viernes, 23 de septiembre de 2011

LA MONTAÑA DE LA JUVENTUD

Un hombre joven que estaba mal de salud consultó con los médicos más famosos y eruditos del país. Después de hacerle muchas pruebas complicadas y complejas, le dijeron que padecía una enfermedad muy rara y que sólo le quedaban unas semanas de vida. Le informaron que su única esperanza residía en consultar a un anciano que sanaba a quienes padecían las enfermedades más incurables. El anciano, según dijeron, vivía en la cumbre de la montaña más alta, en el lugar más escabroso e inaccesible del país.

El joven se sentía extremadamente débil por la larga enfermedad. Sus piernas estaban delgadas, su torso frágil y enjuto; sin embargo, tenia una firme voluntad de vivir. Con la ayuda de familiares y amigos, preparó un pequeño morral con provisiones. Lo trasladaron hasta al pie de la montaña, justo hasta el nacimiento de un sendero bordeado de zarzas. Era pleno verano. El sol, abrasador. El joven arrancó unas pocas zarzamoras, se las llevo a la boca y, con sensación de fatiga y decisión, emprendió el ascenso.


Los primeros días fueron arduos y desalentadores para él. Su mente estaba resuelta, pero su cuerpo se resistía. Le resultaba difícil respirar: parecía que el aire que reunía en los pulmones nunca le alcanzaba hasta la siguiente inhalación. Le dolían los pies por la falta de costumbre; estaban hinchados y sensibles por las piedras afiladas que los presionaban a través de los delgados zapatos. Pero persistió. Trepaba unos metros más cada día, chupaba zarzamoras y remojaba los pies doloridos en el agua fresca del arroyo que corría paralelo al sendero. Cada vez que se detenía para aliviar sus pies cansados, también se salpicaba la cara y los ojos con agua fresca. Poco a poco esta rociada se transformo en uno de sus mayores placeres; después siempre se sentía vigorizado y se revivía su entusiasmo por el viaje. Prosiguió así, reuniendo fuerzas lentamente, hasta que unas semanas más tarde logró recorrer algo más de un kilómetro diario.

Para entonces, casi no le quedaban provisiones, ya que ni él ni su familia se les había ocurrido que el trayecto sería tan largo y escabroso. Las primeras semanas, cuando todavía estaba cerca de la civilización, a veces encontraba a algún pastor de cabras que le daba un poco de queso y pan. Pero no era muy frecuente, y luego no vio a nadie. Por necesidad comenzó a recoger alimentos silvestres: verduras,frutos secos,bayas y frutas. Al principio se sentía medio muerto de hambre por esta dieta tan severa, mas al fortalecerse notó que si masticaba más tiempo los alimentos, éstos resultaban más nutritivos. Bebía abundante agua fresca, que le ayudaba a satisfacer el hambre y le nutría.


A un ritmo gradual, casi imperceptible, los días se extendieron en semanas y meses. Por fortuna, el joven llevaba ropa extra, ya que los días eran más cortos y frescos, y debía moverse para mantener el calor corporal. A medida que se aproximaba el invierno, comenzó a dormir en cuevas o en troncos huecos, y llegó a ser muy hábil para encontrar un refugio abrigado y seco para pasar la noche. Como éstas eran frías y por lo general tormentosas, se acostaba temprano y se ponía en camino con las primeras luces.

El sendero, que antes había sido tan fácil de seguir, ahora estaba cubierto de plantas silvestres y barro resbaladizo . Bajo condiciones tan difíciles, el joven se forzado a confiar cada vez más en sus instintos.

Se convirtió en un observador sagaz de las plantas y de los animales que compartían esta ermita aislada; aprendió a saber cuando habría tormentas por la aroma del aire; de reconocer los hábitos de ciertos insectos y animales al observar las alteraciones y los cambios sutiles de la vegetación; a caminar quedamente,casi sin producir sonido alguno, para no asustar a esos animales con su presencia; también aprendió que si se frotaba la piel y la ropa con ciertas plantas silvestres, el olor de su cuerpo se semejaba más a la montaña.

El invierno transcurrió lentamente y dio paso a la primavera.

El joven nunca había pasado tanto tiempo solo; sus únicos acompañantes eran los animales cuyo rastro seguía y un pájaro amistoso que parecía escoltarle montaña arriba. Cada tanto su mente evocaba a la familia y a los amigos, pero el trabajo diario de escalar y sobrevivir le mantenía demasiado ocupado para dedicarle mucho tiempo al pasado. En los momentos de duda o frustración pensaba en el anciano que moraba en la cumbre de la montaña y que podría curarle. Esta visión le proporcionaba inspiración constante para continuar el arduo trayecto

La cumbre de la montaña era plana como la tabla de una mesa y parecía ser un refugio para halcones, que deban vueltas por encima, subían a gran velocidad flotando en las corrientes del aire caliente, luego bajaban con lentitud y descendían otra vez. Eran tan serenos y ligeros como el viento, y el joven pasó mucho tiempo tendido de espaldas, contemplando cómo ejecutaban esa hermosa danza.

