Te quiero más que a la salvación de mi alma

Te quiero más que a la salvación de mi alma
Catalina en Abismos de pasión de Luis Buñuel

Angelus Novus

 


 Angelus Novus, Walter Benjamin

«Hay un cuadro de Klee que se llama Angelus Novus —escribió Benjamin—. En él se representa a un ángel que parece como si estuviera a punto de alejarse de algo que le tiene pasmado. Sus ojos están desmesuradamente abiertos, la boca abierta y extendidas las alas. Y este deber ser el aspecto del ángel de la Historia. Ha vuelto el rostro hacia el pasado. Donde a nosotros se nos manifiesta una cadena de datos, él ve una catástrofe única que amontona incansablemente ruina sobre ruina, arrojándolas a sus pies. Bien quisiera él detenerse, despertar a los muertos y recomponer lo despedazado. Pero desde el paraíso sopla un huracán que se ha enredado en sus alas y que es tan fuerte que el ángel ya no puede cerrarlas. Este huracán le empuja irreteniblemente hacia el futuro, al cual da la espalda, mientras que los montones de ruinas crecen ante él hasta el cielo. Ese huracán es lo que nosotros llamamos progreso.»

 


INCIPIT 1.604. ARCA / RICARDO MENENDEZ SALMON



El silencio se adueña de nosotros

Hoy he despertado con la sensación de que había alguien en la cama, a mi lado. Todavía con los ojos cerrados he alargado una mano, la derecha, y he podido sentir el hueco que el fantasma había dejado durante el sueño. Lo llamo fantasma a falta de una palabra mejor, porque no había nadie junto a mí. De hecho, desde que llegué a la Laguna nadie ha pasado una noche conmigo en esta casa. Nadie salvo yo ha dormido en estas sábanas.

 

Así que he permanecido tendido, demorando el momento de abrir los ojos, mientras recorría la superficie del colchón y buscaba una sustancia, una forma, una carne que ocupara aquel suave vacío. He pensado primero en mujeres, pero todas se parecían a los retratos de las obras que cuelgan en las salas de la Accademia, mujeres confabuladas con la Historia y con los mitos, detenidas en el gesto de contemplar al Hijo, de elevarse a los cielos en un rapto místico, de padecer alguna ignominia absurda junto a las fervorosas tribus del desierto. Después he pensado en algún hombre que encajara en el molde del fantasma, pero solo han acudido a mi recuerdo las caras curtidas por la intemperie y talladas por el alcohol de los tipos de aspecto proletario que devoran cicchetti en Cannaregio, violentos, sucios y obscenos, con camisetas a rayas y barrigas abultadas, de modo que he alejado esa compañía obligándome a abrir los ojos. En ese instante un calambre ha recorrido mi mano, como si el fantasma hubiera escapado dando un latigazo, y lo primero que he visto ha sido una franja de luz cruzando el fresco que los propietarios encargaron a un artista anónimo pero de indudable talento para decorar esta estancia de Ca’ Barbarigo.

 


LA VEJEZ


Despedidas, Julian Barnes, p. 200

Dicen que cuando envejecemos, a menudo recuperamos recuerdos olvidados de la infancia. Al mismo tiempo perdemos la capacidad de recordar los años intermedios. A mí todavía no me ha ocurrido pero puedo imaginar cómo avanzará a medida que se vaya consolidando la senectud. Nuestro espacio mental quedaría ocupado de vívidas escenas tempranas, seguidas de un largo espacio en blanco, y luego un plausible y fútil presente en el que los días repetitivos  y las confusiones reiteradas, se irían enturbiando. Nuestras vidas, en otras palabras, se reducirían a una historia con un gran agujero en el centro.


PROUST


Despedidas, Julian Barnes, p. 200

Así que, por volver a Proust, ahora nos parece absolutamente cierto e inmutable que en su obra En busca del tiempo perdido las puertas de la memoria se abren de la mano de una magdalena mojada en una taza de tila, como la que le daba su tía Léonie cuandoera un niño. La magdalena es un emblema perfecto, porque tiene la forma de una vieira, la concha de los peregrinos, y Marcel está a punto de emprender un particular peregrinaje en busca del tiempo perdido. Y sin embargo..., sin embargo, en 1907, cuando Proust estaba trabajando en el primer volumen de su novela, era un pedazo de pan duro mojado en una taza de té lo que lo impulsaba a este jubiloso viaje al pasado. Y en la versión siguiente, era un trozo de pan tostado. Y en algún momento de 1908, una especie de galleta dura. Si hubiera escogido cualquiera de estas variantes, habríamos aplaudido de buen grado su elección, señalando que los ricos recuerdos pueden surgir de fuentes humildes, al igual que —según la propia comparación de Proust— unos pedacitos rotos de papel, arrojados al agua, pueden transformarse en flores japonesas. Qué idónea y correcta habría parecido cualquiera de estas ideas preparatorias.


K.

               


1922, Rivero Taravillo, p. 158

En su angustia, la posibilidad de la muerte es un quicio por el que puede llegar la liberación, tan deprimido está. El 30 de junio, un hermoso día en Praga, se jubila antticipadamente de su puesto en una mutua de accidentes laborales donde tenía un prometedor futuro. A ver, hay firmar aquí, aquí y aquí. Por triplicado. Eso es. Un momento que le pongo el sello. Así. Ya está. Esta es su copia. Le deseamos lo mejor, señor Kafka. Cuídese.

