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…”Podemos” y compañía, contra la Fundación Gustavo Bueno

7 de mayo de 2019

…”Podemos” y compañía, contra la Fundación Gustavo Bueno
Publicado el mayo 7, 2019 por hirania
NOTA de HIRANIA89: Reproducimos la siguiente “información”, advirtiendo que no compartimos el punto de vista hostil contra la Fundación Gustavo Bueno que manifiesta el autor de esta crónica y por supuesto, Hirania89 considera que la Fundación Gustavo Bueno es un acervo y una riqueza que son un orgullo para Asturias y para España y la Hispanidad. Lo que sigue es reproducción literal de la crónica publicada en “eldiario.es”:

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La fundación de la que bebe filosóficamente Vox se atrinchera en un edificio público de Oviedo
La Fundación Gustavo Bueno niega la entrada a miembros del Ayuntamiento de Oviedo al edificio público que la entidad ocupa desde hace 20 años sin convenio

El gobierno municipal de izquierda quiere convertir el inmueble de 1.100 m2 en un centro de empleo

Gustavo Bueno (hijo) es patrono de la Fundación DENAES junto con Santiago Abascal, con el que ha escrito el libro En defensa de España

Dos miembros de la fundación asturiana han saltado ya a Vox: Iván Vélez es cabeza de lista por Cuenca y Juan Fernández Baños, número 1 al Senado por Asturias

David Remartínez
04/05/2019 – 21:35h

Imagen del palacete de la Avenida de Galicia, antiguo Sanatorio Miñor, en Oviedo. EUROPA PRESS
El filósofo Gustavo Bueno Martínez (1924-2016) fue un adelantado a su tiempo: a principios de los años 2000 pidió la pena de muerte para el entonces lehendakari Juan José Ibarretxe; concretamente, propuso “fusilarlo”. También defendió la “implantación de la eutanasia para asesinos convictos” y “un servicio nacional obligatorio sin posibilidad de objeción de conciencia”. Alertó además de “la ruptura de España” y urgió la supresión inmediata de las autonomías. Santiago Abascal ha reconocido como una epifanía el momento en que vio al filósofo en un acto público definir “la nación española” frente al concepto de “pueblo español”.

Gustavo Bueno (1924-2016) se adelantó a su tiempo; o más concretamente, al tiempo de Vox, partido que inspiró y alentó con entusiasmo. Su hijo, el también filósofo Gustavo Bueno Sánchez, participa activamente en la formación de ultraderecha: es patrono de la Fundación para la Defensa de la Nación Española (DENAES) junto con Santiago Abascal, con el que ha escrito el libro En defensa de España. Y ha amparado bajo su escuela filosófica a algunos candidatos de Vox a los próximos comicios, en Cuenca y en Asturias. Dos miembros de la fundación asturiana han saltado ya a Vox: el investigador asociado Iván Vélez es cabeza de lista por Cuenca y Juan Fernández Baños, número uno al Senado por Asturias.

Nada de esto tendría más trascendencia que la ideología ultraconservadora de unos profesores de Filosofía si no fuera porque tanto Bueno padre como Bueno hijo consiguieron su notoriedad pública gracias a un generoso patrocinio público: el que ha ejercido el Ayuntamiento de Oviedo desde 1998 mediante la cesión de un palacete señero de la ciudad, a coste cero, más la concesión de una subvención superior a los 100.000 euros anuales.
Para ello han contado con el ‘padrinazgo’ del exalcalde del PP Gabino de Lorenzo y de su sucesor, Agustín Iglesias Caunedo. La relación con la derecha de Bueno padre, que cuando llegaban las elecciones deseaba pública y “fervientemente” las victorias del PP ha abonado los lazos con Vox. Su hijo considera que Vox no es un partido de ultraderecha porque “ultraderecha es la derecha originaria, el carlismo, fuente del catalanismo y el PNV”.

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Santiago Abascal

✔@Santi_ABASCAL

Descanse en paz Gustavo Bueno, filósofo y patriota, que tanto tiempo nos acompañó en la Fundación @fdenaes

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14:36 – 7 ago. 2016
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Sin embargo, la llegada al gobierno municipal en 2015 de una coalición formada por Somos Oviedo (marca local de Podemos), PSOE e IU ha cerrado el grifo de la saga familiar, a la que ahora quieren desalojar del edificio que ocupa desde hace dos décadas sin pagar un euro, ya que tanto las facturas como el mantenimiento han corrido a cargo de la administración. Un expediente oficial revela que nunca se firmó el convenio de cesión, con lo cual la ocupación ha sido irregular. Además, los gastos de las sucesivas subvenciones no se han justificado en 20 años con detalle, sino con una simple memoria genérica.

El hecho de que hace poco más de un mes Gustavo Bueno hijo no dejara entrar al concejal de Economía al edificio para comprobar su estado multiplicó la intensidad de la polémica. “El Gustavo Bueno es el Gustavo muerto”, se puede leer estos días en pintadas callejeras de la ciudad.

El departamento de Rubén Rosón, edil de Somos, quiere dedicar el inmueble de 1.100 metros para abrir un centro de empleo. El filósofo se ha negado en rotundo, sin reconocer siquiera la autoridad del consistorio. Bueno defiende que el gobierno municipal no es el Ayuntamiento, como el pueblo no es la nación: “Oviedo, como ciudad imperial, está por encima de sus munícipes”, le espetó al diario El Comercio.

Una amistad y un convenio irregular
La historia comienza en 1997. Gustavo Bueno padre, inventor de una teoría denominada “materialismo filosófico”, escritor frenético y amigo íntimo de Gabino de Lorenzo –que en 1995 le había concedido ya el título de Hijo Adoptivo de Oviedo– constituye la Fundación Gustavo Bueno. La Fundación se registra en Madrid ante notario el 14 de mayo, y cinco meses después, el 15 de octubre, el Ayuntamiento ordena la cesión a la fundación “de forma urgente” del Antiguo Sanatorio Miñor, uno de los palacetes más señeros de la ciudad. El edificio, que data de 1913, funcionó durante años como maternidad. Ahí nació, por ejemplo, la reina Letizia.

Hasta el momento de la cesión, el palacete, reformado por la administración en 1992, lo había ocupado la Fundación Municipal de Cultura, a la que De Lorenzo desalojó para facilitar el arranque del think tank Bueno, cuando en España nadie sabía aún qué era tal cosa.

De Lorenzo, espléndido siempre con sus amigos con cargo al erario (caso de otros hijos adoptivos, como el actor Arturo Fernández), y al que el filósofo compara con la Familia Médici, no se queda ahí: el Ayuntamiento redacta una cesión del palacete por nada menos que 50 años, y firma tres contratos para dotar al edificio de mobiliario elegido por los inquilinos (desde sillas hasta alfombras), de las telecomunicaciones que demandan y de un servidor de Internet y ordenadores. En total, más de 120.000 euros.

Finalmente, le asigna una subvención anual a la Fundación de 100.000 euros, que a partir de 2008 ascenderá a 150.000 y a la que se suman 565.000 euros en 2008 para organizar una exposición. La muestra Oviedo Doce Siglos fue encargada a una empresa de la que es socia Carmen Bueno Sánchez, hija y hermana de los beneficiarios principales, según informó la revista asturiana Atlántica XXII. Es en esos años cuando Gustavo Bueno padre empieza a recorrer los platós de televisión regalando soflamas a los índices de audiencia.

Aparte de esa exposición, fugaz y tan cara como si fueran Las Edades del Hombre, ¿a qué se ha dedicado la Fundación? Pues según el escrito presentado al consistorio en julio del año pasado, a tres bloques de actividades: charlas y presentaciones de libros (25 al año); edición de las revistas donde publica Gustavo Bueno Sánchez sus artículos y mantenimiento de algunas páginas web sin apenas actividad; y la elaboración de contenidos académicos para la Facultad de Filosofía de León, en Guanajuato, México. El dinero debía servir también para becar estudiantes extranjeros y nacionales en Oviedo, aunque de ese supuesto programa no existe documentación en el expediente municipal.

El propio Gustavo Bueno Sánchez reconoce que el convenio nunca se firmó, y que durante años ha estado reclamando al Ayuntamiento que asumiera las reparaciones del edificio. Bueno considera suficiente el servicio que la Fundación ha devuelto al municipio a cambio de los alrededor de tres millones de euros en subvenciones, más gastos y uso del inmueble.

Como Bueno no reconoce la autoridad de los concejales actuales, tampoco da validez al proyecto de la Concejalía de Economía para ubicar un vivero de empresas. De momento, su negativa a abrir la puerta del edificio público ha terminado con una denuncia en comisaría y una fundación atrincherada. El conflicto amenaza con meterse de lleno en la campaña de las elecciones municipales.

Bueno ha emplazado la solución al resultado de las próximas elecciones. El 28A la fuerza más votada fue el PSOE, con el 27,33% de las papeletas. La izquierda sumó cerca del 42% de las papeletas, pero la derecha se quedó con casi con el 55% del escrutinio. La filosofía, en este caso, es esperar que ganen los suyos.

04/05/2019 – 21:35h
FUENTE:
https://www.eldiario.es/politica/filosofo-Gustavo-Bueno-atrinchera-Oviedo_0_887161961.html

Fundamentos de F. / Lógica / AMP /

24 de abril de 2017

Fundamentos de F. / Lógica / AMP /
By Vuelosinfin
LÓGICA

PRIMERA PARTE

EL ENTE LÓGICO

CAPÍTULO III

OBJETO Y NATURALEZA DE LA LÓGICA

La lógica como instrumento de la ciencia

Toda ciencia supone en el hombre la capacidad natural del entendimiento para inferir unas verdades de otras. Si el hombre no tuviera este poder, no le sería dado establecer la prueba [1] de ninguna verdad, y sus conocimientos, por tanto, no serían “científicos”. A esa capacidad de deducción, sin la cual no es posible ciencia alguna, se la denomina en filosofía “lógica natural”, y no es otra cosa que el poder discursivo del entendimiento, empleado lo mismo en la ciencia que en cualquier clase de raciocinio. Todo hombre, por ende, aunque no haya hecho ciencia, tiene en principio la capacidad de hacerla, gracias precisamente a esa lógica natural de su entendimiento.

No significa esto, sin embargo, que “entendimiento” y “lógica natural” sean exactamente lo mismo. Cuando se infiere una conclusión, es el entendimiento el que la obtiene; pero esto no quiere decir que la haya extraído de su propio ser. El entendimiento es el poder humano que logra inferir una conclusión; pero esta, no obstante, de lo que resulta objetivamente obtenida es de una “premisa“, es decir, de algo antepuesto y que hace de principio activo sobre el entendimiento. Por eso, con distintas premisas logra el entendimiento, que es el mismo, conclusiones distintas.

Siendo ello así, se comprende que el entendimiento, enteramente desnudo de toda noticia, no pueda elaborar ninguna conclusión. Lo único que tiene es un poder abstracto, todavía ineficaz, y que está, por así decirlo, aguardando principios sobre los cuales ejercer su fuerza. De estos principios podrá extraer una conclusión, y de estas, sucesivamente otras; pero si falta lo pri­mero, no podrá hacer absolutamente nada.

En general, se conviene en llamar “primeros principios” a las verdades enteramente evidentes en que se apoyan tanto las conclusiones de la ciencia como las de cualquier raciocinio vulgar. Y que esos principios primeros hayan de ser verdades evidentes, y además conocidas por todos, es cosa que fácilmente se echa de ver si se tiene en cuenta que, para ser primeros, no han de ser demostrables por otras, y que si de ellos han de partir las ciencias, no deberá hacer falta ciencia alguna para su posesión. De ahí que Tomás DE AQUINO los haya denominado “semillas de las ciencias”[2], como gérmenes de todo conocimiento científico.

Ni el entendimiento sin los primeros principios, ni estos sin aquel, pueden dar lugar a conclusiones. Tal es la razón por la cual lo que arriba llamamos lógica natural no se identifica estrictamente con el entendimiento, sino que es este mismo, pero en cuanto ya tiene los principios primeros. Y es claro, por lo demás, que no hay ningún problema tocante a la necesidad de esta lógica natural o precientífica; sin ella toro raciocinio es imposible.

Otra cosa es, no obstante, que con ella se tenga todo lo que es preciso para el difícil cometido de la ciencia. ¿No será necesaria en el quehacer científico, además de la lógica natural, otra especie de lógica conocida y refleja? Si la razón es el instrumento de la ciencia, ¿no será, al menos, conveniente que conozcamos este instrumento y nos aseguremos de la mejor manera de entenderlo?

Esta cuestión no se plantearla, tal como acaba de hacerse, si el poder discursivo de la mente fuese algo infalible, es decir, si por fortuna estuviera constreñido a proceder siempre de una manera ordenada, expedita y sin posibilidad de error. Mas la propia experiencia nos enseña que en muchas ocasiones caemos en in-voluntarios errores, o no procedemos de una manera enteramente sistemática, o tal vez nos envolvemos en dificultades que no di-manan siempre, por completo, de las cosas mismas[3]. Por todo lo cual, aunque el poder de nuestro entendimiento sea realmente bueno y efectivo, no parece que sobre, sino que sea muy conve­niente rectificarlo con el conocimiento de su legalidad y de las condiciones de su empleo. De esta suerte aparece la idea de una lógica científica, que comienza por ser un arte lógica: una técnica, sistemáticamente elaborada, del uso de la razón. Así ocurrió en los tiempos de ARISTÓTELES, quien concebía la Lógica como un οργανον (instrumento) de la ciencia.

Se ha discutido mucho acerca de si esta lógica es, o no, enteramente indispensable para el ejercicio de toda actividad científica. Pos supuesto, la lógica natural queda fuera de problema; sin ella seria imposible la misma adquisición de una presunta lógica artificial. No parece, en cambio, que esta última sea absolutamente necesaria para la ciencia; de la misma manera que tampoco el artista ha menester de reflexiones estéticas, sino que puedebastarle, de hecho, el dejarse llevar de su instinto creador. No obstante, aunque es cierto que todo lo que se hace según arte puede hacerse también de una manera natural, no lo es menos que en el último modo de proceder existe siempre riesgo, y en los largos procesos científicos este riesgo es verdaderamente serio. En tales procesos se hace con frecuencia necesario volver la vista atrás, esto es, reflexionar; de tal manera, que lo que entonces se toma en consideración no son las cosas mismas de que la ciencia en cuestión se ocupe, sino las series y cadenas conceptuales que intelectualmente las enlazan.

Al encontrarse en esta situación el “científico” asume de hecho el oficio y papel del “lógico”. Hace lógica y la adquiere, por cuya adquisición se capacita para llevar su tarea a un grado de perfección intelectual, que no tendría si únicamente se gobernara por la lógica instintiva o natural. De ahí que la opinión más extendida, entro quienes discuten el problema de la necesidad de la lógica para la ciencia, sea la que sustenta que un arte lógica, aunque no indispensable para la ciencia en estado imperfecto, es necesaria, en cambio, para la perfección interna de todo quehacer científico.

Como instrumento del saber, la lógica no es propiamente una ciencia al lado de las demás. Sus enseñanzas no interesan tanto por sí mismas cuanto por su servicio y utilidad para las otras ciencias [4]. Por ello, así entendida como órgano científico, no es realmente parte de la filosofía, sino una cierta ciencia precientífica o, en general, un arte de las artes o ciencia de las ciencias. Tal 1ógica artificial -precientífica en un sentido muy diferente del que conviene a la lógica natural- se hace posible merced a la capacidad que la razón tiene de reflexionar sobre sí misma, y por ello se dice que la lógica es ciencia racional en un doble sentido: de una manera genérica, en cuanto que, como toda ciencia o arte, ha de ser racionalmente elaborada; y de una manera específica, en cuanto que el objeto o materia de su estudio es justamente la misma razón en su ordenación a la verdad.

El objeto de la lógica

Hasta aquí hemos venido considerando el posible objetivo de la lógica o, lo que es lo mismo, su finalidad. Conviene ahora que procedamos a determinar su objeto, es decir, la materia sobre la cual versan las consideraciones de la lógica. Algo de esto queda establecido en lo que se ha venido diciendo, pues sabemos que el arte lógica se refiere a algo que afecta a todo arte y toda ciencia, y que ello es justamente la razón en cuanto está ordenada a la verdad. De modo general puede afirmarse, por tanto, que la razón es el tema de la lógica.

Pero ahora se trata de precisar y profundizar esta vaga noción. Comencemos por unas consideraciones do carácter muy amplio. Todo arte o técnica se refiere a alguna actividad humana, para la cual establece normas directivas. Tales normas suponen la existencia de estas tres cosas : 1) la facultad o poder del cual emana la actividad que se trata de dirigir; 2) una finalidad, que se intenta lograr poniendo en juego ese poder activo; 3) la posibilidad de que este, aun cuando tenga capacidad para alcanzar aquel fin, sea defectible, es decir, que no llegue a veces a alcanzarlo, o que lo haga con dificultades que conviene anular. Ninguna de estas tres cosas es estudiada aisladamente por el arte o técnica que las supone, sino las tres, precisamente en su mutua relación.

De esta manera la lógica, por su parte, no ha de estudiar la razón o poder discursivo en sí mismo, sino que se interesará por la razón únicamente en la medida en que esta es un poder al que cabe fijar la finalidad de hacer ciencia. Tampoco ha de estudiar la lógica a la ciencia como algo aislado y sin conexión con la razón, sino que la tomará como algo elaborado por esta, como una cierta obra de la razón. Por último, tampoco es la lógica una simple meditación ineficaz de la posibilidad que la razón tiene de desviarse en la búsqueda de la verdad científica. La lógica cuenta con tal posibilidad; pero de lo que se trata es de evitar los riesgos consiguientes, o sea, de aproximar de una manera fácil y adecuada la razón a su obra científica.

Es claro, en suma, que si bien la razón puede desfigurar la verdad, le es hacedero y esencial “configurarla”, lo cual, por cierto, es cosa muy distinta de crearla. Tal configuración es justamente lo que la razón pone, por su parte, en la ciencia. Lo demás viene de las cosas mismas. Naturalmente, el modo de reunir y ordenar las cosas en estructuras científicas (a lo cual se reduce, en definitiva, aquella configuración) no ha de ser arbitrario y caprichoso; antes bien, deberá estar fundamentado en el modo de ser natural de las cosas mismas. Mas no depende únicamente de estas, sino que es consecuencia también del peculiar modo de ser de la razón: según reza el adagio de la Escuela, que afirma que todo lo que se recibe es recibido según el modo del recipiente [5].

Conviene, pues, distinguir en toda ciencia, de una manera general, lo que la razón toma a las cosas y lo que ella, por su parte, añade. Y eso que añade no puede ser, a su vez, cosa alguna real, pues en tal caso la razón no configuraría la verdad, sino que ciertamente la desfiguraría, dándole un incremento que no posee de suyo. Lo que la razón pone en la ciencia no es más -según se dijo arriba- que la ordenación y encadenamiento de las cosas en el organismo científico.

Todas las ciencias se nos presentan, de este modo, como articulaciones o sistemas de verdades. Pero aunque toda ciencia ordene sus objetos, esto no significa que estudie la ordenación en sí misma. Lo que realmente estudia son los objetos o cosas que va enlazando en sistema. Ahora bien: no es imposible una disciplina que, en vez de estudiar las cosas mismas, se haga cargo del modo como las ordenamos en la ciencia. Tal disciplina no sería ya una ciencia como las otras, una ciencia de objetos o de cosas, sino una ciencia de las ciencias: un estudio cuyo tema sería la ordenación de los objetos en el sistema científico.

La lógica es precisamente ese estudio. La ciencia de la razón, de que hemos venido hablando, no pretende sustituir a ninguna otra ciencia. Su tema es la obra de la razón en el conocimiento: el artificio, que podernos llamar “lógico”, por el que las cosas se organizan y articulan en estructuras científicas. Que ese artificio o dispositivo esté bien establecido, rectamente logrado, es, por cierto, la finalidad de la lógica considerada como arte o técnica de la razón. Pero es claro que esta finalidad no se puede cumplir más que teniendo el conocimiento de las leyes internas de aquel artificio: sabiendo cómo es, de qué factores y elementos se compone, cuáles sean las maneras de enlazar o reunir sus componentes. En una palabra, el arte de la razón requiere una ciencia del artificio lógico, la cual no estudiará los elementos reales de la ciencia (a saber, las cosas mismas), sino sus elementos racionales, es decir, los que la razón pone, fundándose en aquellos, para ordenarlos en forma de sistema.

La ciencia del artificio lógico, supuesta por el arte de la razón, no es la psicología. Esta se ocupa de la razón como algo real, siendo, por tanto, en este sentido, una ciencia como otra cualquiera de las que estudian objetos o cosas reales: y ya hemos dicho que lo que aquí interesa no es nada “real”. sino la ordenación artificial que se da en toda ciencia, hasta en la propia psicología. Se llama psicologismo, en el dominio de las teorías sobre la lógica, a la manera de entender a esta, según la cual es la psicología la ciencia que fundamenta al arte de la razón [6]. Si todo arte ha de fundamentarse en una ciencia, la lógica-arte estaría sustentada, según esto, por la ciencia psicológica. En definitiva, la lógica quedaría reducida a la condición de un capítulo de la psicología: el dedicado al funcionamiento normal de la razón humana.

Es, desde luego, cierto que todo arte se basa en una ciencia. En este punto convienen psicologistas y antipsicologistas. Pero el arte lógica puede fundamentarse en una ciencia lógica, que no tiene por qué ser un capítulo de la psicología. Existe, efectivamente, un conocimiento teórico del artificio u ordenación estructural que en las ciencias revisten las cosas conocidas. Y el conocimiento especulativo de esta ordenación no se refiere, según dijimos, a ninguna cosa real, sino a los elementos ideales de que se compone el sistema científico. En tal sistema no entra, de hecho, la misma razón, ni tampoco ninguno de sus actos. No se puede decir que en un sistema científico sea parte integrante la propia razón, ni que los actos de esta se hallen físicamente integrados en él. Lo que la razón pone en la ciencia, que es un sistema ideal, no son más que factores ideales. Las leyes psicológicas, empero, se refieren a hechos y procesos reales. Es cierto que, al ordenar las cosas en un sistema científico, la razón no deja de cumplir sus leyes psicológicas, pero esto ocurre también cuando las ordena mal. Las leves psicológicas no son, por tanto, las leyes lógicas.

