«Oh, rey del tiempo y substancia y cifra del siglo!, en Babilonia me quisiste perder en un laberinto de bronce con muchas escaleras, puertas y muros; ahora el Poderoso ha tenido a bien que te muestre el mío, donde no hay escaleras que subir, ni puertas que forzar, ni fatigosas galerías que recorrer, ni muros que veden el paso.»
(De Los dos reyes y los dos laberintos J. L. Borges)
Hay certezas apenas intuidas, asuntos mayores que escondemos en la caverna de los olvidos a fin de seguir siendo y existiendo. Tengo para mí que Borges, divino ciego, bibliotecario universal, poseía la certeza de que no se puede esconder lo imprescindible. Vivir entre laberintos barrocos, idas, vueltas y retruécanos, puede resultar entretenido y hasta terapéutico. Todo lo contingente tiene cabida ahí y mediano pasar, incluso puede devenir en confort y serena quietud, risa tal vez y disfrute de lo menor: pero habiendo conocido siquiera un instante lo imprescindible, que nada tiene que ver con lo bueno, lo excelente, lo mejor y menos aún con lo conveniente, todo lo demás es subsistencia y efecto placebo. Se podrá mantener la dignidad, cierta presencia sobre el mundo, pero esto no impedirá que, lejos del laberinto del engaño, el camino sea siempre uno y el mismo, aún cuando el ángel inclemente te haya expulsado del paraíso.
Narraba CJC en un cuento menor, me parece que era en El gallego y su cuadrilla, que un pobre chaval de familia burguesa se empeñaba cada día en acompañar a los pilletes que repartían la leche por el barrio. También cada día, los repartidores vejaban, insultaban y se burlaban del muchacho. Cuando alguien extrañado por tan rara querencia le preguntaba: “pero tú, chico, ¿porqué te empeñas en seguir a esos tipos?, el chavalillo siempre respondía: “es que a mí, es lo que más me gusta”.
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