La cosa es que usted está chiflado, le dijeron al señor Martino cuando fue a sacar el registro. Y se lo dieron igual, cosa que a él propiamente no lo dejó perplejo, porque, claro, la afirmación era cierta.
Ahí se fue el señor Martino a dar comienzo a su vida de conductor, y lo primero que pensó fue Necesito un automóvil, sin embargo lo que dijo en voz alta fue Quién quiere oler este eruto, a lo cual el resto del pasaje del ómnibus se echó afuera por las ventanas –las cuales por desgracia y por invierno estaban cerradas. Ay-
El señor Martino se sintió un poco culpable, y, al ver que el conductor perdía el conocimiento sin esperanza de encontrarlo, tomó las riendas del volante, puso un pie en el acelerador y otro en la ventanilla, dobló peligrosamente en una recta y heroicamente se estrelló contra un edificio de correos.
Es cierto lo que dicen, fue el final del señor Martino. Pero el despilfarro de cartas y sellos postales por los aires hizo de esta horrible muerte una escena tan inusualmente poética, tan delicadamente bella, tan cinematográficamente pochoclera, que los vecinos del barrio de Villa Pulenta no pudieron más que tomarse el día para barrer la vereda. Y con el correr de los tiempos aquella fecha se hizo feriado, luego fecha patria, más tarde asueto docente, y a lo último era el día del barrendero, pero demasiado tarde porque los barrenderos ya se habían extinguido.
Otra historia con final feliz.