• Mis planes hoy

    Ayer tuve al enano muy malo de la alergia pero, a pesar de todo, me comporté como una madre normal y no de esas que parecen una central eléctrica cuando sus hijos enferman, exagerando las cosas como si fueran los chiquillos a morir (soy) y nos fuimos a comer fuera como si mi hijo no estuviera a punto de perder la nariz (les recuerdo lo de la central eléctrica). Comimos comida casera y ya de ahí nos fuimos a comprar porque, cuando vives en Avatar, debes ajustar primero de mes, fin de semana plus supermercado popularísimo con tu deseo de tranquilidad, poco ruido y cero esperas. Así que, si vas a comprar, debes hacerlo en esas horas que los supermercados llaman «la hora autista» que es la que no quiere nadie para ir a  comprar. Porque es una hora más mala que el carajo, porque bajen  o no las luces hay ambiente de siesta, y porque no tienes que esperar ni en el aparcamiento del súper ni en la caja a la hora de cobrar porque a esa hora España entera está durmiendo la siesta. La hora autista ya existía desde antes de que nadie la llamara así. Es la hora a la que ni regalada va un gato. A la que no va ni perri. En la que tú debes combinar comida relax con sacar la lista de la compra y luego hacerla ligerita porque, como el niño estaba estornudando, y su padre dijo que no era de recibo hacerlo encima de la comida,  se quedó fuera esperando, con su hermana, mientras yo me movía como la superabuela por el local para acabar cuanto antes. Ni siquiera vi a mi aún marido seguirme. Coincidimos en la caja al pagar. Punto. La hora autista es un camelo total. Es la hora en la que a la cajera se le desencaja la mandíbula de bostezar. Básicamente.

    Luego vinimos a casa y yo, que tengo una edad, caí muerta en la cama después, claro, de colocar la compra del mes. Menos estudiar para las oposiciones a Gestión, cualquier cosa. Leí los blogs a los que estoy suscrita, vi mi serie preferida, caí redonda de sueño, me desperté y puse el deshumidificador y seguí leyendo. Mientras,  mi hijo seguía hecho polvo pero menos.

    Cuando llegó la hora de dormir y me pidió que cuidara sus sueños unió esa frase a un primer ronquido. Siempre ronca cuando se congestiona pero, el deshumidificador hizo su función y al cabo de un rato su respiración se hizo menos agitada. Durmió como un bebé.

    Al despertarnos me ha dicho que ayer se le terminó el antihistamínico y me he puesto como una mona. Ahora debo buscar una farmacia abierta que me quiera surtir sin recetas, aunque ya he sacado el informe de su alergóloga para apuntalar la falta de prescripción con algo de formalidad y algo de pena, aunque esto último no funciona en esa botica.  Hay una cerca que abre los domingos y a la que odio ir. No son ni muy amables, ni muy empáticos, querrán saber qué y qué no y yo pondré la cara que pongo a los que vienen a la Ciudad de la Justicia. Cara de póquer combinada con atención plena, añadiendo a todo ello un toque de educación y de saber y contestar a todas las preguntas que me hagan por muy impertinentes que puedan ser. Jamás he tirado del clásico «Mira, es que es autista y es lo suficientemente autónomo para tomar la medicación pero no le llega la autonomía  para explicarme que se ha tomado la última». Luego pararé en algún sitio a sentarme, mirar a gente terrícola, calmar mi ánimo y coger fuerzas para la semana que viene que estoy hasta arriba de citas médicas para mí, porque llevo, por ejemplo, más de un año sin ir al dentista y a entregar unos análisis al médico de cabecera que dicen que tengo colesterol. Eso y mi terapia psicológica el miércoles. Mi válvula de escape junto con lo de escribir por aqui. Un recado más y luego, vuelta a Avatar, a comer con los chicos, descansar un poco, estudiar con el niño, estudiar mis oposiciones, lavadoras a tope, doblar y guardar ropa, recoger la casa un poco y, con suerte, terminar el día respirando. Y que lo haga el niño conmigo. Sin congestión. Respirando tranquilamente. Descansando para encarar un nuevo día. Y ya estaría!

  • Mi tío

    A mi hijo le han puesto un cero en Geografía. Me enteré ayer que fui a recogerlo y llevaba las notas en la mano. Desde ese momento, hasta ahora, me rumia una pena tremenda, un desconcierto total, un enfado soterrado, producto de una profesora que,  sin avisar y como si el niño se pagase el cole, por lo que sea que haya sucedido, ha decidido suspenderlo como si no hubiera cogido un libro durante las fiestas, como si él no tuviera ninguna curiosidad por la asignatura, como si, en vez de hablar del Ecuador, hubiera tenido que viajar a él, hasta la línea imaginaria que divide los dos hemisferios, y quedarse allí. Con una bandera roja en la mano, en una barca sin motor, a la deriva. Lo ha tratado como un adulto, como a un chaval de 18 años que supiera sacar una lección de una decisión que, a mis 55, soy incapaz de entender. A mí me ha tratado como si estuviera fuera de toda esta historia. Como si él no fuera mi máxima preocupación. Como si no pagase el colegio. Como si yo no tuviera mi móvil abierto, mi correo electrónico, para cualquier problema que se tuviera que afrontar.

    A consecuencia de esto, he dormido mal y me han despertado unos gritos en la casa de al lado. En ella viven una señora mayor y su hijo, que es esquizofrénico y un amor de hombre, mejor que su hermano menor, que tiene un cargazo donde trabajo, unos estudios pagados a base de sacrificios, y con una falta de educación como de escupirle a la cara al cruzarte con él. El hijo era el que gritaba, y me ha parecido que había llamado a los servicios de emergencias. «Está abierto!! Decía. Me desvelé y empecé a escuchar un audiolibro, «Terra Alta» de Javier Cercas, y, en algún momento el audio y yo paramos y nos fuimos al reino de los sueños. A mi hijo le han puesto un cero en Geografía.

