22 junio 2014

Suerte

Rodó un par de vueltas cuando la golpeó el coche (¿o fueron dos coches?). Yo había doblado justo en esa esquina, volviendo sobre mis pasos por miedo a unos muchachos gritones de la otra cuadra, para el lado de Rivadavia. Salió volando hacia la calle, eso fue lo que vi; y el golpe del coche (¿los coches?). Vi que rodó, sí, unas dos o tres veces, y entonces empecé a gritar (¿a gritar? No lo recuerdo bien), creo que dije "no, no, no, no", tal vez en un susurro. Sé que me quité los auriculares y me oí decir "no, no, no, no" (aunque no sé si gritaba; nadie me miró). La calle estaba en silencio, pero había algunas personas a mitad de cuadra. Los coches (¿el coche?) siguieron su camino, y la perrita volvió, una flecha, hacia la vereda. Corriendo.
"No, no. No", repetía yo. En la mitad de cuadra una mujer esperaba algo. La perra corría ahora hacia la esquina. "No". Cerré los ojos. Los abrí. Creo que corrí. Ahora la perra volvía. Una nena, unos pasos adelante de mí, logró detenerla. La mujer seguía esperando.
-¿Es suya?- le pregunté. (¿La nena o la perra?).
La perra jadeaba, con los ojos desorbitados. Tironeaba de una cuerda que la nena le ponía torpemente en el cuello. Sé que pensé "no, no, no, no". La mujer me miró y estaba desencajada. Jadeaba también.
-No la puedo controlar,- me decía mientras los ojos se le perdían en otra cosa.-No la puedo controlar,-(¿A la nena o a la perra?)-¿Te interesa?.
"Claro que me interesa", pensé.
-No, no, no,- tartamudeaba- es que vi el accidente. Pobrecita.- dije.
-Fue un golpe, nada más- seguía ella, miraba a la nena.-No le pasó nada. ¿La querés?.
"Pobrecita", pensé. "Pobre"
-No, no, no, no- dije- tengo un gato, vivo en un lugar pequeño; no, no. No puedo tenerla. 
La perra jadeaba con la mirada perdida. La mujer insistía:
-Estoy teniendo un problema familiar por esta perra. Trece años tiene, no la cuida, trece años tiene, mi hija, no le importa nada- seguía ella con su furia, mirando siempre a otro lugar.
La palabra hija fue como un dardo. Ahí miré a la nena que en silencio sostenía la cuerda que la perra tironeaba, jadeando, queriendo salir corriendo. Salir corriendo las dos; las tres, digo. La nena no miraba, no sé si veía. Era como si el dardo de la palabra hija la hubiera hecho visible y ciega. Estuvo quieta ahí mientras la mujer entró a controlar a otro perro de la casa. Yo le dije a su cara de ausencia que había lugares a donde llevarla (¿a quién?), la madre ya volvía diciendo:
-Dejá, no te molestes, a ella igual no le importa nada-  y la palabra ella fue otro dardo, más filoso que el anterior, y la nena tenía cara de "no, no, no, no". Cara de nadie. Parada ahí con la perra que se le zafaba de la soga.
-La estoy llevando al parque- dijo la madre (¿a quién?).
-Pobrecita- atiné a decir.
-Yo no puedo más, que se ocupe otro- (¿de quién?).
"La perra qué culpa tiene", pensé (¿o dije?); la nena miraba a la nada mientras la perra se zafaba de nuevo y yo, que era una extraña, me empezaba a ir lentamente (¿o corría?) hacia la esquina, olvidada ya de los amenazantes gritos que me habían hecho dar la vuelta. En el último instante, la mujer me escupió:
-Gracias, igual.- mientras arriaba a un tiempo la puerta, la niña, la perra.
Yo volví a ponerme el auricular y sé que doblé la esquina a tiempo, antes de decir
-Suerte.

13 junio 2014

Señora

Ella estaba en mi casa. Familiarmente, me parece recordar.
Había estado en la cocina. Cocinábamos algo.
Ahora, en el living, me daba un abrazo profundo. Cálido. Seguro.
Yo pensaba que debía decirle un montón de cosas. Aprovechar la visita. Cosas en tono de reproche, que, seguramente, arruinarían la ternura del abrazo.
Me sentía a gusto, rumiando mis peros con culpa porque no había nada más confortable que ese abrazo; honesto, sensible, cercano.

Yo me quedaba en silencio; me guardaba mis objeciones, mis dudas, mi estado de alerta. Me callaba los argumentos y me abandonaba a la seguridad mullida del abrazo de esa mujer, que había venido a mi casa sabe dios por qué ni para qué.

11 junio 2014

Arrojo

No es algo de ahora, este descubrimiento. Lo vengo pensando desde antes de dejar terapia.
Yo las veo a esas jóvenes estudiantes apropiarse de la escritura, con ese despilfarro de confianza que caracteriza ciertos años de la vida. Las veo desempeñarse alegremente en los espacios de reconocimiento correspondientes, y hacerlo con... cómo decirlo... arrojo. Ese arrojo del que sabe que tiene con qué y no le importa lo que vayan a pensar, no le importa el fracaso porque esa palabra no está en su archivo. 
Yo fui así una vez, en otra carrera. Me llevaba el mundo por delante, con mis 20 años, cuando me decían que era muy chica para ser directora. No me importaba. Me tenía fe. Era orgullosa, intrépida; escribía los textos y se los daba a los actores (¡caradura!). Era del centro de estudiantes. Iba a ver obras, opinaba, me metía en proyectos, cursaba de a cinco materias.
Después no sé qué pasó. O sí. Pero todavía no descifré cómo fue que pasó. Me perdí.

Me perdí. 
Me busqué.
Lloré cuando no me encontraba.
Sufrí cuando me reencontré y no me gusté.
Me perdí de nuevo, me dejé olvidada.

Pasaron casi diez años. 
Volví. No así, como a los 20. Pero creo que recuperé algo de ese arrojo, de esa confianza ciega que es el único motor posible para hacer; para ser.
Allá por los 20  había pensado y escrito en el techo de mi cama: cuánto de cierto hay en el espacio vacío. Estaba tramitando ausencias.
Hace un tiempo (un par de años) me hice esta pregunta: ¿el ser se resuelve en el hacer? Estaba tramitando deseos.
Respondo hoy: A ser, y nada más.

01 junio 2014

tengo tiempo para saber si lo que sueño concluye en algo

acá, en el costadito
lo que susurra de noche
y se cuela en los paisajes
entra y sale
de escena
reposa lento en la hamaca
y se marea

acá, en el centro
lo que salta de la rama
al cielo
abierto, crece
se hace nido
empieza a zumbar

acá, bajito
letanía
pasitos que avanzan
en silencio

no importa qué promete

es la promesa
lo que se queda
después del sueño