Ruedo,
en el sueño,
por el barrio de Saavedra.
No voy en bicicleta sino
en algún otro dispositivo
que me hace rodar a mí,
como a un bicho bolita
o un armadillo de la pampa.
Estoy feliz y no siento miedo,
aunque es de noche y paso
por abajo del puente.
Voy a una fiesta donde servirán choripán.
Llego
y me acerco a la parrilla.
Todo está muy bien, pero
mi choripán se demora en salir.
Entonces
recuerdo que dejé a mi hija
con alguien más,
que me espera y yo
tardando en esa fiesta.
Salgo;
camino para un lado y no es.
Pierdo tiempo.
Mi hija me espera y estoy tan triste.
-
Se hace tarde en ese pueblito
tan pequeño como un gran supermercado.
Salgo de un bar, tengo que ir a otro
o, en tal caso,
volver al hotel.
El mensaje es confuso.
La calle “Lemuel” al 1700.
Alcanzo a ver un mapa:
debo caminar hacia allá, y hacia allá.
Es todo lo que sé antes de que
el celular
se convierta en un sobrecito
de veneno para cucarachas.
En el camino, paso por el hospital.
Una conocida entra a parir.
Es de madrugada.
Cruzo las vías.
Voy con una multitud,
como a la hora pico
en la ciudad.
Pero es de madrugada,
en este pueblito tan pequeño
como un gran supermercado.
Somos una manada,
caminamos por unos terrenos verdes
al costado de la vía.
No veo bien, pero
algunos
van entrando a las fiestas
que hay del otro lado
del alambrado.
Yo no. No puedo detenerme.
Tengo que encontrar la calle “Lemuel”,
tengo que reencontrarme con los míos.
La noche avanza. Termina.
Salgo a la luz
al costado de unas canchas de tenis.
El sendero está embarrado.
No tienen asfalto estas calles
de pueblo.
Estoy disfrutando el paseo.
Recién me doy cuenta.
Pasando las canchas,
debería estar la calle que busco.
Una mujer con uniforme
y su credencial (“Sandra”)
abrochada en la camisa.
-Hola, Sandra. ¿Cuál es Lemuel?
-Este pasillo que nace acá.
-Tengo que ir al 1700.
-Es en la otra punta.
El mundo se me viene abajo.
Estoy en el sector de jardinería.