    Cuando oí los gritos, mis recuerdos se fueron al momento en que falleció mi abuela. Ella vivía con un tío mío que tiene una edad mental de unos 12 años. Hace muchos años, de un atracón de azúcar, sufrió una crisis, se quedó sin oxígeno, estuvo un montón de tiempo en parada, y, al despertar, notó que su mente se había  quedado anclada en  aquella edad, como un Peter Pan cualquiera, solo que su cuerpo sí crecía y se hacía adulto. Ya tiene 70 años y hace mucho que no sé de él, porque, si lo tienes cerca, como le sucedió a mi madre, te mete en unos embrollos épicos y yo ya no estoy para más líos. De hecho, mi madre ya lo tenía bloqueado de todos sitios antes de fallecer y fue del único del que no quiso despedirse. A mi hijo le han puesto un cero en Geografía.

    Aquella mañana, él se despertó y oyó que su madre hacía unos ruidos extraños en la habitación. Luego, silencio. Se acercó a ella y supo que había partido al otro lado porque él había visto fallecer a otros mayores a los que cuidaba. Todo eso antes de convertirse en lo que es hoy. Un tío que a conseguido poner a toda la familia alineada en no querer contacto con él. Cuando se enteró de que mi madre estaba en el hospital, se hizo el indolente. Hasta que supo que se moría. Entonces entendió que se había quedado solo, en el Ecuador, con una bandera roja en una barca sin motor. A la deriva. A mi hijo le han puesto un cero en Geografía.

    Cuando vio que su madre había fallecido, lo hizo todo bien y llamó a emergencias y a la familia. Haría lo mismo años después cuando encontró a su hermano sin vida, con una cuerda alrededor de su cuello. Al momento nos tuvo a todos junto a él e hicimos todo lo posible por ayudarlo mientras que él hizo todo lo posible por auyentarnos. Para quedarse solo en el Ecuador, con una bandera roja en la mano, en una barca sin motor. A la deriva. A mi hijo le han puesto un cero en Geografía. Pero su padre y yo nos hemos alineado para ayudarle. Y estamos de acuerdo en cómo hacerlo, para no dejarlo solo en ninguna barca a la deriva. Para que no necesite ir hasta El Ecuador para nada más que para divertirse. Sin ninguna maldita bandera roja.

  • El sueño

    Anoche soñé que el enano, mi enano, no era autista ni tenía tdah. Mi hijo era un hombre adulto, lleno de coherencia y una mente clara y yo hablaba con él de cosas muy sesudas. La cosa es que, a mitad del sueño, me desperté porque avanzado éste, mi mandíbula se desencajaba en un largo bostezo del aburrimiento por tener un hijo más perfecto que el Ken de una Barbie. Mi hijo no habitaba en Avatar pero era el chico con el que soñé una vez estando embarazada, y resulta que el resultado, perdonen la redundancia, era un bluf. Como digo, me desperté, y lo vi durmiendo junto a mi y lo abracé muy fuerte para asegurarme que la vida no me daba el cambiazo. Es curioso cómo, aún viviendo una vida rutinaria, sin terapias, sin saltos ni aleteos, sin pastillas…yo preferí volver a ella. Debe ser que este mes he puesto mucho el foco en él. Sus suspensos, las tutorías, que ayer me dí cuenta que la concerta que le recetaron y que empezará a tomar la próxima semana es 9 Mg más fuerte, lo hicieron anoche protagonista absoluto.

    El niño que vive en Avatar tiene un gran sentido del humor, tiene un montón de dinero ahorrado porque dice que quiere comprarse una casa azul y un Mercedes cuando sea mayor ante las risas de su padre que dice que quien suspende cinco tiene pocas posibilidades de alcanzar ese sueño. Yo le digo que no haga caso, que la vida da muchas vueltas y que, en una de ellas se puede tropezar con una estrella que lo lleve hasta alcanzar sus sueños. La casa azul la tiene localizada. Hay una casa terrera no muy lejos de aquí, con una fachada azul y blanca muy bonita. Pero podría ser cualquier otra, porque él solo sabe que debe ser azul, supongo que como Avatar, para no echarlo de menos. Lo del Mercedes puedo jurar que no sé de qué viene porque esta familia no ha tenido sino «el de la abuela» y lo pongo entre comillas porque en realidad era de su tercer marido que se lo cedió en cuanto se compró un Porsche Cayenne que fue el coche que condujo casi hasta decirnos adiós,  a pesar de sus 90 años! El que le dio a mi madre tenía el cuadro de mandos de madera, forros de piel,  era biplaza y automático y en él fuimos mi aún marido y yo a la boda de mi hermana que se hizo en un pueblo como a una hora de casa de mi madre. Tres peajes de ida y vuelta que mi aún marido aprovechaba para parlar catalá. «El conejo me enriscó la perra» que diría alguien de estas islas. Bona tarda» decía cuando sacaba la cabeza para pagar entusiasmado como un niño chico por llevar aquél cochazo que estaba hecho, en realidad, para solteros o divorciados con hijos mayores que fue el caso del marido de madre. En ese coche se subía él con muletas mientras lo trataban de cáncer de próstata. Superhéroe! Mi hija iba en otro coche porque no cabía con nosotros.  Recuerdo que en la peluquería me hicieron un moño horroroso que tropezaba con el techo de un vehículo en el que debías subirte con mucho cuidado para no partirte el cráneo. Supongo que mi madre le dio una vuelta en él al niño alguna vez, por la urbanización, despacio, y, a medio camino, apretaría un botón y el vehículo se volvería descapotable ante el asombro del copiloto que haría que mi madre se riera como una niña chica. Estoy segura de que él vivió esa experiencia porque tiene una memoria prodigiosa para recuerdos antiguos. Es capaz de decirte qué, cómo, que día era, cómo ibas vestida…Un pasote!