Libre de sus obligaciones y horarios, y con una pensión de mil coronas mensuales, que estira en su vida frugal y sin pretensiones en el confín sur de Bohemia, Franz Kafka es huésped de su hermana menor Ottla y aprovecha para continuar la novela El castillo, que comenzó a escribir en febrero. Su amigo Max Brod ha leído un avance ese verano,y lo insta a que siga trabajando en la narración del enigmático K., pero la obra quedará inconclusa a su muerte dos años pues, y ya se publicará póstumamente.

Kafka ofrece en su propia vida una versión distinta de la relación Ulises-Telémaco, Dedalus-Bloom, Cummings-Pound, y lo demuestra en su «Carta al padre». Para él, progenitor es una figura opresora, no suavizada por admiración ninguna, alguien que le quita el aire como una planta hurta el oxígeno en una habitación cerrada de noche. En pocos párrafos queda esto más patente, como cuando lo imagina ocupando todo un mapamundi desplegado y le parece que para su vida sólo se pueden tomar en consideración los lugares que están libres del padre. ¿Pero cuáles, si los ocupa ocupa absolutamente todos?


JAMESIANA


Despedidas, Julián Barnes, p 194

Henry James, siempre sagaz y sutil, lo expresó así. En 1892, rememorando a su difunto amigo James Russell Lowell, escribió que uno de los efectos de la muerte es que «alisa los pliegues» de la persona que conocimos. «La figura que perdura en la memoria se comprime e intensifica; han desaparecido detalles fortuitos y las sombras ya no cuentan; representa, nítidamente, unas pocas cosas apreciadas y amadas. y no, nebulosamente, una multitud de posibilidades.”


CANCER DE JULIAN BARNES


Despedidas, Julián Barnes, p 162

El cáncer la acabó atrapando, por supuesto. Digo por supuesto porque el porcentaje de la población británica que lo contraerá es ahora mismo uno de cada dos. Antes, en mi generación era uno de cada tres (lo que me indujo a pensar que tal vez podría librarme), pero ahora las probabilidades son mayores. Perdón por deprimirte si no lo sabias. Parte de la culpa es nuestra, por vivir más años. Desde luego, los tratamientos mejoran constantemente, las prognosis por lo general nos ofrecen unos años extra, los analgésicos son más eficaces, etcétera. Pero, aun así, uno de cada dos, ¿eh? Después del diagnóstico, Jean decidió que la naturaleza siguiera su curso. Como le dijo a su médico: «A mí me interesa vivir, no solamente existir». Un sentimiento que muchos comparten, pero que a menudo se tambalea cuando se vislumbra el final.

Tengo un amigo cuyo hermano murió de cáncer hace unos treinta o cuarenta años. Sufría dolores extremos, la enfermedad era incurable. Un día le dijo a mi amigo: «Si yo fuera un perro me pegarías un tiro. ¿no?». Y era verdad. Hoy, los cuidados paliativos caninos también han mejorado, pero aun así. Casi todos morimos como perros; siempre lo he pensado.

 


INCIPIT 1.603. DESPEDIDAS / JULIAN BARNES


El otro día descubrí una posibilidad alarmante. No, algo peor: un hecho alarmante.

Una vieja amiga, que es radióloga, lleva años en­viándome fragmentos sacados del British Medical Journal. Sabe que mis intereses tienden a lo morboso y lo extremo. En mi memoria – ese lugar donde de­gradación y embellecimiento se superponen– tengo archivados casos de pacientes que reventaron porque un bisturí eléctrico inflamó sus gases corporales, y otros a los que, en los primeros tiempos de la reso­nancia magnética, las grapas quirúrgicas se les clava­ron en la carne como fragmentos de metralla. Estos relatos van a veces acompañados de fotos: por ejem­plo, las de un hombre que se dejó crecer las uñas de los pies hasta tal longitud curva – varios metros, según recuerdo– que durante años no pudo andar. Luego está esa tarea cotidiana de los médicos que consiste en extraer objetos insólitos que alguien se ha tragado – como bolsitas de clavos– o se ha introducido por la fuerza en el recto. (Antiguamente, entre estos autoimplantes anales se estilaban los bustos en miniatura de Napoleón, un hábito que sin duda añadía patriotismo al placer.)

 

 

 


HARRISON FORD


Didion y Babitz, Lili Anolik, p. 186

En esa granja también vivía Harrison Ford. “Harrison se aloiaba en un tipi en nuestra granja durante la semana ´dijo Marshall-. Como pago del alquiler, nos construyó un gallinero y un corral para la cabra. Los fines de semana se iba a su casa con Mary (su mujer) y los niños. Todavía no actuaba porque se negaba a hacer televisión. En lugar de eso hacía de carpintero. trabajaba para Joan y John Didion y les construyó un porche”.

Construir. construir y nunca acabar.

Joan Didion y John dejaban que Harrison hiciera lo que quisiera en lo que respecta a la carpintería -dijo Eve-. Tuvieron que esperar años a que acabara el balcón o el porche o lo que fuera. A ver, sí que John esperaba de Harrison que se comportara como un carpintero e hiciera el trabajo por el que le pagaba. Pero Harrison no lo hacía. Solo andaba por ahí tirado fumando hierba. El único que comprendió cómo había que tratarlo fue Fred Ross». Ross, un novio intermitente de Eve Babitz iba a ser el director de reparto de American Graffiti (1973), la primera oportunidad de Ford, y posteriormente el asesor de reparto de La guerra de las galaxias (1977), la gran oportunidad de Ford. “Fred se compró una casa en Laurel Canyon que se caía a trozos, había que renovarla entera. Fred hizo que Harrison acabara todas las tareas que le encargó y sólo entonces convirtió a Harrison en una estrella del cine”.


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