Análogamente, los movimientos de la mano al desplazar una pieza en un tablero de ajedrez están indudablemente regidos por leyes “físicas”, que nadie confundirá con las leyes específicas del juego. El movimiento ajedrecístico supone el de la mano o cualquier otra cosa que lo sustituya; pero esto ocurre lo mismo en las jugadas buenas que en las malas, y tanto en las que son lícitas como en las excluidas por la especial legalidad del ajedrez.

Por lo demás, ninguna falta le hace al ajedrecista la noticia científica de las leyes que rigen físicamente los movimientos de su mano, ni gana nada con ello para sus fines de jugador.

La distinción entre propiedades lógicas y propiedades reales

Sean las dos proposiciones siguientes:

1) el hombre es un animal racional; 2) el hombre es el sujeto de la proposición 1).

No cabe duda de que podemos formar todavía proposiciones tales como: 3) el hombre es el sujeto de la proposición 2), y así cuantas se quieran. Pero inmediatamente se advierte que todas las proposiciones a partir de 2) tienen algo en común y que ello las hace esencialmente distintas de la proposición 1). En efecto: lo que del hombre se dice en 1), a saber, que es un animal racional, expresa algo que es real y efectivo en el hombre, si es verdad que el hombre es un animal racional; y en el caso de que esta definición no fuese buena, su defecto consistiría en atribuir al hombre algo que “realmente” no es; en cambio, lo que se dice en todas las proposiciones a partir de 2), a saber, que el hombre es “sujeto” de alguna proposición, no es nada que pretenda expresar lo que realmente es el hombre, puesto que el hombre, de suyo, ni es ni deja de ser sujeto de proposición alguna. De tal manera, que si las proposiciones a partir de 2) son verdaderas, es justamente porque en ellas no se pretende decir lo que el hombre es realmente. De ahí que, aunque fuera falsa la proposición l), seguirían siendo justas las proposiciones a partir de 2). E inversamente: todas las proposiciones a partir de 2) serían falseadas si se las concibiera provistas de la misma intención que tiene la proposición 1), aunque esta sea verdadera.

El “hombre” del cual se dice que es un animal racional no está en una situación completamente idéntica al “hombre” del que se afirma que es sujeto de una proposición. El primero es el hombre directamente considerado en sí mismo; el segundo es también el hombre, pero considerado reflejamente, según una situación que le es extrínseca: la de estar siendo objeto de un juicio. Existen, según esto, dos clases de propiedades que corresponden a dos modos distintos de referirnos a las cosas: las propiedades o predicados reales, que se atribuyen directamente a las cosas según su propio ser, y otras propiedades o predicados de naturaleza puramente “lógica”, puesto que se atribuyen a las cosas, no en atención a su propio ser, sino en cuanto que “son conocidas”.

En general, todo ser de que hablemos es un objeto de conocimiento. Tan conocido es, así, el hombre del que decimos que es un animal racional, como el hombre del cual afirmamos que es el sujeto de una proposición. Pero aunque todas las cosas de, que hablemos tengan que ser, de algún modo, conocidas, no siempre estamos conociendo que las conocemos, ni es necesario que lo que digamos de ellas sean solamente las consecuencias que se derivan de su situación de “conocidas”. Si convenimos en llamar objetos [7] a las cosas que conocemos, precisamente en cuanto conocidas, y reservamos la palabra cosa para designar con ella a lo que conocemos considerado en sí mismo y de suyo, podremos decir que las propiedades lógicasson propiedades de objetos, mientras que las propiedades reales son propiedades de cosas. Y así, del “hombre real” decimos que es un animal racional, y del “objeto hombre” decimos que es el sujeto de una proposición.

Cuando las cosas se ordenan en un sistema científico, adquieren propiedades que no son reales, pues estas las poseen previamente. Se trata, pues, de propiedades lógicas. De ahí que sea lo mismo decir que la lógica es la ciencia que estudia el artificio científico, y afirmar que su objeto lo constituyen las propiedades lógicas. Á estas se las designa en la Escuela con el tecnicismo de secundae intentiones, es decir, intenciones [8] o predicados secundarios. Son primarios los que convienen a las cosas independientemente de su situación de conocidas. De la misma manera, en efecto, que el ser de las cosas es, por naturaleza, previo a su ser conocidas, así las intenciones o predicados que se refieren a aquel ser son también naturalmente anteriores a las que se derivan de las cosas en cuanto son objeto de conocimiento.

La lógica, pues, tiene por objeto algo que no es real. Las “propiedades lógicas” no tienen existencia más que ante y para la razón. Si esta se suprime, aquellas desaparecen. Su ser es solamente el ser objeto de conocimiento. Son, en una palabra, entes de razón. Pero esto nos obliga a hacer algunas precisiones.

A diferencia del ente real, el ente de razón es algo que únicamente se da en el entendimiento como objeto de este[9]. También los seres reales pueden hacer de objeto para el entendimiento; pero su ser no se agota en ello. Para un ente real, el estar siendo objeto del entendimiento es algo extrínseco y accidental. Para el ente de razón, por el contrario, ese es todo su ser: no tiene otro. No es, pues, lo mismo “ente de razón” que “ente posible”. Una cosa posible es algo que de suyo no repugna la existencia real, algo que puede ejercer esa existencia, aunque no la esté cumpliendo. Su ser es justamente un “poder ser”. Pero este poder ser no le viene de ser conocido; mientras que el único ser que tiene el ente de razón es el que le resulta de hacer de objeto de un conocimiento. El ente de razón, independientemente de la razón misma, es un imposible. Por consiguiente, para precisar el concepto de ente de razón conviene tener en cuenta que el ser posible es una suerte de ente real. (En general, ser real es el que tiene capacidad de ser independientemente del entendimiento, bien ejercite esa capacidad, bien la tenga en suspenso; si la ejercita, es un ente real actual; en el caso contrario, es un ente real meramente posible. Y en verdad, todo ente real actual es también un ser posible -pues todo cuanto existe es algo que “puede” existir-, aunque no sea solamente posible, sino también actual y efectivo.)

El ente de razón se define, frente al ente real actual o posible, por su imposibilidad de verdadera existencia, ya que no merece el nombre de esta última la modesta presencia de un ser irreal ante el entendimiento. De ahí que haya tantas especies de ente de razón como maneras de imposibilidad de ser. 0 lo que es igual: las especies del ente de razón serán tantas cuantas sean las formas de oposición al ser real. Este último, empero, se divide, de un modo general, en absoluto y relativo. Por “absoluto” se entiende aquí, en un sentido muy amplio, todo lo que no es una relación, aun cuando tenga o pueda tener relaciones con otras cosas y aunque estas relaciones le sean necesarias. E inversamente: entendemos aquí por “relativo”, no lo que tiene o puede tener relaciones con algo, sino la relación misma que, como un puente, se tiende entre dos cosas determinadas.

A las cosas que son absolutas (es decir, algo en sí mismas) lo que se les puede oponer es su negación, la falta de ellas. Así, a la vista se opone la ceguera, y al bien, el mal. La ceguera y el mal, en efecto, no son propiamente seres, sino faltas de ser. Esto no significa que la ceguera y el mal no existan en absoluto. Realmente existen. Pero su realidad no es positiva, sino negativa. Lo que real y “positivamente” existe es aquello que es ciego y aquello que es malo. La falta de vista y la falta de bien son justamente eso: faltas; y la ausencia de ser no puede, en estricto rigor, llamarse ser. Sin embargo, como quiera que la falta de ser tiene una cierta realidad (aunque no sea más que negativa), no se puede decir que constituya un ente de razón. Es un ente “real deficiente”. El ente de razón surge aquí cuando se toma la falta de ser como un verdadero ser: así cuando concebimos la ceguera como si esta añadiese algo al que la tiene, siendo la verdad que lo que hace es disminuirle.

Siempre que concebimos la falta de algo absoluto -esto es, un absoluto negativo- “como si fuese” un absoluto positivo suscitamos un ente de razón[10].

Una primera clase de entes de razón son, pues, las negaciones concebidas como entes positivos. Por oposición al ser real relativo surge, en cambio, la segunda especie de ente de razón: la relación de razón. Por ella se entiende toda relación que únicamente es para el entendimiento que la piensa, de tal manera, que si se la deja de pensar deja de darse. Las demás relaciones son relaciones reales. Así, la filiación que enlaza al hijo con el padre es un ejemplo de relación real, puesto que es algo en el hijo independientemente de que se la piense o no se la piense. En cambio, es una relación de razón la que, por ejemplo, tiene Pedro con el concepto “hombre” como sujeto de la proposición “Pedro es hombre”; porque si bien es cierto que Pedro sigue siendo hombre aunque no se piense en ello, también es cierto que Pedro sólo es sujeto de aquella proposición mientras alguien la piense, y aun entonces el puro hecho lógico de estar siendo sujeto de un juicio no afecta realmente a su ser ni nos dice nada de lo que él es de suyo.

¿A cuál de las dos especies mencionadas de ente de razón (las negaciones y las relaciones de razón) corresponden las propiedades que llamamos lógicas? Si se tiene presente que estas propiedades sólo son revestidas por las cosas cuando están ordenadas en un sistema, fácilmente se advierte que no pueden ser nada absoluto, ni positivo ni negativo. Lo que se adquiere por el hecho de pertenecer a algo plural y ordenado son meramente “relaciones” con los otros miembros del todo y, por supuesto, con ese mismo todo. Tales relaciones no pueden ser reales para las propiedades de que hablamos, que, por definición, tienen una naturaleza puramente lógica (tal como ya se señaló al describirlas). En consecuencia, las propiedades lógicas o intenciones segundas no pueden ser otra cosa que simples relaciones de razón.

No se sigue de aquí que toda relación de razón sea una propiedad lógica. Únicamente lo son aquellas que se dan en la ordenación de los objetos en el sistema científico. Y el mismo sistema, visto ahora a la luz de las precedentes consideraciones, no es más que un tejido de relaciones de razón, mera estructura ideal, que no tiene sentido fuera del entendimiento.

La lógica-arte no hace otra cosa que aplicar las leyes que se derivan de aquellas propiedades. La lógica-ciencia es el estudio, puramente especulativo, del artificio que con ellas se establece y de las leyes que lo determinan. En suma: el objeto de la lógica son las relaciones de razón por virtud de las cuales las cosas conocidas son intelectualmente enlazadas en el sistema científico[11].

Relaciones de la lógica con otras ciencias

Se ha esbozado hasta aquí una idea de la Lógica, que asigna a esta un objetivo específico y propio, según los resultados de lo que se ha venido haciendo, desde los tiempos de ARISTÓTELES y a través de sus seguidores, en la filosofía de la Escuela. Un largo proceso de elaboración ha hecho posible esta Lógica, dotándola de un claro y riguroso perfil. Ninguna otra concepción de la lógica puede compararse a la inspirada por ARISTÓTELES, en lo que toca a la pulcritud y científico esmero en la determinación de su objeto.

Por ello mismo, conviene establecer de una manera explícita algo de lo que virtualmente está ya dicho acerca de los límites de la lógica y sus conexiones con otras disciplinas relativamente afines. Veamos, en concreto, las relaciones de la Lógica con la Psicología, la Crítica y la Ontología.

a) Ya se aludió antes a la ciencia psicológica, con ocasión de la fundamentación psicologista de la lógica. El psicologismo pierde su eficacia cuando se distingue entre la razón o sus actos, como entes reales, y artificio, puramente “de razón”, que el entendimiento añade a las cosas conocidas al encuadrarlas en un dispositivo científico.

No resulta de ello, sin embargo, que la lógica esté exenta de toda relación con la psicología. La primera se ocupa de las propiedades lógicas, las cuales no tienen sentido si no se supone que las cosas afectadas por ellas son, o pueden ser, objeto de conocimiento. Sin este último, no habría propiedades lógicas; de la misma manera que, de no haber razón, tampoco habría entes de razón. Al lógico, pues, le interesa saber acerca del entendimiento todo lo que hace al caso para el estudio de las propiedades lógicas. Así, deberá conocer la diferencia que hay entre el acto de la simple aprehensión, el de juzgar y el de discurrir, para que pueda derivar de ellos la diferencia existente, por ejemplo, entre las propiedades lógicas que se llaman “ser universal” “ser sujeto de una proposición” o “ser término medio en un raciocinio”.

De la misma manera, el ajedrecista no podría distinguir funcionalmente lo que es un “alfil” de lo que es una “torre” si no tuviese ninguna idea de la diferencia existente entre las direcciones de los movimientos. Mas no se sigue de aquí que el ajedrecista haya de conocer todas las leyes de la geometría y de la física[12]. El lógico, a su vez, tampoco necesita de la psicología sino lo imprescindible para poner en marcha el estudio de las llamadas propiedades lógicas.

Este, por así decirlo, “mínimo psicológico” que el lógico precisa no forma parte de la Lógica misma. Es, más que un fundamento, una condición. Se trata de algo con lo que el lógico tiene que contar; pero esto no significa que la Lógica lo cuente entre sus partes. Una vez establecida una propiedad lógica, se la puede considerar en sí misma, independientemente de su condición o condiciones psicológicas. Algo parecido ocurre cuando se sabe que el “hombre”, como objeto de la proposición “el hombre es un animal racional”, reviste la propiedad de ser sujeto de ella. La lógica puede aislar esa propiedad y estudiarla en sí misma, independientemente de que sea hombre o cosa distinta lo que la esté cumpliendo. Al hacer esto, la lógica prescinde de la condición ontológica de la propiedad en cuestión, igual que antes prescindía de su condición psicológica.

b) La crítica o teoría del conocimiento no estudia la estructura lógica o artificio racional de la ciencia, sino que se hace cargo del problema de la posibilidad de esta última. No le interesa cómo es lo que la razón idealmente pone en la ciencia, ni cuáles sean las leves de ese dispositivo, sino esto otro: ¿puede realmente el entendimiento humano alcanzar el conocimiento científico? Y si ese poder es filosóficamente reconocido, ¿cuál es su alcance?, ¿hasta dónde se extiende?

La lógica, pues, cuenta con la posibilidad del conocimiento científico, que ha de ser verdadero y cierto; pero lo que hace es determinar las condiciones generales para que, efectivamente, sea un conocimiento científico. Mas la ciencia se adquiere por demostración, y toda demostración es un raciocinio en el que conviene distinguir materia y forma. Por la primera se entienden los elementos, simples o complejos, que en el raciocinio se ordenan y distribuyen. La forma, en cambio, es precisamente la ordenación o ¡nodo de disponer en el raciocinio esos elementos para que el resultado sea algo científico. De esta manera se hace patente que con idéntica materia puede obtenerse tanto un raciocinio bueno como uno malo, según que la forma a que aquella se ajuste sea o no la conveniente, y a la inversa, que aunque sea buena la forma, si no es procedente la materia, el raciocinio no termina en una conclusión verdadera.

Así, por ejemplo, el raciocinio “todo ser viviente es racional; el caballo es un ser viviente; luego el caballo es un ser racional” tiene buena forma, pero la conclusión no es verdadera. En cambio, este otro raciocinio: “Pedro es racional; Pedro es hombre; luego todo hombre es racional”, aunque termina en una conclusión verdadera, es deficiente por su forma. Conviene reparar, según esto, en la diferencia que hay entre una conclusión verdadera y una verdadera conclusión. La del primer raciocinio, aunque falsa, es una verdadera conclusión. La del segundo, por el contrario, es una falsa conclusión, aunque sea verdadera.

La Lógica estudia, en general, lo que hace falta para obtener conclusiones verdaderas que sean verdaderas conclusiones. La Crítica no se ocupa realmente, ni en general ni en particular, de las conclusiones como tales. Las conclusiones son estudiadas como tales conclusiones cuando se las pone en relación con las premisas de que han sido extraídas. Si se las examina de manera que se las compare no con sus premisas, sino con la realidad misma de las cosas enunciadas por ellas, entonces no se las estudia como conclusiones, sino como enunciados acerca de la realidad. Consideradas así, ya no son objeto de la lógica pues esta únicamente se ocupa del artificio científico, es decir, del modo en que las cosas han de ordenarse en el conocimiento.

No es correcto, sin embargo, decir que la lógica estudia solamente la forma del raciocinio, mientras que la crítica se ocuparía de su materia. Si la crítica no estudia las conclusiones como tales, no tiene por qué ocuparse ni de la forma ni de la materia del raciocinio, pues esta última sólo es materia para la conclusión como conclusión. El hecho mismo de ser materia de un raciocinio para obtener una conclusión no es nada real, sino una propiedad puramente lógica. Por consiguiente, la Lógica debe hacerse cargo de la materia del raciocinio, estudiándola, claro es, no de una manera independiente, como si no formase parte de aquel, sino de un modo precisamente lógico, es decir, en cuanto entra en el raciocinio demostrativo. De ahí lo que se llama “Lógica material”, que trata, en suma, de responder a esta pregunta: ¿cómo ha de ser, en general, la materia de un raciocinio para que, si este tiene buena forma, la conclusión sea realmente una verdad científica?

Se podría contestar a esta pregunta diciendo simplemente que basta que la tal materia sea verdadera para que, si es buena la forma, la conclusión sea verdadera y sea una verdadera conclusión. Por ejemplo, el raciocinio “todo hombre es mortal: Pedro es hombre-, luego Pedro es mortal” tiene una verdadera conclusión, que es verdadera. Sin embargo, conviene observar que un resultado semejante también puede obtenerse con materia falsa v forma buena. En el raciocinio “todos los franceses son chinos; todos los chinos son europeos: luego todos los franceses son europeos”, la conclusión es verdadera y está bien extraída, aunque las dos premisas son falsas. El científico está expuesto a hacer seudodemostraciones de este tipo, Y es indudable que la ciencia no puede constituirse con ellas.

Es absolutamente cierto que con materia verdadera v forma buena no se pueden extraer conclusiones inadmisibles. Pero es preciso conocer que sea efectivamente verdadera la materia para no incurrir en el caso del raciocinio a que acabamos de referirnos. Si las premisas de una demostración son evidentes de suyo, no hay ningún problema. Pero pueden no serlo. Y enton­ces caben dos cosas: o que la experiencia nos permita com­probar su validez real o que ello no sea posible. En el primer caso también hay garantía de su verdad; en el segundo será preciso que ellas, a su vez, sean demostradas. Y esta nueva demostración sólo será verdadera si se apoya en una materia que lo sea, ya que no podemos fiar únicamente en la bondad de la forma. En último término será preciso apoyarse en proposicio­nes que no necesiten demostración, pues esta siempre se puede falsificar.

El científico, en suma, debe ser capaz de recorrer la distan­cia que separa a lo que ha de demostrarse de aquello que en definitiva lo demuestra. Esta distancia tiene etapas lógicas, que son las verdades en que sucesivamente se apoya lo que se tra­ta de demostrar, hasta llegar a su última base. El recorrido gra­dual de esa distancia es el “análisis material” del raciocinio demostrativo. Su diferencia con el análisis formal se advierte claramente al reparar en que este último no necesita salir de las mismas premisas de que inmediatamente está hecho el raciocinio que se examine. Al que analiza de una manera puramente formal no le interesa, en efecto, más que el juego interno de las proposiciones establecidas.

El análisis material del raciocinio constituye precisamente el tema de la “Lógica demostrativa“, que es el centro de la llamada “Lógica material”. Un asunto, como se ve, muy diferente del que ocupa a la Crítica, porque esta, aun cuando tomase en cuenta la materia completa de una demostración, no la referiría gradualmente a sus últimos principios lógicos, sino directamente a las mismas cosas de la realidad. Por lo demás, la Lógica sólo hace la analítica material del raciocinio de un modo general. Hacerlo en cada caso de una manera concreta no es incumbencia de la Lógica, sino de las ciencias respec­tivas.

c) La Lógica se ocupa de una especie de ente de razón, las propiedades lógicas o atributos puramente racionales de las cosas. La Ontología, en cambio, estudia el ente realen cuanto ente. Es cierto que la ontología trata también del ente de razón, pero de manera muy distinta de aquella en que la lógica lo hace. El lógico, en efecto, se ocupa únicamente de tina especie de entes de razón, a saber: las relaciones de razón que las cosas adquieren en el seno del sistema científico; los demás entes de razón no le interesan. Por el contrario, la ontología, cuyo tema es el ente en cuanto ente, se ocupa del ente de razón en general, como de aquello a lo que se opone el ser real, que es su objeto propio. De aquí una segunda diferencia entre la lógica y la Ontología. La primera se refiere al ente de razón (a la especie que en él considera) de una manera primaria v directa. Le interesa en sí mismo. La segunda, en cambio, se refiere al ente de razón en general, pero de una manera secundaria v derivada, o sea, no porque le interese en sí mismo, sino por su oposici0n y distinción respecto al ser real.

Existe una cierta semejanza entre la lógica v la ontología, fundada en la universalidad que tienen, cada uno a su modo, los respectivos objetos de estas ciencias. Así como no hay ninguna cosa a la que no se pueda atribuir el ser, tampoco la hay que no sea susceptible de revestir alguna propiedad lógica. Cualquier ser puede ser sujeto de un atributo puramente racional. En este sentido es posible decir, par tanto, que el campo de la lógica es tan amplio como el de la ontología. Y es claro entonces que, si no se distingue la diversa forma en que se atribuyen a las cosas el ser y las propiedades lógicas, ambas ciencias se identifican realmente en una sola. Así acontece en el “panlogismo”, que, al identificar el ser con el “ser conocido”, elimina toda posibilidad de distinguir efectivamente entre propiedades reales y propiedades que las cosas tienen únicamente por ser objeto de conocimiento[13].