    Me he despertado un tanto triste porque, cuando la mente te lleva a una vida que no has pedido y que es claramente peor que la que tienes, te dan muchas ganas de pedir el ticket de devolución y exigir que, la próxima vez ya si eso avise con un trailer de qué va a ofrecerte, para ir agarrándote los machos que decimos por aquí. Yo voy a seguir un rato más en la cama mientras él hace prácticas de lectura, escritura y matemáticas en la cocina con su padre. Yo los escucharé desde aquí, oyendo cómo da respuestas random a preguntas concretas. Pero así es nuestro pequeño. Un niño con la cabeza llena de cosas brillantes, azules, que se mueven muy rápido. Por eso no tiene tiempo para nimiedades de estudios. Porque su mente es libre, muy libre, lo queramos los demás o no. Él es libre y así será para siempre. Todos los días de su vida! 💙💙

  • La semana positiva

    Esta semana he tenido solo cosas positivas, cosa que, dicha así, de remplón puede ocasionar hasta vértigo. El lunes apareció el listado de los nuevos jefes y, et voilà, resulta que estaba en la lista! Soy jefa del equipo de auxilios. Acababa de terminar  de salir de sala para un tema desagradable, y, cuando eso sucede, tu espíritu se alinea con quien demanda a la Administración, porque sea justa o no esa demanda, la vida de esa persona cambió en un instante, en una decisión de urgencias, fuera o dentro de un hospital, y su salud dejó de ser la misma. Para siempre. Y sus mentes necesitan un cierre, un «tienes razón» en forma económica y, como dije antes, me alineo con su mala suerte y con su mala salud. Total, que me puse contenta, pero sin pasarme. El martes empezaron a tocarme la nariz. Que buscara a alguien para mandarlo a no sé dónde a lo que me negué. Soy jefa de equipo de auxilios, no los pillé en un mercado romano por seiscientos sestercios, no sé si me explico… No voy a tratar a mis compañeros como piezas de tablero. Mal empezamos! Me volvió a llamar para decirme que mi súper jefe necesitaba mi teléfono para llamarme. «Ya lo tiene», contesté. «Quieres el suyo?» Me replica. «Negativo. Lo tengo entre mis contactos». Me llama luego él para darme la gran chapa, para explicarme que todo lo que me diga es confidencial y decirme que está encantado de que esté en el equipo. Lo de la confidencialidad es como una coña marinera. Eres jefa de equipo y tienes que explicarles qué tareas van a realizar con la nueva oficina. Así que, ser discreta me vale, pero no ser estúpida. Me sonrío. Hace unos pocos años, cuando trabajábamos juntos, cada vez que le decía cualquier chorrada me gritaba que iba abrirme un expediente disciplinario. Hoy jugamos en otra liga. Él es un súper jefe y yo soy funcionaria de carrera y no dependo de su firma para que me renueven un contrato de 3 meses, cosa que sucedió en una friolera de once años!.  «Muerde el polvo ahí!!!» me digo sonriendo. «El expediente disciplinario me lo paso raigt nau por el arco del triunfo. Habitante de Avatar 1 tolete 0 (tolete=gilipichis)

    El miércoles, día que rogué no ser llamada porque tenía una tutoría del niño a las once y media, cosa que respetaron, y cuyo resultado fue que, el tutor del enano me llamó cuando ya no lo esperaba. Mientras comía. Una llamada a 3 con su profesora de NEAE y en la que me dicen que mi hijo es otra persona desde que se medica. Me preguntan que si me pillan en mal momento y contesto, engullendo un bocado, que no. En Avatar no dan crédito a tanta falsedad. Ni de que haya sido capaz de coger el móvil. Ni que me levantase de la mesa. Todo mal. Pero yo por mis hijos mato y si tengo que medicarlos, lo haré si es por su bien y cogeré llamadas a horas impertinentes con una sonrisa en los labios. La concerta apaga sus impulsos y consigue que esté más centrado en el aula. Cierto es que he olvidado dársela un par de veces, pero sé que vamos por el buen camino y así vamos a seguir. Voy a mi terapia, y, a la vuelta, lo recojo de la suya. Comento sus buenas nuevas en el cole con su terapeuta, que dice que la terapia va también mejor gracias al medicamento y nos vamos para casa. Contentos como cochinitos en un charco.

    Otra cosa positiva es que hemos vuelto a tener noticias de mi tía. No nos podemos quejar en absoluto! Es angustiosísimo no saber de un ser querido y no quiero pensar en esa gente que, en algunos casos, fallecen sin volver a saber de alguien que, por lo que sea, se desvanece de sus vidas. Debe ser terrible y desgarrador, sobre todo, si esa persona es como mi tía, una persona llena de sensibilidad y de buena vibra. Alguien a quien amas. En fin!

