| La fachada frontal del hotel |
Caminamos, por estrechas calles en las que se mezclaban viejos y nuevos edificios de dos plantas, hasta la playa y allí nos acomodamos en el único restaurante abierto aquel sábado de febrero: una pizzería mirando al mar en la que no había más de tres o cuatro comensales.
El hotel, construido en estilo art decó, se levantó entre los años 1928 y 1932 y fue un modelo de modernidad para la época. Tenía como función permitir a los viajeros que esperaban el cambio de ejes de los trenes que se dirigían al interior de Francia o a otros países de Europa pasar la noche en Cerbère, en las proximidades de la estación. Uno se pregunta si hubo alguna etapa en la que vivió lo que conocemos como "tiempos de esplendor". He consultado documentos diversos en el mundo complejo de Internet y ha llegado a una conclusión: vivió su edad de oro hasta nuestra Guerra Civil. El cierre de fonteras que se desencadenó con ese motivo hizo imposibles los viajes de España hacia Francia y viceversa, lo que llevó a vaciar de potenciales viajeros la estación y a vaciar el hotel. Después de la guerra estuvo abierto hasta 1983, pero sin que llegara a alcanzar en ningún momento el esplendor previo a 1936. En 1987, el ministerio de cultura de Francia lo declaró "monumento protegido" como legado arquitectónico a mantener para las siguientes generaciones. Sus espacios rehabitlitados son, al día de hoy, el comedor, la vieja sala de cine y el bar. Confiamos en que se acaben restaurando las pinturas murales que realizó José Zamora, un artista plástico nacido en Madrid en 1889 y muerto en Sitges en 1971 que estuvo alojado durante un tiempo en el hotel y a cuyos propietarios pagó la estancia con las propias pinturas.Su visión, en el horizonte, como una aparición fantasmal, nos habla de un tiempo de sueños cosmopolitas, de lujos y hedonismo que quizá tuvo mucho que ver con los gozos y despreocupaciones del la "belle epóque", algo con lo que acabó la crisis económica del 29, que llegó de modo tardío a Europa, la Guerra Civil española y, por supuesto, la invasión nazi de Francia, que convirtió todo el espacio fronterizo con España en un inmenso campo de concentración que acogería, entre otros muchos, el éxodo y la muerte de Antonio Machado y de Walter Benjamin. Hoy, el hotel Belvedere aloja anualmente, en el escenario "a la italiana" de su salón de actos y desde 2005, un encuentro anual sobre cine en el que por unos días vive el reflejo de los antiguos esplendores. En tanto encuentra otro destino, seguirá ahí aguardando la reacción de otros viajeros que, como el que suscribe, se sientan entre asombrados y cautivos por ese barco de hormigón que parece irrumpir del horizonte mediterráneo para volcarse, como un guardián de otros tiempos, sobre las vías de un ferrocarril que enlaza Cerbère con Europa al norte, con España al Sur, como una realidad soñada o como una arquitectura imposible surgida de una pesadilla.
