Un hombre joven que estaba mal de salud consultó con los médicos más famosos y eruditos del país. Después de hacerle muchas pruebas complicadas y complejas, le dijeron que padecía una enfermedad muy rara y que sólo le quedaban unas semanas de vida. Le informaron que su única esperanza residía en consultar a un anciano que sanaba a quienes padecían las enfermedades más incurables. El anciano, según dijeron, vivía en la cumbre de la montaña más alta, en el lugar más escabroso e inaccesible del país.
El joven se sentía extremadamente débil por la larga enfermedad. Sus piernas estaban delgadas, su torso frágil y enjuto; sin embargo, tenia una firme voluntad de vivir. Con la ayuda de familiares y amigos, preparó un pequeño morral con provisiones. Lo trasladaron hasta al pie de la montaña, justo hasta el nacimiento de un sendero bordeado de zarzas. Era pleno verano. El sol, abrasador. El joven arrancó unas pocas zarzamoras, se las llevo a la boca y, con sensación de fatiga y decisión, emprendió el ascenso.
Los primeros días fueron arduos y desalentadores para él. Su mente estaba resuelta, pero su cuerpo se resistía. Le resultaba difícil respirar: parecía que el aire que reunía en los pulmones nunca le alcanzaba hasta la siguiente inhalación. Le dolían los pies por la falta de costumbre; estaban hinchados y sensibles por las piedras afiladas que los presionaban a través de los delgados zapatos. Pero persistió. Trepaba unos metros más cada día, chupaba zarzamoras y remojaba los pies doloridos en el agua fresca del arroyo que corría paralelo al sendero. Cada vez que se detenía para aliviar sus pies cansados, también se salpicaba la cara y los ojos con agua fresca. Poco a poco esta rociada se transformo en uno de sus mayores placeres; después siempre se sentía vigorizado y se revivía su entusiasmo por el viaje. Prosiguió así, reuniendo fuerzas lentamente, hasta que unas semanas más tarde logró recorrer algo más de un kilómetro diario.
Para entonces, casi no le quedaban provisiones, ya que ni él ni su familia se les había ocurrido que el trayecto sería tan largo y escabroso. Las primeras semanas, cuando todavía estaba cerca de la civilización, a veces encontraba a algún pastor de cabras que le daba un poco de queso y pan. Pero no era muy frecuente, y luego no vio a nadie. Por necesidad comenzó a recoger alimentos silvestres: verduras,frutos secos,bayas y frutas. Al principio se sentía medio muerto de hambre por esta dieta tan severa, mas al fortalecerse notó que si masticaba más tiempo los alimentos, éstos resultaban más nutritivos. Bebía abundante agua fresca, que le ayudaba a satisfacer el hambre y le nutría.
A un ritmo gradual, casi imperceptible, los días se extendieron en semanas y meses. Por fortuna, el joven llevaba ropa extra, ya que los días eran más cortos y frescos, y debía moverse para mantener el calor corporal. A medida que se aproximaba el invierno, comenzó a dormir en cuevas o en troncos huecos, y llegó a ser muy hábil para encontrar un refugio abrigado y seco para pasar la noche. Como éstas eran frías y por lo general tormentosas, se acostaba temprano y se ponía en camino con las primeras luces.
El sendero, que antes había sido tan fácil de seguir, ahora estaba cubierto de plantas silvestres y barro resbaladizo . Bajo condiciones tan difíciles, el joven se forzado a confiar cada vez más en sus instintos.
Se convirtió en un observador sagaz de las plantas y de los animales que compartían esta ermita aislada; aprendió a saber cuando habría tormentas por la aroma del aire; de reconocer los hábitos de ciertos insectos y animales al observar las alteraciones y los cambios sutiles de la vegetación; a caminar quedamente,casi sin producir sonido alguno, para no asustar a esos animales con su presencia; también aprendió que si se frotaba la piel y la ropa con ciertas plantas silvestres, el olor de su cuerpo se semejaba más a la montaña.
El invierno transcurrió lentamente y dio paso a la primavera.
El joven nunca había pasado tanto tiempo solo; sus únicos acompañantes eran los animales cuyo rastro seguía y un pájaro amistoso que parecía escoltarle montaña arriba. Cada tanto su mente evocaba a la familia y a los amigos, pero el trabajo diario de escalar y sobrevivir le mantenía demasiado ocupado para dedicarle mucho tiempo al pasado. En los momentos de duda o frustración pensaba en el anciano que moraba en la cumbre de la montaña y que podría curarle. Esta visión le proporcionaba inspiración constante para continuar el arduo trayecto
La cumbre de la montaña era plana como la tabla de una mesa y parecía ser un refugio para halcones, que deban vueltas por encima, subían a gran velocidad flotando en las corrientes del aire caliente, luego bajaban con lentitud y descendían otra vez. Eran tan serenos y ligeros como el viento, y el joven pasó mucho tiempo tendido de espaldas, contemplando cómo ejecutaban esa hermosa danza.
La nubes, esplendidas y esponjosas, flotaban y a través de él,hasta que comenzó a sentirse tan próximo a los cielos como distante de la tierra. Fue un momento de silencio y reflexión.