    Otra cosa positiva ha sido poder agendar el gimnasio y cumplir con la agenda, a pesar de que, ayer, que llovió toda la tarde, decidí no ir porque el día anterior ya fui caminando y lloviendo la ida y la vuelta. Salud si, pero sin hacer estupideces que ya tenemos una edad. Además, acabé de comer cerca de las 4 de la tarde porque mi aún marido fue a atender a su madre, que necesita ayuda con la comida. Muy alegremente quité la cita del gimnasio, después de hablar con mi hermana, con la que eché unas risas a costa de las manías de la gente de Avatar. Resulta que mi hija puso un tono en el teléfono fijo que no hiciera ring ni fuera estridente, y la cambió por una musiquilla como de peli de extraterrestres (no es una coña). Lo cierto es que suena tan bajo que soy incapaz de oírlo, pero ella tampoco porque lleva cascos de cancelación de ruido todo el rato. Total que, mientras hablaba con su tía tuve que pedirle que cogiera el teléfono porque su padre la llamaba. Mi hermana se descojonaba de mi mindfudnes y mis malabarismos para conseguir que este territorio no salte un día por los aires. Menos mal, pensé, que tengo a mis hermanos y al resto del mundo exterior porque si no fuese así iría con mi cabeza bajo la axila. Además, cuando contacto con el exterior, siento que las cosas de Avatar se me pusieron a mi en el camino de la vida porque podía soportarlo. Porque lo llevo con humor. Porque, además, es mi refugio. Mi hogar!

  • Los malos recuerdos

    Ayer tuve al niño enfermo, y sin ser una cosa mortal o grave (rinitis) estuvo muy fastidiado, con la cara muy congestionada, que le derivó en un dolor de cabeza…en fin, que no fue un día ni siquiera para hacer deberes o jugar en familia.

    Siempre que alguno de mis hijos se pone enfermo, se desata en mí una tormenta interior de algo que enterré hace muchos años, como un perro a un hueso, y que cuando estoy en esta situación, mi mente, la cabrona, va alegremente a desenterrar semejante recuerdo para pedirme que, por favor, no me comporte como lo hizo mi padre en todas las ocasiones que estuve enferma que fueron un montones. Y entonces, pensando, evitando ser así, consigo solo una profunda tristeza y un, «preocúpate, por el amor de Dios, no lo abandones!!»

    Fui una niña tan enfermiza que puedo hacer check a toda la cartilla de vacunación y decir: «de esto no llegué a vacunarme porque lo tuve». Llegué a pasar, incluso, la tosferina, que es algo que, ya en los 70s estaba bastante superado. De hecho, no conozco a nadie a quien le diera como a mi.

    Luego tuve una enfermedad muy misteriosa y por la que tuve que pasar por extracciones de sangre mensuales (no sé cómo lo conseguían porque, con cuatro años pesaba 14 tristes kilos). Mi madre me llevaba, se tapaba la cara o salía fuera porque no quería verlo, y luego me invitaba a un helado. No he vuelto jamás a tomarme uno con su galleta y su sabor a turrón. Recuerdo mi falta de resistencia cuando iban a pincharme porque ya en ese entonces, si alguien me hubiera preguntado, si alguien se hubiera molestado en saber cómo estaba le hubiera contestado: «remátame».

    Iba a mi pediatra un montón de veces, y ya, aproximándome a los 5 años, con mi madre muy embarazada de mi hermana, ella misma enfermó de algo relacionado con el riñón. La recuerdo sacar la cabeza por fuera del coche familiar y vomitar de camino a urgencias. Tan mala estaba  que, para mi disgusto, una tarde le dijo a mi padre que me acompañase al médico. Él se negó y le dijo que, ningún padre llevaba a sus hijos al médico. Oh my god! Premio al caballero como el mejor padre! Creo que fue la primera vez que le oí decir que no a mi madre. Ella le contestó que la niña (yo) era de ambos, que ella no podía llevarme porque estaba a punto de parir, enferma y que apechugara. Lo siguiente que recuerdo es a él tirándome del brazo por todo el camino hasta llegar al médico porque éste quedaba tan cerca que se podía llegar caminando. Imaginen el sacrificio!!  Entonces tuve una epifanía y calculé que, si eso era así estando yo jodida, su hija, su retoño, su, como decía el ex de mi tía que mal rayo lo parta, multiplicación, estaba más claro que el agua que yo no le importaba nada. Y en esa revelación me hice la promesa, con cuatro años!! de no tratar jamás a mis hijos así. Eso fue con 4 años. Con unos pocos más y más actitudes de mierda de ese estilo me dije que no quería ser madre. No quería joder la vida a otro ser humano como a mi.

    Por eso, cuando mis hijos enferman, aunque sea de una pollez que sé que no va a pasar de 24 horas yo siento que algo dentro me sube al coco y empieza a ponerlo todo del revés. Es como si tuviera un mono con dos platillos gritándome que haga algo. Ya tengo herramientas para cerrarle la boca y no dejarme arrastrar por la ansiedad, pero es desagradable.

    Cuando acabó el día, me preguntó que si podía saltarse la ducha y, como llevaba todo el día en casa le dije que si. Total que se acostó junto a mi y, antes de conseguir decirme nada, cayó redondo al mundo de los sueños. Yo lo hice de manera atropellada. Me dormía, me despertaba, me volvía a dormir, me volví a despertar para descubrir que llevaba un auricular en la oreja, con su poquito de cable que llevaba a la tablet y que podía haber caído al suelo para romperse, todo ello porque, al dormir, el mono de los platillos vuelve para hacer de las suyas y llevarme al mundo de las pesadillas pero a mi nadie volverá jamás a sacarme de Avatar! Ni de coña!

