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Tenía las piernas como dos palillos chinos: largas, pálidas y rectas. Sin ninguna curva porque eran tan delgadas, que las curvas eran imposibles si no eran cóncavas.
Andaba deprisa y a trompicones, con el sentido del ritmo imposible que había heredado inconscientemente de Ian Curtis. Parecía que se iba a caer en cualquier momento. Pero en realidad era tan fuerte como una jirafa y testaruda como un toro de piedra. Y nunca miraba a los lados. Parecía saber siempre donde dirigía, y además, tener muchíiisima prisa.
Pero lo cierto es que no lo sabía; sólo sabía de modo aproximado lo que estaba buscando, y menos dónde encontrarlo.
Y así recorría la ciudad, cada mañana y cada noche, como si ésa fuese la última noche y la última mañana de After Hours, como si fuese a encontrarse con su propio espejo en alguna esquina, como si hubiera un desayuno para ella en algún café.
Como si las agotadas piernas de palillo chino fuesen por fin a encontrar descanso.
Ella no podía hacer dieta porque amaba demasiado a su perro.
Le daba los restos de la chuleta barbacoada cada noche y esta era su pequeña ceremonia privada de cariño cotidiano.
Por las mañanas era otra cosa.
Por las mañanas ya era tiempo de pensar en pajarillos, rincones abiertos, playas de Sorolla y cereales fibrosos con muy bajo índice glucémico.
Y aún más bajo índice de amor.
Aquel día se levantó temprano, pero no estaba muy dormido. Con mucha prisa, se puso los pantalones antes de terminar de ponerse los calzoncillos, y los calcetines antes de terminar con sus pantalones, por aquello del ahorro de tiempo – maldito tiempo – malditas prisas.
Se levantó para acabar de vestirse, se vio en el espejo y congeló su movimiento, mirándose; sorprendido y trastornado por el extraño funcionamiento de su cabeza.
Su psiquiatra le decía que era todo normal y su psicoanalista empezó a hablarle de su madre.
Nunca supo quién de los dos le estaba tomando el pelo, así que tuvo que asesinar a ambos.
Mientras huía pensó que, aún si le encontraban y le encerraban, podría tener todo el tiempo del mundo, ahorrarlo o malgastarlo como quisiera; que iban a dejarle ya en paz.
Y por fin se acabarían todas las prisas.

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