Otra semejanza entre la lógica y la ontología es la que proviene de la naturaleza puramente inmaterial de sus objetos. El de la lógica, que son meras relaciones de razón, no es, en efecto, nada material, pues todo (aunque no sólo) lo material es real, mientras que aquellas relaciones de razón son, por su misma naturaleza, objetos irreales que únicamente se dan para el conocimiento y nunca fuera de él. Por su parte, el objeto de la ontología es también enteramente inmaterial. El ente, en cuanto ente, no puede ser material. Baste, por ahora, pensar que, de lo contrario, únicamente serían las cosas materiales. No obstante esta semejanza, hay aquí también una esencial diferencia entre la lógica y la ontología. La inmaterialidad del objeto de la lógica es la que corresponde a la irrealidad, en tanto que la del objeto de la ontología es la de la misma realidad del ser conocido abstractamente como ser.

La lógica aristotélica no se halla, sin embargo, enteramente aislada de la ontología. En realidad, toda esta lógica está orientada al ser y nutrida por él. Aquello a lo que, en definitiva, se subordina, y de lo cual depende como de su último fin, es el logro de la verdad, es decir, la patencia del ser al entendimiento. Y que el ser nutre y mantiene toda la lógica es algo que fácilmente se advierte si se tiene presente que las llamadas propiedades lógicas, aunque distintas de las reales, no son enteramente independientes, sino que se fundamentan en ellas. Los atributos que se derivan del “ser conocido” están condicionados por los pertenecientes al ser simplemente dicho. Así, por ejemplo, la propiedad de ser sujeto de la proposición “el hombre es un animal racional” ‘conviene al hombre no en sí mismo, sino en su condición de conocido; pero lo que el hombre es en sí mismo hace posible que él, en su condición de conocido, sea sujeto de esa proposición.

Si se suprime el ser, quedan eliminados el último fin y el fundamento primero de toda la ciencia lógica. Esto no puede significar que lógica y ontología sean realmente lo mismo. El fin y el fundamento de una cosa son siempre distintos de ella. La ontología, por tanto, al ocuparse de[ ser, estudia en general algo que excede al objeto de la lógica y no se identifica formalmente con ella. Pero tampoco puede establecerse una tajante separación entre la lógica y la ontología, como si el mundo que estudia la primera fuese realmente autónomo y no tuviese nada que ver con el mundo real de la segunda[14].

d) Examinadas las relaciones de la lógica con la psicología, la crítica v la ontología, podemos añadir, a modo de apéndice, unas consideraciones sobre las diferencias entre la lógica filosófica y la llamada lógica matemática o logística. La lógica que aquí nos interesa es, por supuesto, una disciplina filosófica, no una ciencia positiva. Al estudiar el artificio científico, trata, pues, de conocer su naturaleza y su esencia, es decir, lo que esa estructura es y lo que son los elementos de que se compone. Esta investigación es muy distinta de la que tiende hacer una ciencia “positiva” que, por definición, renuncia al conocimiento de la naturaleza entitativa de sus objetos. La lógica matemática es la ciencia positiva del razonamiento, a la cual no interesa la aclaración esencial de lo que este sea, ni la ordenación del razonamiento al ser, sino tan sólo el cálculo positivo de su validez, independientemente de todo supuesto ontológico. Las siguientes palabras de HUSSERL ilustran esta fundamental diversidad de sentido entre la lógica filosófica v la logística: “Así como el mecánico práctico construye máquinas sin necesidad de poseer para ello una última intelección de la esencia de la naturaleza y de sus leves, de igual modo construye el matemático teorías de los números, magnitudes, raciocinios v multiplicidades, sin necesidad de poseer para ello una última intelección en la esencia de la teoría en general y en la esencia de los conceptos y de las leyes que son condición de ella” [15].

Durante mucho tiempo el cálculo lógico estuvo incluido en la lógica filosófica, sin desarrollar sus posibilidades ni tomar conciencia de su peculiar significación. Aunque existen algunos antecedentes (LULIO y LEIBNIZ, entre ellos), los fundadores de la lógica matemática han sido, en el pasado siglo y desde distintas posiciones, George BOOLE y Gottolb FREGE. Los Principia Mathematica, de A. N. WHITEHEAD y Bertrand RUSSELL, son la obra clásica de la moderna lógica positiva, la cual en nuestros días ha logrado un notable incremento[16].

La estructura de la lógica

Hemos dicho que la lógica estudia la obra artificial de la razón en el sistema científico, o sea, lo que la razón pone, por su parte, en la ciencia; meras propiedades lógicas o relaciones de razón mediante las cuales las cosas conocidas quedan intelectualmente ordenadas y enlazadas. Todo esto lo hace la razón mediante su acto científico propio, que es el raciocinio demostrativo. Sin él, la razón no elabora la ciencia, aunque establezca otros requisitos y elementos de ella. Gracias, pues, al raciocinio demostrativo las cosas conocidas son racionalmente encuadradas de una manera científica. De ahí que la Lógica haya de dividirse en tantas partes cuantas sean exigidas por el estudio de ese raciocinio considerado como causa de la ciencia.

La Lógica formal estudia todas las propiedades lógicas que conciernen a la mera consideración formal del raciocinio. A ella se contrapone la lógica material. Para distinguir correctamente la lógica formal y la material, conviene recordar la distinción, hecha ya más arriba, entre verdaderas conclusiones y conclusiones verdaderas. Para que un raciocinio tenga una verdadera conclusión, es suficiente que sea buena su forma. La lógica formal se hace cargo, en consecuencia, de todos los factores lógicos necesarios para el establecimiento de una verdadera conclusión. Compete, en cambio, a la lógica material el estudio de todas las condiciones y propiedades lógicas que se requieren, en general, para obtener una conclusión científicamente verdadera.

Comparando entre sí la lógica formal y la material, se advierte que la primera se ocupa en general del raciocinio, prescindiendo por completo de que este sea o no sea científico. De ahí que las enseñanzas de la lógica formal sean aplicables tanto en la ciencia como fuera de ella. La lógica material estudia específicamente el raciocinio científico. Es, para decirlo brevemente, una lógica de la demostración. No todo raciocinio es una demostración, sino tan sólo aquel que produce ciencia. Por eso, mientras la lógica formal se desentiende de la índole científica o no científica de la materia del raciocinio, la lógica material examina las condiciones y elementos necesarios para que esa materia sea realmente científica. Es claro, por lo demás, que esto no lo hace de una manera concreta, examinando las demostraciones una por una, pues ello es incumbencia, no de la lógica, sino de la ciencia respectiva. Lo que hace la lógica material es -como también más arriba se indicó, describiendo el análisis material del raciocinio- considerar en general aquellas condiciones y requisitos necesarios para que sea científica la materia del proceso discursivo.

La lógica formal estudia las propiedades lógicas que atañen al raciocinio. Mas como quiera que el raciocinio implica el juicio, y este, a su vez, el acto de la simple aprehensión, el examen de las propiedades lógicas del raciocinio no puede llevarse a cabo sin el conocimiento de las que conciernen a la primera y la segunda operación del entendimiento. La lógica formal se articula de este modo en tres etapas, que son la teoría del concepto, la del juicio y la del raciocinio. Las dos primeras sirven a la última y están en función de ella.

La lógica material es esencialmente una teoría de la demostración o lógica demostrativa. Pero la materia de la demostración es doble: una compleja y otra simple. La materia compleja son las proposiciones de que consta el raciocinio demostrativo, las cuales, a su vez, se constituyen con conceptos, que son la materia simple de ese raciocinio. Al estudio de la materia compleja de la demostración se le reserva la denominación, en un sentido estricto, de “lógica demostrativa”, y al examen de la materia simple se le llama, en cambio, “lógica predicamental”, por conocerse con el nombre de “predicamentos” a los conceptos considerados -materialmente como últimos elementos de la demostración. Los grandes tratadistas de la Escuela anteponían a la lógica demostrativa y a la predicamental lo que llamaban “lógica proemial”, constituida por el estudio de la naturaleza de la misma ciencia lógica, el cual solían hacer, no al principio de ella, sino después de la lógica formal, cuando ya habían tomado algún contacto con las cuestiones de esta disciplina v estaban, por tanto, en las mejores condiciones de reflexionar sobre ella.

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En unos “Fundamentos de Filosofía” no es necesario atenerse rigurosamente a las divisiones clásicas de la lógica formal y material, ni desarrollar todas las cuestiones que serían pertinentes en un curso o tratado sistemático. Basta únicamente tomar contacto con los temas “fundamentales”, abordándolos de una manera esquemática y esencial.

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Bibliografía Cap 3.

ARISTÓTELES: Top. I, 18; SANTO TOMÁS: In Anal. Post; JUAN DE SANTO TOMÁS: Ars lógica, II, q, 1-2; DESCARTES: Reglas para la dirección del espíritu, I-V; J. STUART MILL: Sistema de lógica deductiva e inductiva, 1; E. HUSSERL: Investigaciones lógicas, I.

GÓMEZ IZQUIERDO: Análisis del pensamiento lógico; F. GONSETH: Qu’ est ce que la Logique?; W. S. IEWONS: Lógica; P. HONEN: Recherches de logique formelle; J. M. LE BLOND: Logique et méthode chez Aristote. P. FÄNDER: Lógica; K. PRANTL: Geschichteder Logik im Abendlande; A. TRENDELEMBURG: Elementa logicae aristoteleae; F. ÜBERWEC: System der Logik und Geschichte der logischen Lehre.

[1] El término “prueba” se toma aquí en un sentido estricto, a saber: como demostración que se realiza fundamentando unas verdades universales en otras. Las verdades concretas y singulares, que los sentidos captan de un modo material, se verifican o comprueban precisamente mediante la experiencia.

[2] De Veriate, q. XI, a. 1.

[3] Cf. SANTO Tomás: Comment. in Prim Lib. Analit. Poster., lect. 1.

[4] Cf. SANTO TOMÁS: In Boët. de Trinit., q. 5, a I, ad 2.

[5] “Quicquid recipitur, ad modum recipientis recipitur”.

[6] El más caracterizado representante del “psicologismo” es J. STUART MILL (véase su Sistema de lógica inductiva y deductiva); y el filósofo que más insistentemente lo ha combatido, E. HUSSERL (Investigaciones lógicas, vol. I de la traducción castellana, en “Revista de Occidente”, de M. GARCIA MORENTE y J. GAOS).

[7] De ob-iectum, lo que yace o está frente a algo o alguien; como lo conocido, está ante el cognoscente.

[8] Intentio se toma aquí en un sentido que nada tiene que ver con la voluntad; concretamente, en la mera acepción del intendere o “tender hacia”, pues de esta manera todo predicado es algo tenso o referido a un sujeto.

[9] La Escuela suele definirlo: quod est obiective tantum in intellectu.

[10] La expresión “como si fuese” insiste en que no es preciso juzgar, creer, que una falta de ser sea un ser, sino que basta con que así se la aprehenda.

[11] Cf. JUAN DE SANTO TOMAS: Ars logica, 2 pars, q. 1-2.

[12] Lo mismo ocurre en otras técnicas y artes. Pueden, así, servir de ilustración las siguientes frases del célebre compositor A. CASELLA, referidas al arte pianística. “No acabo de comprender bien la necesidad, reclamada por algunos tratados pianísticos, de conocer previamente la anatomía del brazo. No creo que ni GIESEKING, ni HOROWITZ, ni ZSCCHI, hayan estudiado tales ramas de la ciencia para conseguir los resultados que todos conocemos. Al contrario, si quisiéramos ser un tanto maliciosos, podríamos observar que los que no obtuvieron tales brillantes resultados fueron precisamente los que demostraron haber estudiado la anatomía a fondo”. (Del ensayo Il pianoforte, cap. VI.)

[13] Esta es la concepción que inspira a la lógica de Hegel.

[14] En esa separación estriba justamente el defecto esencial de la lógica de HUSSERL, y sus discípulos (la llamada “lógica fenomenológica”). Por reacción contra el “psicologísmo”, que fundada la lógica en la psicología, HUSSERL pretende elaborar una lógica autónoma, y para ello trata también de independizarla de la metafísica. La lógica fenomenológica adquiere carácter de una ciencia estrictamente particular.

[15] Cf. E. HUSSERL: investigaciones lógicas. y, vol. 1, pág. 256 de la traducción citada.

[16] Una sumaria y clara exposición de los método, de la “lógica matemática ” se encuentra en el Précis de logique mathématique” (Bassum, 1948), de I. M. BOCHENSKI

24 abril 2017

…máximas de Epícteto

24 de octubre de 2016

…máximas de Epícteto

I.- DE LOS BIENES VERDADEROS Y QUE NOS SON PROPIOS. 

DE LOS BIENES FALSOS Y EXTRAÑOS……………………p.35

01.- Nuestro bien y nuestro mal sólo existe en nuestra voluntad.

02.- De todas las cosas del mundo, unas dependen de nosotros: nuestros juicios y opiniones, nuestros movimientos, nuestros deseos, nuestras inclinaciones y nuestras aversiones: todos nuestros actos.

02.- Las cosas que dependen de nosotros son los nuestros juicios, opiniones, movimientos, deseos, inclinaciones, aversiones; en suma, todos nuestros actos.

03.- Las cosas que  dependen de nosotros son libres: nada puede detenerlas ni levantar obstáculos ante ellas.

…No dependen de nosotros el cuerpo, los bienes materiales, la reputación, las dignidades y honores…

04.- Las cosas que no dependen de nosotros …

…estas cosas son débiles, esclavas, sujetas a mil contingencias e inconvenientes y son extrañas a nosotros.

05.- Si intentas hacer tuyas las cosas que no dependen de ti, sólo encontrarás obstáculos, te sentirás turbado y acongojado a cada paso y tu vida será una continua lamentación contra los hombres y los dioses.

08.-  Ten muy en cuenta que el fin de tus anhelos es obtener aquello que deseas y el fin de tus recelos es evitar lo que temes. Porque ciertamente es desgraciado quien no obtiene lo que desea y es infeliz quien cae en lo que teme. Si profesas aversión a lo que es contrario a tu verdadero bien (que es lo que de ti depende), jamás caerás en lo que temas; ahora bien, líbrate de temer a la muerte, las enfermedades o la pobreza, porque entonces vivirás infeliz y miserable. Es decir, no debes temer las cosas que por no depender de ti son inevitables y teme sólo de las cosas que de ti dependan. En cuanto a los deseos, debes desear las cosas que de ti dependan, porque desear lo que no está en tu poder alcanzar es locura. Así pues, mientras llegas a conocer las cosas que se deben o pueden desear, con ánimo sereno, contentate con desear y temer las cosas suavemente, cautelósamente, examinándolas con tiento y sensatez.

09.- La enfermedad entorpece los actos del cuerpo, pero no los de la voluntad. Si me quedo cojo, tendré una dificultad para andar, pero no para mi espíritu.

10.- Cuando un cuervo lanza un graznido, que dicen de mal agüero, no te dejes llevar por tu imaginación; antes al contrario, raciocina contigo mismo y dí: “Ninguna de las desgracias presagiadas por ese augurio me atañe; […], que para mí  no hay, si me lo propongo, sino presagios felices, ya que suceda lo que suceda, de mí depende sacar en todo el mayor provecho.

11.-  Ante cada una de las cosas que te regocijan o que, por serte útiles y provechosas, sientas hacia ellas predilección, no dejes de darte cuenta de lo que verdaderamente son, [efímeras].

12.- Pues si quisieras que tus hijos, tu mujer o tus amigos viviesen eternamente, no querrías sino una locura, […]. De modo que si quieres que jamás tus deseos se vean frustrados, haz simplemente una cosa bien sencilla. No desees sino aquello que de ti dependa.

13.- Ten siempre muy en cuenta las siguientes consideraciones: ¿Qué es lo que me es propio y mío? ¿Qué es lo que me es ajeno y extraño? ¿Qué es lo que me ha sido dado? ¿Qué es lo que los dioses quieren que haga y lo que me vedan? […].

14.- Jamás te vanaglories de lo que de ti no dependa; de un mérito que en realidad te sea ajeno? […].

15.- La nobleza de un hombre procede de la virtud, no del nacimiento. […].

II.- —-   DE LA FELICIDAD……………………………………..p. 39

01.- (16).- Las cualidades esenciales de la verdadera felicidad son duración y estabilidad; durar siempre y que ningún contratiempo pueda perturbarla. […].

02.- (17).- Deberíamos alegrarnos y felicitarnos con nuestros semejantes sólo por las cosas que son causa de regocijo por útiles y honrosas.

03.- (18).- El deseo y la felicidad no pueden vivir juntos.

04.- (19).-  Los verdaderos días de fiesta son y deben ser para ti aquellos en que has vencido una tentación, o te has arrancado, o al menos dominado, el orgullo, la temeridad, la malignidad, la maledicencia, la envidia, la obscenidad en el lenguaje, el lujo o cualquiera de los vicios que te tiranizan. […].

06.- (21).-  […] la esencia del verdadero bien está en las cosas que dependen de nosotros, […] y […] desearás ser […] libre. Y piensa que para alcanzar esta libertad sólo hay un camino:  el desprecio de las cosas que no dependen de nosotros.

07.- (22).- […] bien desgraciado será (el hombre) […] si pierde el pudor, la bondad, la fidelidad, la justicia y cuantas excelencias imprimieron en su alma los dioses.

08.- (23).- […] ¿Cómo, pues, tú, puesto a prueba por los dioses –por los dioses, a quienes tanto debes, empezando por tu nacimiento—te atreves a lamentarte y dejar oír entre gritos tu desgracia?… ¡Qué cobardía ¡Qué miseria!

10.- (25).- Conserva bien lo tuyo y no codicies lo ajeno. Si tal haces, nada podrá impedirte ser dichoso.

11.- (26).- Sókrates quería mucho a sus hijos, pero los quería con conciencia clara de su cariño y sin olvidar que a quien es preciso amar ante todo es a los dioses. […].[…] dioses, que, precisamente, si nos han creado es para que seamos dichosos.

III.-   —-   DE LAS RIQUEZAS……………………………….p. 41

02.- (28).- No está en nuestras manos el ser ricos, pero sí el ser felices. […], la felicidad que proviene de la sabiduría dura siempre.

04.- (30).-  Has adquirido muchas cosas soberbias, muchos vasos de oro y de plata, muchas cosas ricas, y rico te crees.

Pero te falta lo mejor: careces de constancia, de sumisión a los divinos mandatos y de la tranquilidad de espíritu necesaria para apartar de ti los temores y sobresaltos. […].

05.- (31).-  Tan difícil es para los ricos adquirir la sabiduría como para los sabios adquirir la riqueza.

06.- (32).-  No es la miseria la que verdaderamente nos aflige, sino la avaricia; asimismo, no son las riquezas las que nos preservan de los mil temores que ensombrecen nuestra vida, sino la razón.

IV.- —-    DEL CONOCIMIENTO DE SÍ MISMO………………..p. 43

03.- (39).-  […]. Y, no obstante, es fuerza exista  una ley para conocer la verdad, porque no es hacer para regirse. […].

V.-   —-     SOBRE EL PROPIO PERFECCIONAMIENTO……………….p. 46

03.- (44).- Estamos compuestos de dos naturalezas perfectamente distintas: de un cuerpo que nos es común con los animales y de un espíritu que nos es común con los dioses. […]; de aquí proviene que unos –la  inmensa mayoría—no conciben más que pensamientos bajos e indignos, mientras los otros piensan noblemente. […].

04.- (45).- El verdadero bien del hombre está siempre en la parte por la cual difiere de las bestias. […].

05.- (46).- […]. ¿Qué te importa lo que pueda suceder desde el momento que puedes hacer de ello buen uso y sacar provecho, y puesto que hasta un contratiempo puede convertirse para ti en manantial de felicidades? […].

06.- (47).- Graba bien  en tu pensamiento la idea de la muerte, la del destierro y cuantas cosas pasan por terribles y muy desdichadas con objeto de que no te asalten jamás pensamientos bajos ni desees nada con exceso.

07.- (48).-  No olvides que eres actor en una obra, corta o larga, cuyo autor te ha confiado un papel determinado. Y bien sea este papel el de mendigo, de príncipe, de cojo o de simple particular, procura realizarlo lo mejor que puedas. […].

08.- (49).- Si quieres no ser jamás vencido, no tienes sino escoger combates en los que de ti dependa exclusivamente el salir victorioso.

09.- (50).- Si te propones desempeñar un papel superior a tus fuerzas, no solamente lo desempeñarás mal, sino que dejarás de representar aquél que hubieras desempeñado bien.

10.- (51).-  […] dime, ¿has cultivado, acaso, tu entendimiento? ¿Te has preocupado de adquirir juicios y opiniones sanas? ¿Te has interesado jamás por la verdad? […].

11.- (52).- […], los bienes exteriores, aquellos, [quebrantos de fortuna] los perdemos por una causa ajena a nosotros; es decir, de modo involuntario, y, por consiguiente, no es vergonzoso perderlos. En cambio, […] los bienes interiores [fidelidad, pudor, dulzura, modestia] no los perdemos sino por nuestra culpa; y si vergonzoso y reprochable es el no poseerlos, aún es más digno de reproche y de vergüenza el, teniéndolos, dejarlos perder.

12.- (53).- […] Tú, en cambio, no lisonjeas a nadie, ni a nadie adulas; cultivas tu alma, te afanas por adquirir conocimientos sabios, y tu examen de conciencia es poco más o menos éste: ¿He descuidado algo –te dices—de lo que contribuye a la verdadera felicidad y es al mismo tiempo grato a los dioses? ¿He faltado a la amistad, a mis semejantes o a la justicia? ¿He dejado de cumplir con mi deber de hombre honrado? […].