  • Mis dificultades en Avatar

    Ayer fue un día «molto difficile» para mí en Avatar. De entrada, por la mañana, aterrizando en el trabajo,  caigo en la cuenta de que el niño no se ha tomado la medicación para el tdah. Miro el reloj y son las ocho y cuarto, es decir, aunque llame a casa, él ya no está. Me pongo triste. Tiene un examen de recuperación y yo acabo de pincharle una rueda. Me enfado conmigo misma, y estoy, toooodaaa la mañana flagelándome por semejante ignominia. Luego recuerdo que debo ir a buscarlo en un taxi, el tiempo y dinero que me supone, y ya me pongo en nivel «menos mala madre». Salgo del trabajo y voy a comer con mi hija. Entre plato y plato, toca aguantar las voces de un señor borracho como una cuba. Él no tiene la culpa de que la bebida y su adicción hiciera polvo a mi familia, pero yo hace tiempo que llené mi cupo de alcohólicos y pido la cuenta. La camarera tarda en llegar a la barra y yo ya estoy cabreada. Quiero dejar de oír a ese señor arrastrar las palabras aunque para ello tuviera que achuchar a mi hija para que acabara de comer. Me voy a buscar a mi petit enano caliente como una mona.

    Llegamos a casa en un viaje en taxi que me descubre, una vez más, que el mundo de una isla es un kleenex. El taxista y yo tenemos conocidos en común, es más, tenía un negocio en el barrio en el que viví hasta que me casé y su madre vive en el barrio donde trabajo y donde vive mi aún suegra.

    Salgo del taxi más contenta que la mar, llego a casa, monto una mesa plegable que me compré en el chino del barrio, le pongo una silla de la cocina que ya conoce mis cuartos traseros y comienzo a estudiar para gestión.

    Antes de eso, me meto en una aplicación de esas que te dicen  que estás aprendiendo idiomas (spoiler, no) y, con los auriculares puestos, comienzo una lección. En mi cama, junto a mi hija que duerme una súper siesta. De repente se pone tensa y noto su enfado. Es capaz de oír lo que hago aunque me meta los auriculares dentro del cerebro. Bajo el volumen y quito la vibración que hace para que no moleste a esa pequeña gran tiquismiquis que duerme a mi lado. Cuando termino le pregunto que si quiere café y tras un, «menuda siesta!» me dice que sí.

    Comienzo, ahora si, a estudiar y, aquí, en Avatar tu sonido es muy molesto, pero mis hijos, en el salón comienzan a hablar en otro idioma, en uno que sólo entienden ellos, de esos que conectan directamente con el amor que se tienen, y a mi no me queda más remedio que cerrar la puerta de mi habitación.

    A las ocho y pico me estoy preparando para ir al gimnasio y veo a mi hija peleando con una lata de carnes, de esas que se abren girando una llave. La llave no ha hecho su función, o su psicomotricidad decidió abandonar su cuerpo, y ahí está peleando por conseguir terminar lo que empezó. Abrir la lata. Puedo sentir su cabreo supino flotando en la cocina. Está utilizando un abrelatas de mala manera y, antes de que se ampute un dedo, decido quitarle muy suavemente la lata de sus manos. Ahora mismo, mi hija es un oso grizzly y yo, yo puedo ser una víctima perfecta. Le digo con suavidad que está ofuscada y que su padre, cuando venga del trabajo la ayudará con la maldita lata. Me entorna los ojos y me dice que la tire a la basura. Ni caso. La pongo en la nevera. Ella cruza por delante de mí, y se mete en MI habitación, cerrando la puerta, y entrando al baño que hay dentro, para cerrar su puerta también. Como la conozco, antes de ponerme las playeras, toco en la puerta del baño. Le pregunto que si está bien y me pide, no, qué coño! me exige! que no entre a MI habitación y que me largue. Le tomo la palabra. Antes de irme le digo al hermano que se ponga a fregar los cacharros, cosa que hace de mil amores. Quiere comer y si, para eso, hay que ayudar, no problemo.

    Llego al gimnasio. A las 9 de la noche, un viernes, el local es un páramo. Claro! Hay que lucir lo que se ha trabajado durante toda la semana! Mi clase es virtual y veo que están limpiando la sala. Me siento fatal. La monitora me dice que no importa. A esas alturas me siento una rata de cloaca. Me pone una clase de spinning facilita y, como me ha dado tanto apuro, no he colocado la bicicleta y me doy en una de las rodillas. Tanto, que creo que me va a salir un moratón tamaño Japón.  Me bajo a colocar el manillar. «En el pecado llevas la penitencia » me digo. Bien de flagelarme mentalmente! Acabo la clase aún triste por el día que llevo, pero contenta porque he conseguido ponerme de pie en la bici muchas veces. No para ningún premio, pero sí para mejorar mis doloridas rodillas.

    Llego a casa y, nada más entrar, mi hija me abraza pidiéndome perdón. Le digo que vale, y me cuenta que su padre consiguió abrir la latita de las narices, pillar la mitad de su contenido, y cenar con ellos. Papá 1 latita 0. Me voy a duchar. Ceno como un pajarito y me arrastro hasta la cama. El enano se pone junto a mi y me pregunta si voy a cuidar de sus sueños. Le digo que me abrace, así tendrá la absoluta seguridad de que no voy a soltarlo en el viaje a los sueños. Luego me pregunta si se olvidó de tomar la medicación. Le digo que si. Tras un rato en silencio, me dice que el examen estaba muy fácil y que no le hizo falta la pastilla. Los exámenes siempre son fáciles según él y luego los escacha a tope.  Otro silencio. Tras un rato me dice que me agradece que le insistiera en tomarla. «Gracias por arreglar mi vida mamá!» Y con esas palabras tan inesperadas, que vienen de una persona que nunca dice lo que siente, con el corazón lleno de amor, me deslizo hacia el mundo de los sueños. Con el enano, por supuesto!! ❤️

  • La vida larga

    ¿Qué piensas de la idea de vivir una vida muy larga?

