, si Sofía comenzaba su historia trepada en lo alto de un andamio, tenía sentido visual y dramático que Nadia comenzara la suya en el fondo del mar.
Nadia, sin apuro, mueve las piernas para irse impulsando con las patas de rana hasta que emerge en la superficie. De alguna forma, así estaba naciendo Nadia –la otra personalidad de Sofia emergía en la superficie.
Tendría que haber otro amante. Pero como alter ego de Sofía, Nadia tiene clavada la vista en un hombre que ama pero que no la ve. Un hombre que hablaba de cualquiera sabe qué luego de que ella le dijo que su padre estaba gravemente enfermo, o herido en un accidente –semántica– y ella tenía que correr a su casa natal a cuidarlo.
Así llega Nadia, quien se nota ha vuelto al faro varias veces durante los años.
Y Nadia y Sofía se encuentran.
Nadia cree que Sofía sabe algo que no ha dicho sobre por qué desapareció su madre. Mientras, Sofía está convencida de que Nadia supo todo el tiempo por qué desapareció su madre.
Diez años después, Jota Pe aún no sabe por qué exactamente desapareció la madre de Sofía y Nadia.
Tiene sospechas. La madre era de otras tierras y la trajo una pasión por el padre que echaba chispas. Pero en tierra de huracanes las chispas se apagan y luego… Era una costa remota y a lo lejos hay un risco.
Y acá Jota Pe se enmaraña de nuevo. Una historia es el puente entre el principio y el final. Un puente… O un barco. Un barco que trata cada vez de llegar a la otra orilla, pero cada vez hace aguas por un choque contra las rocas en el fondo, o porque Jota Pe lo sabotea desde cubierta. Y Jota Pe se pregunta si es ella el barco, que se rompe sin llegar a la otra orilla, o el barco es el final condenado a no llegar porque no ha tenido un principio.
El final es, no lo que el personaje quiere, sino lo que necesita. El Maestro dice desde el otro lado del buró. Y la mayoría de las veces no es lo mismo.
Fui a la lectura porque me llegó vía una invitación de Facebook, donde se describía el libro como de relatos existenciales. Y yo quiero, siempre he querido pero ahora más, encontrar el libro existencial cubano. La promesa no se cumplió.

La excepción más gigantesca es quizás en cine, Fernando Pérez. Pero incluso en él, el dolor está marcado por la muerte.

Esperó mucho, sin que Rosalía, la madre, hiciera nada más que estar sentada con las rodillas abrazadas al borde del risco. Sofía le veía la espalda derecha y el pelo enredándose en el viento. No podía saber si Rosalía miraba algún barco, si miraba las nubes, si quería quedarse ciega mirando fijo al sol. De pronto la vio de pie. De pronto la vio saltar. No pudo verla volar. Sofía no gritó aquella vez. Se tragó el susto y con la boca tapada se acercó al borde. No vio nada, sólo el agua tranquila, de un azul tan oscuro que casi se volvía negro. Sofía y Nadia tenían doce por entonces, pocos días después las dos ya eran señoritas.