13.- (54).- […] Procura dominar el dolor, el miedo, la codicia, la envidia, la malignidad, la avaricia, la pereza y la gula. Y el único medio de vencer a estos monstruos es tener siempre muy presentes a los dioses, serles afecto y obedecer ciegamente sus mandatos.

14.- (55).- […] levanta los ojos al cielo y di a tu dios: Sírvete de mí, Señor, como mejor te plazca; nada he de rehusar de lo que te sirvieres enviarme; es más, justificaré tu conducta a los ojos de los demás hombres.

15.- (56).- En lugar de dispensar tu asiduidad a un rico, dispénsala a un sabio. […].

20.- (61).- No te rías mucho tiempo, ni a menudo, ni excesivamente.

22.- (63).- […] rechaza aquello que únicamente la molicie y la vanidad te pidan.

23.- (64).- Procura, siempre que puedas, guardar silencio, no hablar sino lo necesario, y aun esto con las menos palabras posibles. […], abstengámonos de las conversaciones triviales y comunes […]. Y menos aún hemos de hablar de los hombres, ora para denigrarlos o ensalzarlos, ya para establecer comparaciones entre ellos.

24.- (65).- Siempre que puedas, procura que la conversación de tus amigos recaiga sobre asuntos razonables, decentes y dignos. De hallarte entre extraños, lo más prudente es el silencio.

25.- (66).- […], eres hombre, ciudadano del mundo, hijo de los dioses y hermano de todos los demás seres humanos. […], puedes ser  senador […] padre, hijo o esposo. Pues bien: medita detenidamente a lo que cada uno de estos títulos te obliga y procura no deshonrar ninguno.

26.- (67).- […] y me preguntas si para no morirte de hambre debes rebajarte hasta aceptar los oficios más abyectos. ¿Qué puedo contestarte a esto?  Gentes hay que prefieren el oficio más bajo a morirse de hambre; otras hay para quienes lo indigno es lo menos tolerable. No es, pues,  a mí a quien debes consultar, sino a ti mismo.

27.- (68).- Los hombres se fijan ellos mismos su precio […] y nadie vale sino lo que se hace valer. Tásate, por tanto, como libre o como esclavo, ya que en tu mano está.

28.- (69).-

29.- (70).- He aquí una hermosa frase de Agripino: “Jamás seré un obstáculo para mí mismo”.

30.- (71).-

31.- (72).- Como has  nacido de padres nobles, estás tan hinchado de tu nobleza que no cesas de hablar de ella y de marcar con ella a todo el mundo. En cambio, olvidando lo que llevas en ti mismo, es decir, la divinidad –paternidad común y por excelencia de todos–, olvidas esta verdadera nobleza y acabas por ignorar tu procedencia y tu verdadero abolengo. Y, sin embargo, ello es lo que más presente debieras tener en todos los momentos de tu vida.  Ve lo que de continuo, para que no se te olvidase, deberías repetirte: Habiéndome creado la divinidad, en mí está y conmigo la llevo siempre dondequiera que vaya. ¿Cómo podré, entonces, mancharla con palabras obscenas, acciones viles y deseos infames?

32.- (73).- Si los dioses te hubiesen confiado la custodia de un pupilo, tendrías de él sumo cuidado y por todos los medios procurarías que tan sagrado depósito fuese respetado. Pues bien: piensa que te han hecho custodio de ti mismo y que te han dicho: No creemos poderte confiar a tutor más fiel y atento que tú mismo; consérvanos, pues, conservándote, este hijo tal cual es por naturaleza; es decir, pudoroso, fiel, valeroso, magnánimo y libre de pasiones y temores. […].

37.- (78).- ¿qué hombre hay invencible? Únicamente aquel que está firme en sus convicciones y que no vacila por ninguna de las cosas que dependen de nosotros; […] no basta resistir la tentación del oro si no se resiste la de la carne; […] hay que resistir a la gloria como a la calumnia y a la miseria, a la lisonja y a la muerte. […].

39.- (80).- Si puedes, no jures; si no tienes otro remedio, hazlo, pero cuando las circunstancias lo exijan imperiosamente.

42.- (82).- En la conversación corriente guárdate mucho de hablar de ti y no te complazcas, si la ocasión no es oportunísima, en referir tus proezas […].

43.- (83).- Y ten más cuidado en (no) desempeñar el papel de gracioso; porque sobre ser tarea muy desairada, trátase de un camino tan resbaladizo, que insensiblemente conduce a la chocarrería y a la liviandad, lo que ocasiona que los demás pierdan el respeto y consideración que puedan sentir hacia quien tal hace.

44.- (84).- Es asimismo muy peligroso dejarse arrastras por las conversaciones obscenas; así que, cuando  te veas obligado a oírlas, no desperdicies toda ocasión de manifestar tu disgusto a quien las haya fomentado. Si esto no puedes hacer, guarda al menos el más absoluto  silencio, dejando comprender por tu ceño y por la gravedad de tu expresión el desagrado profundo que tales conversaciones te producen.

46.- (86).-  Ten siempre presente el valor de Laterano. […].

58.- (98).-  Son señales inequívocas de que un hombre adelanta en el camino de la sabiduría: el no censurar ni alabar a nadie; el no hablar de los demás; el no censurar ni culpar a otro de los obstáculos que se oponen a sus deseos; el burlarse en secreto de quienes le alaban y lisonjean; el no tratar de justificarse y ensalzarse si se ve reprendido; antes por el contrario, callar cual el convaleciente que teme con una imprudencia estropear el principio de su curación; el haber extirpado toda clase de deseos y el haber renunciado enteramente a cuantas cosas no dependen de nosotros; […].

60.- (100).- Si se ofrece ocasión de hablar delante de ignorantes de alguna cuestión de verdadera importancia, guárdate de hacerlo, porque es verdaderamente expuesto lanzar de buenas a primeras opinión sobre lo que no se ha meditado. Y si alguien te acusase de ignorante en vista de tu silencio, habrá un medio seguro de que sepas si empiezas a ser filósofo, y es que su reproche no te moleste ni te incomode. […]. Del mismo modo tú no debes malgastar entre ignorantes bellas máximas; es mejor que, luego de bien digeridas, las manifiestes mediante actos convenientes.

70.- (110).- Ejercítate incesantemente contra las tentaciones y los deseos y observa tus impulsos considerando si son o no verdaderos caprichos y apetitos de enfermo. […].

76.- (116).- Cuando te sientas atacado por una tentación no dejes para otro día el combatirla, porque llegará ese día y tampoco la combatirás. […].

78.- (118).-  Debes medir tus deberes según los lazos que te unen con las personas. ¿Se trata de tu padre? Pues debes cuidar de él, obedecerle en todo, sufrir hasta sus injurias y sus malos tratos. [….]. ¿Qué tu hermano es injusto contigo? No importa; trátale como debe tratarse a un hermano y no mires lo que hace él, sino lo que tú debes hacer y en qué estado quedará tu libertad si cumples con los deberes que tu naturaleza te exige; porque nadie podrá ofenderte si tú no quieres darte por ofendido, ni te sentirás herido más que cuando creas que te hieren. […].

79.- (119).-  Es mucho mejor perdonar que vengarse. Perdonar es propio de una naturaleza buena y humana. Vengarse, sólo de una naturaleza feroz y brutal.

80.- (120).-  Al sol no hay que suplicarle para que dé a cada uno su parte de luz y de calor. Del mismo modo, haz todo el bien que de ti dependa sin esperar a que te lo pidan.

85.- (125).- [….] Cuando fallece la mujer de otro, enseguida le decimos que no se desespere, ya que se trata de algo inevitable e inherente a la condición humana; en cambio, si se trata de la nuestra, sin escuchar razones ni consuelos, nos deshacemos en gemidos y en llanto. Pues bien: se trata precisamente de acordarnos en las desgracias propias del estado de conformidad con que miramos las ajenas, si queremos ser menos desgraciados.

87.- (127).- Cuando dice que te corregirás mañana […]. ¿Por qué no corregirte hoy mismo? […].

91.- (131).- Cuando llegue a tu conocimiento una mala noticia, piensa que nada tiene que ver contigo, puesto que no respecta a cosa alguna de las que de ti exclusivamente dependen, de las que están en tu poder. […]. Acostúmbrate  a considerar que la pena no está más que donde está la culpa. […].

93.- (133).- No pruebes los placeres del amor, si te es posible, antes del matrimonio; y si los pruebas, que sea al menos según la ley. Pero no seas severo con los que usan de ellos, no les reprendas con acrimonia, ni te alabes de tu continencia.

IV.- —-    DE LA LIBERTAD Y DE LAS ESCLAVITUDES…………..p. 68

01.- (137).- El ser libres o esclavos no depende de la ley ni del nacimiento, sino de nosotros mismos; porque todas las cadenas y todo el peso de ciertas prescripciones legales serán siempre mucho más leves que el dominio brutal de las pasiones no sometidas, de los apetitos insanos no satisfechos, de las codicias, de las avaricias, de las envidias y demás desenfrenos. […].

02.- (138).- El que se somete a los hombres se somete previamente a las cosas.

03.- (139.- Aleja tus deseos y tus temores y no existirá para ti tirano alguno. Si tienes amor a tu cuerpo y a tus bienes, estás perdido; ya eres esclavo. Ello es tu verdadera cadena, tu punto vulnerable.

04.- (140).- Los dioses me han concedido la libertad, y como conozco y acato sus mandatos, nadie puede hacerme esclavo, porque tengo el libertador y los jueces que necesito.

05.- (141).- […]. […], la verdadera libertad consiste en querer que las cosas sucedan, no como se te antoja, sino como suceden.

06.- (142).- […]. No consiste la felicidad en adquirir y gozar, sino en no desear más. […].

07.- (143).- […]; no hay malvado que lo sea por querer serlo, y por consiguiente, no hay malvado que sea libre.

08.- (144).- […]. Lo que está confiado a nuestro cuidado […] es nada menos que el pudor, la fidelidad, la constancia, la sumisión a las órdenes divinas, la exención de dolores, turbaciones y miedos; en una palabra, es la verdadera libertad.

10.- (146).- […], todas las cosas exteriores nos someten y esclavizan desde el momento en que las codiciamos. […], todo hombre que quiera ser libre, deje de anhelar o de rehuir lo que no depende de él, pues, de lo contrario, forzosamente será esclavo.

19.- (154).- Diógenes decía –y decía muy bien—que el único medio de conservar la libertad es estar siempre dispuesto a morir sin pesar.

22.- (157).- […]: yo lo único que les enseño es la conservación de su pensamiento, que éste sí que es libre, enteramente libre, porque a la Divinidad le plugo hacerles dueños exclusivos de él.

23.- (158).- La esclavitud del cuerpo es obra de la fortuna; la del alma es obra del vicio. […]. A la esclavitud del cuerpo tan sólo una cosa pone término: la muerte; a la del alma, en todo momento, la virtud.

V.- —-     DEL LIBRE ALBEDRÍO…………………………………………..p. 74

01.- (159).-

VI.-  —-    DE LA RELIGIÓN Y DE LOS DIOSES…………………….p. 74

01.- (160).- Los dioses han creado a los hombres para que sean felices; luego, si son desgraciados, es por su propia culpa.

02.- (161).- Siempre prefiero lo que sucede, porque estoy persuadido de que lo que los dioses quieren es mejor para mí que lo que yo quisiera. A ellos, pues, mis movimientos, mis voluntades, mis temores. En una palabra: quiero lo que ellos quieren.

03.- (162).-

04.- (163).- […]. De los dioses hablo, que es en quienes reside el verdadero poder.

05.- (164).-  Comienza todas tus acciones con esta plegaria: “Condúceme, ¡oh poderosísimo Júpiter y tú. Invariable Destino! Hacia aquello que me tenéis destinado. Condúceme, que prometo seguiros derechamente y de todo corazón. […].

06.- (165).- Lo primero que hay que aprender es que hay un Dios que con su providencia lo gobierna todo, al cual no se le oculta ninguno de nuestros actos, como ninguno de nuestros pensamientos e inclinaciones. […].

07.- (166).-

08.- (167).- ¿Cuál es la naturaleza de la Divinidad? La ciencia, la diligencia, el orden y la razón. […].

09.- (168).-  Sabes que el fundamento de la religión  consiste en creer en los dioses, en tener de ellos opiniones rectas y claras, en no dudar que extienden su providencia sobre cuanto existe, que gobiernan el universo con probidad y justicia, que estamos en el mundo para obedecerlos y amarlos, para tener por bueno todo cuanto suceda, por emanado de ellos y para aceptarlo con buena voluntad y de todo corazón por tratarse de designios de una providencia tan buena como alta. Pensando de esta manera, nunca te quejarás de los dioses ni les acusarás de descuido hacia ti. Pero tales sentimientos no puedes alcanzarlos sino renunciando a cuanto  de ti dependa; […]. Así pues, el hombre que cuida conformar sus deseos y aversiones a las reglas antedichas, alimenta y fortalece su piedad. […].

10.- (169).-  Agradece a los dioses los bienes que de ellos has recibido y no olvides los beneficios con que te han colmado.

[…].

11.- (170).-

12.- (171).-

13.- (172).-

14.- (173).- ¿Quieres ser grato a los dioses?  Pues acuérdate de que lo que más aborrecen es la impureza y la injusticia.

15.- (174).-

16.- (175).-

17.- (176).- […], la protección de los dioses, nuestros verdaderos creadores y padres, [debería bastar], para alejar nuestras penas, inquietudes y temores.

18.- (177).-

19.- (178).-

20.- (179).-

21.- (180).- […] ¿No se te ocurriría nunca pensar en quién eres y por qué has nacido? ¿Morirás sin haber prestado atención al admirable espectáculo de este universo que la Divinidad ha desplegado ante tus ojos para inducirte a conocerLa?

22.- (181).- La Divinidad te ha dado armas para hacer frente aún a los acontecimientos más espantables. Tales armas son, entre otras, la grandeza de alma, la fuerza, la paciencia y la constancia. […].

23.- (182).-

24.- (183).-

25.- (184).-

26.- (185).- Mi deber, mientras disfrute de vida, es dar a los dioses gracias por todo, alabarles por todo, así en público como privadamente, y no cesar de bendecirles […].

27.- (186).- […]. Dueño eres entonces de un libre albedrío que nadie puede quitarte. […].

28.- (187).-

29.- (188).-

30.- (189).-[…]. Alabar a la Divinidad. […].

31.- (190).-

32.- (191).- […]. ¿Cómo puedes imaginar que nuestra alma, de esencia infinitamente más próxima a la divinidad que el resto del universo, vaya a estar sola y separada del ser que la ha creado? […].

33.- (192).-

34.- (193).-

35.- (194).-

36.- (195).-  ¿Habrá algo más inútil que ir a consultar a augures y adivinos sobre las cosas que ya nos están señaladas? […].

37.- (196).-

38.- (197).-

39.- (198).- […]. La Divinidad te ha concedido lo más grande, lo más noble, lo más excelso, lo más divino de que disponía; el poder de hacer buen uso de tus opiniones y el de encontrar en ti mismo tus verdaderos bienes. […]. Vive, pues, contento y no ceses de agradecer y de rogar a un padre tan magnánimo y bondadoso.

VII.- —-     SOBRE LA RESIGNACIÓN……………..p. 84

01.- (199).- No pidas nunca que sucedan las cosas como tú deseas, sino que deseas que sucedan como suceden, y prosperarás siempre.

02.- (200).- […]. Acostúmbrate a que no podemos disponer más que de lo que depende de nosotros y hemos de tomar lo demás tal cual llega.

03.- (201).-

04.- (202).- Aquel que se acomoda a lo que fatalmente sucede es sabio y apto para el conocimiento de las cosas divinas.

05.- (203).- Siempre y en todo momento debemos hacer lo que de nosotros dependa, permaneciendo firmes y tranquilos respecto a lo demás. […]. Porque no soy la eternidad sino simplemente un hombre, una parte del todo, como una hora es una parte del día. […].

06.- (204).-  Nunca ni por motivo alguno debes decir: he perdido tal cosa, sino la he devuelto. ¿Ha muerto tu mujer? La has devuelto. […]. De modo que no te quejes y disfruta de la vida, como el viajero disfruta de la posada que el camino le depara, […].

07.- (205).- Si los dioses me abandonan como me han abandonado en la indigencia, en la obscuridad y en el cautiverio, no es , porque me tengan odio; […]. Tampoco es por descuido […]. Lo que quieren es ponerme a prueba […].

08.- (206).-

09.- (207).-

10.- (208).- […]. A ver quién es capaz de mostrarme un estoico; es decir, un hombre que se cree siempre feliz, que se siente feliz en la enfermedad, en el peligro, despreciado y aun calumniado. […]. ¡Ea!, muéstrame si puedes un hombre conforme siempre con la voluntad divina, que jamás se queje de los dioses ni de los hombres, que nunca encuentre que se han frustrado sus deseos, a quien nada lastime, a quien no asalte la envidia, ni la cólera, ni la soberbia; que, con un cuerpo mortal, sostenga un secreto comercio con los dioses y que anhele despojarse de su perecedera vestidura corpórea para unirse con ellos en espíritu.

11.- (209).- ¿Tienes calentura? Pues si la conllevas como es debido, en ella tienes lo mejor que puedes desear. ¿Que qué es conllevar la calentura como es debido? Pues sufrirla sin quejarse de los dioses ni de los hombres; no alarmarse por lo que pueda sobrevenir; pensar que todo irá bien y si la muerte misma llega, aguárdala valerosamente como lo mejor; no alegrarte sobremanera si, por el contrario, el médico te asegura que vas mejor, ni afligirte si te afirma lo contrario. Porque ¿qué es estar peor? Simplemente acercarse al término en que el alma se separa del cuerpo. ¿y, sinceramente, crees y llamas un mal a esta separación? Además, si no es hoy, ¿dejará de acaecer mañana? ¿O es que piensas que se va a acabar el mundo con tu muerte? Vive, pues, tranquilo y sosegado lo mismo en la calentura que disfrutando de cabal salud.

VIII.- —-    SOBRE LA FILOSOFÍA Y LOS FILÓSOFOS……………….p. 87

01.- (210).-

02.- (211).-

03.- (212).-

04.- (213).- El comienzo de la filosofía es conocer nuestra debilidad y nuestra ignorancia y los deberes necesarios e indispensables.

05.- (214).-

06.- (215).-

07.- (216).-

08.- (217).-

09.- (218).-

10.- (219).-

11.- (229).-

12.- (230).-  No te des jamás el título de filósofo ni pierdas el tiempo en predicar hermosas máximas ante los ignorantes; lo único que debes hacer ante ellos es practicar simplemente lo que estas máximas aconsejen. […].

13.- (231).-

14.- (232).- Procura que tus austeridades y tus prácticas corporales no sean extraordinarias e increíbles; de no hacerlo así, serás más bien un saltimbanqui que un filósofo.

15.- (233).- […]. Lo primero, para poder mostrarse a los demás como un hombre a quien la filosofía ha reformado, es empezar por reformarse verdaderamente. […].

16.- (234).- Si queremos ser verdaderos filósofos, es preciso que pongamos nuestra voluntad en estado de aceptar y acomodarse a todo cuanto nos ocurra y a todo cuanto deje de ocurrirnos. Ello nos proporcionará la inapreciable ventaja de que nunca veamos defraudados nuestros deseos ni realizado el motivo de nuestros temores. […]. Y podremos […] con nuestros compromisos de padres, hijos, hermanos, ciudadanos, esposos, socios, magistrados y súbditos.

17.- (235).-

18.- (236).-

19.- (237).- El ignorante no espera de sí mismo su bien y su mal, sino de los otros. El filósofo tan solo espera bien y mal de sí mismo.

20.- (238).- […]. ¿Es orgullo lo que observas en la cabeza de Júpiter? No. Es firmeza, es estabilidad, es constancia, es seguridad en su poder. […]. Pues bien: yo trataré de imitar este gran modelo. Me verás fiel, modesto, valeroso e inaccesible a la turbación y a las emociones que causan los accidentes que llaman terribles. –¿Pero ¿te veré inmortal, exento de vejez y de enfermedades?  –No; pero verás que sé morir, y ser viejo, y ser enfermo; verás qué sólidos y templados son los nervios de un filósofo. –¿Y en qué consiste esta solidez y esta templanza? –En no tener jamás deseos frustrados ni temores mal dirigidos; en prevenir todos los males; en arreglar convenientemente todos los movimientos del alma; en que todos los designios sean hijos de prudente y madura reflexión y en que las afirmaciones sean tan sólidas y certeras  que jamás vayan seguidas del arrepentimiento.

21.- (239).- La primera y más necesaria parte de la filosofía es aquella que trata de la práctica de los preceptos; como, por ejemplo, del que establece que no debemos mentir. La segunda es la que hace las demostraciones; como: por qué no debemos mentir. […].

24.- (242).- […]. Haz, pues, tú otro tanto: que tu filosofía no se deje traslucir más que en tus actos.

IX.- —    DE LAS MUJERES…………………..p. 93

01.- (245).-  Es de ingratos y cobardes sostener que no existe diferencia entre la belleza y la fealdad. ¿Acaso una mujer fea agrada y embelesa la vista como una hermosa? Decir tal cosa es, no solamente torpe, sino impío; […].

02.- (246).- ¿Sabéis lo que hace el hombre que persigue a la mujer de su prójimo? Pisotear las leyes del pudor y de la fidelidad; violar la vecindad, la amistad, la sociedad y todas las cosas más sagradas y las más sagradas leyes. El que tal hace no puede ser ya ser considerado ni como amigo, ni como vecino, ni como ciudadano. […].

04.- (248).- Mientras las mujeres son jóvenes, sus maridos no cesan de elogiar su belleza y de llamarlas queridas y hermosas.

