no creáis que por muchos retos de bordado, de crochet o intercambios navideños que podéis consultar en anteriores post, me he olvidado del reto de lectura.
Asi es como voy
tengo sin terminar el de Stephen King y el de Clara Sánchez, que espero terminar esta noche. Y anoche empecé el de Las Hormigas, que me está enganchando el adentrarme en ese mundo paralelo al nuestro, tan cercano, y tan desconocido como es el de estos insectos.
Hay autores que nos resultan difíciles de leer en determinado que momentos. Me sucedió hace un montón de años con Umberto Eco. La primera vez que leí el Nombre de la Rosa me atasqué en la segunda página, y durante casi un mes no pude salir de ahí, comenzaba y ahí me detenía incapaz de seguir ni un párrafo más. Sin embargo, como siempre le doy una segunda oportunidad a los libros, lo empecé de nuevo y esa vez me lo leí de un tirón, saboreando cada una de las páginas como si de un veneno se tratara y tuviera que llegar al final para conseguir el antídoto que me salvara. Me gustó tanto que me lo leí otras cuatro veces en años posteriores.

Cuando iba de vacaciones (hace ya 5 años que no voy a ningún lado) , aquel era el único momento en el que no estaba todo el día con un ordenador, y como estaba sola todo el tiempo, pasaba todo mi día desde que me levantaba hasta que me acostaba pegada a los libros. Me los llevaba a la playa, me los llevaba a la piscina, me los llevaba a la cama… y aprovechaba para ponerme al día. De aquella tenia la suerte de que en la casa de mi tía tenían muchísimos libros y trataba de fundirmelos en el menor tiempo posible, sabiendo que pasaría un año o más hasta mi regreso.

Esto siempre traía la desconfianza de profesores, que no entendían como se puede responder con puntos y comas y entonces venía la humillación de demostrar que el tener todas las respuestas correctas no había sido fruto de la trampa o el azar. Asi que me sacaban a la pizarra ¡horror¡, y me hacía las preguntas de forma oral. El estar delante de toda aquella clase hacía que me olvidara hasta de mi nombre, pero aún así si querían las respuestas, pues allí se las daba.
Al final, después de 4 o 5 veces ya se aburrieron de la demostración pública, y me dejaron en paz… ¡qué tiempos aquellos¡
Recuerdo que el día que se murió Franco nos dieron el día libre y mis padres compraron nuestro primer televisor en blanco y negro para ver el evento. La pusieron en la galería de la casa de adobe de 2 plantas donde vivíamos. Al día siguiente, cuando no había nadie en la casa, yo ya le había quitado la parte trasera e investigado entre todas aquellas válvulas y cables, les había sintonizado los canales y vuelto a colocar la tapa cuando había oído subir a gente las escaleras. La tarde siguiente vino el técnico a ponernos la primera y la segunda cadena, y ¡oh, que extraño!, ya está sintonizado, que curioso… Mi madre me echó una mirada asesina y yo corrí a esconderme en mi habitación enfrascada en un libro de Los Cinco que había sacado del bibliobus, mientras oía la sintonía de Los Hombres de Harrelson .
Yo ya había visto la televisión en alguna otra ocasión, claro. Mis abuelos tenían una, que mi abuelo era más pudiente que mis padres, y cuando iba a verles aprovechaba para verla, lo que no ocurría muy a menudo. Claro que ninguno de mis vecinos la tenía, asi que de pronto me convertí en muy popular entre los niños del barrio, que de pronto invadían mi casa después de la siesta para ver la tele conmigo.
Porque de aquella los castigos corporales no eran políticamente incorrectos, y muchas veces tuve que sentir en mi culo la zapatilla de mi madre mientras corría por todo el barrio intentando huir y esconderme en los márgenes de la reguera esperando que pasara el temporal. Luego regresaba a casa llena de barro, hierbajos y muerta de hambre y mi padre se reía y me cogía en volandas y me daba vueltas y vueltas en el hall de nuestra antigua casa de adobe sin agua corriente mientras yo gritaba riendo y llorando por el mareo.
Ya nada es lo mismo. Todo ha sido urbanizado, calles, aceras, casas… antes todo eran prados que se extendían durante kilómetros, con sus juncos, sus charcas llenas de renacuajos, … recuerdo como hacíamos albóndigas de barro en los márgenes de la presa, comiamos la parte blanca de la flor de los tréboles fingiendo que era un manjar, intentábamos cazar ranas con unos palitos, de los que colgaba un hilo y en su borde una margarita ensartada, como me caía una y otra vez de la bici cada vez que iba a cruzar la reguera por un estrecho palo colocado a modo de puente y acababa con la ropa llena de agua y líquenes pegajosos de un color verde moco.
El problema era que durante toda mi niñez no veía nada. Estaba cegata completamente, asi que cuando iba a cruzar el puente, la imagen de pronto se desdoblaba y yo veía dos delante de mí, e intentaba saber cual era el real y cuál era el que había provocado el entrecerrar los ojos, ¡siempre fallaba¡
Cuando por fín a los 12 años me pusieron las gafas ¡oh maravilla¡ la gente tenía cara… me quedé impresionada. Me había pasado todos aquellos años de mi vida viendo una masa blanquecina terminada en una mancha de color debajo. Me aprendía la ropa de la gente, por el color que veía, y así los identificaba al verlos de lejos. Pero aquello… ver sus ropas, pantalones, sus ojos, bocas…. ¡era maravilloso¡
Fue entonces cuando pasé de ser en el colegio “culo gordo” a “cuatro ojos”. Los niños pueden ser muy crueles.
Hoy en día los niños eligen la ropa que se ponen. Mi sobrina ya cuando tenía 5 años iba al cole con la ropa que ella misma elegía cada mañana, y siempre pensando “en el que dirán”, mamá que se van a burlar de mí los demás niños si voy con eso, que no soy una muñeca, ¡que ya tengo 5 años!, evidentemente, hay que cuidar la reputación, sino uno se convierte en el paria de la clase, y ahí ya abandonada y siendo el chivo expiatorio y el blanco de todas las burlas hasta los 40