    Si viviera una vida larga, tendría que ser desde la premisa de no dar ninguna lata a mis hijos si es que ellos llegan a ancianos claro! Porque hay un tema del que nunca se habla, por doloroso, porque ningún padre quiere conocer estadísticas que están ahí y son públicas,  pero para quienes las reciben, son una mierda.  Aunque la muerte forme parte de la vida misma, es un asunto tabú. Como digo, las estadísticas indican que, mal que nos pese, la muerte, en Avatar, llega antes siempre que a un terrícola.  Como unos 20 años menos de esperanza de vida. Es una cuestión de comunicación, de no saber explicar qué te pasa, de no querer tener mucha interacción con alguien que no es familia o amigo. El médico. Uno de mis jefes vive las mismas circunstancias que yo, aunque sus hijos presentan mayores dificultades. El otro día, su hijo mayor convulsionó y acabó en la UCI. A eso se le llama sufrir una regresión. Ha aparecido en su cuerpo algo muy asociado al autismo.  La muy temida epilepsia. El pobre hombre, que es la sal de la vida, estaba que se arrastraba. Yo, como una rata cobarde que sabía que si iba a su despacho me iba a poner a llorar, decidí enviarle ánimos a través de una compañera. Si duro es sufrir una enfermedad, cuando le pasa a un hijo tuyo es varias veces peor.

    También ocurre que no es que no quieras, sino que no puedas comunicarte. Que tengas una maraña neuronal que no te permita expresar lo que sientes, y, todo, en su conjunto, hace que la ansiedad y la depresión entren en tu vida, desgraciadamente, muchas veces para acabar con ella. Yo creo que, en este post de Anabel Cornago, se explica mejor https://www.instagram.com/p/DTF4b6MDv4j/?igsh=N3NvZjJubjkxbHFr

    Anabel tiene un hijo, Erick, que es dos años mayor que mi hija. A ella empecé a seguirla antes de que nos dijeran lo que pasaba realmente con la peque,  tan pronto, que creo que mi hija tenía como unos 18 meses cuando localicé el blog de Anabel. «El sonido de la hierba al crecer» se llama. Yo hacía lo mismo que ella con Erick, pero yo, además, trabajaba. Anabel daba conferencias y cursos porque, en poco tiempo, estudiando mucho a su hijo, se convirtió en una eminencia.  Nos conocimos en persona unos años después, en uno de los dos mil cursos que he hecho. Se daba en uno de los hoteles más pintureros de mi ciudad, con tantas estrellas que se salen de su fachada, rodeada de chavalas psicólogas, logopedas, terapeutas…todas queriendo llevarse el título y sus horas acreditativas. También habían madres, tres en total, porque es incompatible tener un hijo/a autista, y pagar un curso de, a lo mejor, doscientos euros, que era lo que tuvimos que pagar.

    Total, que, en un descanso, con unas pizzas de por medio, nos dijo, sin ningún tipo de edulcoración qué debíamos esperar, cuál era nuestra realidad, y hasta dónde se podía llegar si nos poníamos manos a la obra. Yo no hablaba mucho, no suelo hacerlo cuando estoy con alguien que no conozco, pero tomaba mucha nota mental. Y una de las cosas que ya hablamos ahí fue de que era muy posible sobrevivir a un habitante del planeta azul. Se hizo un silencio en la mesa, que estaba en la avenida de la playa, y, como en un cuadro de Sorolla, nos quedamos muy quietas, para que se captara el mar, el sol…y nuestra tristeza. Entonces supe que debía cuidarme como un jarrón Ming. Que debía estar por mi pequeña. Que era mi obligación aprender todo de ella para, si era necesario, poner mi voz en su sentir. Tanto me apliqué a ello que, en la noche de Reyes, ella, que sabía que le iba a caer algo, me oyó poner los paquetes y, cuando volvía para mi habitación, me giré y le dije que no se le ocurriera ir a ver qué o qué no eran los regalos. Se estaba lavando los dientes y se quedó parada, como si le hubiera dicho: «foto!!» Me preguntó que como sabía lo que iba a hacer. Le contesté achicando los ojos como un capo de la mafia: «porque te conozco». Llegué a la cama riendo. Has hecho un buen trabajo, pensé. Solo te hace falta salud para disfrutar de él. Solo te queda el enano…solo!!

  • La jefatura

    Esta semana, una vez más, me ha pasado por arriba. La víspera de Reyes, avisaron a mi aún marido de que se había muerto un tío político suyo, y la sorpresa inundó la casa porque él era una de las pocas personas con las que nos rozábamos en el exterior y además, era un hombre aparentemente muy bien de salud. Así que, el día de Reyes, después de abrir los chicos los regalos, salió a dar el pésame a su mujer y no volvió hasta las 6 de la tarde. Mi aún marido digo, porque yo estuve todo el día malísima de la alergia, que empeoró cuando quité el árbol, paso imprescindible para indicar el final de las fiestas aquí en Avatar. El árbol no puede estar en el salón y yo asumir que mi hijo vaya al cole sin desconcierto alguno. No computeriza ese tipo de coñas, así que lo quito aunque me vaya la vida en ello.

