MALDITA

MALDITA

Hace ya varios años que Francisca Valenzuela se dedica obsesivamente a investigar las espléndidas contradicciones del alma humana. En Vida Tan Bonita (2022) le dedicó un tema al síndrome de la impostora, mientras que Adentro (2024) comienza con una declaración de principios: “Si esto es lo que quiero/¿por qué me duele tanto adentro?”. Su nuevo álbum, MALDITA, es un hermoso sincericidio. Luego de ser madre por primera vez, la cantautora chilena analiza, desmenuza y cuestiona con implacable honestidad los sentimientos encontrados que la maternidad puede generar en el corazón y la mente de una mujer contemporánea.
Valenzuela ha demostrado más de una vez que su proceso musical se apoya en un perfeccionismo desmedido. MALDITA es una paradoja con letras mayúsculas: sus doce canciones, breves y enloquecidas, describen con pelos y señales la inestabilidad emocional de la depresión posparto.
Pero el marco sonoro de este ataque de nervios transformado en canción es preciso y cinematográfico, apoyado en momentos de belleza imperial que, a su vez, resultan impresionantes. En “BUGAMBILIA”, la intensidad del arreglo orquestal envuelve la voz de Valenzuela como un vendaval descontrolado. “Tengo una sensación de insuficiencia/Desde hoy que es para siempre y no tengo paciencia”, canta con la indignación de una mujer que se siente traicionada por sus propios sentimientos.
Quizás porque MALDITA es el disco más ambicioso y arriesgado de su discografía, el protagonismo recae en la voz de la cantante y en su fecunda imaginación para generar progresiones armónicas y líneas melódicas que nos remiten al art-rock de los años 80, una estética que Valenzuela reproduce con un cariño fetichista. Los loops y ritmos digitales son hipnóticos y cortantes, enfatizando el sentimiento de claustrofobia que define la primera mitad del álbum.
Pero MALDITA no se limita al malestar y la confusión de su propio vendaval psicológico. Es un disco conceptual que identifica la luz al fondo del túnel y se anima a salir del otro lado con una visión fortalecida de la maternidad.
En “NO TE ABURRAS DE MÍ” le expresa a su pareja su fragilidad y su miedo al abandono: una de las canciones más tiernas de su repertorio. “Me muero de amor”, canta en “NACÍ NECESITÁNDOTE”, el lado más soleado y esperanzador de tener un bebé. Y en “KOMOREBI”, acompañada de un ritmo optimista y aventurero, el viaje de Valenzuela termina con un mensaje de autoaceptación. La profunda crisis emocional no sólo fue necesaria para encontrar puerto en un lugar mejor, sino que también ha inspirado uno de los discos latinoamericanos más conmovedores de la década.