[…]. Nada es, por consiguiente, más útil y necesario que esforzarse en demostrarles que se las honrará y respetará en tanto sean prudentes, pudorosas y modestas.

X.-  —-     DE LOS CUIDADOS DEL CUERPO…. P. 95

01.- (251).- Señal evidente de un espíritu torpe es consagrar un tiempo excesivo al cuidado del cuerpo, al ejercicio, a la comida y a la bebida, […]. Porque nuestra grande y activa e incesante preocupación debemos consagrarla al espíritu.

02.- (252).- ¿Eres hombre o mujer? Si eres hombre, atavíate como un hombre y no pretendas pasar por un prodigio de indumento, […]. […], pero sí importa mucho que tu aseo sea serio y digno de un hombre.

03.- (253).-  La limpieza es para el cuerpo lo que la pureza para el alma. La Naturaleza misma enseña a ser limpio. […].

04.- (254).- ¿Cómo podrían atraerme, por hermosas que fuesen, las sentencias de un filósofo si él se me presentaba sucio, desaseado […]? ¿Cómo podría hacerme amar una doctrina de la que él era tan desagradable representante? […]. Cuidemos, pues, de la limpieza y de la decencia exterior. Y lo que digo de los maestros, dicho queda de los discípulos. Por lo que a mí respecta, cuando un joven desea dedicarse a la filosofía, prefiero y  deseo  que  acuda  a mis  lecciones   limpio  y  decentemente vestido, y no sucio y desgreñado. Detalle es éste por el cual juzgo, ya que posee alguna noción de la belleza y que se inclina a lo que es conveniente y honroso. […].

XI.-  —–    DE LA VERDADERA FILOSOFÍA……p. 96

01.- (255).- ¿Qué mi padre es malo? ¿Qué mi vecino es malo? Lo serán en tal caso para ellos mismos, pero no para mí. Para mí son muy buenos, por el contrario, pues su manera de ser sirve para que yo ejercite y fortalezca mi dulzura, mi generosidad y mi paciencia. […].

02.- (256).- Porque tu hijo, a quien adoras, según dices, está muy enfermo y no tienes valor para verle sufrir, te apartas de él. […]. ¿Y no es esto un inmenso y terrible disparate? […].

04.- (258).- Puesto que compadeces a los ciegos y a los cojos, ¿por qué no compadeces también a los malvados? ¿No comprendes que lo son a pesar suyo, como los cojos y los ciegos?

05.- (259).- Cada cosa ofrece dos aspectos distintos: uno que la hace fácilmente llevadera y otro que sólo ofrece dificultades. Por ello, si tu hermano te hace una injusticia, no le cojas por el lado de la injusticia que te hace, pues por ahí no debes cogerle ni podrías llevarle; tómalo por el otro asidero, es decir, el que te muestra un hermano, […], es decir, por el lado bueno, lo que te le hará soportable.

06.- (260).- ¿Qué adelantarías con injuriar a una piedra que es incapaz de oírte? Pues bien: imita a la piedra y no oigas las injurias que te dirijan.

07.- (261).- Ten en cuenta que no es quien te injuria, ni quien te pega, quienes te maltratan, sino la opinión que de ellos tienes y que te hace mirarlos como enemigos. Del mismo modo, cuando alguno te aflige o incomoda, no es él verdaderamente quien tal hace, sino tu propia opinión. Procura, pues, que tu imaginación no te venza, pues si lo consigues empezarás a ser dueño de ti mismo.

08.- (262).- Así como un maestro de gimnasia, ordenándome levantar pesos y hacer toda clase de ejercicios, endurece y desarrolla mis músculos, […], tal me ocurre con quienes me maltratan y me llenan de improperios, pues desarrollan mi paciencia, mi dulzura, mi clemencia. […].

09.- (263).-  Cuando alguno te maltrata de obra o de palabra, acuérdate de que lo hace porque se cree con derecho a ello. Es decir, que no obra según tu juicio, sino según el suyo propio. De modo que si te juzga mal, él solo se perjudica, ya que él solo se engaña. […]. Aprende a servirte bien y siempre de esta regla y podrás soportar con paciencia a cuantos hablen mal de ti, […].

10.- (264).- “¿No tengo razón en vengarme y devolver el mal que me ha causado?” –¡Pero si nadie te ha causado mal alguno, puesto que el bien y el mal no existen más que en tu voluntad! Y si otro se herido él haciéndote a ti una injusticia, ¿no es torpe que te hieras tú mismo devolviéndosela?

11.- (265).- Si alguno te trae la noticia de que otro ha hablado mal de ti, no te complazcas en refutar lo que haya dicho; al contrario, limítate a contestar con sencillez: “El que te ha hablado de mí en estos términos ignoraba, sin duda, mis otros vicios y defectos, pues a no ser así, no se hubiera contentado con citar únicamente éstos.”

12.- (266).- El hombre cuerdo espera siempre recibir de los malvados mucho más daño que el que recibe. Si le injurian, agradece que lo le hayan pegado; se le pegan, queda reconocido si no llegan a herirle; de herirle, se alegra de que no le hayan muerto.

XII.-  —–     DE LA AMISTAD………………….p. 99

01.- (267).-  La amistad es atributo sólo del sabio. ¿Cómo sería capaz de amar quien no sabe distinguir lo bueno de lo malo?

02.- (268).- No es posible que ame a los hombres quien ama las riquezas,  los placeres o la vanagloria. Sólo el que ama lo honrado y lo decente es capaz de amar a los hombres con verdad.

03.- (269).-  Para amar es preciso colocar al mismo nivel la utilidad, la santidad, la honradez, la patria, los padres, los amigos y la justicia. […].

04.- 270).- Si quieres saber si dos hombres son amigos […], pregunta […] si basan su amistad en aquellas cosas que de nosotros dependen y la sostienen y cimientan con opiniones sanas, […].

05.- (271).- El alma del vicioso es incapaz de amistad por lo mismo que, entregada a la inconstancia y al desenfreno, va siempre de un lado para otro empujada por sus opiniones y jamás satisfecha.

XIII.- –  SOBRE LA OPINIÓN ENGAÑOSA DE LAS COSAS…p.100

01.- (273).- Lo que perturba a los hombres no son precisamente las cosas, sino la opinión que de ellas se forman. Por ejemplo: la muerte en modo alguno es un mal; no obstante, opinamos todo lo contrario, y esto sí es un verdadero mal. Así, pues, cuando nos sintamos torturados, meditabundos o tristes, no acusemos de ello a nadie, sino a nosotros mismos, es decir, a nuestras propias opiniones.

02.- (274).- Sé de un hombre que, descontento de su suerte, corrió  a arrojarse a los pies de Epafrodito y le gimió que era el más desgraciado de los hombres […], puesto que todo su capital se reducía a cincuenta mil escudos.  ¿Y sabéis  lo que contestó Epafrodito? […] con la mayor seriedad […]: “Pero, desdichado, ¿cómo no me has hablado antes de esta terrible miseria? ¿Y cómo has tenido el inmenso valor de sobrellevarla sin morirte?”

07.- (279).-  ¿Qué fue una gran desgracia para Paris , la pasasen a el que los griegos entrasen en Troya, la pasasen a sangre y fuego, exterminaran a la familia de Príamo y se llevasen cautivas a todas las mujeres?  Te equivocas, amigo mío. La gran desgracia de Paris fue el haber perdido el pudor, la fidelidad, la modestia y el respeto a la sagrada hospitalidad, que violó inicuamente. […].

10.- (282).- Dices que si Sókrates, en vez de negarse a huir de la prisión se hubiese puesto a salvo, aún hubiera sido útil a los hombres. Pues bien: no, amigo mío. Lo que Sókrates dijo e hizo negándose a ponerse a salvo y muriendo por la justicia, nos es mucho más útil que cuanto hubiera podido decir y hacer si se hubiese escapado.

12.- (283).- Así como no está en manos del hombre admitir lo que le parece falso ni desechar lo verdadero, tampoco puede rechazar lo que cree bueno. […].

15.- (285).- […] aplicar la precaución a las cosas que dependen de ti y la confianza a aquellas otras que de ti no dependen; […] evitando por la prudencia los verdaderos males, [y] harás cara valerosamente a los falsos [males] de los que creas verte amenazado.

18.- (288).- […], ¿sabes lo que se aprende recorriendo la senda de la filosofía? Pues obedecer a los dioses, a refrenar los deseos y a hacer buen uso de las propias opiniones. […].

23.- (293).-  Decir simple y rotundamente que la salud es un bien y la enfermedad un mal, es falso. Lo que es un bien es usar bien de la salud, como un mal es usar mal. Como es un bien usar bien de la enfermedad, y un mal usar mal de ella. El bien puede encontrarse en todo, aun en la misma muerte. Menelao, hijo de Creón, ¿no sacó de ella un gran bien cuando se sacrificó por la patria? Indudablemente, pues puso de manifiesto su piedad, su magnanimidad, su fidelidad y su valor. […]. Desterrad, pues, toda clase de prejuicios y, si queréis ser libres, abrid los ojos a la verdad.

26.- (296).- Tu hijo y tu amigo han partido; se han marchado, y lloras su ausencia. ¿Ignorabas, acaso, que el hombre es un simple viajero? Sufre, pues, la pena a tu ignorancia. ¿Cómo podías creer que habías de poseer indefinidamente los seres que te son gratos […]? […].

27.- (297).- Que jamás te inquiete este pensamiento: “Siempre seré menospreciado; no seré nunca nada”, porque si el menosprecio es un mal, tú, ni nadie, puede caer en el mal por voluntad de otro, como tampoco se puede caer en el vicio. Y puesto que no depende de ti ocupar elevados destinos, como no depende el ser convidado a un festín, ¿cómo es posible que esto sea para ti motivo de deshonor o menosprecio? ¿Cómo es posible que no seas nunca nada, tú,  que no debes ser algo más que en lo que de ti dependa y en lo cual puedes llegar, si quieres, a ser mucho? […].

Lo que importa es que cada cual cumpla con su obligación y haga lo suyo. […].

XIV.- —-     DE LA MUERTE……………..p. 109

01.- (298).- Temes nombrar la muerte, cual si sólo su nombre fuese cosa de augurio funesto. Sin embargo, mal puede haber augurio funesto en lo que no hace sino expresar un acto de la Naturaleza. […].

02.- (299).- ¿Cómo te gustaría que te sorprendiese la muerte? En lo que a mí respecta, yo quisiera que me sorprendiese ocupado en algo grande y generoso, en algo digno de un hombre y útil a los demás; no me importaría tampoco que me sorprendiese ocupado en corregirme y atento a mis deberes, con objeto de poder levantar hacia el cielo mis manos puras y decir a los dioses: “He procurado no deshonraros ni descuidar aquellas facultades que me disteis para que pudiera conoceros y serviros. […]. / […]. Yo mismo me pongo en vuestras manos.”

03.- (300).- Las espigas nacen para ser segadas una vez maduras, y a nadie se le ocurre dejarlas en los campos, cual si fuesen cosas sagradas e intangibles. […].

04.- (301).- ¿Qué te importa el modo como hayas de morir? Que sea la fiebre, la espada, el mar, una enfermedad o un tirano, ¿qué más da? […].

05.- (302).- Cuando sea llegada mi hora, moriré; pero moriré como debe morir un hombre que no hace más que devolver lo que se le confió.

07.- (304).- Tarde o temprano, es fatal y preciso que la muerte venga a nosotros. ¿En qué nos encontrará ocupados? […]. / […].

En cuanto a mí, yo deseo de todo corazón que me encuentre ocupado en ordenar mi voluntad, a fin de llevar a cabo sin temor ni embarazo y como corresponde a un hombre libre este acto postrero. […].

08.- (305).- Todos tememos la muerte del cuerpo. Pero la del alma, ¿quién la teme? [*]

[* Nota del blog alma89]: Jesucristo venció a la muerte, es decir, con su resurrección y con la creencia en la existencia del alma inmortal, el hombre ya no debería tener miedo a la muerte del cuerpo, es decir, al  tránsito desde la vida terrenal a la vida en el “más allá” o fuera del tiempo.

XV.-    —-    MÁXIMAS DIVERSAS……………………p. 112

04.- (309).- Nadie puede ser malo y vicioso sin pérdida segura y daño cierto.

05.- (310).- […]. […], en una ciudad donde imperen las máximas que dicta la razón, reinará la decencia y el orden. […]; la policía estará bien reglamentada; los ciudadanos se casarán, tendrán hijos, los educarán y todos se esforzarán en servir a los dioses. El marido se contentará con su mujer, sin codiciar la del prójimo; con sus bienes, sin ambicionar los ajenos. […].

13.- (318).- Acusar a los demás de nuestras adversidades es propio de ignorantes; culparnos de ellas a nosotros mismos es señal de que empezamos a instruirnos; no acusarnos ni a nosotros mismos ni a los demás, he aquí lo propio de un hombre ya completamente instruido.

14.- (319).- Así como existe un arte de bien hablar, existe también el arte de bien escuchar.

15.- (320).- Si consigues demostrar al malvado que hace lo que no quiere y que no hace lo que quisiere hacer, lograrás corregirle. Pero si no sabes demostrárselo, no te quejes de él, sino de ti mismo.

16.- (321).- ¿A qué discutir con gentes que no se rinden ante las verdades más evidentes? […].

20.- (325).-  Es preciso no alarmarse a la ligera. Enviamos un mensajero a saber lo que ocurre; […]. Diógenes, […] nos ha dicho que la muerte no es un mal cuando no es vergonzosa; que la calumnia sólo es un rumor de gentes insensatas. […].

21.- (326).-

22.- (327).- […]. De modo que si pasas la noche en vela […]. […] con el fin de cultivar y formar tu razón y acostumbrarte a obedecer a la Naturaleza y a cumplir tus deberes, te llamaré laborioso: porque este trabajo es el único digno del hombre.

25.- (330).- […] la caridad del padre para con los hijos es tan natural,  que […][nunca] dejarían de quererlos, criarlos y educarlos.

27.- (332).-  Lo más insufrible para el hombre razonable es lo que carece de razón.

28.- (333).- […]. Que la justicia y la santidad son preferibles a todo, nadie lo pone en duda. Pero lo que es justo y santo es sobre lo que ocurren las divergencias. […].

31.- (336).- No hay que tener miedo de la pobreza, ni del destierro, ni de la cárcel, ni de la muerte. De lo que hay que tener miedo es del propio miedo.

33.- (338).- El sabio salva la vida al perderla.

34.- (339).- Es imposible que todo hombre que sea superior a los demás, o al menos se considere serlo, no se sienta hinchado de orgullo y no abuse de su autoridad, a no ser que sea muy instruido.

41.- (346).-  Dos cosas hay que quitarles a los hombres: la vanidad y la desconfianza.

45.- (350).- Los que sostienen que no existe ninguna verdad conocida desmienten este principio con una pretendida verdad; sea verdadera o falsa para ellos esta afirmación, siempre será una verdad conocida.

48.- (353).- […]. Y si tu nacimiento no ha sido ilustre, ¿no depende de ti corregirlo por medio de tus méritos?

50.- (355).- Un hombre te ha confiado un secreto, y consideras un acto de cortesía, de honradez y de justicia confiarle otro tuyo. Pues bien: eres un atolondrado y un estúpido. […]. / […]. No olvides, por tanto, que el que te confía un secreto no lleva, comúnmente, más que la máscara y el disfraz de hombre honrado. Por otra parte, lo que hace contigo no es muestra de confianza, sino intemperancia de lengua; lo que te cuenta al oído se lo cuenta a cuantos pasan a su lado. Es un tonel agujereado, que así guardará tu secreto como ha sabido guardar el suyo.

51.- (356).- Pruébame que tienes pudor, fidelidad, constancia y que no eres un cubo agujereado, y no aguardaré a que me confíes tu secreto, pues seré yo el primero en rogarte que oigas el mío; […].

53.- (358).-  […]. Si fueses razonable, cuando estás solo dirías […] que estás en reposo; en libertad, que gozas de ti mismo y que eres parecido a la divinidad; y cuando te encontrases en plena sociedad, […], lo llamarías fiesta o juegos públicos, y vivirías siempre contento.

55.- (360).- […]. […], ¿puede el príncipe, […], librarnos de las enfermedades, naufragios, incendios, terremotos y rayos? No; esta  paz  tan  sólo  los  dioses pueden darla,  y  el  heraldo  que  la publica  es la razón. El que disfruta de esta paz sí que va tranquilo y solo sin peligro durante toda su vida.

57.- (362).- Te quejas de la soledad; […]. Dios, contento siempre de sí mismo, consigo vive eternamente. Procura, pues, asemejarte a él, que esto sí está en tu mano. Habla contigo: ¡tienes tanto que decirte y que pedirte! […]. / […], pero, ¿no tienes un Padre inmortal que no cesa de velar por ti y de socorrerte en cuanto necesitas?

58.- (363).- Cuando veas a alguno sumido en el dolor y deshecho en llanto por la muerte o ausencia de un hijo, o por la pérdida de sus bienes, guárdate de dejarte arrastrar por tu imaginación hasta el punto de persuadirte de que ese hombre padece males ciertos por causas externas; al contrario, procura convencerte de que lo que le aflige no es lo que le ocurre –puesto que no aflige a los demás–, sino la opinión que él se ha formado.  No obstante, si es preciso, llora con él  y mira de calmar su dolor con buenas razones; pero evita que tu compasión vaya tan lejos que llegues a afligirte de veras.

59.- (364).- Nada posees que no te haya sido dado. El que todo te lo dio bien puede quitarte algo. […].

60.- (365).- Quieres envejecer, pero no quieres ver morir a ninguno de los seres a quienes amas. Es decir, quieres que todos tus parientes y amigos sean inmortales […].

61.- (366).- Mantente firme en la práctica de todas estas máximas y obedécelas fielmente, como si fueran leyes que no puedes violar sin cometer impiedad, y que nunca te preocupe ni turbe lo que dirán de ti, porque ésta es una de las cosas que no están en tu poder.

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Filosofar es esto: examinar y afinar los criterios.

Más frases sobre: Filosofía

Cuando hayas de sentenciar procura olvidar a los litigantes y acordarte sólo de la causa.

Más frases sobre: Justicia

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FUENTE:

12 modos de usar mejor el pensamiento

23 de junio de 2016

12 modos de usar mejor el pensamiento
Publicado el junio 23, 2016 por europa89
El pensamiento es, para bien o para mal, un arma poderosa. Nunca la usaremos de un modo perfecto (puesto que no somos dioses) y siempre cometeremos errores en mayor o menor medida. Aún así, es mucho lo que podemos hacer y aprender para usarlo del mejor modo posible.

1. Usa tu intuición o mente inconsciente. Si tienes un problema que resolver, dudas o indecisiones o alguna pregunta acerca de tu propio comportamiento (por ejemplo, “¿por qué me comporto de este modo?” “¿Por qué no puedo dormir?”, etc.), puedes plantearte ese problema o pregunta varias veces al día, sobre todo cuando te metas en la cama por la noche y luego no hacer nada más salvo esperar a que tu inconsciente haga el trabajo.

2. No te comportes como si el pasado fijara el futuro. Por ejemplo, si las cosas han salido de un modo determinado en el pasado, muchas personas tienden a pensar que sucederá siempre así en el futuro; pero eso no tiene por qué ser cierto. Si has obtenido el mismo mal resultado en varias ocasiones, puede ser debido a que estás haciendo algo mal.

Trata de averiguar de qué se trata o hazlo de un modo diferente la próxima vez.

3. El miedo es también un modo de pensar. Es cierto que el miedo es una emoción pero, como sucede con todas las emociones, está influenciada por tus propios pensamientos. Si piensas que algo terrible va a pasarte nada más salir por la puerta, tendrás miedo de salir. Por tanto, para acabar con ese miedo, tendrás que trabajar en tu pensamiento y modificarlo. Cada vez que quieras hacer algo pero el miedo te lo impida, trata de buscar qué pensamientos están influyendo en ese miedo. En el artículo El pensamiento como generador de emociones encontrarás más información sobre cómo tu pensamiento puede contribuir a que sientas determinadas emociones y cómo puedes usar tu pensamiento para controlarlas mejor y no dejarte arrastrar por emociones demasiado negativas o intensas.

4. Cambia tu “historia”. Las cosas que nos suceden nunca son del todo “reales” porque están teñidas por nuestras propias interpretaciones, que las colorean de un modo u otro. Es decir, cada vez que nos sucede algo nos contamos una historia a nosotros mismos (y a los demás) para dar sentido al suceso. También nos contamos historias acerca de quiénes somos y lo que podemos hacer o no. Pero esas historias pueden estar a veces demasiado distorsionadas y es necesario no considerar ninguna como totalmente válida, sino tan solo hipótesis que solo consideramos ciertas momentáneamente, mientras seguimos investigando y buscando nuevas interpretaciones. Por ejemplo, imagina que durante años te has contado la historia de que eres socialmente torpe; puedes empezar a cambiar esa historia pensando: “Tal vez no soy tan torpe, realmente…” Recuerda que las historias que te cuentas tienen un poderoso impacto. Úsalas sabiamente.

5. Errores de pensamiento. Conoce cuáles son los errores de pensamiento más habituales para no cometerlos con demasiada frecuencia.

6. Aprende a usar el debate de pensamiento como un modo de modificar tu pensamiento para hacerlo más realista y constructivo.

7. Usa un pensamiento crítico.

8. Sé optimista. Ser pesimista es como colgarse de la espalda una pesada carga que te impide hacer muchas cosas. Para aprender a ser optimista, nada mejor que el libro del que puede ser el principal experto en optimismo y psicología positiva: Optimismo aprendido, de Martin Seligman.

9. Deja de juzgar. Una de las lecciones más valiosas que puede enseñarlos el mindfulness o las psicoterapias de tercera generación (como la ACT) es a no juzgar. Lee el artículo Los componentes del mindfulness para saber lo que significa no juzgar y cómo puede ayudarte.