    Luego, el trabajo y sus cambios. Nueva forma de llamarnos, Nueva estructura en las oficinas, plazas que se eliminan para crear otras, jefaturas por un tubo, que, como le dije a mi hermana da lugar a jefes de grupo, jefes superiores, jefes supremos, dioses…Un asco! Total, que, después de preguntarnos si queremos susto o muerte, nos dijeron que si queríamos postularnos para jefes de grupo. La emoción fue tal, y la motivación tan enorme que quedaron tres plazas vacantes. Miramos a las jefaturas como vacas en un prado. Esa emoción. Ese derrape. Ayer un compañero me preguntó que porqué no me presentaba. Le dije que porque estoy esperando a que me den una plaza,  mi plaza, que conseguí hace casi dos años. Que está muy bien hacer creer a la gente que esta oficina funcionará y será más ágil (spoiller, no) pero a los que sabemos que la Justicia no funciona porque nunca le ponen medios no sea que los metamos en la cárcel, nos tienen hasta el parrús. Me ha enumerado los motivos por lo que cree que soy una buena lideresa, ha hecho que me equivoque aceptando los escritos porque no creí ser vista como jefa ni de un cortijo, mascullé por lo bajo un: «lo pienso» y aquí estoy, mirando al techo pensando en asumir una jefatura. Si me presento me la darán seguro! Ni idea de qué hacer.

    El miércoles me tocó terapia a la que llegué como un cable pelado. Mi terapeuta debería enchufarme a algún sitio para dar energía como una dinamo. Salgo de la terapia corriendo porque mi hija me dice que tiene migraña y voy a buscar al crío que sale de la suya. Llego jadeando como una actriz porno porque tengo diez minutos para atravesar una calle y media en diez minutos, pero llego. Tengo buen fondo. El cardio en el gimnasio ya se nota. Lo beso cuando sale como quien acaba de ganar una carrera. La terapeuta del niño flipa muchísimo con mis juegos malabares horarios.

    Elegí al sosainas como preparador de Gestión procesal y, el jueves, en la primera clase, entre que habían más de 300 personas conectadas, ya digo que el tío se vende bien, mi conexión a Internet que iba y venía, y que, después de llevar  dos horas corrigiendo un supuesto,  avanzarnos que iba a empezar a explicar Civil, que mi hija, mi churri, a las 8, siempre siempre comienza la cena, excepto el miércoles que le dio migraña, y que, a pesar de todo, quería cenar, y lo intentó, hasta que le dije que, ni ella estaba para cenas, ni su hermano moriría por tomar un bocata y un vaso de leche puestos por estas manitas. Total, que el jueves, al no haber cenado el día anterior, hizo humus, y, mientras yo escuchaba, o intentaba, escuchar al profesor, ella le daba duro a lo de moler garbanzos. La miré, suspiré, y apagué el ordenador abandonando la reunión a la francesa. A las bravas, maldiciendo el no haber ido al gimnasio para oír una clase entrecortada en unión de una batidora a toda potencia. Al girarme, veo a mi hijo tapándose los oídos evitando el ruido y no puedo más que pensar que, ojalá tener yo un oído que me permitiera escuchar cualquier menudencia. Él seguro que se cambiaría por mí alegremente, y yo podría sacrificarme con el mismo sentimiento alegre para evitarle esos malos tragos.

    Hoy me he levantado teniendo noticias de mi tía. Me encantan sus fotos de la nieve que hiela a Europa, y que yo no veo más que en fotos! Ojalá ver nevar una vez en mi vida! Parece que, poco a poco, le apetece tener contacto con el exterior, saliendo de su Avatar interior,  sin prisas. No hay ninguna aquí, al otro lado. Se harán las cosas como ella desee, a su ritmo. Al otro lado le espera siempre el cariño de los suyos.

    Ahora me voy al gimnasio. Mi espalda protesta mucho cuando no voy, y llevo sin ir toda la semana menos el lunes. Si. Fui la víspera de Reyes. Necesitaba tener una excusa para llegar, meterme en el trastero, empaquetar los regalos y subirlos a casa como si mi tribu fueran los pies silenciosos o algo así.  Hoy me voy como digo al gimnasio.  después de hacer transferencias bancarias, de pagos de comunidades, coger el carro, ir al gimnasio, entrar al súper a comprar…todo eso sola. Para disfrutar un poco de mi diálogo interior, ese que me ve como a mi hijo, con los dedos en los oídos porque con el estrés  no tengo tiempo de escuchar, al que agradezco poco, pero al que debo todo. Al que me puso donde estoy. Al que me hizo lo que soy. Una superviviente! Buen día terrícolas!!

  • Ya vienen los Reyes!

    Hoy es el último domingo de estas fiestas. Para algunos países, esto se acaba el día 1, pero aquí aún quedan los Reyes Magos.

    Este año he sido una buena niña, y, sin poder dar crédito, en una mañana compré los regalos para los chicos. A mi aún marido le harían falta unas zapatillas de andar por casa, pero me molesta salir a pillarlas cuando él ayuda cero en la adquisición de regalos, y me regala nada. Yo los compro, los llevo al trastero, en un momento de descuido, bajo a empaquetarlos, los subo a casa como un sioux, y los pongo bajo el árbol. No tiene idea de qué he pillado. Y se la sopla, además!

    Al enano le compré un globo terráqueo, porque estudiar La Tierra y no ver cómo es hace que, por ejemplo, suspenda Geografía. Luego le compré un libro de chistes, a ver si por esas pilla el gusto a la lectura. Odia leer, y es algo que me entristece mucho. Yo le digo que  leer es vivir otras vidas, es creer que todo puede ocurrir con la magia de lo que sucede entre sus páginas, es aprender a disfrutar de la palabra creatividad, y él se pone de perfil. En plan, amos no me jodas mamá!  Y por último, un juego para jugar en familia, de palabras, y de la agilidad para decirlas. Seguramente me elija como pareja, y acabaremos perdiendo de manera estrepitosa. No importa. En esta vida hemos venido a pasarlo bien en la medida de lo posible.