La tabla no era extensa. La recorrió en todas direcciones, miró detrás de las rocas y los matorrales, y gritó con todas sus fuerzas para que el anciano que él había ido a consultar supiera que había llegado. Más no había signos de vida, sólo el eco de su propia voz, que rebotaba en las rocas y regresaba misteriosamente a sus oídos. De hecho, no existían indicios de que alguien hubiera vivido antes allí; no encontró un refugio, huellas, nada que indicara que la tierra o la vegetación hubiesen sido alteradas por la presencia del hombre.
Primero el joven se sintió irritado y muy decepcionado; maldijo al anciano por no estar allí y golpeó los pies con furia contra la tierra endurecida. Se había esforzado tanto por llegar y ahora no había nadie con quien consultar, nadie que le curara de su terrible enfermedad. Pero al cabo de unos días de infructuosa búsqueda y preocupación, dejó de pensar tanto en el anciano y reflexionó sobre la calma y la serenidad que sentía en ese momento. Esa sensación era novedosa, algo que jamás había experimentado. La vida allá abajo había estado cargada de tanto sufrimiento y estrés, y el viaje había sido tan largo y difícil, que fue un gran alivio relajarse y disfrutar de la tranquilidad de la montaña. Además,estaba demasiado ocupado para meditar mucho tiempo sobre su decepción o soledad. Tenía que buscar alimentos todos los días; descubrió una colmena de abejas silvestres en un tronco; extrajo un poco de miel, y les dejó abundante cantidad para el invierno. Secó grosellas y zarzamoras; construyó una choza con ramas y tepes.
Así fue transcurriendo una estación tras otra.
El pasado se transformó en presente, y pronto sólo recordaba aquel a través de ciertos incidentes en la montaña: la primavera en que vio un avión a lo lejos; el verano que un enjambre de abejas se posó sobre la rama de un pino; el otoño en que el ciervo comenzó a comer se sus manos; el invierno que construyó un iglú; el mismo invierno durante el cual varios ciervos murieron de hambre. La vida no era fácil, pero sí plena: aunque él no la hubiera elegido, aceptó la situación y el hecho de que era la suya.
Un día muchos años después, el joven oyó voces humanas en la ladera de la montaña. Se sintió muy emocionado y corrió en todas direcciones para dilucidar de dónde procedían las voces e imaginar a quienes pertenecían.
También sintió temor. Estaba tan acostumbrado a los sonidos del viento y los cantos de los pájaros, que los ruidos que ahora llegaban a sus oídos le resultaban extraños y aterradores. Había pasado mucho tiempo sin pronunciar palabras, aunque era capaz de imitar a casi todos los pájaros y de oír, oler y percibir prácticamente cualquier cosa que ocurriera en la cima de la montaña.
Las voces se volvieron más fuertes y claras. El joven comenzó a pensar en su apariencia. ¿Que aspecto tenía?. Hacía años que no se afeitaba ni se daba un buen baño. ¿Su aspecto desaseado asustaría a esas personas?. Corrió al manantial, se aclaró todo el cuerpo con agua fresca y se acomodó el pelo hacia atrás con los dedos. A pocos pasos del burbujeante manantial se extendía una pequeña laguna, donde un tejón había construido un dique con barro y ramas. Avanzó hacía la laguna a toda prisa, se inclinó y contempló su propio reflejo en el agua apacible y silenciosa. 'Cuánto había cambiado! Su cuerpo se veía firme y curtido por los prolongados inviernos en la montaña. Estaba esbelto como una gacela, y su piel era tan brillante y clara como el arroyo. Su cabello, largo y enredado, le llegaba hasta casi la cintura. Su rostro estaba oculto detrás de una barba gris enmarañada, que acumulaba ramitas y desperdicios, como si se dispusiera a albergar el nido de un pájaro.
Cuando regresó a la choza, los extraños ya se encontraban allí, sentados fuera, sobre las grandes rocas. No dijeron nada; durante unos minutos los viajeros y el anciano sólo se miraron , compartieron el silencio de la montaña , la danza del viento, la música que susurraban los árboles. Los viajeros le ofrecieron algunas provisiones especiales de allá bajo y observaron divertidos mientras él probaba, olía y frotaba cada cosa como si fuera una piedra preciosa.
Luego le relataron la historia de su propio viaje, largo y difícil, hacía la cumbre de la montaña: cómo habían emprendido la ascensión muchos años antes, débiles y a punto de morir, con la esperanza de encontrar al famoso anciano que podría curarlos de sus terribles dolencias. Y ahora, por fin, después de tantas penurias y sufrimientos, estaban aquí, rebosantes de júbilo por haber hallado a este anciano del que tanto habían oído hablar, que tan famoso era por curar enfermedades incurables. Aunque ahora, por fortuna, no necesitaban sus servicios,ya que el largo y difícil viaje les había restituido la salud perfecta.
Cuento extraído del libro " El arte de vivir bien" de Svevo Brooks
Deseo , amigas que paséis por aquí, que os guste. Gracia a todas!!
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