La nubes, esplendidas y esponjosas, flotaban y a través de él,hasta que comenzó a sentirse tan próximo a los cielos como distante de la tierra. Fue un momento de silencio y reflexión.

La tabla no era extensa. La recorrió en todas direcciones, miró detrás de las rocas y los matorrales, y gritó con todas sus fuerzas para que el anciano que él había ido a consultar supiera que había llegado. Más no había signos de vida, sólo el eco de su propia voz, que rebotaba en las rocas y regresaba misteriosamente a sus oídos. De hecho, no existían indicios de que alguien hubiera vivido antes allí; no encontró un refugio, huellas, nada que indicara que la tierra o la vegetación hubiesen sido alteradas por la presencia del hombre.

Primero el joven se sintió irritado y muy decepcionado; maldijo al anciano por no estar allí y golpeó los pies con furia contra la tierra endurecida. Se había esforzado tanto por llegar y ahora no había nadie con quien consultar, nadie que le curara de su terrible enfermedad. Pero al cabo de unos días de infructuosa búsqueda y preocupación, dejó de pensar tanto en el anciano y reflexionó sobre la calma y la serenidad que sentía en ese momento. Esa sensación era novedosa, algo que jamás había experimentado. La vida allá abajo había estado cargada de tanto sufrimiento y estrés, y el viaje había sido tan largo y difícil, que fue un gran alivio relajarse y disfrutar de la tranquilidad de la montaña. Además,estaba demasiado ocupado para meditar mucho tiempo sobre su decepción o soledad. Tenía que buscar alimentos todos los días; descubrió una colmena de abejas silvestres en un tronco; extrajo un poco de miel, y les dejó abundante cantidad para el invierno. Secó grosellas y zarzamoras; construyó una choza con ramas y tepes.



Así fue transcurriendo una estación tras otra.

El pasado se transformó en presente, y pronto sólo recordaba aquel a través de ciertos incidentes en la montaña: la primavera en que vio un avión a lo lejos; el verano que un enjambre de abejas se posó sobre la rama de un pino; el otoño en que el ciervo comenzó a comer se sus manos; el invierno que construyó un iglú; el mismo invierno durante el cual varios ciervos murieron de hambre. La vida no era fácil, pero sí plena: aunque él no la hubiera elegido, aceptó la situación y el hecho de que era la suya.

Un día muchos años después, el joven oyó voces humanas en la ladera de la montaña. Se sintió muy emocionado y corrió en todas direcciones para dilucidar de dónde procedían las voces e imaginar a quienes pertenecían.

También sintió temor. Estaba tan acostumbrado a los sonidos del viento y los cantos de los pájaros, que los ruidos que ahora llegaban a sus oídos le resultaban extraños y aterradores. Había pasado mucho tiempo sin pronunciar palabras, aunque era capaz de imitar a casi todos los pájaros y de oír, oler y percibir prácticamente cualquier cosa que ocurriera en la cima de la montaña.

Las voces se volvieron más fuertes y claras. El joven comenzó a pensar en su apariencia. ¿Que aspecto tenía?. Hacía años que no se afeitaba ni se daba un buen baño. ¿Su aspecto desaseado asustaría a esas personas?. Corrió al manantial, se aclaró todo el cuerpo con agua fresca y se acomodó el pelo hacia atrás con los dedos. A pocos pasos del burbujeante manantial se extendía una pequeña laguna, donde un tejón había construido un dique con barro y ramas. Avanzó hacía la laguna a toda prisa, se inclinó y contempló su propio reflejo en el agua apacible y silenciosa. 'Cuánto había cambiado! Su cuerpo se veía firme y curtido por los prolongados inviernos en la montaña. Estaba esbelto como una gacela, y su piel era tan brillante y clara como el arroyo. Su cabello, largo y enredado, le llegaba hasta casi la cintura. Su rostro estaba oculto detrás de una barba gris enmarañada, que acumulaba ramitas y desperdicios, como si se dispusiera a albergar el nido de un pájaro.