10. Cultiva la autocompasión. Es más importante y beneficioso de lo que podemos imaginar.

11. No pienses en lo que quieres dejar de hacer sino en lo que quieres hacer. Por ejemplo, en vez de empeñarte en que debes dejar de comer más de la cuenta, céntrate solo en comer sano y en todo lo que puedes hacer para comer sano. Otro ejemplo: no pienses en cómo dejar de cometer errores sino en cómo hacerlo lo mejor posible.

12. Deja de esperar y comienza a actuar. Es decir, piensa en términos de intenciones en vez de en términos de expectativas. Una expectativa implica un deseo de que algo suceda en el futuro (solo porque sí), mientras que una intención significa que vas a actuar para hacer que algo suceda en el futuro. Se trata, por tanto de algo que está bajo tu control, mientras que una expectativa es algo que está bajo el control del destino o el azar.

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FUENTE:

http://motivacion.about.com/od/pensamiento/fl/12-modos-de-usar-mejor-tu-pensamiento.htm

10 errores que impiden pensar y avanzar

Publicado el junio 23, 2016 por europa89

10 errores que te impiden avanzar
La vida puede ser a veces complicada y no siempre resulta fácil sacar el mayor partido de ella, llegar a ser lo máximo que podemos ser o ir mejorando nuestras vidas con el tiempo. Las malas decisiones, los errores cometidos, los golpes de la vida y otras circunstancias pueden hacer que acabemos tomando un camino que nos lleve hacia un lugar muy alejado de aquel en el que desearíamos estar. Los siguientes son algunos de los errores más comunes que pueden obstaculizar tu camino en la vida, impedirte avanzar o llevarte por el camino equivocado. Si los tienes en cuenta (o ayudas a tus hijos a tenerlos en cuenta) tendrás más probabilidades de tener éxito.
1. No usar bien tu pensamiento. Tu modo de pensar guía tu conducta. Las interpretaciones que haces de los acontecimientos determinan cómo vas a reaccionar ante ellos. La opinión que una persona tiene de sí misma, de los demás, del mundo o del futuro, está regida por sus ideas y esquemas de pensamiento.
Tu pensamiento es, por tanto, una de las herramientas más poderosas que tienes pero también puede ser una de las más destructivas si no aprendes a usarlo correctamente. Los siguientes artículos pueden servirte de ayuda, así como la sección sobre mindfulness:
Errores de pensamiento
Cómo tu imaginación y pensamiento determinan tu realidad
Cómo usar tu pensamiento para superar tus problemas de ansiedad
Pensamientos negativos. Cómo cambiarlos o eliminarlos
Obsesiones. El pensamiento obsesivo
El pensamiento de la persona deprimida
2. No tener metas ni saber lo que quieres. Si quieres avanzar, tendrás que dirigirte a alguna parte. No saber lo que deseas hacer o hacia dónde dirigirte puede llevarte a tomar malas decisiones, perder oportunidades o acabar llevando una vida que no deseas. Si no sabes lo que quieres, recurre a los demás, habla con todo aquél que quiera escucharte para tener así diversas opiniones, pregunta en los foros de internet, busca por todas partes…. Si es necesario, no dudes en acudir a un psicólogo para que te oriente. Por ejemplo, los test de orientación profesional pueden ayudarte a elegir tu futura profesión o a cambiarla por otra.
Más artículos sobre este tema:
Idear y perseguir metas: una de las claves del éxito en la vida
Cómo usar la psicología positiva para alcanzar tus metas o cambiar tu vida
Las metas que producen mayores logros
3. La ingenuidad. Creer que todo te irá bien solo porque sí, que nada malo te pasará, que la vida te traerá lo mejor o que el mundo da a cada uno lo que merece, implica ser un tanto ingenuo. En realidad, es un modo de pensar bastante típico de las personas más jóvenes. El problema es que cuando aprendes que la vida no suele ser así, puede ser demasiado tarde. Salvo a algunos pocos afortunados, la vida no suele ponernos las cosas demasiado fáciles a la mayoría. Si vas por la vida siendo un ingenuo que cree que la suerte te sonreirá en cada esquina, te llevarás muchas decepciones. ¡Despierta!
4. Irte a los extremos. Los extremos casi nunca conducen a nada bueno. Ser, por ejemplo, demasiado bueno o demasiado malo, demasiado generoso o demasiado egoísta, hace que pierdas ese equilibrio tan necesario para avanzar en la dirección correcta. Si observas la naturaleza, hay un continuo dar y tomar que se produce en la misma medida para que el equilibro se mantenga y el ecosistema sobrevida. Por ejemplo, la planta que toma nutrientes del suelo, los devuelve al perder sus hojas, que abonan el terreno. Por tanto asegúrate de que haya un equilibrio entre lo que tomes y des en tu vida.
5. No cambiar. Nadie es perfecto pero todos podemos ir perfeccionándonos con el paso del tiempo si nos lo proponemos. Supongamos que has tenido varias parejas y siempre ha salido mal. Si no te paras a pensar cuál es tu parte de culpa en estos fracasos y qué deberías cambiar en tu próxima relación, entonces volverás a cometer los mismos errores. Negarse a cambiar solo te llevará a cometer el mismo error una y otra vez. Si quieres avanzar en tu vida, haz lo posible por cambiar, evolucionar y crecer continuamente.
6. Infravalorarte. La opinión que una persona tenga sobre su propia capacidad influirá en su rendimiento. Es decir, si piensas, por ejemplo, que se te dan muy mal las matemáticas, rendirás peor en esta materia de lo que lo harías si pensaras que se te dan bien. Por supuesto, no es necesario autoengañarse. Basta con tener en cuenta que el cerebro humano es moldeable, que tu capacidad e inteligencia no son algo fijo e inmutable, sino que puedes desarrollarlas si te lo propones y te esfuerzas. Guarda tus “no puedo” en un cajón (o mejor en la papelera) y sustitúyelos por un “puedo hacerlo, solo tengo que esforzarme lo necesario”.
7. Tomar malas decisiones. Hay decisiones que van a ejercer una influencia importante en tu vida durante muchos años (o tu vida entera), como los estudios que realices, la profesión que escojas, el lugar en el que vivas, etc. Dado que no somos perfectos ni podemos leer el futuro, a veces cometeremos errores. No obstante, puede servirte de ayuda tener en cuenta lo siguiente:
No tomes las decisiones impulsivamente y sin pensar.
Piensa bien los pros y los contras, las posibles alternativas y los posibles resultados de cada alternativa.
No tomes decisiones importantes si tu estado emocional está alterado (por ejemplo, tras una discusión o tras un duro golpe de la vida). Espera un poco hasta estar en tu equilibrio y luego piensa con calma lo que vas a hacer.
Echa también un vistazo a estos artículos:
Cuando no sabes qué hacer. Toma de decisiones y clarificación de valores
Cómo tomar buenas decisiones
8. La ignorancia o falta de conocimiento. Tanto para elegir tus objetivos, como para decidir lo que vas a hacer o para tomar buenas decisiones, necesitarás tener la información suficiente y asegurarte de que sea una buna información. Imagina que deseas estudiar una carrera y la descartas porque alguien mal informado te dice que dura 7 años y te parece demasiado. La falta de información puede hacerte mucho daño. Por el contrario, tener la máxima información posible hará que el mundo sea para ti mucho más amplio porque verás muchas más opciones y posibilidades y sabrás lo que tienes que hacer para alcanzarlas. Busca en Internet, habla con mucha gente, lee libros y haz todo lo posible para conocer todo lo que el mundo puede ofrecerte. Una persona puede no saber qué camino seguir en su vida por la sencilla razón de que no conoce qué caminos hay.
9. Pensar que es demasiado tarde. Es cierto que a veces puede ser demasiado tarde pero yo en tu lugar me haría esta pregunta varias veces: ¿Seguro que es demasiado tarde? Tal vez solo lo sea en tu cabeza. No serías la primera persona que, tras elegir una trayectoria en su vida durante años, opta por cambiarla para hacer algo totalmente distinto con 40 años de edad. Tal vez para ti tampoco es demasiado tarde.
10. Negar la existencia de problemas psicológicos. Los trastornos o problemas psicológicos pueden impedir que una persona desarrolle todo su potencial y llegue hasta donde podría llegar si superarse dichos problemas. Si sospechas de la existencia de algún problema de este tipo no dudes en acudir a un psicólogo. Echa un vistazo al artículo: ¿En qué consiste una psicoterapia?

FUENTE:
http://motivacion.about.com/od/pensamiento/fl/12-modos-de-usar-mejor-tu-pensamiento.htm

Nietzsche, Heidegger

14 de junio de 2016


DIOS HA MUERTO – FRIEDRICH NIETZSCHE




Nietzsche





Nietzsche y la muerte de Dios, pt. 1/2


Nietzsche y la muerte de Dios, pt. 2/2




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Cómo estudiar Filosofía

El Origen de la Filosofía


¿Qué es la Filosofía? (Primera Parte)



¿Qué es la Filosofía? (Segunda Parte)



Nietzsche | Por Darío Sztajnszrajber



Heidegger | Por Darío Sztajnszrajber




Heidegger y el nazismo. ¿Hay nazismo en Ser y tiempo?



El ser-para-la-muerte. La muerte es la posibilidad que habita todas mis posibilidades.



una llamada telefónica crea un post

12 de noviembre de 2013

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P.D.: Estando en Uv***, recibí una llamada telefónica para sugerirme que

yo podría «retomar» sus clases de inglés en la cafetería Encascarados…

EL MODO DE VIDA TRADICIONAL, por Antonio Medrano

15 de junio de 2013

EL MODO DE VIDA TRADICIONAL, por Antonio Medrano
Publicado el junio 15, 2013 por hirania
Valioso, perenne e interesante articulo del mundo de la Sophia Perennis, de Antonio Medrano. Fué publicado hace unos 30 años en el libro “Cuadernos de formación tradicional”, editado por el Circulo Cultural Imperium
¿Cuál es la forma de vida propia del hombre de la Tradición? ¿Cuáles son la actitud y el estilo existencial más conforme a la vía tradicional? ¿Cómo hemos de conducirnos en nuestra vida diaria si queremos recorrer el camino el camino que la Sabiduría perenne nos enseña? ¿Qué pauta o norma de vida podemos seguir para aproximarnos cada vez más a su verdad en medio de un ambiente hostil como el de la actual civilización? He aquí algunos de los interrogantes que se plantean de forma inmediata quienes entran por primera vez en contacto con la doctrina tradicional, todos aquellos que comienzan a despertar al resplandor de su luminoso e imperecedero mensaje.

Puesto que la Tradición o la Sabiduría es ante todo vida, una forma integral de vivir, una realidad para ser vivida en todos y cada uno de los momentos de la existencia, no podría formularse pregunta más certera y oportuna como ésta acerca de la forma de vivir tradicional. Es esta la primera pregunta que todos deberíamos hacernos, no por pura curiosidad intelectual, sino para darle respuesta y proceder después en consecuencia tratando de aplicar dicha respuesta a nuestra propia vida única y uniforme, válida indiscriminadamente y por igual para todos los seres humanos. Más que de modo de vida tradicional habría que hablar, en rigor, de modos de vida tradicionales; pues múltiples y diversas son las vías existenciales que presenta el mundo de la Tradición, ofreciendo en este campo una rica gama de posibilidades adaptadas a las diferencias de época y lugar, así como a la diversidad de tipos humanos y de formulaciones doctrinales. En primer lugar, la forma de vida varía, en numerosas cuestiones de detalle, según las tradiciones. No es el mismo el modo de vida de un musulmán que el de un hindú, o el de un cristiano y un taoísta, como tampoco serían evidentemente idénticas las normas que regirían la vida de un antiguo germano y aquellas a las que ajustaba su existencia un egipcio o un azteca.

Y, en segundo lugar, aun cuando nos situemos dentro del contexto de una misma tradición, el modo de vida diferirá según la inclinación vocacional predominante en cada “casta” o tipo humano, según el sexo y condición de cada persona y según su capacidad o nivel intelectual. Así, por ejemplo, no se prescribe la misma actitud ante la vida para un hombre que para una mujer, como tampoco se exigen las mismas virtudes o cualidades, ni se exigen con igual rigor, a un individuo con escasas dotes y a un ser especialmente inteligente, capaz de percibir las cosas con mayor claridad y penetración. De forma semejante, la norma de vida válida para un monje resulta inadecuada para un padre de familia, al igual que no pueden aplicarse los mismos criterios a un contemplativo y a un hombre inclinado a la acción. El estilo existencial de la casta sacerdotal ha de ser, por fuerza, diferente del que resulta característico de la casta guerrera o de la mercantil. Con todo, no puede desconocerse que esa múltiple y plural constelación de formas de vida tiene en común un núcleo de principios fundamentales, que es precisamente lo que les hace pertenecer a un mismo mundo espiritual, presentándolas como partícipes de un mismo arquetipo cultural y como variantes de una misma forma de vida: la cultura y la forma de vida tradicionales. Es la coincidencia en unas normas básicas comunes lo que, al mismo tiempo que une y hermana entre sí todas esas formas de vida, tan diversas, por otra parte las contrapone sin paliativos al modo de vida imperante en el mundo moderno, profano y antitradicional.

Resulta, pues, legítimo hablar de una forma tradicional de vida, de la cual las diversas variantes a que hemos aludido no serían sino expresiones o modulaciones particulares. Las diversas formas tradicionales de vida son, en efecto, adaptaciones de la Vida normativa y esencial de la Tradición, al igual que las distintas tradiciones se perfilan como expresiones adecuadas a las diferentes condiciones humanas de la Verdad eterna, una y única. Es este modo de vida normativa y esencial, subyacente a todas las culturas tradicionales, lo que vamos a intentar bosquejar aquí en sus líneas maestras y con un lenguaje lo más asequible y escueto posible, sin tecnicismos, erudiciones ni florituras literarias. Y lo haremos, claro está, sin perder nunca de vista que nuestras palabras van dirigidas a personas cuya vida se desenvuelve preferentemente o de forma predominante en el mundo de la acción, y que han nacido y crecido en un ambiente refractario a las realidades y fuerzas, de naturaleza espiritual, que configuran tal modo de vida, como ocurre con la moderna civilización occidental.

En aras a la claridad, procuraré hacerlo de una manera esquemática, casi telegráfica, destacando varios puntos que me parecen especialmente importantes, aunque serán inevitables ciertas repeticiones o reiteraciones, dado lo entrelazados que se hallan entre sí los diversos aspectos analizados. Estas repeticiones ponen en evidencia hasta que punto tiene coherencia y unidad la forma tradicional de vida. Como nota o elementos fundamentales de la actitud tradicional ante la vida cabría destacar las siguientes:

1.- Asentar la vida en auténticos principios. Guiarse por la Verdad, elegir como base y cimiento de la propia vida los principios inmutables de la Tradición o Sabiduría universal. Completo acatamiento de la doctrina tradicional: tener siempre presentes sus enseñanzas y seguir sus orientaciones; conformar la totalidad de nuestra existencia a sus directrices y consejos. Supeditar a la Norma impersonal de la doctrina -que es el criterio de la pura objetividad- todos nuestros criterios, juicios, opiniones, tendencias, impulsos y actos, reduciendo a la mínima expresión, o mejor aún, erradicando por completo, el capricho y la arbitrariedad, la manía de originalidad y de independencia individual, el afán de protagonismo, el criticismo racionalista o sentimental y cualquier otra manifestación del individualismo.

La vida del hombre tradicional se distingue, ante todo, de la del hombre moderno, por este criterio doctrinal, por esta sumisión a la verdad y a los principios: mientras la vida del primero se halla inspirada por entero en una doctrina que orienta, ordena y da sentido a todos los aspectos de su existencia (una auténtica doctrina: sagrada, sapiencial, supra-humana, de origen trascendente, situada por encima de los criterios y las opiniones individuales), la del último se desarrolla con independencia de cualquier orientación doctrinal, al margen de toda doctrina, ignorando incluso lo que esta palabra significa. Careciendo de una pauta normativa que guíe su vida, el hombre moderno vive a su antojo, hace lo que le da la gana. El hombre tradicional, en cambio, vive como es debido, hace no lo que le apetece o le place, sino lo que es correcto, lo que es justo y necesario. Su comportamiento se ajusta a la Norma, y por eso puede ser calificado de normal, en la plena y genuina acepción de la palabra. Su manera de pensar, de hablar y de obrar se desarrolla con normalidad, en contraposición a la anormalidad del vivir moderno, completamente desorientado y desnortado en su radical anomia (ausencia de nomos, de ley o norma). Todo esto supone, evidentemente, un esfuerzo previo de conocimiento y asimilación del contenido doctrinal de la Tradición. Una vez dado este paso, hay que dejar que su mensaje transformador y vivificante penetre de modo natural en las diversas esferas y facetas de nuestra vida, de tal modo que vaya modelando, rectificando y ajustando nuestra misma manera de ser, nuestro modo de ver las cosas y de vernos a nosotros mismos, nuestra forma de comportarnos y de reaccionar ante los acontecimientos.

2.- Sacralizar y ritualizar la propia vida. Hacer que en ella se haga presente con la mayor intensidad posible la dimensión ritual y simbólica que constituye uno de los ingredientes capitales del mundo tradicional (para lo cual se hace imprescindible insertarse en una vía tradicional concreta; es decir, abrazar y seguir alguna de las diversas tradiciones ortodoxas). Rodearse de los ritos y símbolos sagrados de la Tradición, empapando con su luminosa influencia el propio ambiente existencial: el hogar, el recinto de trabajo, la indumentaria, el horario y el ritmo de vida. Procurar que el propio existir adquiera un perfil y un contenido sacrales, con contornos ritualizados y con sentido simbólico, en la medida en que lo permitan las condiciones de vida imperante en la civilización actual y las circunstancias personales de cada cual. Aprovechar, de manera especial, aquellos resortes y técnicas que la cultura sagrada pone a nuestra disposición para abrirnos a lo alto y plasmar en la vida diaria los contenidos de lo sacro: oración, meditación, lectura de textos sagrados, recitación de mantras o fórmulas sagradas (jaculatorias, invocaciones), práctica de mudras o gestos rituales (postraciones, genuflexiones y reverencias, santiguarse, gasho o saludo ritual con las manos unidas), adopción de asanas o posturas correctas. Sacralización de la misma postura, tanto física como mental, que se tenga en cada momento. Revestirse de un hábito o hálito cultural, litúrgico y sacrificial, incorporando al propio vivir esa componente de culto que es consustancial a la auténtica cultura (la palabra “cultura” viene de culto y cultivo: el cultivo de la tierra efectuado con los ritos adecuados, realizando sobre ella un culto que la consagra y la vuelve fecunda). Hacer de nuestra vida entera un acto de culto, un servicio divino.

3.- Unidad, integración y concentración. Buscar lo que nos une, lo que nos unifica y fortalece, lo que nos permite superar la desunión, el conflicto y el desgarro interno, y nos hace ser “un reino unido”, para decirlo con palabras de San Francisco de Sales. Afianzar la unidad en nosotros mismos. Esto -“unión”, “unidad”- es lo que significa la palabra sánscrita Yoga: toda disciplina sagrada es, en realidad, un yoga, una vía de unidad. La del hombre tradicional es una vida entera, íntegra, unida y bien ensamblada, de una pieza. Es un todo armónico, perfectamente trabado, en el que cada parte o parcela se integra orgánica y solidariamente con las demás. Y por eso es una vida plena de sentido. Es la totalidad simbolizada por el círculo, a la que cuadran en su más estricta significación las voces “integridad” y “entereza” (lo que está entero, lo que es “redondo”, completo o consumado). Todo lo contrario que ocurre al hombre moderno, cuya vida se halla desintegrada, escindida, descentrada, formando un informe y caótico conglomerado, sin centro ni eje de unidad.

Hay que practicar y cultivar todo aquello que nos haga ganar en integridad, interioridad, profundidad, elevación, centralidad y armonía. Así, por ejemplo: introspección, reflexión, contemplación, trabajo, estudio, arte, música, silencio, ejercicio físico y mental. Asentar nuestra vida en el orden, en la paz y el sosiego, en la calma y la quietud creadoras. Apartar, por el contrario, lo que nos divide y debilita. Eliminar, o reducir a su mínima expresión, cuanto signifique desintegración, disociación (entre religión y vida, entre teoría y práctica, entre trabajo y arte, entre lo que se dice y lo que se hace), agitación, dispersión, disipación, distracción (el vivir distraídos, no la distracción que supone una sana distensión del ánimo), superficialidad, frivolidad, ruido y desorden. Hay que procurar estar bien centrados. Articular la propia vida en torno a un centro inconmovible. Tener siempre presentes los principios que son el centro de nuestra vida. No estar continuamente mariposeando, yendo de un lado para otro, cambiando de ideas, de proyectos o de actividades. Centrar la atención en una sola cosa, con la duración que haga falta. No aturdirse proponiéndose hacer muchas cosas; no pretender abarcar demasiado, para ganar en calidad e intensidad. Aprovechar cualquier ocasión que se ofrezca para concentrar las propias energías. Elegir como norma la estabilidad y la firmeza. Cultivar las virtudes de la continuidad, el tesón, la paciencia, la tenacidad y la fidelidad como medios para habituarse a concentrar la atención y el esfuerzo durante tiempo prolongado. Ir a lo esencial. Frente a la tendencia actualmente dominante, en que la vida se vuelve superficial, trivial e insustancial, quedando la vida interior asfixiada por la agitación externa, dar primacía a lo interno sobre lo externo y superficial, antepones lo importante y esencial a lo accidental y accesorio. “¡Oh hombre, hazte esencial!”, recomendaba Angelus Silesius.

