
“No sólo es la libertad de pensamiento compatible con la paz del Estado, sino que suprimirla implica destruir dicha paz (…) Los gobiernos no deben esforzarse por convertir a los seres humanos en bestias o peleles, sino fomentar que desarrollen sus mentes y cuerpos rodeados de seguridad, empleando su razón sin ninguna especie de grilletes”.
Baruch Spinoza
Seguir el rastro en la red a Ignacio Tomás es hurgar en la rabiosa independencia, y eso complace especialmente a todo el que esté con aquel aserto de Plutarco que rezaba: “No necesito amigos que cambien de parecer cuando yo cambio, y asientan cuando yo asiento. Mi sombra lo hace mucho mejor.» Los aldabonazos literarios de Ignacio recuerdan solo a una cosa, al pensamiento libre, peregrino y honesto de aquel judío portugués de Ámsterdam que negociaba las verdades del barquero sin temor a los anatemas de la casta rabínica. Resulta difícil en tiempos de mal pasar como estos, en los que cada quien se arrima a la casta sistémica como mejor puede en ánimo de agradar por lo que pueda caer, encontrar espíritus verdaderamente libres. Claro que la libertad sin ilustración de poco sirve al escritor y, claro es, Ignacio resulta ser un tipo a la antigua, esto es, sobradamente leído e instruido.
Con ese cóctel en las venas, nos tiene acostumbrados a textos pertinentes que derraman una cierta cabal espiritualidad, no precisamente de canonjía, bastante rara de ver ya, que, francamente, entusiasma por una frescura muy alejada de la cultura de cuota que estamos obligados a digerir. Son textos totales, que hablan de política y de amor, también de fraternidad y de una cierta esperanza en lo mejor del género humano, de ese común sufrido y maltratado por quienes poseen el único mérito de haberse arrimado a cualquiera de las mafias legalmente establecidas en los estados conocidos por democráticos. Su última novela, descargable en ebook, por nombre “Matemática lítica” es arquitectura punto laberíntica y borgiana y un canto de amor y esperanza, aunque antes de reconocer tal cosa, Ignacio preferiría dejarse arrancar la piel a tiras. Huelga decir que no hay que perdérsela, literatura de altura ante la general desesperanza.
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