Cuando regresó a la choza, los extraños ya se encontraban allí, sentados fuera, sobre las grandes rocas. No dijeron nada; durante unos minutos los viajeros y el anciano sólo se miraron , compartieron el silencio de la montaña , la danza del viento, la música que susurraban los árboles. Los viajeros le ofrecieron algunas provisiones especiales de allá bajo y observaron divertidos mientras él probaba, olía y frotaba cada cosa como si fuera una piedra preciosa.

Luego le relataron la historia de su propio viaje, largo y difícil, hacía la cumbre de la montaña: cómo habían emprendido la ascensión muchos años antes, débiles y a punto de morir, con la esperanza de encontrar al famoso anciano que podría curarlos de sus terribles dolencias. Y ahora, por fin, después de tantas penurias y sufrimientos, estaban aquí, rebosantes de júbilo por haber hallado a este anciano del que tanto habían oído hablar, que tan famoso era por curar enfermedades incurables. Aunque ahora, por fortuna, no necesitaban sus servicios,ya que el largo y difícil viaje les había restituido la salud perfecta.

Cuento extraído del libro " El arte de vivir bien" de Svevo Brooks

Deseo , amigas que paséis por aquí, que os guste. Gracia a todas!!

reser

jueves, 8 de septiembre de 2011

OTRA ACTIVIDAD MÁS

Con las vacaciones hemos acabado también otra actividad ideada por nuestra querida maestra particular Conchi.

Esta vez consistía en escribir unos textos de humor con palabras naturales cordobesas. Algunas de estas palabras las conocía, pues durante años tuve una compañera que era de Córdoba que aunque hacia años que vivía en Catalunya no había perdido su manera de hablar. Otras me eran del todo desconocidas y enteramente incomprensibles. Hemos participado 12 personas, dos de ellas Conchi y Paco se retiraron del concurso por ser la impulsora de la actividad y su esposo.

Debíamos puntuar los escritos de 1 al 5 valorando, sin saber a quien pertenecían.

Se concedían tres premios: El mejor escrito, el más simpático y a la persona que adivinará de quien era cada texto.

Pues bien, el premio de acertar de quien era cada escrito se llevo: Piedad, que tiene una intuición fuera de lo común y escribe maravillosamente. Entrega el diploma nuestra querida CONCHI.


El premio al mejor escrito se lo llevo Blanca. Aquí lo reproduzco para que veáis el nivel que hay en esta “plaza de la amistad”:

TEXTO Nº 4

LA REGADERA

El cielo era de un azul intenso y brillante. El calor del sol ACHUCHABA fuertemente. Toda Córdoba despertaba de la siesta.

De los balcones del número 8 de la calle del Romero colgaban geranios y gitanillas multicolores.

Paquita había terminado de ENGUACHINAR el patio, siguiendo con el ritual de todos las tardes, tomó su vieja regadera, se colocó sus ZARCILLOS, su MOÑA y subió lentamente las escaleras. Abrió con brío el balcón, posó su negra mirada sobre un geranio rosa que estaba algo CHUCHURRÍO, BICHEÓ a izquierda y derecha, asió su vieja regadera y se dispuso a echar la dosis de agua correspondiente en cada uno de los tiestos.

Paquita debía de estar un tanto ECLISÁ aquella tarde…, sin saber como ni porqué la vieja regadera de latón se desprendió de sus blancas manos, el manto de agua cayó atraído por la fuerza de la gravedad sucediendo lo mismo con el BURRACO recipiente.

La mala fortuna quiso que en ese preciso instante por la estrecha callejuela pasara Manuel, un apuesto y TRABAJOSO joven, que había decidido aquella tarde desviarse de su itinerario habitual para dar un BUREO con sus amigos.

Iba Manuel pensando en refrescar el gaznate, en tomarse un VARGAS bien fresquito para amortiguar los cuarenta grados que acompañaban a la ciudad aquella tarde, cuando el incoloro líquido desprendido del balcón frenó primero en su calurosa cabeza y recorrió después su cuerpo hasta llegar a la uña del dedo gordo del pie. ¡Le supo a gloria bendita! A continuación oyó un estruendo y sin darle tiempo a asimilar lo que estaba sucediendo, le entró un AVENATE y comenzó a vociferar:

-¡CIPOTE, que co… es esto!

Mientras Paquita gritaba desde el balcón

-¡Ay, Ay, Ay…!

Al oído de voces y gritos los vecinos de las casas colindantes acudieron como rayos al lugar del suceso. En un santiamén se armó una enorme ZAPATIESTA, algunos de los presentes se adolecían del joven

-¡Pobrecito, cómo se ha puesto!

Otros REMEABAN con lo acontecido

-¡Estás GUACHUITO! ¡ CIPOTE, qué suerte!

Mientras tanto Paquita había descendido rápidamente las escaleras que momentos antes había subido con lentitud.