4.- Rectitud, nobleza, autenticidad y pureza de vida. Mantenerse siempre en el Recto sendero. Vivir en conformidad con la Ley divina, con la Norma eterna, con el Dharma universal. Rectitud en palabras, obras y pensamientos; que la totalidad de la propia existencia se rija por una actitud pura, justa y noble. Esforzarse por hacer siempre el bien y por hacer todo bien: actuar con voluntad de perfección; hacer con primor, esmero y exquisito cuidado cuanto hagamos, dando lo mejor de nosotros mismos. Comportamiento serio y responsable, atenido a lo que la inteligencia y la conciencia nos dictan, que sopese bien las consecuencias de sus propios actos. Ser sumamente cuidadoso en los propios planteamientos intelectuales o mentales: no dejarse embaucar por esa demagogia íntima que tantas veces obnubila la razón. Asegurarse de que nuestras ideas están bien fundadas, se justifican, no son fruto de la arbitrariedad, del capricho o de un arrebato momentáneo. Practicar los valores y virtudes que hacen que la vida sea auténticamente humana y digna de ser vivida: honradez, valentía, fidelidad, lealtad, prudencia, discreción, amabilidad, gratitud, perseverancia, diligencia, laboriosidad.

Asentar la propia vida en el amor a la verdad, en la sinceridad. Evitar la falsedad y la mentira, la doblez y la hipocresía, la traición a la propia norma interior, la colaboración las fuerzas del caos o la rendición a sus incitaciones. No engañarse ni engañar a los demás. Que la verdad guíe nuestra acción, procurando no equivocarnos, no caer en el error ni desviarnos del recto proceder. Que nuestra vida sea íntegra y auténtica, dando preferencia al ser sobre el aparentar.

Esta línea de alta exigencia moral supone nobleza, magnanimidad, grandeza de alma: el ideal helénico e la megalopsychia y el indo-ario del mahatma. Sólo un alma noble se siente atraída por tan noble y excelsa norma de conducta; sólo en un alma grande pueden entrar y tener cabida tan elevados principios; sólo un alma grande y noble puede responder a lo que de ella se pide y a las altas exigencias que plantea el Camino recto. Cultivar esta nobleza es uno de los principales propósitos de la disciplina tradicional.

5.- Vivir en armonía con el ritmo cósmico. Ajustar la propia vida a las leyes eternas de la Naturaleza, expresión de la Voluntad del Creador. El hombre es un cosmos en pequeño, un microcosmos, y ha de regirse por las mismas leyes que regulan el macrocosmos, el grandioso edificio del universo. Esto significa llevar una vida, sana, natural, ordenada, sencilla, sobria y equilibrada, absteniéndose de cualquier cosa que sea antinatural, de todo lo frívolo y superfluo, de lo que no es necesario o es perjudicial, de lo que sea artificio y ficción engañosa (así, por ejemplo, el ingente cúmulo de necedades, necesidades artificiales y problemas inventados que genera la civilización consumista). El orden de la propia vida ha de reflejar el Orden que rige la Creación.

Hay que ordenar la propia vida en todos sus aspectos: la mente, las ideas y los sentimientos, el horario y el calendario, las actividades que se realizan durante el día, las cosas que utilizamos y configuran nuestro ambiente vital. Se impone huir del desorden, de las situaciones caóticas, del lujo y la extravagancia, de lo excesivamente rebuscado o complicado. La naturalidad y la sencillez son el ideal del modo de vida tradicional, pues sólo una vida sencilla, austera y sin excesos puede ser una vida libre y auténtica, en la que arraigue la verdad.

6.- Respeto, cortesía, actitud amorosa y caritativa. Respecto a nosotros mismos y a todo cuanto nos rodea. Consideración reverente y responsable hacia la realidad en todas sus formas de expresión, hacia las leyes de la vida y hacia los seres que comparten con nosotros la existencia. Respeto al orden jerárquico, a la diversidad y a las diferencias cualitativas que configuran el entramado de lo real. Respeto a lo que tenemos por encima, por debajo y a nuestro lado. Respeto al prójimo, a aquellos que con nosotros conviven: respeto a sus inclinaciones y convicciones, a su vocación, a su espacio mental y vital, a su manera de ser y de entender la vida (postura esta que excluye el proselitismo, esa aberración tan característica del Occidente moderno, que le ha llevado a querer imponer su civilización al resto de los pueblos de la tierra).

Trato cortés, atento y amable con todo y con todos. No destruir, despreciar ni desperdiciar ningún bien. No maltratar ni ofender a ninguna de las cosas que tenemos ante nosotros o que utilizamos en la vida diaria. No perjudicar, no atacar, no dañar a nada ni a nadie. No mancillar nuestra propia dignidad ni la dignidad de la Creación. Mantener una actitud de sagrada veneración ante la Naturaleza, manifestación de la Realidad divina. Tratar con delicadeza, con la máxima atención y ternura las personas y los objetos (animales, plantas, cosas inanimadas) que nos acompañan en el peregrinar sobre la tierra, nos sirven como buenos amigos o fieles servidores y nos ayudan a vivir. Comportarse con todo lo existente con la responsable magnanimidad de un rey y con el entrañable afecto de un hermano. Saber cuidar las cosas que nos han sido dadas, que Dios nos ha confiado para poder cumplir nuestro destino y misión. Actitud comprensiva y compasiva hacia todos los seres, empezando por el ser que tenemos más cerca, que somos nosotros mismos: comprensión y compasión hacia mi propia persona; amarme a mí mismo como base para poder amar a los demás (amar y amarme que significa desear el bien para mí y par mi prójimo). El hombre tradicional abraza con su amor a la totalidad de las criaturas, viendo en ellas compañeros de camino e incluso hermanos. El universo entero cabe en su abrazo cordial y redentor, en el que se refleja el amor con que el Creador mira a su Creación y que recibe el nombre de “caridad cósmica”.

7.- Mente abierta, flexible y receptiva. Abertura del ánimo, en actitud de cordialidad, simpatía y empatía con todo cuanto vive. No cerrarse ni anquilosarse. Evitar cualquier forma de rigidez, de fanatismo, de obcecación o cerrazón mental. Conservar el propio espíritu siempre virgen, en un temple de frescor, blandura y flexibilidad que le capacite para dar la respuesta adecuada en cada ocasión y para adaptarse a lo que de él exijan las circunstancias. Estar dispuesto a rectificar o enmendar lo que sea necesario en la propia manera de ser y de actuar, a tenor de indicaciones certeras que se reciban. Actitud receptiva, acogedora, de escucha activa. No estar continua y exclusivamente oyéndose a sí mismo, obsesionado con los propios problemas e intereses. Vivir en continuo y generoso intercambio con cuanto nos rodea. Vivir con las ventanas del corazón abiertas al mensaje que nos llega de las personas y de las cosas. El universo entero es una revelación: a través de todos y cada uno de los hechos de la existencia se nos trasmiten verdades de la mayor trascendencia para nuestra vida espiritual. Cada momento, cada cosa y cada acontecimiento nos trae alguna enseñanza. Hay que colocarse en una disposición de ánimo que nos permita captar ese mensaje, esa voz íntima y secreta, prestos siempre a responder y corresponder como es debido, y a ofrecer ayuda allí donde sea necesario.

Solo en una mente abierta puede entrar la luz de la Verdad. Solo un espíritu totalmente abierto puede asimilar la doctrina tradicional. Por desgracia, el hombre ordinario vive encerrado en sí mismo, enclaustrado en su mundo y con su mente llena de vaciedades y fruslerías que le impiden captar lo realmente importante.

8.- Centralidad, equilibrio y mesura. El ritmo y la medida son los criterios existenciales del hombre tradicional, cuya vida se haya conformada por una aritmética y geometría sagradas. Mesura en todo: en el comer, en el beber, en el dormir y el descansar, en el pensar y el hablar, en el trabajar y el divertirse. Es el sé stesso misura (“se mide o mesura a sí mismo”) con que Dante define el comportamiento y estilo vital del hombre de bien (Purg. XVII, 98). Vida bien templada, sin los rigores de la frialdad o acaloramiento que suelen atormentar a los seres humanos: lejos tanto de frialdades glaciares, que hielan y endurecen el corazón, como de ardores abrasantes, que perturban la paz interior y arrasan cual violento incendio los campos del alma. Temperancia y moderación que eviten exageraciones y desviaciones dañinas, violentas intransigencias, radicalismos y rigideces, obsesiones y manías.

Buscar en todo instante el centro de equilibrio: el “Justo Medio”, equidistante del exceso y del defecto, del que habla la doctrina zoroástrica; el “Camino del Medio” de la doctrina budista; el “Centro aureo” postulado por Confucio y la tradición china; la senda simbolizada por el brazo central de la Y pitagórica. “En el centro está la virtud”, afirman al unísono tanto los autores clásicos del mundo grecorromano como los moralistas y místicos cristianos, Imponerse un método, una disciplina, una ascesis que, empleando técnicas perfectamente medidas, actúe como límite creador; una ascesis que no sea ni demasiado tensa ni demasiado relajada, ni excesivamente dura ni excesivamente blanda, distanciada por igual del hedonismo enervante y del ascetismo mortificador o masoquista. Guiarse, en las diversas vicisitudes y circunstancias del vivir cotidiano, por una mesurada austeridad, por una sana frugalidad y una noble sobriedad. Reducir al máximo los deseos, apetencias, aspiraciones y necesidades. Cultivar y fomentar tan sólo las aspiraciones y deseos nobles. Desechar todo lo degradante, lo que nos esclaviza al mundo de los sentidos, lo que acentúa el sentido del ego.

9.- Postura de radical desapego. La Abgeschiedenheit (“distanciamiento”, “apartamiento” o “aislamiento”) de la que habla Meister Eckhart, equivalente a la “pobreza de espíritu” evangélica. No vivir apegado a las cosas, agobiados por tareas y preocupaciones mundanas. No estar pendientes de lo que pasa y de cómo nos van las cosas; no estar movidos por la sed de dinero, de fama o de poder. Desprenderse del afán de poseer y dominar. No aferrarse a nada ni a nadie, de tal forma que no sintamos su perdida o nos desespere su desaparición; pues todo es perecedero y el aferrarse a ello, como si fuera a durar para siempre, no ocasiona sino dolor y pesar. Ánimo desprendido, desnudo, vacío, en radical soledad, con la mirada fija únicamente en lo Eterno. Lo que Eckhart llama “ánimo célibe” (lediges Gemüt); la “bondad indiferente” de Tertuliano, la “santa indiferencia” de los místicos españoles; el “soltar presa” que enseña el Zen. Ser pobre en medio de las riquezas: poseer las cosas con si no se poseyeran; no desearlas si no se poseen. Vaciarnos de todo: desprendernos de los impedimentos con que nos complicamos la vida y descargarnos del pesado e inútil bagaje que solemos acumular sobre nuestra alma.

La soledad interior como medio formativo y recurso liberador, como requisito para la inspiración y como base de la auténtica comunidad, no la soledad negativa, como aislamiento individualista e insolidario, como síntoma y amargo fruto del desamor. Un vivir solitario que es al mismo tiempo radicalmente solidario, pues está animado por el amor, nutriéndose de la Fuente del Amor eterno. Sólo con este desapego interior puede el hombre alcanzar la perfecta libertad; pues gracias a él consigue liberarse de sí mismo y de todo cuanto le rodea: ya no se ve afectado por los acontecimientos; los contratiempos no hacen mella en su ánimo, permanece siempre idéntico e impasible. Se instala en un estado de ecuanimidad, de equidad anímica o igualdad de ánimo (“la santa igualdad de ánimo”, que decía San Francisco de Sales). Sabe contemplar con un temple sereno la buena y la mala fortuna, el éxito y el fracaso, la alabanza y la censura.

10.- Eliminación del egoísmo. Extirpar cualquier tendencia egocéntrica y egolátrica. “El ego es el infierno”, repiten insistentemente los místicos cristianos, hindúes, musulmanes y budistas. El camino de la libertad pasa por el sometimiento y aniquilación del ego. Es el camino de la abnegación y del anonadamiento (el self-naughting de la mística inglesa). Ser nada para serlo todo. Hemos de vivir en un estado de completa sumisión a la Voluntad divina, ofreciendo a Dios todo cuanto hagamos o poseamos y aceptando todo cuanto él nos envíe. La voluntad propia debe borrarse para dejar paso a la Voluntad de Dios. En la vida cotidiana hay que mantener una postura de desconfianza y distancia hacia el propio yo: hacia todo lo que de él surja (emociones, opiniones, juicios, apetencias, preocupaciones, dudas, temores). Nuestro peor enemigo está dentro de nosotros: es nuestro ego, nuestro yo. De él provienen todos nuestros problemas. Este es el adversario que hemos de vencer si queremos que despierte y se afirme nuestra realidad espiritual.

Desprenderse de la noción de “yo y lo mío”, que de ordinario condiciona nuestra actuación y nuestro pensamiento a lo largo del día. Procurar vivir en un estado de anonimato, como si no fuéramos nada ni nadie. Como paso previo, ya que este nivel de total anulación del ego es sumamente difícil, convendrá que el ego adopte una actitud servicial, poniéndolo al servicio de la Verdad y haciendo que se considere servidor de Dios y del prójimo, con lo cual se irá depurando hasta que llegue a esfumarse casi por completo. Para liberarnos del egoísmo disponemos disponemos de un doble antídoto: la humildad y la generosidad. La humildad nos hace reconocer que somos muy poca cosa, que estamos llenos de debilidades y limitaciones, que somos falibles y corruptibles, y que todo cuanto tenemos lo debemos. La generosidad nos lleva a reconocer la valía y grandeza fuera de nosotros, a admirar lo que nos supera y a subordinarnos a ello, a entregarnos a lo grande y noble, a dar con liberalidad (prefiriendo dar a recibir) y a pensar en los demás antes que en nosotros. Operando conjuntamente, humildad y generosidad nos impulsan a buscar por encima de todo el bien, la verdad y la belleza, al tiempo que nos permiten someternos con facilidad y sin problemas a lo que por naturaleza estamos sometidos.

11.- Acción pura y desinteresada, realizada con sentido sacrificial. Hacer aquello que debe ser hecho sin preocuparse por las consecuencias que de ello se puedan derivar para nuestra persona. Cumplir el propio deber, con independencia del agrado o disgusto que nos ocasione la tarea a realizar y sin consideración al éxito o fracaso, a los buenos o malos resultados que se puedan conseguir, al aplauso o la crítica con que sean acogidos nuestro proceder y obra realizada. A la hora de emprender una actividad, no tener en cuenta las perspectivas de triunfo o derrota, de ganancia o pérdida, de premio o castigo, sino tan sólo la rectitud y conveniencia de la acción a realizar. Es el ideal del Karma Yoga de la tradición hindú: la acción desvinculada de los frutos, efectuada con total desprendimiento y ofrendada a Dios, sabiendo que él es el verdadero Hacedor, que nosotros sólo somos sus instrumentos.

Hacer bien las cosas no porque se nos vaya a premiar nuestra buena conducta, sino por amor al bien. Abstenerse de hacer el mal no porque uno vaya a ser castigado, sino por espontáneo y radical rechazo del mal como algo contrario a nuestra naturaleza. Vivir la acción como sacrificio, en la significación etimológica de la palabra: sacer facere=”Hacer Sacro” . Inmolar el ego en el altar de dicho sacrificio, hacer que se consuma en las llamas de ese fuego sagrado. Obrar con total desapego, sin ego, sin la noción “yo soy el que hace”, sin pensar que voy a obtener esto o aquello, que hay un sujeto que va a ser derrotado o va a salir vencedor. Realizar a conciencia, incluso con ilusión y entusiasmo, las tareas que nos correspondan, esforzándonos por que la nuestra sea una obra bien hecha. En los combates que haya que emprender, luchar con el mayor ímpetu por alcanzar la victoria, pero sin obsesionarnos con ella y sin temer tampoco la derrota. Perder y ganar con el mismo buen ánimo, como el buen deportista. Actuar, trabajar y combatir con espíritu deportivo. Actitud lúdica ante la vida, participando gozosamente en la Danza y el Juego de Dios, lo que los hindúes llaman el Lila divino.

12.- Vivir en perpetuo estado de alerta interior. Mantener una permanente actitud de atención y vigilancia (el sati budista). Estar siempre despiertos, atentos a lo que pasa dentro y fuera de nosotros. Ser en todo momento conscientes de lo que hacemos, pensamos y decimos; mantener bajo atenta observación los movimientos de nuestro cuerpo, nuestros impulsos y motivaciones, las conmociones que tienen lugar en nuestra alma. Darse cuenta cabal de la realidad en que vivimos inmersos, percibiendo con nitidez hasta sus más ínfimos detalles. Visión circular capaz de hacerse cargo de la totalidad de la situación ya la que nada pase inadvertido.

No vivir distraídos, despistados o atontados, dormidos o aletargados, sumidos inconscientemente en el puro devenir horizontal, como muertos en vida, como zombis o robots con apariencia humana. No permitir que nuestra mente funcione a base de automatismos y reacciones inducidas, como si fuéramos entes teledirigidos manipulados por quienes detentan los poderosos medios de comunicación de la moderna sociedad de masas. No dejar que la existencia vaya discurriendo sin apercibirnos del hondo misterio que encierra, sino justo lo contrario: despertar a la vida y estar siempre en guardia manteniendo la postura erguida y acechante del centinela que vela el tesoro de la ciudad interior. Es esta una actitud indispensable para el conocimiento de sí mismo y del mundo. Y es asimismo la única vía posible para conseguir la sumisión del ego, en lugar de ser él quien nos someta y esclavice.

13.- Vivencia del instante presente. Entrega íntegra y total a la acción del momento. Concentrarse en lo que uno hace en cada instante, con completo olvido de todo lo demás. Vivir de lleno, limpia e intensamente en el “aquí y ahora”. No estar pendiente de lo que fue o de lo que será, de lo que ha pasado ayer o de lo que puede pasar mañana. No dejar que nos invada la preocupación por el futuro ni el lamento o el remordimiento por lo ya acontecido. Identificarse con el quehacer actual, fundirse con la tarea que tenemos entre manos, sea ésta la que sea. Poner todo nuestro ser en aquello que hacemos , ya sea comer o trabajar, meditar o caminar, rezar o descansar, hablar con un amigo o contemplar una obra de arte. Consagrarnos a ello en cuerpo y alma, con todos nuestros sentidos, como si nos fuera en ello la vida (que realmente nos va en ello), como si de los más vital y trascendente se tratara, viviéndolo como algo sagrado. Fundirnos con lo real, con lo que es -es decir, con lo que ante nosotros aparee como dado en este momento-, en vez de estar contínuamente pensando en lo que podría ser o nos gustaría que fuese, lamentando no poder estar en tal o cual sitio y echando de menos esta o aquella actividad más grata y apetecible que podríamos estar haciendo ahora. De este modo la vida queda anclada en el Eterno Presente, en el Ahora supremo en el que resplandece la Presencia de Dios.

La vivencia del presente exige también no perder el tiempo; saber aprovechar cada pequeña parcela de ese bien tan valioso e irrecuperable que la Providencia pone a nuestra disposición; no permitir que el tiempo pase indolentemente; no dejar que se esfume desaprovechado o desapercibido ni un solo minuto de nuestro existir cotidiano. Todo lo contrario de esa actitud que se resume en la locución “matar el tiempo”. Matar el tiempo es matarse poco a poco. Perder el tiempo es perder la vida, suicidarse lentamente. Sólo quien emplea bien su tiempo en buenas acciones, plenas de contenido, salva su vida, la hace provechosa y le da sentido.

14.- Esfuerzo heroico y voluntad combativa. Para vivir la vida como es debido hace falta tensión afirmadora, espíritu de lucha, energía interior, fuerza y tenacidad, virilidad espiritual (la virya indo-aria, la virtus romana, la areté helénica). Esfuerzo sostenido con persistencia, exigencia y rigor, acción continuamente orientada a la perfección. Trabajar y trabajarse sin cesar. Desconfiar de todo lo que sea pasividad, abandono, inercia, ociosidad, somnolencia, abulia, desidia, dejarse llevar. Empeño y resolución para realizar el propio destino, para llevar a cabo la misión única e intransferible que nos ha sido encomendada en esta vida, para modelarnos y perfeccionarnos, para avanzar en el sendero de la Liberación y la Iluminación. Coraje y determinación para vencer todas las dificultades que se interpongan en nuestro camino. Y sobre todo tesón y perseverancia en la consecución del objetivo propuesto y en la práctica de la disciplina elegida. no desanimarse por los fallos y errores que se cometan; no rendirse ante la constatación de la propia debilidad. Lucha implacable contra las potencias del caos y de las tinieblas, dondequiera que se insinúe su presencia, y de un modo especial en el terreno que más nos concierne y que tenemos más próximo: en su proyección dentro de nuestro propio ser. Dicho con otras palabras: guerra sin cuartel contra el dragón que se oculta en la caverna de la propia individualidad. Es lo que la doctrina tradicional designa con el nombre de “gran guerra santa”. La vida ha de ser vivida como un combate al servicio de Dios, como una lucha sagrada por el triunfo de las fuerzas del orden y la luz. “Milicia es la vida del hombre sobre la tierra”, dice la Biblia.

