Una excelente reseña de Alfonso de la Hoz sobre la narrativa histórica naval y la saga de Nicolás Sartine, publicada en el número de abril de la Revista General de Marina, a partir de la pág. 417. Desde aquí se puede descargar el artículo.
Pasear Plymouth en tardes sosegadas de junio, subido ya el
altozano del célebre faro decorado a franjas blancas y coloradas y desde allí
contemplar el mismo mar que Francisco Drake debió otear en busca de la Gran
Armada, mientras –se dice- ultimaba indolentemente una partida de bolos. Drake,
si, todo un carácter que el artista procuró plasmar en una casi colosal estatua
de buen bronce, junto a otros padres de la patria, allí mismo, al paso del
camino que articula la Hoe promenade, que es como se conoce la parte noble del
parque de la villa.
No se recomienda leer al fiado lo que los ingleses han
dejado dicho en la leyenda de la estatua, es posible que Francisco Drake fuese
todas esas cosas, pero también es cierto que era un felón de cuidado, amante
del oro ajeno y del camino directo y fácil para obtenerlo; a menudo a expensas
de sus socios y de su propia reina. ¿Pero quién puede grabar algo así en un
pedestal inglés? Eso han salido ganando con el tiempo, fama y épica, tal vez
sea lo que importe.
La vida, existencia siempre casual, hace que de regreso a
los afanes me encuentre sobre la mesa un extraordinario manuscrito dedicado a
novelar las peripecias navales de aquel truhán con cierta suerte. El punto de
partida resulta ya de por sí emocionante, el capitán de Flandes Alonso de
Contreras entra en el hogar de Lope de Vega, pagándole con inolvidables
narraciones su hospitalidad. El pretexto resulta ideal para abordar la historia
novelada de aquellos tiempos épicos, también de lugares que persisten en
nuestra memoria: Panamá, Portobello, Cartagena de Indias…la carrera de la
plata, el aguijón inglés siempre incomodando, las defensas heroicas, las
victorias y los fracasos; y sobre ello ciertas crueldades, gestos de honor, la
épica de un tiempo que no volveremos a ver, que el mismo Lope se encargó de
rimar con maestría en la Dragontea.
Una vez mas, Arturo Franco Taboada, que ya fue finalista del
Planeta con su primera novela, nada menos, vuelve a acertar con la historia y
la manera de narrarla. No se puede dudar que uno terminará desentrañando el
complejo hilo de la personalidad de Drake tras estas páginas luminosas, también
sabrá su historia y lo que nosotros los españoles hicimos para pararle los
pies, desde los hechos de Coruña y nuestra María Pita hasta Lisboa, Panamá,
Puerto Rico y Portobelo. Y es que ya es sabido que una novela histórica sin
documentación que la avale no es ni histórica ni novela. Esto lo sabe bien
Arturo, un hombre preciso como ha demostrado también en su “otra” profesión de
arquitecto y dibujante de mano prodigiosa. “La afrenta de las Antillas” es
novela rigurosa y fehaciente, no se despista ni un clavo del Golden Hind ni una pluma del sombrero de
Don Francisco, que a la sazón era –nos dice- “de cola de yaco gris”, pájaro
elegante al parecer africano. Y así vamos devanando la madeja de la inigualable
vida del pirata que fue almirante y tiene estatua en Plymouth.
Créame el lector que este libro es un disfrute, una lección
de historia inolvidable y un tratado de la lexicología de la época, conociendo
al autor, no extraña; debiera haberse fabricado redondo.
Una reflexión en torno a la historia del pensamiento liberal con la que he disfrutado verdaderamente, espero que les ocurra lo mismo. Aquí un breve adelanto.