Acabo de construir el barco en el que voy a hundirme.
Desoí las señales del sueño, o no supe interpretarlas, no sé.
Porque lo cierto es que intentaba concentrarme en la lectura, en la entonación apropiada que debía darle a las palabras cuando salieran de mi boca.
Fue un instante, un levantar la vista al frenar en el semáforo. No había nada que quisiera ver, pero algo quería ser visto. Un gesto: el de comer medio pomelo como quien sorbe las entrañas de un animal muerto.
Lo vi y él me vio, mirándolo. Quiero decir, yo no lo miraba; en realidad, apenas si lo vi. Pero algo quería ser visto, lo buscaba.
El ver no puede evitarse. Yo sé, desde chica, que no está bien mirar a la gente, siquiera a las cosas ajenas, como indagando. Pero ver, cuando se tiene buena vista y los ojos abiertos, no es algo que se pueda arbitrar con la voluntad.
Así es que lo vi, acabo de verlo chupando la fruta, y de paso vi también sus chancletas y su pantalón andrajoso.
Ahora él me está mirando; yo lo veo por el rabillo del ojo porque a mirarlo no me atrevo ni fue en ningún momento mi intención. Alcancé a ver que tiró los restos del pomelo en el cesto de la basura, y el semáforo no abre y se ve que tiene unas monedas porque veo que ya no está de pie, mirándome, en la esquina, sino que ha subido al colectivo y me mira ya sin discreción alguna, avanzando por el pasillo. Me mira como increpando, porque lo he visto -sin proponérmelo, pero esto él no lo sabe-.
Ahora no puedo concentrarme en la lectura ni en el ensayo. Se ha sentado a un pasillo de distancia y no me quita la vista de encima.
Suelo atender las advertencias de los sueños. Hace poco evité toda una semana el barrio del Abasto a causa de unos arcos vidriados salpicados de sangre y brea que había soñado. Aparecían en medio de una conversación con mi madre, y ella insistía en que no mirásemos hacia arriba. Me hablaba de la póliza de papá y me decía ‘mirame a los ojos’, pero yo sentía la sombra del edificio proyectada sobre nosotras y no podía evitar levantar la vista -no la cabeza- y ver los arcos vidriados llenos de salpicaduras rojas y negras. Me arreglé bien sin pasar por esta zona una semana entera, pero esto tenía que hacerse hoy, dijo mamá.
Tengo los ojos clavados en la página tres del libreto. Lagrimeo. No sé por qué no me permito pestañear. Temo -es eso- que, involuntariamente, mis ojos se vuelvan hacia la izquierda, en la confusión de cerrarse y abrirse; hacia la punta marrón de la chancleta de goma que marca el pulso sobre la elevación que le toca en el piso porque está justo sobre el neumático.
¡Qué iba a relacionar el neumático del sueño con levantar la vista y verlo chupando el pomelo!
Yo estaba jugando en el patio de una escuela que no era mía, saltando como en una rayuela de neumáticos. No dentro, sino sobre ellos. Y eran de una consistencia mucho más blanda que lo normal, suaves como un merengue, que me impulsaba hacia arriba; me hacía dar saltos inverosímiles hacia el cielo. Ya llegando al final de la rayuela, el último neumático que pisaba no me expulsaba, como los otros, hacia arriba y hacia adelante; me retenía, pegajoso, derretido, abrazado a mis zapatos como brea caliente. Si hubiera podido, habría dejado mis zapatos en lo que ya era un charco de brea, para liberarme. Pero estaban tan ceñidos a mis pies que era imposible. De pronto el charco era un mar, los zapatos eran de gamuza, se habían mojado y pesaban, me hundían bajo las olas.
La chancleta marrón, en cambio, rebota un poco por su cuenta, a destiempo del pie amarillento que le da vida. El neumático está abajo y en movimiento. Qué me iba a imaginar, yo. Y, de todos modos, en qué otra forma viajaría hacia la audiencia, que no puede posponerse, dijo mi madre.
Me concentro con fuerza en el final de la página tres. Es donde termina mi parte. Igual, debí memorizarlo todo, incluyendo los documentos y las actas. Mi declaración no debe contradecir en nada al resto del expediente. Es importante, dijo mi madre (ya no recuerdo si en el sueño o fuera de él, pero da lo mismo), que mi actuación sea “verosímil”. El problema ahora es que él se ha sentado a un pasillo de distancia y no me quita la vista de encima.
El mar se revuelve en torno al barco, lo hace girar sobre sí mismo. El barco es redondo y no sabe detenerse, gira como un trompo; gira hasta ya no ser un barco sino un remolino de agua absorbido por el vacío de la rejilla.
Ya estoy por llegar a mi destino y no ha cambiado nada. Podría bajar conmigo, seguirme. No quiero pensar que me ha reconocido, ¿cómo podría? Sin embargo me mira como increpando, y hasta parece saber lo que contienen mis papeles y hacia qué propósito me dirijo.
Vuelvo a la página para distraerme del agobio de sus ojos y de su chancleta marrón, gastada y sucia. De sus uñas amarillas y resecas como caracoles. Debe tener olor a pomelo en las manos, y, aún, ese picor de la cáscara alrededor de la boca.
Yo no sé por qué esa es la imagen que el tiempo imprimió en mi memoria. Podría haber sido cualquier otra, pienso, y probablemente no estaría ahora en semejante situación. Si mamá me hubiera podido acompañar habría sido distinto; ella no hubiera permitido distracción alguna, mis ojos no se hubieran despegado del papel y el gesto de chupar el pomelo como sorbiendo las entrañas de un animalito muerto hubiese quedado ignorado y anónimo en esa esquina del Abasto. Entonces él no me habría visto mirarlo. No, qué digo; no me habría mirado viéndolo.
La declaración debe hacerse, dijo mamá esta mañana, y se quedó esperando que le hicieran la diálisis. Yo no quiero fallarle porque el tratamiento es largo y costoso, y sin la póliza va a ser imposible de pagar. Pero ahora las palabras se me han revuelto como un mar embravecido, como un océano furioso, como un dios afrentado. No creo poder hacerlo bien y tampoco estoy segura de que él vaya a dejarme bajar, o de que no vaya a seguirme. ¿Y si lo hiciera? ¿Si se aferrara a mis zapatos ceñidos, como brea caliente, y no me dejase avanzar hacia la oficina de la aseguradora?
Mirame a los ojos, diría mi madre en el sueño o fuera de él; concentrate. La declaración debe hacerse, debés decir todo de manera convincente. Repasar los documentos y las actas. Afirmar, con un hilo de voz, que el hecho ha sucedido, terriblemente ha sucedido. Sollozar débilmente ante lo irreparable de la pérdida y de los años compartidos que no pudieron ser. Sonreír con tristeza desvaída ante la foto ajada donde te lleva sobre sus hombros, aún vital, casi eterno, con su grueso bigote. El bigote que, con fruición, se sumergía en la pulpa colorada del pomelo, el único gesto que heredé de él y que se ha grabado en mi memoria. Podría haber heredado cualquier otro gesto, pienso, y ahora no estaría en semejante situación.
Yo no quiero fallarle a mamá pero ya no puedo seguir avanzando con estos zapatos mojados.
Ahora papá me está mirando y su sombra se proyecta sobre mí como la de un edificio abandonado, como un frente de tormenta en altamar; me mira, increpando, porque me ha reconocido y llena el aire de preguntas, reproches y olor a pomelo.