15.- Autodominio y señoría de sí mismo. Imperio sobre la propia individualidad. Lo que Lao-Tse llama “conquistar y conservar el Imperio”. Ser dueño y señor del propio mundo psíquico y mental, de las propias reacciones y emociones. No dejarse llevar por los sentimientos; no permitir que la propia irracionalidad nos maneje y nos dicte la manera de pensar, de hablar y de actuar. No enajenar ni alienar nuestra vida interior. Vivir desde uno mismo, y no desde instancias externas, a impulsos de resortes ajenos. No estar a merced de lo que ocurra en nosotros o en torno nuestro; no estar sujeto a los vaivenes que pueda experimentar el alma. Dominar las pasiones, en vez de dejar que sean ellas las que nos dominen. Poseer las cosas en vez de ser poseído por ellas. Que nada pueda mandar sobre nosotros, esclavizarnos o sojuzgarnos. Que le propio mundo personal sea semejante a un imperio o reino bien regido, sin rebeldías ni insubordinaciones ilegítimas, obediente a la Ley del Cielo. Un imperio fuerte y poderoso, pero al mismo tiempo benigno, suave, humano, flexible. Que la propia vida se organice como una comunidad rectamente ordenada, articulada con arreglo a la justicia y de acuerdo a la correcta jerarquía, con un principio dominador firmemente asentado en el propio centro. Que la realidad espiritual, el Yo superior, mande como rey sobre le plano de lo físico y psíquico, sobre el yo inferior, efímero y contingente. Sólo sobre esta base es posible la verdadera libertad. Ser libre es dominarse, ser dueño de sí, ejercer un control inteligente, justo y sereno sobre el propio ser, sometiéndolo a los dictados de la inteligencia y de la Norma espiritual -sometiéndolo, no tiranizándolo-.

16.- Claridad, lucidez, racionalidad. Comportamiento lógico y racional, animado por el logos ordenador, por la razón clarificadora y desbrozadora de las sombras que suelen adueñarse del alma. Mantener en todo instante un estado de claridad mental, de luminosidad intelectual, de lúcido discernimiento. No tolerar que la propia mirada se vea nublada por el error o la ignorancia (la avidya de la doctrina budista y vedantina, la ceguera espiritual). Impedir que el elemento irracional determine los criterios rectores de nuestra vida. Moverse en un permanente clima de inteligencia y sensatez: que en el propio mundo psíquico impere la luz y que en él no se ponga nunca el sol de la cordura.

Mantenerse alejado de la insensatez, la torpeza física y mental. Huir de todo lo que sea confusión, ofuscación, ideas poco claras, sentimentalismo (predominio de lo sentimental, el sentimiento como criterio y regla de vida), oscuro misticismo, sugestiones colectivas, gregarismo y fenómenos de masas, manipulación de los estratos subconscientes de nuestra psique (cosas todas ellas que están a la orden del día en los tiempos que corren). Evitar cualquier clase de intoxicaciones, adicciones o espasmos emotivos que ofusquen y ensombrezcan nuestra mente, que disminuyan nuestra consciencia, que rebajen nuestra lucidez intelectual y nuestra fuerza volitiva. No consumir drogas, narcóticos o productos alucinógenos, que adormezcan o inhiban nuestra capacidad de acción y reacción, que nos hundan en la penumbra o siembren en nuestra alma la desidia o la impotencia. No abusar de las sustancias calmantes y estimulantes, en las que el hombre moderno tiende a confiar ciegamente, delegando en ellas el control de su vida. Evitar que haga presa en nosotros las técnicas de envilecimiento, de condicionamiento de la mente y de amaestramiento colectivo que tan enorme desarrollo han adquirido en la civilización moderna. Al hablar de la necesidad de evitar las drogas, esto incluye también aquellos productos intoxicantes más sutiles, que podríamos calificar de drogas culturales, psíquicas o mentales, con las que se nos bombardea sin cesar y que forman parte del lavado de cerebro y de carácter a que se ve sometido el hombre de hoy.

17.- Actitud profundamente objetiva y realista. No desvirtuar, tergiversar, distorsionar ni violentar la realidad. Ver las cosas tal como son, y no pretender verlas como quisiéramos que fueran, proyectando sobre ellas nuestro subjetivismo deformante. Conservar una postura de central imparcialidad, de impersonal objetividad, que excluye no sólo cualquier actitud partidista o sectaria, sino también el ilegítimo aferramiento a preferencias individuales, el teñir la realidad con el color de los propios deseos o el encastillamiento en enfoques parciales. Normas básicas a tener en cuenta son aquí: el no engañarse con las propias construcciones mentales o mediante ingeniosos malabarismos dialécticos; el aceptar la realidad en toda su desnudez, en vez de sacrificarla o supeditarla a los propios gustos, apetencias o manías; saber captar la verdad objetiva, sin deformaciones interesadas; anteponer la verdad a cualquier otra consideración y acostumbrarse a preferir la verdad pura y simple a cualquier interpretación edulcorada de los hechos. Es necesario, sobre todo, mantener una actitud imparcial y neutral ante nuestra propia vida anímica: ante nuestras alteraciones emocionales, ante los altos y bajos que pueda experimentar nuestra alma, ante el impacto del placer o del sufrimiento, ante las consecuencias afirmadoras o negadoras del yo que traigan consigo los acontecimientos. Sólo así podremos dejar de vernos zarandeados por las conmociones del psiquismo.

18.- Aceptación, confianza y alegría. Alegre y serena aceptación de lo que ocurre, de todo aquello que la vida nos trae, viendo en ello algo que Dios nos envía para nuestro propio perfeccionamiento. Gozosa afirmación de la vida, con todos sus bienes y pesares, considerada como un don de Dios que hay que saber aprovechar para hacer rendir los talentos que se nos han dado. Y al mismo tiempo, tranquila aceptación de la muerte, mirada cara a cara, sin rechazo ni temor. Confiar en la Providencia divina, en la Ley sabia y amorosa que rige el orden cósmico. Conformidad con el propio destino, con la propia suerte y condición (el propio karma), sabiendo que nada es casual, que todo tiene su sentido, pues descansa en una profunda lógica y obedece a leyes precisas que rebasan nuestra comprensión. No quejarse ni caer en el pesimismo. No caer tampoco en un ciego fanatismo, sino actuar con energía cuando se trata de enmendar una situación deplorable o indeseable. Ver las cosas por el lado bueno y positivo. Saber extraer lo mejor de las experiencias, como la abeja que saca la miel de las flores amargas.

Fidelidad al svadharma, a la ley o norma del propio ser, a la norma que rige nuestra naturaleza personal y nos señala nuestro destino. Lejos de hallarse movido por la ambición, por el afán competitivo, por la obsesión de progreso y ascenso en la escala social (la absurda manía de ser o aparentar ser más que los demás o, cuando menos, de igualarse al que está por encima), el hombre tradicional no anhela otra cosa que estar en el propio puesto, aquél que corresponde a su propia naturaleza, a su más íntima vocación, a sus cualidades, aptitudes y méritos. No hay nada más alejado de la norma tradicional que la insatisfacción, la agresividad, el perpetuo descontento, la envidia y el resentimiento, actitudes malsanas que son fomentadas y atizadas por la moderna civilización del igualitarismo y el consumismo. Una vez más, naturalidad, rectitud, autenticidad y sencillez. El hombre tradicional vive conectado a las fuentes de la alegría (el Ananda o Gozo divino). Por eso es inasequible a las potencias abisales que entenebrecen la existencia humana y extienden sobre ella el negro velo de la tristeza, que es el peor veneno del alma. Vive contento con lo que es y lo que tiene. No se rinde jamás a la amargura, la angustia o la apatía. Su temple vital se caracteriza por la simpatía, el sentido del humor y una jubilosa ingenuidad. La sabiduría se compadece mal con estados del alma como la irritación, la melancolía, la adustez, el desabrimiento y el malhumor; es risueña y jovial, como lo prueba la sonrisa que resplandece en el rostro del Hombre divino, sabio o liberado (Cristo, buddha, Lao-Tse, Ramana Maharshi). También en este punto su forma de vivir se presenta en abismal contraste con la del hombre moderno, cuya vida es triste y angustiada, insípida y monótona, aburrida y sombría, amenazada por la depresión y la náusea vital, lo que le lleva a buscar la evasión en paraísos artificiales, tan lúgubres como penosos y esclavizadores.

19.- Llenar la vida de belleza y poesía. Vivir con sentido poético; esto es, con sabiduría y amor, proyectando luz sobre las cosas, descubriendo las profundas riquezas que encierra la vida. Moverse y mirar el mundo con vocación creadora y armonizadora, con una visión de totalidad, incorporando al propio vivir la fuerza renovadora que en sí contiene la poesía. Hacer de nuestra propia vida una obra de arte, una realidad bella, armónica y bien formada, en la que se realice de forma efectiva la síntesis de aquellas tres cualidades del Ser -el bien, la verdad y la belleza- puestas de relieve por la filosofía platónica. Incorporar la elegancia, la finura y la delicadeza a las diversas manifestaciones que configuran nuestra existencia cotidiana.

La cultura tradicional se halla bañada en un mar de poesía y belleza. Todo en ella es bello y va envuelto en un delicado aliento poético: desde los textos sagrados a la arquitectura de los templos, desde los símbolos de los utensilios que es usan en la actividad diaria, desde el vestuario a las formas de vida. A diferencia de lo que ocurre en la moderna civilización industrial, donde el arte es algo separado de la vida cotidiana, reservado a una minoría de individuos privilegiados y ociosos, en la cultura tradicional todo hombre es un artista y un poeta: todo lo que hace tiene un valor poético y artístico; va creando arte y poesía a medida que vive. Si la belleza es el resplandor de la verdad, una vida que esté enraizada e inspirada en la verdad será una vida bella, de la misma forma que quien da la espalda a la verdad o la desprecia estará condenado por fuerza a penar bajo el error y el horror, cayendo en una existencia fea y deforme. La vida del hombre tradicional , lo que es tanto como decir del hombre normal, se halla en las antípodas de la vida prosaica del hombre moderno, una vida gris y opaca, que se ve asfixiada por la fealdad y la insustancialidad, abrumada por enormes monstruosidades de toda índole.

20.- Disciplinar el cuerpo y la mente. Ejercitar el cuerpo, para fortalecerlo, endurecerlo y darle flexibilidad y resistencia. Saber aprovechar todas sus energías y desarrollar todas sus potencialidades, de tal modo que se convierta en un firme apoyo para la obra de elevación y realización espiritual. No olvidar nunca que la meta a alcanzar es el desarrollo integral, armónico y equilibrado de la persona. La doctrina tradicional -distante por completo de aquellas aberrantes corrientes espiritualistas que creen ver un irreductible antagonismo entre espíritu y materia, entre alma y cuerpo, mirando con desprecio este último- valora con especial énfasis el ejercicio físico y el cultivo de la realidad corporal del ser humano, actitud que tiene su fundamento doctrinal en la consideración de lo sensible como manifestación de la realidad espiritual y en la estrecha conexión existente entre cuerpo, alma y espíritu. Prueba de ello es la importancia que en la cultura tradicional adquieren el trabajo manual, la artesanía, el canto y la danza, el deporte como acción sacral (los juego griegos, las artes marciales orientales, el Hatha-Yoga). La música y la gimnasia son las dos palancas propuestas por Platón para la formación del hombre ideal (yendo comprendida en la noción griega de “música” también la poesía). Cabría recordar asimismo el importante papel que en las técnicas iniciáticas desempeñan la postura corporal, el mismo ritmo de la respiración o la concentración en determinadas zonas del cuerpo. En la doctrina cristiana el cuerpo humano es concebido como “templo vivo del Espíritu Santo”, de la misma forma que el universo se revela como cuerpo y templo de Dios.

Más importante aún que la disciplina del cuerpo, es la disciplina de la mente. Somos lo que pensamos. De como funcione nuestra mente, depende cómo sea nuestra vida. La mente es lo mejor y lo peor que tiene el hombre: lo mejor, cuando está controlada, cuando ha sido afinada y depurada; lo peor, cuando campa por sus respectos y se agita desbocada, sin control ni freno alguno. Hay que someter y purificar la mente para que se vuelva flexible, transparente y permeable a la influencia del espíritu. Entonces funcionará de manera correcta, convirtiéndose en un espejo que refleja la luz de la Mente divina. En realidad, el adiestramiento y fortalecimiento del cuerpo ha de cooperar a esta labor de catarsis mental, tal y como lo expresa el viejo adagio latino mens sana in corpore sano.

21.- Conciencia de la Presencia divina. Hay que recordar sin cesar, tener viva en la mente, como un dato de la más palpitante evidencia, la idea de que la Divinidad se halla presente en el centro de nuestro ser y en el mundo en que vivimos, en todo cuanto nos rodea. Lo Absoluto no es algo extraño y distante, sino una realidad omnipresente; presente en el universo entero y en lo más íntimo de nosotros mismos.

Tener conciencia de la Presencia divina significa ser consciente de que Dios es la raíz misma de nuestra vida, que sin él nada podemos y que a él pertenece todo cuanto somos, cuanto tenemos y cuanto hacemos. Conservar siempre vivo en nuestro espíritu el recuerdo de Dios e invocar en todo instante su Nombre. Vivir con la convicción de que el Ser supremo está más cerca de nosotros que nosotros mismos y que la Fuerza divina es lo que actúa en, por y a través de nosotros. Ver a Dios en todas las cosas y a todas las cosas en Dios. Sentir la Divinidad en todas partes y en todo momento; pues no hay nada que exista fuera del Espíritu, no siendo la existencia universal sino la manifestación de la Realidad absoluta, la expresión de la Verdad última (la Deidad, el Tao, el Brahman, la Budeidad o Naturaleza-Buddha, según la designación que recibe el Principio supremo en las diversas tradiciones).

La repetición continua del Nombre divino (el dhikr islámico, el japa hindú, el nembutsu budista, la “oración de Jesús” o la invocación del Sagrado Corazón cristianas) es el método empleado en todas las tradiciones para permitir al individuo concentrarse en la Presencia inefable y mantener vivo el recuerdo de lo Eterno. En entero edificio tradicional, con la forma de vida correspondiente, descansa en este recuerdo que nos devuelve la memoria de lo que somos y nos remite al Origen y el Fin de nuestra vida, indicándonos de dónde venimos y adónde vamos.

Publicado por IDENTIDADE E TRADIZÓN en 19:55
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Etiquetas: Sophia Perennis, Tradición Unánime

En que sentido el cristianismo no continúa la tradición clásica originaria…

14 de diciembre de 2012

En que sentido el cristianismo no continúa la tradición clásica originaria (6): Ausencia de la tradición europea del honor en los Evangelios. La gloria humana en el cristianismo es nihilista
Publicado el diciembre 14, 2012 por hirania
En la Biblia, a diferencia del mundo clásico, el honor no constituye un fin último para el hombre, ni está ligado a la patria, ni configura estructura social aristocrática, ni es resultado del agón gimnástico o militar. Además, a diferencia también del mundo clásico, está relacionado con la humildad, la modestia y la sabiduría. Llamamos “transvaloración de identidad” a utilizar un término con buena prensa cambiándole el significado por otro distinto e incluso contrapuesto. Esto es lo que ha ocurrido al menos con los conceptos de dignidad, héroe, patria y honor, empezaron significando una cosa y, debido a los manejos, terminaron significando la contraria. En el caso del honor se pasó de honrar al luchador, al héroe, al patriota y al valiente a honrar al humilde, al sabio, al pacífico y al mediocre.
Hay muy poco sobre el honor clásico humano en los cuatro Evangelios canónicos. Las dos únicas veces que sale τιμή son las siguientes: Juan 14, 10: “El que no honra al Hijo, no honra al Padre” y Marcos 7, 10: “Honra a tu padre y a tu madre”. La primera es honor dicho de Dios y no del hombre y la segunda hace referencia a una parcela muy reducida del honor clásico humano. No hay en el Evangelio ni una palabra sobre el honor conseguido a través de la excelencia clásica, ni sobre el honor de los valientes, ni sobre el honor de los que se entregan por la patria. La utilización que hace San Pablo de τιμή no es con el significado de la cultura clásica, sino con el significado bíblico: “(Dios da) gloria, honor y paz para todo el que hace el bien” (1). Los que hacen el bien (los que no pecan) son en este contexto los pacíficos, los humildes, los misericordiosos y los compasivos. Esta tipología es justo la contraria al guerrero sangriento y orgulloso de la Ilíada y a la dureza del espartano que muere por su patria.
Algo parecido ocurre con la gloria (δόξα) en la Biblia. La gloria en toda su plenitud es un atributo exclusivo de Dios, que está incluso celoso de ella: “Yo soy Yahvé, tal es mi nombre, no doy mi gloria a ningún otro, ni a los ídolos mi alabanza” (2). La gloria al Padre y al Hijo tiene un sentido de adoración máxima, dar gloria a Yahvé se repite a lo largo del Antiguo y del Nuevo testamento hasta convertirse en oraciones estándar (3):
“Alzate sobre los cielos, ¡oh Dios!, y resplandezca en toda la tierra tu gloria” Salmos 108, 6
“Gloria a Dios en las alturas y paz en la tierra a los hombres de buena voluntad” Lucas, 2, 14 “Y el verbo se hizo carne y habitó entre nosotros, y hemos visto su gloria, gloria de Unigénito del Padre” Juan, 1, 14

¿Cuál es la concepción bíblica de la gloria humana?
“Y aún te añado lo que no has pedido: riquezas y gloria tales, que no habrá en tus días rey alguno como tú” 1 Reyes, 3, 13
“La corona de los ancianos es su rica experiencia, y el temor del Señor, su gloria” Eclesiástico, 25, 8
“Persiga el enemigo mi alma, alcáncela y échela por tierra y haga habitar mi gloria en el polvo” Salmos, 5, 6
“Porque amaban más la gloria de los hombres que la gloria de Dios” Juan, 12, 43
“De manera que son inexcusables, por cuanto conociendo a Dios, no le glorificaron como a Dios, ni le dieron gracias, sino que se entontecieron en sus razonamientos, viniendo a oscurecerse su insensato corazón; y alardeando de sabios, se hicieron necios, y trocaron la gloria de Dios incorruptible por la semejanza de la imagen del hombre corruptible” Romanos, 1, 21-23
“Pues esta es nuestra gloria, el testimonio de nuestra conciencia de que no en sabiduría carnal, sino en la santidad y sinceridad de Dios, en la gracia de Dios, nos hemos conducido en el mundo” 2 Corintos, 12
“Que cada uno examine sus obras, y entonces tendrá que gloriarse en sí y no en otro” Gálatas, 6, 4
No hay comparación entre la gloria de Dios y la gloria de los hombres. La gloria de Dios es el reconocimiento de su majestad y omnipotencia. La gloria humana no es realmente humana, está ligada irremediablemente a Dios, sólo tiene sentido como participación en la espiritualidad divina a través de la gracia y de la santidad. Pero esto es salirse de este mundo y mirar al otro. La gloria meramente humana, en la que cabe incluir la gloria pagana, es denigrable. San Juan dice refiriéndose al apego de los fariseos a su posición social: “Porque amaban más la gloria de los hombres que la gloria de Dios” y San Pablo dice que no hay que confundir, como hacen los gentiles, la gloria de Dios con la gloria de los hombres. Dios entrega la gloria a los hombres en virtud de sus obras buenas: temor de dios, amor a Dios y amor al prójimo. La gloria sólo se concibe como cumplimiento de la ley divina. Nos encontramos por tanto en una postura similar a la del honor. Hay gloria para los que no pecan: los pacíficos, los misericordiosos, los compasivos y los humildes. La gloria clásica es de otro tipo, recuérdese por ejemplo el ritual de triunfo de los generales romanos victoriosos cuando entraban en Roma, o el comportamiento de Aquiles.
Tanto Tertuliano como San Agustín arremeten contra dos de las señas de identidad de la cultura indoeuropea: el honor y la gloria. Tertuliano califica de vana la pasión griega y romana por la gloria y por la reputación. Pone el ejemplo de Mucio Scaevola quemándose la mano para salvar su ciudad, el ejemplo de Empédocles arrojándose al Etna, el de Régulo soportando miles de heridas ante un sin fin de enemigos y algunos otros. En contra de esta gloria, propone la gloria cristiana, capaz de dar la vida eterna. Encontramos implícitas en esta oposición una doble concepción de la gloria y una transvaloración hacia la gloria cristiana. La gloria pagana se desvalora al tiempo que se valora la gloria cristiana. El valor superior de la gloria cristiana es para Tertuliano su carácter ultramundano. En último término, la gloria humana no puede ser más que la recompensa divina al estado de gracia.
San Agustín dedica los capítulos 12-20 del libro V de La ciudad de Dios a cuestiones relacionadas con la gloria pagana. Describe en ellos a los romanos como un pueblo ávido de alabanzas, cuya máxima ambición era la gloria. Esta era la meta superior de su vida, la que guiaba todas las demás, y por ella estaban dispuestos a morir. Inmediatamente después de la descripción añade en el título del capítulo 13 que “el amor a la alabanza es un vicio” y que el núcleo de este vicio es la vanidad: “Aunque la gloria humana no sea una mujer sensual, sí está, y en sumo grado, hinchada y llena de vanidad”. La verdadera gloria, o gloria cristiana, es la santidad y la gracia, como indican los Evangelios. Hay por tanto en San Agustín la misma doble concepción de la gloria y la misma transvaloración que en los Evangelios y en Tertuliano, se aprovecha la buena prensa del concepto de gloria al mismo tiempo que se le cambia el significado.
Todo fluye
Notas
(1) San Pablo, Romanos, 2, 10
(2) Isaías, 42, 8
(3) Ver también Salmos, 96, 7-8; Jeremías, 13, 16; Malaquías, 2,2; Juan, 9, 24
(4) San Pablo, Romanos, 1, 21-23
(5) Tertuliano, Apologética o Defensa de los cristianos contra los gentiles, L
(6) San Agustín, La ciudad de Dios, Libro V, Capítulo 20
Publicado por Eugenio Gil Borjabad en 09:38
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FUENTE:
http://www.todofluyetodofluye.blogspot.com.es/2012/12/en-que-sentido-el-cristianismo-no_11.html

Todo fluye…

12 de octubre de 2012

Todo fluye…
Publicado el octubre 12, 2012 por hirania
http://todofluyetodofluye.blogspot.com.es/search/label/cristianismo

…En esta dirección puede encontrarse un blog de muy selecto contenido. Trata muy diversos teman relacionados con la cultura europea y las tradiciones milenarias de Europa. En esta oportunidad, se informa sobre el Cristianismo.

Estos blogs lo dicen todo…con imágenes…

24 de septiembre de 2012