31 marzo 2017

Mi tiempo

EL gordo patova le avisa a la empleada del Burguer que hay unos pibitos "dando vueltas" por la zona de los baños.
Dos viejos y una vieja arman reunión entre mesas y hablan del apocalipsis.
A Juli la llevé al jardín porque la vi bien. Porque, además, necesito este tiempo para mí.
Anoche, después de su vómito, cuando se durmió tan profundamente pero yo no acertaba con mi sueño, me puse a leer la entrevista a un nieto de desaparecidos. Él confiaba en el apropiador de su mamá, decía. Confiaba y lo admiraba, cuando era chico; lo quería mucho. Sospecho que aún lo quiere. Él, el abuelo apropiador, le había jurado que no había matado a nadie. Al menos no a conciencia. Lo hacía desfilar con su boina por el living el día del Ejército. Y lo debe haber amado con amor de abuelo. Puedo verlo en mi imaginación; esa devoción de mi zeide por nosotras. Lo veo.
Tengo que trabajar pero no empiezo.
Llega un oficial de policía. Merodea el local, sube la escalera. Al ratito, dos pibes solos salen hablando fuerte entre ellos. No presto atención a lo que dicen, me quedo pensando en eso: en que lxs chicxs solxs siempre hablan fuerte, como haciéndose notar. Como estrategia de intimidación, tal vez, ante la multitud de ajenos que llama a la Policía no bien los ve pasar.
Pero ya se fueron.
Quiero trabajar y no puedo. La empleada agradece al gordo patova. El oficial se retira, también, entre "gracias". Los tres viejos los miran bien. Se irradia en el Burguer esa falsa seguridad que inspiran las Fuerzas.
Un día aparecen los restos de su abuelo biológico, que resulta que había sido víctima de los vuelos de la muerte. Eso desmorona, para el nieto, la imagen magnánima del abuelo apropiador; había mentido, en esta y en otras cosas. Y esta era la evidencia ineludible de su falsía. Ya estaba muerto.
Un día mi zeide, que se estaba muriendo en el Hospital Israelita, me confesó que tenía (que había tenido durante toda mi vida, y casi toda la vida de mi papá) una familia paralela. Otra mujer. Otros hijos. Otros nietos. Me pidió perdón y quiso también, por intermedio de mí, tener el perdón de mi papá (que, según le dictaban su dolor y su sentimiento de culpa, había muerto a causa de sus errores y sus mentiras). Se lo di. Y lo perdoné, yo, verdaderamente, con todo mi corazón de nieta, porque -le dije- a mí no me había hecho nada. En cuanto a mi papá -pero no se lo dije- no estaba tan segura. ¿Quién era yo para perdonar en su nombre? ¿Cómo saber con certeza cuánto había padecido mi papá a su padre ausente, tantas noches y tantos días?. Pero el zeide se moría y le dije que sí, que mi papá lo perdonaba también.
Tengo que trabajar y no empiezo. Necesito este tiempo para mí.
El Burguer es un desfilar constante de oficinistas, mamás con hijxs pequeñxs y viejxs. Hay algo marginal en todos nosotros. Venimos porque el café con medialunas cuesta solo veinticinco pesos y porque el Burguer es un no lugar, una no permanencia, una tierra de nadie; casi una plaza, pero con techo y sándwiches.
La vieja insiste con el apocalipsis, aferrada a su misma mesa. Los circunstantes del coloquio anterior ya no están, pero ella sigue buscando interlocutores para su pesimismo alucinado. Ahora le habla a una mujer con una niñita de la edad de Juli.
Mi pensamiento vuelve a ella y la añoro.
Tengo que trabajar y no empiezo.
A mi mamá le gusta una nota que compartí en fb. Es sobre la dificultad de ser madre y conservar los espacios propios, y la actividad laboral. Pero hoy no va a venir a cuidar a Juli porque no se siente bien, así que yo voy a faltar al trabajo. Yo entiendo sus razones. No sé cuánto ella entienda las mías.
Tengo que trabajar, pero ahora no es urgente. Necesito este tiempo para mí. Para escribir. Para estar sola.
Aún así, el devenir de mi pensamiento vuelve a Julia varias veces. Tal vez necesito este tiempo para mí, para poder pensarla a una cierta distancia.
Tengo que empezar y no empiezo. Porque el domingo descubrí que ya no espero nada de la vida. Ya no me ilusiona ser Yo. No tengo -como en otros tiempos- el horizonte poblado de proyectos y fantasía.
Tengo el presente. Tengo este tiempo para mí. Tengo Julia.
Aquí me quedo; para evitar, en lo posible, morir más de una muerte.