Cuando recién me levanto encuentro formas originales de decir las cosas.
Tengo la sensación de que mi parte no consciente es mucho mejor escritora que yo; yo la que escribe.
Ahora, cómo hacer para extirpar algo de esos sueños, y plasmarlo en escritura sin arruinarlo con mis ideas. Cómo hacer, por otra parte, para captar la esencia de lo que el sueño me provoca, de tal forma que otros puedan sentirlo al leer.
En esa transcripción radica la especificidad de la escritura. Y es lo que yo no puedo, justamente. Termino conformándome con alguna que otra buena forma de decir algo, pero no eso que me proponía decir. No eso que bulle, que alborota los sentidos.
A veces son dos o tres palabras nada más. El orden misterioso que acerca al lector a un universo del que nunca se creyó parte, hasta que esas palabras le imprimen un color en el alma, en los ojos, en la corteza cerebral. Hasta que esas palabras lo sacan de su yo pero a la vez lo arraigan. Lo acercan a un tipo de humanidad colectiva, donde una finísima fibra, como médula ósea, atraviesa todas las conciencias y la suya propia, al punto de hacerlo sentir, en un único acto instantáneo, Todo y Nada al mismo tiempo.
Es algo así como la conciencia de un saber profundo, del que sólo se llega a atisbar la punta. Es el acceso, el exacto acceso, a un misterio mayúsculo. La toma de consciencia de ese misterio vale por todo el conocimiento que se pueda pretender. Y ese misterio puede estar representado en algunas pocas palabras, cuyo orden obnubila por un instante el entendimiento, y lo transporta a esa región de la que hablábamos, donde el Yo se funde con todo, como en un shock eléctrico.