Anoche, viendo Hamnet en el cine, me puse a pensar en que en dos de mis historias favoritas, Hamlet y y Odisea, hay un padre que regresa de la muerte. En un caso -tragedia-, aparece dos meses después de morir, como espectro, intangible e impotente, con los puños llenos solamente de verdades y un llamado a que su hijo ejecute la venganza contra el traidor. En Odisea -épica-, aparece cuando ya todos lo dan por muerto, veinte años después de partir hacia Troya, vivo pero oculto bajo un disfraz de vagabundo, y con los puños llenos de violencia: un plan para vengarse de los pretendientes, y la ayuda divina de Atenea. El espectro de su padre vuelve loco a Hamlet, quien duda de la fiabilidad de su aparición (y recurre al teatro para desenmascarar al asesino), se plantea si vale la pena ejecutar la venganza, reproduciendo así la cultura sanguinaria que aborrece, y, en fin, sobre si la vida tiene algún sentido . El regreso de Odiseo, en cambio, restablece el orden en Ítaca, y le da a Telémaco la oportunidad, que no había tenido al crecer, de recibir el legado paterno, lleno de gloria y honor.
Recordé entonces una imagen que soñé, y que hacía mucho tiempo no estaba en mi conciencia: mi papá caminando hacia mí por las vías del tren, con el pelo largo y la ropa desarreglada, igual a un hippie de los años '60, o como Charly y Nito en la tapa de Vida. Mi papá vivo, volviendo de un viaje en el que se había perdido, desharrapado pero vivo, volviendo de la muerte.
Esta imagen la soñé cuando todavía no había pasado tanto tiempo como para dejar de fantasear con su regreso. Fue en la época en que miraba "Regalo del cielo", esa novela en la que un padre moría asesinado por su hermano para quedarse con su esposa y su empresa, y volvía en forma de fantasma al que únicamente su hijo podía ver. O sea: Hamlet.
Pero yo, que tenía la misma edad que el niño de la novela, no veía al fantasma de mi padre. No aparecía al final del día, sentado a los pies de mi cama, para preguntarme cómo estaba, para darme algún consejo. ¿Cómo era posible? Mi sospecha era que, en mi historia, el fantasma de mi papá se le aparecía a mi mamá, muy probablemente cuando se encerraba en el baño.
Acepté esto como una verdad, y, a falta de la solución espectral para volver a verlo, lo soñé viniendo hacia mí por otras vías.
Sin saberlo, sin haberla leído, a los siete años yo inscribí mi historia en la tradición épica de la Odisea.
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En el tramo final de la película (Hamnet) se escenifica una representación de Hamlet en The Globe. Es la escena de la muerte de Hamlet, la escena final de la obra. El actor -que hace del actor que hace de Hamlet- pronuncia sus palabras finales, que siempre me erizan: "El resto es silencio". Después, el encuadre deja afuera el escenario y sólo vemos al público (actores haciendo de público), que llora con tristeza, con compasión, con ternura, sin comprender, y comprendiendo, la tragedia, la maravilla que es la vida; la angustia, la incertidumbre de la muerte. Porque "quién aguantaría cargas, gruñendo y sudando bajo una vida fatigosa, si no temiera algo después de la muerte, el país sin descubrir, de cuyos confines no vuelve ningún viajero...". En este momento escucho que el público, en la sala oscura del cine, también llora. Se escuchan los hipos, los suspiros, algún sollozo. En espejo, los dos públicos lloramos. Hay una comunión espectral entre un público ficticio, pero que existe y existió multiplicado a lo largo de cientos de años, y el público presente en la sala, aquí y ahora. Un hilo nos enhebra en la emoción que produce el arte, en lo sagrado, en sabernos humanos y compartirlo con otros. Un hilo sagrado enhebra todas las historias, las que nos hacen vivir una vida más plena, más profunda; las que nadie nos contó pero ya sabemos, porque están grabadas en nuestro ADN. Las que nos ayudan a darle sentido a este viaje inevitable, pavoroso y alucinante, hacia el país sin descubrir.