Con la cara COLORÁ como un tomate, con la voz temblorosa se hizo paso entre el gentío y se colocó delante de Manuel.

-¡Perdone, ha sio sin querer!. ¿Está usted bien?, aunque sobra preguntarlo…añadió ya más tranquila.

Le alargó su blanco delantal para que el muchacho se secara el agua que resbalaba por su cara.

Manuel indeciso, decidió cogerlo; lo pasó suavemente por los ojos y mejillas.

La gente había dejado de gritar, instintivamente se habían echado para atrás dejando un círculo en medio de la calle para ser espectadores de lo que acontecía.

El muchacho parsimoniosamente tomó la regadera que había caído a escasos milímetros de su cuerpo, miró fijamente a los ojos de Paquita.

-Tenga usted, señorita. Vuélvala a llenar. Mañana a las cinco de la tarde volveré a pasar. ¡Espero que le ponga el mismo GALIPUCHE.

FIN


Como veis divertidisimo y super bien escrito. Recibió 48 puntos. Hizo entrega el diploma nuestra amiga ROSA

El texto más simpático, me lo concedieron a mi. No me lo esperaba pues generalmente soy muy seria y bastante sosa. Pero se ve que aquel día estaba inspirada, la condescendencia de las amigas y las palabras cordobesas que por si ya haces reír me puntuaron con 47 puntos. Este es el cuento:

TEXTO Nº 12

DÍA DE PLAYA

La familia Pérez va a pasar el día en la playa. El padre, Pedro, es un hombre bajito, regordete, COLORAO, además de ZOCATO. La madre, Petra, una PAMPLINA CUCHURRÍA, seca como un alambre. Va con ellos el hijo, Pedrito, un MAMARRACHO de cuarenta años, solterón y FARTUSCO que solo iba a la playa a BICHEAR.

Allá van con la sombrilla, la mesa, las sillas plegables, las toallas de rafia y la nevera.

--Venga hombres. a poner la sombrilla que hase mucho sol.

--Espera mujer, primero ALARGA unas cervesitas fresquitas. Niñooo ¿qué quieres tú?

--Dejavus de GALIPUCHES y poner la sombrilla y ACHUCHARLA bien que no se la lleve el viento!!.

Mientras el padre le ACHUCHA a la sombrilla Pedrito, con su bañador BURRACO, iba muy chulo a AVERIGUAR que gachís habían por allí. ¡Ay, qué PERRA tenía el cuarentón con las chavalas! Y ellas ni caso.

Manolita, la morenaza, ha salido de BUREO por la playa con su mini biquini de rayas. Pronto la ven padre e hijo que no pueden disimular ni dejar de seguirla con los ojos.

Pedrito se pone COLORAO con los ojos como platos que le van a salir de las órbitas y suda como un condenado.

--(Madre mía, ¡cómo está la gachí ! ¡cómo ZANGARREA sus caderas! Pa cá, pa llá...¡qué melena! ¡qué delantera, ni la del Madrí!...Mi CIPOTE....)

Corre al agua sofocado. Como va ECLISAO no ve la ola que lo derriba una y otra vez dándose HOCICAZOS contra la arena del agua. Así que le entra una ALFERESÍA que no puede aguantar. El hombre pide auxilio levantando los brazos. Allá va la gente que lo levanta del agua que le llega a los tobillos.

--Hijo mío ¿qué te pasó, mi niño? ¿Por qué no nadabas? ¡Que tú sabes nadar!

Para su desgracia, Pedrito ve como se acerca Manolita muy seria diciéndole:

--Señor, ¿no sabe que con bandera roja no se puede bañar? Parece mentira. ¡Qué mal ejemplo para los niños1

__Madree, ALARGAME una JARTÁ de este GALIPUCHE de la nevera que me va a dar un suponcioo....

A la hora de comer sacan la tortilla de patatas, un MIAJÓN de pan y el FITI-FITI dándose tal JARTÁ que no pueden ni moverse.

--CUCHA como nos hemos puesto. Tovía ha sobrau un PIZCO de tó. Uf, CIPOTE, ¡qué calor!

--Madre, ¡esta palabra ni nombrarla!

--Hijo, ya sé que tú eres mu fino, pero esto es una cosa natural. Anda, vamos pal CHARNAQUE, que por hoy se acabó el día de playa.

Fin

Me hace entrega del diploma, SABELA, gracias amiga

Porque seria muy largo de reproducir todos los escritos, pero os aseguro que todos son ganadores.

Gracias a todas las personas que pasan por este humilde rincón, todas ellas hacen que me esfuerce y sienta ilusión por escribir.

Hasta otra

reser