Mientras los jefes mezclan las cenas de navidad con la despedida del ministerio, el rey nos augura que vienen tiempos «muy» duros. No es la primera vez que el monarca se va de la olla emitiendo avisos, igual trabaja ahora el control de calidad y le han comprado un impactómetro, o lo mismo se ha aficcionado a los peces y anda el hombre muy preocupado con el PH del acuario. Sin embargo, comienza a resultar especialmente molesto que el rey siga acojonando al personal, entre otras razones porque no tiene ni repajolera idea de lo que es pasarlas canutas. Buena parte de su existencia la cubrió a la sombra del dictador y el resto la pasa ahora estrechando manos, navegando en el Bribón o esquiando en Baqueira. Comprendo que semejantes sacrificios agotan a cualquiera y por eso, al oír sus presagios, resulta inevitable pensar que este hombre se cachondea del mundo o que en cualquier momento se nos meará encima. Es probable que a fuerza de empinar el codo se haya creído que nos está haciendo un favor, pero a la hora de resumir en advertencias lo que dicen los políticos durante los banquetes, demuestra también que no sabe lo que ocurre en la calle. Tampoco debería de extrañarnos, porque ni siquiera se da por aludido con los negocios de su yerno. Al otro lado de los gruesos muros del palacio, los súbditos llevan ya unos cuantos años comprobando en sus carnes la dureza de la que habla el rey, esa dureza que rara vez siente, a no ser que él mismo se descalabre estrellándose contra una puerta. Seguir leyendo