Tengo que dormir, pero no duermo. Me quedo a voluntad en este insomnio para escribir y que no se atragante tanto que siento.
Medito si voy a devolverle el libro, si voy a deslizar en él una dedicatoria apócrifa, si voy a volver a decir lo que ya dije para volver a escuchar lo que ya escuché.
A veces no alcanza con quererse. No alcanza porque los vasos siguen rompiéndose y la desidia los sigue dejando rotos, en la mesada; filosos, y sobre todo rotos. Y el piso de la cocina astillado, y la escoba sucia, y el vaso roto, irremediablemente roto y sin arreglo.
Quiero ser otra vez Wendy en su mirada de niño que no quiere crecer. Jugar a la casita y que sea mi esposo; un padre para los niños perdidos y niño perdido a su vez. Quiero mirar sus ojos y ver chispas de presente y no este futuro; nunca jamás este futuro en el que nada se imagina, o, mejor dicho, en el que se hacen polvo las imágenes, como ese verano con las fotos.
Como esas tormentas eléctricas; como ese rayo partido que ciega un instante y después se queda titilando en las pupilas. Y no se va. No se va.