    A mi hija le compré una agenda, un bloc de notas con un precioso dibujo de Alicia en el País de las Maravillas, y un set de cremas para cara y cuerpo que ella, siendo la Eowin de nuestra familia, con su rostro níveo, disfrutará cual enana.

    Para mí, como autoregalo, aunque no sé yo si hacerlo, he pensado en adquirir el temario de un preparador sosainas que vive en la isla de enfrente. Prepara el cuerpo al que quiero ascender y, es cierto que, a pesar de su falta de expresividad, se vende muy bien. Publica comentarios de gente que, en pocos meses, ha conseguido superar el examen y conseguir plaza con él, y yo, la verdad, es que, con el preparador que estoy, nunca he conseguido siquiera llegar al aprobado.

    Me he puesto como límite hoy, no sea que, cuando quiera apuntarme, me diga que ya no hay plazas. El sosainas tiene un grupo reducido, y, encima, debe ser que muchos son de la península que el horario de sus clases te la pone con el uso horario de la piel de toros. El mote, la verdad, lo entenderían si lo oyeran hablar. Tiene la expresividad de una efigie, mientras que mi profe, que es de Alicante, solo falta que en una de sus clases coja unas castañuelas y empiece a bailar, todo por buscar el aprobado de sus alumnos. Pero…no ha funcionado para mí en Gestión, que es el cuerpo al que quiero llegar, porque para algo me pagué la diplomatura aguantando clientes maleducados y compañeras insolidarias. Para poder alcanzar unas metas que nadie en mi familia había alcanzado. Para no creer en la inercia. Para salir del bucle. Trabajaba en un supermercado, por horas, en turno de tarde, y soñaba con sacar la cabeza del atolladero en el que estaba. Y lo hice, y, al cabo de unos años descubrí que había volado tan alto que me había topado con otro planeta. Y ahí me quedé a vivir. En Avatar!

  • Feliz año!

    Esta semana ha sido muy corta, demasiado diría yo. El martes 31 estuve todo el día creída de que el año acababa el miércoles. Hasta que caí en la cuenta de que me tocaba cenar con la familia política y ahí lo entendí todo. Estaba tratando de evitar lo inevitable, y eso que fuimos a las nueve y pico y volvimos a las once, después de recoger mesa, fregar cacharros, barrer por debajo de la mesa…Ir a comer con mi suegra y mi cuñado es hacerlo sabiendo que, hasta lo que vas a comer, debes prepararlo tú, y luego recogerlo, por supuesto! Le dije a mi aún marido que porqué no venía ella, que tenemos ascensor y rampa de acceso y me ha dicho que eso sería un rollo. Es decir, ella va cada semana al sur de la isla a visitar a su hermana, sube unas escaleras enormes para acceder a la casa, escaleras que luego debe bajar una mujer que camina con taca-taca, y eso no es un problema! Se lo digo y me contesta algo a lo que ya no presto atención. Me molesta terriblemente comer en una casa en la que vuela la ceniza del tabaco de mi cuñado, donde la vajilla amarillea, donde los vasos están empañados, donde los paños de cocina huelen a humedad, en definitiva, acabo compungida y sin ganas de comer. Ni de beber! Le replico que no cuente conmigo para vivir esa guarriexperiencia nunca más.  Miento. Soy gilipollas y, en vez de tomar una decisión y sostenerla, trago. Además, tuve un dolor de cabeza para rematar el día bien interesante y eché mano del ibuprofeno. Cada año lo mismo!

    En fin, que salí a escape de su casa, después de soltar a mi hija de unas órdenes que le dije a mi suegra que se las diera a su hijo, y nos fuimos a partir el año a casita. A Avatar. Mi aún marido no parte el año jamás con nosotros, tal vez lo haga en el trabajo, pero nunca con su familia. Se fue a dormir entendiendo que, también, había trabajado ese día y bla bla…y yo me quedé con los chicos en el salón. 

    De repente, me entran dos notificaciones en tik tok. Mi hija me ha mandado dos videos de mujeres antes y después del divorcio y, la verdad es que ambas salen ganando por goleada. Miro a mi hija de reojo. Se hace la muerta y yo hago lo mismo. No quiero ponerme trascendente. Solo quiero comerme las uvas.

    Le digo al enano que vaya a dormir con su padre y este me dice que va a ver qué es eso de las uvas. Le explico lo que debe hacer. «Ve y coge doce uvas» le ordeno. Coge un puñado, las mete en el vaso y empieza a contar. Le pido que las saque y tenga la paciencia de contar hasta 12. Lo hace.

    Llega el momento de partir las uvas. Pillo un canal autonómico porque ya en el resto del país llevan una hora en el 2026. Le explico al niño que, a cada dong, va una uva a la boca. No todas a la vez. Miro para mi hija y le digo que esto no es Madrid y que aquí no hay cuartos. «En serio?» Me dice. Joder! 20 años viviendo en la Tierra y aún tenemos esa duda!

    Empezamos a comer unas uvas que están horrorosas. Me da la risa y no continúo. Mi enano se une a mis risas y me dice que le ha gustado su primera experiencia partiendo el año. Mi hija se las acaba. Cómo no!! Luego nos besamos y brindamos con agua por el nuevo año. Nos abrazamos como si fuéramos un equipo los tres. SOMOS un equipo!! Y con ese calor corporal y esas risas compartidas me voy a la cama. A soñar con un 2026 lleno de papel en blanco y de anécdotas por vivir. Me giro y doy las buenas noches. «Feliz año mi hijo!» Digo. Y acto seguido caigo fundida en negro!